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Néctar infinito: La marea azul que devoró el mundo

—¡Hic! —El hipo de Kobeni sacudió los cimientos de lo que quedaba del barrio.

Ya no era solo una cuestión de estar apretadas en un restaurante de ramen. El edificio había estallado hacía minutos, esparciendo astillas de madera y trozos de hormigón como si fuera una cáscara de huevo golpeada desde dentro. Kobeni, convertida en una masa azul que desafiaba toda lógica física, ocupaba ahora toda la calle, sus costados presionando contra los edificios de apartamentos a ambos lados, haciendo que los cristales de las ventanas estallaran en mil pedazos.

—¡Himeno-san! ¡Está pasando otra vez! —gritó Kobeni, su voz ahora era un trueno profundo que vibraba en el aire—. ¡No puedo parar! ¡Siento que el mundo se está haciendo pequeño!

—No es el mundo, Kobeni-chan —respondió Himeno. Su voz venía desde algún lugar debajo de la inmensa curvatura de Kobeni. Himeno también había crecido hasta alcanzar el tamaño de una mansión, su cuerpo esférico y brillante aplastando coches y farolas como si fueran juguetes de plástico—. ¡Nosotras somos las que no dejamos de expandirnos!

Makima, atrapada en el valle de carne azul entre Himeno y Kobeni, dejó escapar un suspiro que sonó como el escape de una caldera de vapor. Su rostro estaba sumergido en un éxtasis absoluto. Estaba tan hinchada que sus extremidades eran apenas pequeñas protuberancias en una esfera perfecta de color zafiro. El jugo que brotaba de ella era una cascada constante que inundaba las alcantarillas de la ciudad.

—Es… perfecto —susurró Makima, su voz distorsionada por la presión interna—. El néctar del demonio no solo nos llena… se alimenta de nuestra propia energía vital para crear más materia. Es una reacción en cadena infinita.

—¡A un lado, debiluchas! —rugió Power. El demonio de la sangre era ahora una montaña redonda que se elevaba por encima de los tejados. Sus cuernos parecían antenas colosales sobre una cabeza que empezaba a perderse en la inmensidad de sus propios hombros—. ¡La gran Power será la fruta más grande que el sol! ¡Beberé hasta que no quede aire en este planeta!

Power no mentía. Su sed se había vuelto tan insaciable como su crecimiento. Con cada galón de jugo que succionaba de las demás, su cuerpo daba un salto evolutivo, expandiéndose cientos de metros en segundos. El sonido de su crecimiento era un rugido constante, un crujido de metal y piedra siendo desplazados por la fuerza imparable de su piel azul.

—¡Hic! —El nuevo hipo de Kobeni fue devastador.

Su cuerpo se expandió violentamente, devorando una manzana entera de la ciudad en un parpadeo. Los rascacielos del distrito comercial de Tokio se doblaron y colapsaron bajo el peso de su vientre azul. Kobeni ya no lloraba lágrimas normales; eran torrentes de líquido azul que bajaban por sus mejillas del tamaño de estadios de fútbol, inundando los distritos vecinos.

—¡Ayuda! ¡Makima-san, deténgalo! —suplicó Kobeni, aunque su mente estaba tan anegada por el placer de la expansión que su súplica sonaba más como un arrullo necesitado—. ¡Siento que mis pies ya están tocando el océano!

—Déjate llevar, Kobeni —dijo Makima. Su cuerpo ahora era tan vasto que empezaba a curvarse con la forma de la Tierra—. Ya no somos cazadoras de demonios. Somos el nuevo paisaje.

El fenómeno era imparable. A medida que las cuatro mujeres crecían, la ciudad de Tokio empezó a desaparecer bajo ellas. No era una destrucción violenta, sino una asimilación. Sus cuerpos, suaves pero increíblemente densos, se amoldaban a la geografía, llenando los valles y superando las montañas. El monte Fuji parecía ahora un pequeño grano de arena comparado con la inmensidad de la curvatura de Himeno.

—¡Miren! —gritó Himeno, cuya risa resonaba a través de las nubes que ahora rodeaban su cintura—. ¡Puedo ver las luces de otras ciudades bajo mi pecho! ¡Hola, Yokohama! ¡Adiós, Yokohama!

El crecimiento se aceleró de forma exponencial. Lo que antes tardaba minutos, ahora ocurría en milisegundos. La presión interna de las cuatro esferas era tan masiva que el jugo empezó a filtrarse a través de sus poros en forma de una niebla azul que cubrió todo el archipiélago japonés.

—¡Hic! —Kobeni sintió un tirón gravitacional.

De repente, ya no solo ocupaban Japón. Sus cuerpos se expandieron por el Mar de China y el Océano Pacífico. La masa azul de Kobeni chocó con las costas de Corea y Rusia, mientras que el trasero en expansión de Power empezaba a rozar las islas de Hawái. El planeta Tierra parecía estar siendo envuelto por un capullo de seda azul y vibrante.

