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Loml

El eco de la libertad

La pequeña librería "Sombra y Papel" olía a papel viejo, café recién hecho y, por primera vez en la vida de Megumi, a seguridad. El tintineo de la campana sobre la puerta seguía resonando en sus oídos, compitiendo con el latido desbocado de su corazón. Yuji Itadori estaba allí, de pie entre una estantería de clásicos universales y una vitrina de plumas estilográficas, luciendo tan real y tan fuera de lugar como un rayo de sol en una celda de castigo.

Megumi dio un paso al frente, sus dedos aún rozando el lomo de un libro de poemas que acababa de organizar. Sus ojos verdes recorrieron la figura de Yuji, buscando las heridas que el Alfa había prometido fingir para cubrir su huida. La cicatriz bajo su ojo era nueva, una línea fina que no le restaba ni un ápice de esa calidez contagiosa que siempre lo había caracterizado.

—¿Cómo me encontraste? —La voz de Megumi salió más firme de lo que esperaba, aunque por dentro sentía que sus cimientos se tambaleaban.

Yuji ensanchó su sonrisa, metiendo las manos en los bolsillos de su chaqueta deportiva.

—Bueno, no fue fácil —admitió, acercándose un par de pasos. Su aroma, ese sándalo mezclado con la frescura de la lluvia, empezó a reclamar el espacio, pero no de una forma dominante, sino protectora—. Digamos que el conductor del camión, el amigo de mi abuelo, es un hombre que aprecia mucho el buen sake. Después de un par de botellas y de asegurarle que no iba a entregarte, me dio una pista sobre esta ciudad.

Megumi bajó la mirada, sintiendo un calor inusual subir por su cuello. Durante meses, había intentado borrar de su mente la imagen de Yuji tras los barrotes, convenciéndose de que aquel Alfa era solo un espejismo de su desesperación, una deuda que nunca podría pagar.

—Arriesgaste demasiado, Itadori —susurró Megumi—. Te dije que me matarían, pero a ti... a ti podrían haberte hecho algo peor por traición.

Yuji soltó un suspiro corto y se rascó la nuca, restándole importancia al asunto con un gesto de la mano.

—Ya te lo dije aquella noche: no podía dejar que te apagaras. Además —añadió con una chispa de picardía en los ojos—, trabajar en esa prisión era deprimente. Mis superiores eran unos idiotas y la comida era incluso peor que la que te daba a ti. Me hicieron un favor al despedirme.

Megumi soltó una risa seca, casi inaudible, pero que iluminó su rostro por un segundo. Se alejó del mostrador y caminó hacia la puerta para girar el cartel de "Abierto" a "Cerrado". No quería interrupciones. No hoy.

—Ven —dijo Megumi, señalando una pequeña puerta al fondo que conducía a su vivienda en la planta superior—. No podemos hablar aquí si alguien decide asomarse por la ventana.

Subieron las estrechas escaleras de madera que crujían bajo el peso de Yuji. El apartamento de Megumi era pequeño, minimalista y extremadamente limpio. Había una cama perfectamente hecha, una mesa con dos sillas y una pequeña cocina. No había lujos, pero para alguien que había dormido sobre piedra fría durante años, era un palacio.

Yuji se detuvo en el centro de la habitación, mirando a su alrededor con genuina curiosidad.

—Es acogedor —comentó—. Huele a ti. Mucho mejor que el olor a humedad de Sendai, ¿verdad?

Megumi se tensó ligeramente ante la mención de la prisión, pero el tono suave de Yuji calmó sus nervios. Se acercó a la cocina y puso a calentar agua.

—Es tranquilo —respondió Megumi de espaldas a él—. Nadie me hace preguntas. El dueño de la librería es un Beta mayor que solo quiere que alguien cuide sus libros. Me paga lo suficiente para vivir y me deja quedarme aquí.

—Me alegra —dijo Yuji. Se sentó en una de las sillas, que pareció encogerse bajo su constitución atlética—. Estuve preocupado. Todas las noches, cuando pasaba por delante de tu celda vacía, me preguntaba si habrías llegado a salvo o si estarías pasando hambre otra vez.

Megumi se giró, apoyándose contra la encimera. Sus ojos se encontraron con los de Yuji y, por un momento, el tiempo pareció retroceder a aquellas noches de susurros a través de los barrotes.

