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Néctar en expansión: El festín de las esferas azules

El restaurante de ramen, o lo que quedaba de él, se había transformado en una pecera seca llena de frutas humanas gigantescas. El aire estaba tan cargado con el aroma dulzón de los arándanos que resultaba casi embriagador, una mezcla de azúcar fermentada y el almizcle cálido de cuatro cuerpos femeninos llevados al límite de su capacidad física. El chapoteo del jugo azul contra el suelo de madera astillada era el único metrónomo en aquella sinfonía de jadeos y susurros húmedos.

Kobeni Higashiyama, la más grande de todas, sentía que su cordura se desvanecía en una neblina de placer y pánico. Sus manos, que antes apenas podían rozar sus propios costados, ahora estaban hundidas en los pliegues de su propia carne azulada, aleteando como las alas de un pájaro atrapado. Cada vez que Power, ahora convertida en una esfera masiva de orgullo y jugo, succionaba un poco más de su néctar, Kobeni sentía un alivio momentáneo seguido de una oleada de calor que volvía a hincharla más que antes.

—P-Power… mmmgh… —balbuceó Kobeni, con los ojos en blanco—. Siento que… p-voy a estallar… de verdad… ¡Hic!

—¡No digas tonterías, pequeña Koberry! —respondió Power, aunque su voz sonaba amortiguada por sus propias mejillas hinchadas—. ¡La gran Power te está salvando! ¡Y mi estómago aún tiene espacio para más!

Sin embargo, las palabras de Power eran cuestionables. Su propia transformación era asombrosa. Al haber consumido galones del jugo de Kobeni, su cuerpo de demonio de la sangre había reaccionado de forma violenta, expandiéndose para dar cabida a la esencia vital de su compañera. Sus pechos eran ahora dos lomas azules que se presionaban contra el suelo, y su vientre era una cúpula tan vasta que sus brazos apenas podían rodearla. Cada vez que tragaba, un sonido de gorgoteo profundo resonaba en su interior, como si un río subterráneo fluyera a través de ella.

A pocos metros, Makima e Himeno compartían un destino similar, aunque mucho más íntimo. Makima, la siempre compuesta líder de la División 4, era ahora una visión de hedonismo puro. Su piel, normalmente pálida, brillaba con un tono zafiro eléctrico. Estaba tan llena del jugo de Himeno que su respiración era corta y sibilante, cada exhalación liberando un rastro de vapor con olor a bayas.

—Himeno… —susurró Makima, presionando su rostro contra la carne elástica de la cazadora del parche—. Tu sabor… se está volviendo más intenso. Es casi… picante.

—Es por la presión, Makima-san… —gimió Himeno, cuyos párpados pesaban como el plomo—. Siento que mi sangre se ha convertido en almíbar… ¡Ahhh! ¡Ghost, no pares!

La mano del Demonio Fantasma, ajena a la fatiga biológica, continuaba su labor rítmica en la entrepierna de Himeno. El resultado era una fuente constante de jugo azul que Makima recibía con una devoción casi religiosa. Pero había un problema que ninguna de las cuatro quería admitir en voz alta: el crecimiento no se detenía.

A pesar de que Makima y Power estaban "vaciando" a sus compañeras, la naturaleza del demonio que las había atacado era insidiosa. El jugo no era solo un fluido; era un catalizador. Cuanto más se movían, cuanto más se excitaban y cuanto más jugo se intercambiaba, más rápido se regeneraba el líquido dentro de sus células. Eran como levadura en un horno caliente, expandiéndose para llenar cada rincón disponible del restaurante.

—Makima-san… —dijo Himeno con un tono de urgencia—. Las paredes… las paredes se están acercando.

—No se están acercando, Himeno —respondió Makima, deteniéndose un momento para lamerse los labios azules—. Nosotras nos estamos haciendo más grandes.

Era cierto. El restaurante de ramen, ya dañado por la batalla previa, empezó a emitir crujidos siniestros. Las vigas de madera del techo gemían bajo la presión de cuatro esferas que ya no dejaban ni un centímetro de espacio libre en el suelo. Kobeni estaba siendo aplastada suavemente contra un mostrador volcado, mientras que la espalda de Power empujaba contra la puerta de entrada, bloqueándola por completo.

—¡Oigan! ¡Esto se está poniendo muy apretado! —gritó Power, intentando mover sus piernas, solo para descubrir que sus muslos eran ahora tan gruesos que se habían fusionado en una sola masa curva de carne azul—. ¡Mi magnífico cuerpo está siendo comprimido!

