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Loml

El peso de la existencia

La convivencia con Yuji Itadori era como aprender a respirar un aire que no quemaba los pulmones. Durante las primeras dos semanas, Megumi se despertaba sobresaltado al alba, con los músculos tensos y el corazón martilleando contra sus costillas, esperando el sonido metálico de la porra golpeando los barrotes o el grito de un guardia malhumorado. En su lugar, lo que encontraba era el silencio amortiguado de la librería y el suave ronquido de Yuji desde el sofá del salón.

Poco a poco, Megumi dejó de dormir con un cuchillo de cocina bajo la almohada.

La rutina se estableció con una naturalidad asombrosa. Yuji, tal como habían planeado, consiguió trabajo en el puerto. Su fuerza física —excepcional incluso para un Alfa— y su disposición siempre alegre lo convirtieron rápidamente en el favorito de los capataces. Regresaba a casa al atardecer, con la ropa oliendo a salitre y a esfuerzo, pero siempre con una sonrisa y, a menudo, con algo pequeño en las manos: un dulce envuelto en papel, una revista que alguien había desechado o simplemente una anécdota divertida sobre las gaviotas.

—¡Ya estoy en casa, Gumi! —exclamó Yuji una tarde de martes, dejando sus botas pesadas junto a la puerta—. No te lo vas a creer, pero hoy un cargamento de piñas se rompió en el muelle y el jefe nos dejó llevarnos las que estaban golpeadas. ¡Traigo postre!

Megumi, que estaba sentado a la mesa repasando las cuentas de la librería, levantó la vista. Su rostro, antes una máscara de apatía y dolor, había recuperado algo de suavidad. Sus mejillas ya no estaban tan hundidas y sus ojos verdes tenían un brillo que no era solo de alerta.

—Bienvenido —dijo Megumi, cerrando el cuaderno—. Te he dejado agua caliente para que te laves. Hueles a pescado podrido desde aquí.

Yuji soltó una carcajada y se olió la sisa de la camiseta, haciendo una mueca de asco exagerada.

—Tienes razón, es horrible. Me daré una ducha rápida. ¿Has comido algo hoy? Te veo muy concentrado en esos papeles.

—He comido —mintió Megumi por instinto, aunque la verdad era que solo había tomado un té y un trozo de pan seco. El hábito de privarse de comida para que durara más tiempo era difícil de romper.

Yuji se detuvo camino al baño y lo miró con los ojos entrecerrados, detectando la mentira en el aire. Las feromonas de Megumi, aunque todavía discretas y algo apagadas por el trauma, siempre lo delataban ante el olfato agudo de Yuji cuando estaba nervioso.

—Mentiroso —dijo Yuji sin rastro de enfado, solo con una ternura que siempre desarmaba a Megumi—. Cuando salga de la ducha, vamos a preparar esas piñas y lo que sea que haya en la nevera. Tienes que estar fuerte, Fushiguro. Se acerca tu día especial, ¿no?

Megumi se quedó helado. Sus dedos se apretaron contra el borde de la mesa.

—¿A qué te refieres?

—Tu cumpleaños —respondió Yuji, apoyándose en el marco de la puerta—. Vi tu ficha en la prisión, antes de... bueno, antes de que nos fuéramos. El siete de diciembre. Faltan tres semanas. Vas a cumplir quince, ¿verdad?

Megumi bajó la mirada, sintiendo una punzada de algo que no sabía identificar. ¿Tristeza? ¿Miedo? Sus cumpleaños nunca habían sido motivo de celebración. A los siete años, el regalo de su padre fue venderlo a un tratante de esclavos Omega. A los diez, lo pasó encerrado en un sótano porque había intentado morder a un potencial "comprador". A los catorce, estaba en Sendai, recibiendo sobras quemadas de un guardia pelirrosa.

—No es un día especial —murmuró Megumi—. Es solo un día más. No me gusta celebrarlo.

Yuji guardó silencio por un momento. Entendía, sin necesidad de que se lo explicaran, el peso de los recuerdos que Megumi cargaba. Se acercó a la mesa, evitando cualquier movimiento que pudiera parecer amenazante, y puso una mano sobre la madera, cerca de la de Megumi.

—Para mí es especial —dijo Yuji en voz baja—. Es el día en que naciste. Si no fuera por ese día, yo no tendría a nadie con quien compartir estas piñas golpeadas.

Megumi sintió un nudo en la garganta y se levantó bruscamente, dándole la espalda para ocultar el leve temblor de sus labios.

—Vete a ducharte, Itadori. Estás delirando por el hambre.

