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Los instintos de un Hale

Nudos de Posesión y Promesas de Sangre

El aire en el dormitorio de Derek estaba saturado. No era solo el olor a sexo, sudor y fluidos lo que llenaba la estancia, sino una estática eléctrica, una tensión de Alfa y Omega que hacía que el vello de los brazos de Stiles se erizara continuamente. Derek lo depositó con una delicadeza casi reverente sobre las sábanas de lino gris, pero no retiró el juguete que aún llenaba a Stiles. El Omega soltó un gemido quebrado, sus caderas elevándose instintivamente para buscar más presión.

—Quédate así —ordenó Derek, su voz ahora un barítono profundo que parecía nacer desde el centro de la tierra—. No te muevas, Stiles. Quiero verte asimilar lo que te estoy haciendo.

Stiles hundió la cara en la almohada, que olía intensamente a Derek. Sus manos se cerraron sobre la tela, apretándola con fuerza. El juguete de silicona era una presencia constante, una imitación fría pero efectiva de lo que su cuerpo exigía a gritos. Cada vez que Derek rozaba el borde del objeto, Stiles sentía que su cordura se deshilachaba.

—Derek... por favor —suplicó Stiles, girando la cabeza para mirarlo con ojos empañados por las lágrimas y el deseo—. Sácame esto... quiero sentirte a ti. Quiero tu nudo. Sé que dijiste que no, pero... me duele. Me duele de una forma que no puedo explicar.

Derek se despojó de su camiseta con un movimiento fluido, revelando los músculos tensos de su espalda y el tatuaje del trisquel que parecía vibrar bajo su piel. Se subió a la cama, posicionándose sobre Stiles, atrapándolo entre sus brazos como un depredador que finalmente ha decidido reclamar su presa después de años de acecho.

—Crees que lo quieres —gruñó Derek, pegando su frente a la de Stiles—, pero no tienes idea de lo que mi lobo te haría si me dejo llevar ahora mismo. Te marcaría la piel con mis dientes hasta que no quedara un centímetro limpio. Te llenaría tanto que no podrías pensar en nada más que en mi nombre durante el resto de tu vida.

—Hazlo —desafió Stiles, su voz recuperando un rastro de esa chispa temeraria que tanto volvía loco al Alfa—. Pégame a la cama, Derek. Márcame. No me importa el dolor si viene de ti. Estoy harto de que me protejas de ti mismo cuando lo que necesito es que me devores.

Esa fue la gota que colmó el vaso. El control de Derek, siempre tan frágil cuando se trataba de Stiles, se rompió con un chasquido casi audible. Con un movimiento brusco, Derek agarró la base del juguete de silicona y lo extrajo de un tirón. Stiles soltó un grito que fue mitad dolor y mitad alivio absoluto, su cuerpo contrayéndose ante el vacío repentino.

—Tú lo pediste, Stiles —susurró Derek contra su oído, y esta vez, sus ojos no eran verdes, ni siquiera rojos de Alfa; eran una oscuridad abismal de pura necesidad—. No te quejes cuando no te deje salir de esta habitación.

Derek vertió más lubricante, pero esta vez sus dedos no fueron suaves. Entraron en Stiles con una urgencia posesiva, reclamando el territorio que el objeto inanimado había preparado. Stiles se arqueó, sus uñas enterrándose en los hombros de Derek, dejando largos surcos rojos. El calor del celo estaba en su punto álgido, una fiebre que solo el nudo de un Alfa podía enfriar.

—¡Más! —chilló Stiles, sus piernas rodeando la cintura de Derek, tirando de él—. ¡Ahora, Derek! ¡Ahora!

Derek se deshizo de sus pantalones con una mano mientras la otra mantenía a Stiles inmovilizado contra el colchón. Cuando su piel finalmente tocó la de Stiles, sin barreras, el contacto fue como una explosión. Derek se posicionó, su erección palpitando contra la entrada de Stiles, que goteaba lubricante y fluidos propios del celo.

—Mírame —ordenó Derek.

Stiles abrió los ojos. Vio al monstruo y al hombre, al Alfa y al protector, y no sintió miedo. Solo una pertenencia absoluta.

—Soy tuyo —susurró Stiles, casi sin aliento—. Siempre he sido tuyo, lobo gruñón.

Derek entró en él con una estocada poderosa que hizo que Stiles perdiera el aire. Fue intenso, abrumador; la sensación de ser llenado por algo tan vivo, tan caliente y tan real hizo que Stiles sollozara. Derek comenzó a moverse, sus embestidas eran rítmicas y brutales, cada golpe de sus caderas contra las de Stiles sonando como un aplauso carnal en el silencio del loft.