—No he pasado hambre —dijo Megumi en voz baja—. Pero... a veces me despertaba pensando que todavía estaba allí. Escuchaba tus pasos en el pasillo y luego me daba cuenta de que solo era el viento contra la ventana.

El silencio que siguió no fue incómodo, sino denso, cargado de todas las cosas que un Omega y un Alfa que se conocieron en el infierno no sabían cómo decirse en la luz. Yuji se levantó lentamente, moviéndose con una cautela que Megumi agradeció. A pesar de la confianza, el instinto de Megumi seguía alerta ante cualquier movimiento brusco de un Alfa.

—Ya no estás allí, Megumi —dijo Yuji, usando su nombre de pila por primera vez sin el apellido de por medio—. Estás aquí. Y yo también.

—¿Por qué viniste realmente, Itadori? —preguntó Megumi, apretando los bordes de su camiseta—. Me salvaste la vida. Ya cumpliste con tu parte. No tenías que buscarme. Podrías haber empezado de nuevo en cualquier otro lugar.

Yuji se detuvo a un metro de él. Su expresión se volvió seria, casi solemne.

—Porque cuando te fuiste, me di cuenta de que la única razón por la que soportaba ir a ese trabajo de mierda cada día era para verte —confesó Yuji con una honestidad que desarmó a Megumi—. No era solo por lástima, ni por deber. Me gustaba hablar contigo. Me gustaba ver cómo, a pesar de todo lo que te habían hecho, seguías teniendo esos ojos que desafiaban al mundo.

Megumi sintió un nudo en la garganta. Nadie lo había mirado nunca así, no como un objeto, no como una moneda de cambio, ni siquiera como una víctima. Yuji lo miraba como si fuera algo valioso por sí mismo.

—Soy un desastre, Yuji —admitió Megumi, su voz temblando ligeramente—. Tengo cicatrices que no se borran y pesadillas que me hacen gritar a mitad de la noche. Mi padre me vendió como si fuera ganado. No sé cómo ser una persona normal.

Yuji dio el paso final, acortando la distancia. No lo tocó, pero Megumi podía sentir el calor que emanaba de su cuerpo.

—Entonces aprenderemos juntos —dijo Yuji con firmeza—. Yo tampoco sé muy bien qué estoy haciendo con mi vida ahora mismo. Pero sé que quiero estar donde tú estés. Si me dejas quedarme en esta ciudad... si me dejas visitarte... prometo que nunca más tendrás que comer arroz quemado.

Megumi soltó un suspiro que pareció liberar años de tensión acumulada en su pecho. Bajó la cabeza, permitiendo que un mechón de cabello oscuro cayera sobre sus ojos.

—El ramen de la esquina es pasable —murmuró Megumi, tratando de ocultar la emoción en su voz—. Pero cierran en media hora.

Yuji soltó una carcajada vibrante, esa que Megumi había memorizado en la oscuridad de su celda.

—¡Entonces no perdamos más tiempo! —exclamó el Alfa, retrocediendo hacia la puerta con entusiasmo—. Muéstrame el camino, Gumi.

Caminaron por las calles empedradas de la ciudad costera mientras el sol se hundía en el horizonte, tiñendo el cielo de violetas y naranjas. Por primera vez, Megumi no caminaba pegado a las paredes, tratando de hacerse invisible. Caminaba al lado de Yuji, y aunque sus brazos no se rozaban, la conexión entre ellos era más fuerte que cualquier cadena que hubiera intentado retenerlo en el pasado.

El puesto de ramen era pequeño y estaba lleno de vapor con olor a caldo de cerdo y jengibre. Se sentaron en la barra, uno al lado del otro. Yuji pidió dos raciones grandes con extra de huevo, hablando con el dueño como si lo conociera de toda la vida. Megumi lo observaba de reojo, maravillado por la facilidad con la que Yuji se integraba en el mundo.

—¿Sabes? —dijo Yuji mientras esperaba su comida—, mi abuelo siempre decía que el destino es como un hilo enredado. Por mucho que intentes cortarlo, siempre acaba uniendo los puntos que deben estar juntos.

—Tu abuelo suena como alguien sabio —comentó Megumi, removiendo sus palillos.

—Lo era. Aunque era un viejo gruñón la mayor parte del tiempo —Yuji sonrió con melancolía—. Me hubiera gustado que te conociera. Le habrías caído bien. Eres testarudo, como él.

—No soy testarudo —replicó Megumi con un deje de indignación fingida—. Solo soy realista.