—¡Es tan… tan apretado! —chilló Power, cuya voz ahora vibraba en la ionosfera—. ¡Siento que mis pechos están empujando las nubes hacia el espacio! ¡Soy la reina de la atmósfera!

—La presión… —jadeó Himeno, sintiendo cómo su cuerpo se fundía con el de Makima en una unión de carne azulada que cubría continentes enteros—. Makima-san, ya no siento dónde termino yo y dónde empiezas tú…

—Somos una sola —respondió Makima. Su mente estaba conectada a la inmensidad de su nuevo cuerpo, sintiendo cada ciudad que quedaba sepultada bajo su suavidad—. El mundo está siendo reclamado por el néctar. Pronto, la Tierra solo será el núcleo de nuestra expansión.

El crecimiento superó la escala continental en cuestión de minutos. La masa azul de Kobeni devoró Asia, mientras que Himeno se extendía sobre las Américas. El océano Atlántico fue simplemente un charco que se llenó con el jugo que brotaba de sus poros. El planeta entero estaba ahora oculto bajo la piel tensa y brillante de las cuatro cazadoras, que seguían creciendo hacia el vacío del espacio.

—¡Hic! —El hipo de Kobeni ahora movía las placas tectónicas ocultas bajo ella.

—¡No puedo… no puedo ver nada! —gritó Kobeni, aunque sus ojos eran ahora del tamaño de lunas—. ¡Solo veo estrellas! ¡Y están tan cerca!

—¡Cómetelas, Kobeni! —rio Power, cuya risa era una tormenta solar de sonido—. ¡La gran Power devorará el vacío! ¡Nada puede detenernos! ¡Más jugo! ¡Más tamaño!

La atmósfera terrestre empezó a disiparse, pero no importaba. El néctar que llenaba sus cuerpos les permitía sobrevivir en el vacío, expandiéndose para llenar el silencio del cosmos. La Luna fue la primera en ser alcanzada; el vientre de Himeno la envolvió suavemente, asimilándola en su inmensidad azul como si fuera una pequeña canica de piedra.

—Es tan silencioso aquí arriba —susurró Himeno, su voz transmitida por las vibraciones de su propia carne masiva—. Makima-san, ¿crees que alguna vez pararemos?

—Nunca —respondió Makima. Su presencia se extendía ahora por millones de kilómetros cúbicos—. El demonio que nos transformó no tenía límites, porque nuestro deseo de ser llenadas no los tiene. Creceremos hasta que el sistema solar sea solo un recuerdo en nuestro interior.

El sol empezó a verse pequeño. La inmensa esfera azul que antes fue Kobeni Higashiyama ahora proyectaba una sombra eterna sobre Marte y Júpiter. Su llanto, convertido en ríos de jugo espacial, creaba nuevas nebulosas de color zafiro que flotaban entre los planetas.

—¡Hic! —El estallido de crecimiento lanzó a Kobeni más allá de la órbita de Saturno.

—¡Mmmghhh! —gimió Kobeni, sintiendo el frío del espacio profundo contra su piel, un frío que era rápidamente aplacado por el calor ardiente de su propio néctar en expansión—. ¡Se siente… tan… tan bien! ¡Estar así de llena… por toda la eternidad!

—Miren —dijo Makima, señalando con una conciencia que abarcaba galaxias—. Otras estrellas. Otros mundos que necesitan ser… azulados.

Power soltó un aullido de triunfo que hizo vibrar los anillos de los planetas gaseosos.

—¡A por ellos! ¡El universo será el jardín de Power! ¡Seré la fruta más grande de la creación!

El crecimiento continuó, desafiando las leyes de la entropía y el tiempo. Las cuatro cazadoras, ahora convertidas en entidades cósmicas de placer y néctar, se expandieron hacia los confines de la galaxia. Cada hipo de Kobeni era una supernova de crecimiento; cada trago de Power, una absorción de materia interestelar; cada suspiro de Himeno y Makima, una nueva ley física basada en la suavidad y la plenitud.

Atrapadas para siempre en un ciclo infinito de dilatación, las cuatro se convirtieron en el tejido mismo del universo. Ya no había Seguridad Pública, ni demonios que cazar, ni miedo al mañana. Solo existía el azul eterno, el sabor dulce del jugo infinito y la sensación gloriosa de nunca, jamás, dejar de crecer.

—Para siempre —susurró la voz colectiva de las cuatro, una vibración que ahora era el latido del cosmos—. Para siempre… azules… para siempre… llenas.

¿Te gustaría ver cómo este crecimiento infinito afecta a otras galaxias en el próximo segmento?