—¡Oh, Dios! ¡Derek! —Stiles echó la cabeza hacia atrás, sus cuerdas vocales vibrando con cada impacto—. ¡Sí, así! ¡No pares!

Derek no podía parar. El aroma de Stiles, ese olor a canela quemada y deseo puro, lo estaba volviendo loco. Sus instintos le gritaban que reclamara, que anudara, que asegurara su linaje en el Omega que tenía debajo. Gruñía con cada movimiento, sus colmillos rozando la glándula del cuello de Stiles, justo donde la marca de unión debería estar.

—Eres... mi... Omega —rugió Derek, acelerando el ritmo. Sus manos bajaron para sujetar las muñecas de Stiles sobre su cabeza, dominándolo por completo—. Nadie más volverá a olerte así. Nadie más volverá a pensar que tiene una oportunidad contigo.

—Solo tú... —jadeó Stiles, sus ojos poniéndose en blanco mientras el placer comenzaba a desbordarlo—. Solo tú, Derek. Siempre.

La fricción era increíble. Stiles sentía que se estaba derritiendo, que sus huesos se volvían líquidos bajo el peso y la fuerza de Derek. El Alfa no le daba tregua; lo giró, poniéndolo a cuatro patas, y lo tomó desde atrás con una ferocidad que hizo que Stiles mordiera las sábanas para no gritar de una forma que despertara a todo Beacon Hills.

—Derek, el nudo... —suplicó Stiles, sintiendo cómo la base del miembro de Derek empezaba a hincharse—. Por favor, lléname. No me dejes ir.

Derek sintió que su propia simiente presionaba por salir, y su nudo comenzó a expandirse de forma incontrolable. Era una respuesta biológica, una promesa de que no se separaría de Stiles hasta que el celo hubiera sido mitigado. Con un último empuje profundo, Derek se ancló dentro de Stiles.

Stiles soltó un grito desgarrador cuando sintió la expansión dentro de él. Era una plenitud dolorosa pero exquisita, una sensación de estar unido permanentemente a la fuente de su mayor deseo. Derek se derrumbó sobre la espalda de Stiles, sus brazos rodeándolo con fuerza, mientras ambos se perdían en el espasmo del orgasmo.

—¡Derek! —el nombre fue un suspiro, una oración.

El Alfa rugió, su simiente llenando a Stiles mientras el nudo los mantenía unidos, piel con piel, alma con alma. El silencio que siguió solo estaba roto por sus respiraciones agitadas y el sonido de sus corazones latiendo al unísono, el de Stiles rápido y errático, el de Derek lento y poderoso.

Pasaron los minutos, y el nudo no cedía. Derek enterró su rostro en el hueco del cuello de Stiles, inhalando el aroma que ahora estaba mezclado irrevocablemente con el suyo.

—Te dolió —murmuró Derek, su voz volviendo a ser la del hombre que se preocupaba demasiado—. Te dije que sería demasiado.

Stiles, aún temblando por las secuelas de la descarga, soltó una risita débil y se giró un poco para mirar a Derek por encima del hombro.

—Fue perfecto, Derek. Fue... exactamente lo que necesitaba. No me rompa tan fácilmente, ¿sabes? Soy un Omega de la manada Hale-McCall, estamos hechos de algo más fuerte.

Derek besó el hombro de Stiles, sus labios dejando una marca roja que tardaría días en desvanecerse.

—Aún no hemos terminado —recordó Derek, sus manos acariciando el vientre de Stiles—. El nudo tardará en bajar, y tu celo durará al menos dos días más. No voy a dejar que te levantes de esta cama, Stiles.

—¿Eso es una amenaza o una promesa, Sourwolf? —preguntó Stiles con esa sonrisa ladeada que Derek secretamente adoraba.

—Es un hecho.

Derek se incorporó un poco, estirando el brazo hacia la mesita de noche. De un cajón sacó unas esposas de cuero forradas en lana. Stiles arqueó una ceja, su corazón dando un vuelco de anticipación.

—¿En serio? ¿Teníamos juguetes y también tenías esto? —Stiles soltó una carcajada que terminó en un gemido cuando Derek se movió ligeramente dentro de él—. Sabía que eras un tipo intenso, pero esto supera mis expectativas.

—Si voy a dejar que te quedes aquí mientras mi nudo baja, necesito asegurarme de que no intentes escapar a buscar tu portátil o a investigar algún asesinato —dijo Derek con seriedad, aunque había un brillo de posesividad en sus ojos—. Vas a descansar. Vas a dejar que te cuide. Y vas a dejar que te use como mi Omega hasta que tu aroma vuelva a la normalidad.

—Me parece un plan excelente —respondió Stiles, extendiendo sus manos voluntariamente—. Pero con una condición.