—¡Es… es demasiado bueno! —chilló Kobeni, cuya sensibilidad había llegado a un punto crítico. La presión de las paredes y de los otros cuerpos contra su piel estirada era como un masaje constante y abrumador—. ¡No puedo… no puedo dejar de… mmmghhh!

Un nuevo torrente de jugo brotó de Kobeni, bañando a Power y llenando el espacio entre ellas. Power, movida por un instinto de gula y competencia, comenzó a beber frenéticamente de nuevo. Pero con cada trago, su propio cuerpo se expandía un poco más, empujando a Makima contra Himeno, quien a su vez era presionada contra la pared del fondo.

—¡Hic! —Kobeni hipó de nuevo, y con cada hipo, su cuerpo parecía dar un pequeño salto de crecimiento, volviéndose más esférica y tensa—. ¡Lo siento! ¡No puedo evitarlo!

—No te disculpes, Kobeni-chan… —dijo Himeno, cuya voz era ahora un susurro ronco—. Se siente… tan bien estar así de llena… tan pesada…

Makima, atrapada entre el vientre de Power y el pecho de Himeno, cerró los ojos y se dejó llevar. La sensación de ser aplastada por otras tres mujeres convertidas en frutas gigantes era la culminación de todos sus deseos ocultos. Sintió cómo su propia piel se tensaba hasta el punto de brillar, las costuras de su ropa (lo poco que quedaba de ella) rindiéndose finalmente ante la presión.

—Estamos perdiendo la forma humana —observó Makima con una sonrisa soñadora—. Pronto solo seremos cuatro grandes orbes de néctar.

—¡La gran Power no se convertiría en una simple fruta! —protestó el demonio, aunque su protesta fue interrumpida por un sonoro eructo con olor a arándano—. ¡Soy… soy un postre real! ¡El postre más poderoso del mundo!

De repente, un crujido más fuerte que los anteriores resonó en todo el edificio. Una de las paredes exteriores del restaurante cedió, incapaz de contener la presión combinada de las cuatro cazadoras. Con un estruendo de madera rota y yeso, el cuerpo de Kobeni se expandió hacia el callejón exterior, liberando un poco de espacio en el interior, pero solo por un momento.

—¡Libertad! —gritó Kobeni, aunque su "libertad" consistía en estar atascada en un agujero en la pared, con la mitad de su cuerpo esférico colgando hacia la calle—. ¡Oh, no! ¡La gente me va a ver! ¡Qué vergüenza! ¡Qué vergüenza tan deliciosa!

—Nadie te verá, Kobeni —dijo Makima, rodando ligeramente hacia el espacio que Kobeni había dejado libre—. El área está acordonada. Solo estamos nosotras… y nuestro jugo.

Power aprovechó el movimiento para acomodarse mejor contra Kobeni. Sus manos, ahora regordetas y azules, acariciaron el costado de la recluta.

—No te preocupes, Koberry. Si alguien mira, le sacaré los ojos… después de terminar de beberme tu dulce néctar.

—¡Power! ¡Eso no ayuda! —lloriqueó Kobeni, aunque sus manos revoloteaban con entusiasmo sobre su propio vientre—. Pero… s-si quieres… puedes seguir…

La noche continuó en aquel rincón de la ciudad, un rincón que olía a huerto bajo el sol de verano. Las cuatro mujeres, transformadas por el capricho de un demonio y sus propios deseos, se perdieron en un ciclo interminable de expansión y placer. No había misiones, ni miedo a la muerte, ni jerarquías de Seguridad Pública. Solo había el azul profundo de su piel, el calor de sus cuerpos presionados y el sabor inagotable del néctar que las mantenía unidas.

Himeno, sintiendo la mano del Fantasma trabajar con una intensidad renovada, miró hacia el techo, donde la luz de la luna se filtraba a través de las grietas.

—Sabes, Makima-san… —dijo Himeno con una sonrisa perezosa—, creo que esta es la mejor misión que hemos tenido nunca.

Makima, con la cabeza apoyada en el hombro de Himeno y su vientre azul chocando rítmicamente contra el de ella, asintió suavemente.

—Lo es, Himeno. Y lo mejor de todo es que aún queda mucha noche… y mucho jugo por beber.

Kobeni hipó una vez más, expandiéndose otro centímetro y soltando un gemido que resonó en el callejón silencioso. Power respondió con una risotada triunfal, sumergiéndose de nuevo en el festín azul. En ese momento, en ese restaurante en ruinas, el mundo exterior no existía. Solo existía la dulce, pegajosa y eterna expansión de las cuatro esferas azules.