Mientras escuchaba el sonido del agua correr, Megumi se permitió apoyarse contra la encimera y cerrar los ojos. La idea de que Yuji se quedara indefinidamente en su casa ya no era una cuestión de gratitud o de deuda. Se había convertido en una necesidad. El espacio en el sofá que Yuji ocupaba se sentía como el corazón del hogar. Si Yuji se iba, la librería volvería a ser solo una caja de madera y papel frío.

A veces, por la noche, Megumi se quedaba despierto escuchando la respiración de Yuji y se preguntaba por qué un Alfa como él, joven, fuerte y con todo el mundo por delante, elegía quedarse con un Omega roto de catorce años en una ciudad olvidada. Yuji podría tener a cualquiera. Podría tener una vida fácil. Pero elegía dormir en un sofá incómodo y traer piñas golpeadas a un chico que apenas sabía sonreír.

Días después, el frío del invierno empezó a calar en los huesos. La tienda de libros se volvió un refugio de mantas y estufas eléctricas. Megumi pasaba las tardes leyendo, pero su mente siempre volvía a la fecha que se aproximaba. El siete de diciembre se sentía como una sombra que lo perseguía.

Una tarde, mientras Yuji estaba en el puerto, Megumi recibió una visita inesperada en la librería. No era un cliente habitual. Era un hombre de aspecto refinado, vestido con un abrigo que costaba más que toda la librería, que entró haciendo sonar la campana con una elegancia que hizo que los vellos de la nuca de Megumi se erizaran.

—Busco un ejemplar de las crónicas de los Zen'in —dijo el hombre, recorriendo el lugar con una mirada de desprecio—. Me dijeron que en este agujero se esconden cosas interesantes.

Megumi sintió que la sangre se le congelaba. Ese nombre. Zen'in. Hacía años que no lo escuchaba en voz alta.

—No tenemos ese libro —respondió Megumi, tratando de mantener la voz nivelada—. Por favor, márchese. Estamos cerrando.

El hombre se detuvo frente al mostrador y fijó su mirada en Megumi. Sus ojos se entrecerraron, analizando sus rasgos, su postura, el aroma a supresores baratos que Megumi usaba para ocultar su casta.

—Te pareces mucho a alguien que conozco —comentó el hombre, con una sonrisa que no llegaba a sus ojos—. Un hombre que vendió algo muy valioso hace años y luego se gastó el dinero en apuestas y alcohol.

—No sé de qué está hablando —dijo Megumi, sus manos temblando bajo el mostrador, buscando instintivamente algún objeto punzante.

—Oh, creo que sí lo sabes. Un Omega de linaje puro no desaparece así como así. Hay gente que todavía te busca, Megumi. Tu padre fue un idiota, pero su sangre sigue siendo moneda de cambio en ciertos círculos.

El miedo, ese viejo conocido, envolvió a Megumi como una mortaja. El pánico de ser arrastrado de nuevo a una celda, de ser exhibido como un trofeo, lo paralizó. El hombre estiró una mano hacia su rostro, pero antes de que pudiera tocarlo, la puerta de la librería se abrió de golpe.

Yuji entró como un torbellino, con la respiración agitada y los ojos encendidos con una intensidad que Megumi nunca había visto. No era la calidez del sol; era el fuego de un Alfa protegiendo lo que más quería.

—¿Se le ofrece algo al señor? —preguntó Yuji, interponiéndose entre el extraño y Megumi. Su voz era un gruñido bajo, una advertencia física que hizo que el aire de la habitación se volviera pesado.

El hombre elegante dio un paso atrás, evaluando a Yuji. Vio los músculos tensos, la cicatriz bajo el ojo y la determinación absoluta en su mirada. Comprendió que no se enfrentaba a un simple dependiente, sino a alguien dispuesto a matar.

—Solo buscaba un libro —dijo el hombre, recuperando la compostura—. Pero veo que el inventario es... decepcionante.

Con una última mirada cargada de veneno hacia Megumi, el hombre salió de la tienda. El silencio que quedó fue ensordecedor.

Megumi se dejó caer en su silla, sintiendo que sus piernas no podían sostenerlo más. Yuji se giró de inmediato, arrodillándose frente a él y tomando sus manos frías entre las suyas.

—¿Estás bien? ¿Te ha hecho algo? —preguntó Yuji, su voz volviendo a ser suave, aunque sus manos aún temblaban por la adrenalina.

—Me ha reconocido —susurró Megumi, con los ojos fijos en la nada—. Me encontrarán, Yuji. Mi padre... los Zen'in... nunca me dejarán ser libre.

Yuji apretó sus manos con fuerza, obligándolo a mirarlo.

—Escúchame bien, Megumi Fushiguro. Nadie te va a llevar a ninguna parte. No soy un guardia de prisión ahora. Soy yo. Y te juro por la memoria de mi abuelo que cualquiera que intente ponerte una mano encima tendrá que pasar por encima de mi cadáver.