—Claro, claro —se burló Yuji—. Y yo soy un guardia de prisión ejemplar.

Comieron en un silencio cómodo, roto solo por los ruidos típicos del local y los comentarios ocasionales de Yuji sobre lo bueno que estaba el caldo. Para Megumi, cada bocado era un triunfo. Ya no era la comida podrida que le lanzaban a través de una ranura; era una comida compartida, elegida por él mismo.

Al salir del local, el aire de la noche era fresco y traía consigo el aroma del mar. Caminaron hacia el muelle, donde las barcas de pesca se mecían suavemente.

—¿Dónde te quedarás esta noche? —preguntó Megumi, dándose cuenta de repente de que Yuji no tenía equipaje más que una mochila pequeña.

Yuji miró hacia el puerto, pensativo.

—Había pensado en buscar alguna pensión barata. O tal vez dormir bajo las estrellas, no sería la primera vez.

Megumi se detuvo y miró sus propios pies. Su instinto Omega, que durante años le había gritado que se alejara de cualquier Alfa, ahora le susurraba algo muy distinto. Con Yuji, el peligro no existía. Con Yuji, el mundo era un lugar donde podía bajar la guardia.

—Hay un sofá en mi apartamento —dijo Megumi, las palabras saliendo rápidas antes de que pudiera arrepentirse—. No es muy grande, pero es mejor que el suelo.

Yuji se giró hacia él, con los ojos muy abiertos por la sorpresa.

—¿Estás seguro, Megumi? No quiero invadir tu espacio. Sé que valoras mucho tu privacidad.

—Estoy seguro —asintió Megumi, levantando la vista para sostenerle la mirada—. No... no quiero que duermas en la calle. No después de todo lo que hiciste por mí.

Yuji suavizó su expresión. Se acercó y, esta vez, se atrevió a rozar brevemente el dorso de la mano de Megumi con sus dedos. Fue un contacto eléctrico, una chispa que recorrió la columna de Megumi y lo hizo estremecerse, pero no de miedo.

—Gracias, Megumi. De verdad.

De regreso al apartamento, la atmósfera había cambiado. Ya no eran solo un guardia y un prisionero, ni siquiera dos conocidos que se reencontraban. Eran dos personas tratando de construir un puente sobre un abismo de trauma y soledad.

Megumi le entregó una manta y una almohada. Yuji se quitó la chaqueta y la bufanda, revelando unos brazos fuertes y tatuados que Megumi no había podido ver bajo el uniforme de la prisión. Se sentó en el sofá, probando la comodidad.

—Es perfecto —dijo Yuji, mirando a Megumi, que se encontraba de pie junto a la puerta de su habitación—. Oye, Megumi...

—¿Sí?

—Mañana... ¿podrías enseñarme el resto de la ciudad? Me gustaría ver dónde trabajas y tal vez... tal vez buscar algún empleo por aquí.

Megumi sintió un calor reconfortante expandirse por su pecho. Yuji no planeaba irse. No era una visita de cortesía; estaba intentando echar raíces a su lado.

—Hay una tienda de suministros cerca del puerto —dijo Megumi—. Siempre buscan gente fuerte para cargar cajas. Podría acompañarte por la mañana.

Yuji asintió con entusiasmo, sus ojos brillando en la penumbra del salón.

—Es un plan. Buenas noches, Megumi.

—Buenas noches, Yuji.

Megumi entró en su habitación y cerró la puerta, pero no echó el cerrojo. Por primera vez en siete años, no sentía la necesidad de bloquear el mundo para sentirse a salvo. Se acostó en su cama y escuchó los ruidos de Yuji acomodándose en el sofá al otro lado de la pared. El sonido de su respiración rítmica, el leve crujido del mueble... eran sonidos de vida.

Esa noche, Megumi no soñó con las celdas de Sendai, ni con las manos de los hombres que intentaron comprar su alma. Soñó con campos de flores que nunca había visto, con el sabor del ramen caliente y con una bufanda roja que lo envolvía como un escudo contra el frío.

Afuera, el mar seguía susurrando contra el muelle, pero dentro del pequeño apartamento sobre la librería, el fuego que Yuji se había negado a dejar apagar empezaba finalmente a arder con una luz propia, clara y constante. La herencia de las sombras se estaba desvaneciendo, dejando paso a un amanecer que, por fin, les pertenecía a ambos.