Derek se detuvo, con una de las esposas ya colocada en la muñeca de Stiles.

—¿Qué condición?

—Quiero que me muerdas —dijo Stiles, y esta vez no había rastro de broma en su voz. Señaló el lugar donde su cuello se unía con el hombro—. No una marca de apareamiento permanente si no estás listo... pero quiero que todos vean que tengo un Alfa. Quiero que cuando Scott o Isaac me vean, huelan a Derek Hale en cada poro de mi piel.

Derek guardó silencio por un momento, mirando la piel pálida de Stiles. La idea de marcarlo, de reclamarlo ante el mundo, era algo que había deseado desde el momento en que Stiles cumplió los dieciocho y su aroma cambió.

—Lo haré —prometió Derek.

Se inclinó y, con una lentitud tortuosa, lamió la piel de Stiles, preparando la zona. Stiles cerró los ojos, esperando. Entonces, Derek cerró sus mandíbulas. No fue un mordisco suave; fue profundo, posesivo, una declaración de propiedad que hizo que Stiles gritara y se corriera de nuevo, simplemente por la intensidad de la conexión.

Cuando Derek se retiró, la marca sangraba ligeramente, pero el proceso de curación de un Omega bajo la protección de su Alfa ya estaba empezando a sellarla, dejando una cicatriz que gritaría a cualquiera que Stiles Stilinski no estaba disponible.

—Mío —gruñó Derek, lamiendo la sangre sobrante.

—Tuyo —confirmó Stiles, dejándose caer contra las almohadas mientras Derek terminaba de esposarlo a la cabecera de la cama.

El resto del celo fue un borrón de sensaciones. Derek cumplió su promesa. No dejó que Stiles tocara el suelo. Lo alimentó, lo hidrató y lo tomó una y otra vez, explorando cada rincón de su cuerpo con una curiosidad que rayaba en la obsesión. Usaron los juguetes cuando Derek sentía que su lobo estaba demasiado cerca de perder el control, y usaron sus propios cuerpos cuando la necesidad de conexión real era insoportable.

Stiles descubrió que Derek no era solo fuerza y gruñidos; era un amante atento que sabía exactamente dónde tocar para hacerlo delirar. Y Derek descubrió que Stiles, incluso en medio del celo, no perdía su lengua afilada ni su capacidad para hacerlo reír en los momentos más inesperados.

Al tercer día, cuando la fiebre finalmente comenzó a remitir, Stiles se encontraba acurrucado contra el pecho de Derek. Estaba exhausto, adolorido y probablemente tendría marcas en las muñecas y el cuello durante una semana, pero se sentía más completo de lo que jamás se había sentido en su vida.

—¿En qué piensas? —preguntó Derek, su voz ronca por la falta de uso en conversaciones normales.

—En que voy a tener que explicarle a mi papá por qué no puedo sentarme correctamente durante la cena del domingo —susurró Stiles, soltando una risita—. Y en que Scott va a tener un ataque al corazón cuando huela lo que hiciste en este loft.

Derek lo apretó más contra él, sus dedos trazando la marca en su cuello.

—Que lo tenga. No me importa lo que piense Scott. Solo me importa que estés aquí.

Stiles se levantó un poco, apoyando la barbilla en el pecho de Derek.

—¿Sabes qué es lo más gracioso? —preguntó Stiles—. Que pasé meses pensando que nadie me quería, que era un Omega defectuoso porque nadie se me acercaba. Y resulta que tenía al Alfa más posesivo y aterrador de California cuidando mi jardín.

—No te estaba cuidando el jardín, Stiles —corrigió Derek con una sonrisa mínima que rara vez mostraba—. Estaba esperando a que estuvieras listo para que yo pudiera entrar en él.

Stiles puso los ojos en blanco, aunque sus mejillas se encendieron.

—Dios, eso fue tan cursi y tan sucio al mismo tiempo. Te odio.

—No, no lo haces.

—No, no lo hago —admitió Stiles, inclinándose para darle un beso suave—. Pero la próxima vez, quiero probar esas cuerdas que vi en el fondo del baúl.

Derek soltó una carcajada, una verdadera y sonora, que llenó el loft y ahuyentó las últimas sombras de soledad que quedaban en el lugar.

—Trato hecho, Stiles. Trato hecho.

Fuera, el sol comenzaba a ponerse sobre Beacon Hills, pero dentro del loft de los Hale, un nuevo tipo de equilibrio se había establecido. La manada tenía un nuevo vínculo, uno que no se basaba solo en la supervivencia, sino en un deseo que había quemado durante años hasta finalmente encontrar su fuego. Y mientras Stiles se quedaba dormido en los brazos de su Alfa, supo que nunca más tendría que pasar un celo en silencio.