—No quiero que mueras por mi culpa —sollozó Megumi, y por primera vez en años, las lágrimas empezaron a correr por sus mejillas—. No valgo tanto. Solo soy un Omega que nadie quiere.

Yuji se levantó y, sin pedir permiso, rodeó a Megumi con sus brazos, atrayéndolo hacia su pecho. Megumi escondió el rostro en el hombro de Yuji, aferrándose a su camiseta como si fuera su único ancla en medio de una tormenta. El aroma de Yuji lo envolvió, un escudo de sándalo y lluvia que acalló los gritos de su pasado.

—Vales todo el mundo para mí —susurró Yuji contra su cabello—. Y no voy a irme a ninguna parte. Me quedaré aquí, contigo. En esta librería, en este sofá, en esta vida. ¿Me oyes?

Megumi asintió débilmente, permitiéndose por fin llorar todo lo que no había llorado en siete años de cautiverio. Lloró por el niño que fue vendido, por el adolescente que pasó hambre y por el hombre que temía ser. Yuji lo sostuvo durante todo el tiempo, meciéndolo suavemente, dejando que sus feromonas de Alfa calmaran el sistema nervioso destrozado del Omega.

Esa noche, Megumi no dejó que Yuji durmiera en el sofá.

—Quédate —le dijo cuando se disponían a irse a dormir—. No quiero estar solo. Por favor.

Dormieron juntos en la pequeña cama, de espaldas el uno al otro pero con los dedos entrelazados sobre las mantas. Era un contacto casto, pero lleno de una promesa que ningún contrato de venta podría romper jamás.

Las semanas siguientes fueron de una vigilancia silenciosa. Yuji ya no iba al puerto todos los días; empezó a trabajar horas extras en la librería, ayudando a Megumi con las cajas pesadas y asegurándose de que nadie sospechoso se acercara. El miedo de Megumi no desapareció, pero se transformó en algo manejable porque ya no lo cargaba solo.

Finalmente, llegó el siete de diciembre.

Megumi se despertó con el olor a algo dulce cociéndose en la pequeña cocina. Se levantó y encontró a Yuji peleándose con una sartén y una masa de aspecto dudoso.

—¡Buenos días! —exclamó Yuji, con una mancha de harina en la mejilla—. No me mires así, estoy intentando hacer tortitas. Es más difícil de lo que parece en la televisión.

Megumi se acercó y, por primera vez en mucho tiempo, una sonrisa genuina apareció en su rostro.

—Estás quemándolas, Itadori.

—¡No es verdad! Solo están... caramelizadas —protestó Yuji, aunque rápidamente retiró la sartén del fuego—. Bueno, quizás un poco. Pero oye, ¡feliz cumpleaños, Megumi!

Yuji dejó la sartén y sacó algo de su bolsillo. Era un paquete pequeño, envuelto con cuidado en papel de seda azul. Se lo tendió a Megumi con cierta timidez.

—Espero que te guste. No es mucho, pero... bueno, pensé que te vendría bien.

Megumi abrió el paquete con dedos temblorosos. Dentro había un collar de cuero fino con un pequeño colgante de jade verde, del mismo color que sus ojos. Era sencillo, elegante y, sobre todo, no era una marca de propiedad. Era un adorno.

—Es precioso —susurró Megumi, pasando el pulgar por la piedra lisa.

—El jade representa la protección y la larga vida —explicó Yuji, rascándose la nuca—. Quería que tuvieras algo que te recordara que estás a salvo. Que ya no eres un número, ni una mercancía. Eres Megumi.

Megumi se puso el collar y sintió que el peso de los quince años que cargaba se volvía un poco más ligero. Se acercó a Yuji y, por iniciativa propia, rodeó su cintura con los brazos, apoyando la cabeza en su pecho.

—Gracias, Yuji. Por todo.

—No tienes que darme las gracias —respondió el Alfa, abrazándolo con fuerza—. Solo tienes que seguir viviendo. Eso es todo lo que quiero.

Desayunaron las tortitas quemadas entre risas y planes para el futuro. Hablaron de comprar una estufa mejor, de los libros que Megumi quería leer y de la posibilidad de adoptar un perro de la calle que siempre merodeaba por la librería.

Aquel día, Megumi Fushiguro comprendió que su padre lo había vendido, pero que Yuji Itadori lo había encontrado. Y en los brazos de aquel Alfa que una vez le dio sobras de comida sucias, Megumi finalmente encontró el hogar que las mansiones y las celdas nunca pudieron darle. El fuego de su interior ya no luchaba por oxígeno; ahora ardía con la calma de una vela en una noche de invierno, protegida por alguien que preferiría arder antes que dejar que el frío volviera a tocarlo.