Los instintos de un Hale
Néctar, Sangre y Semilla
El Loft de Derek Hale siempre había sido un santuario de hormigón y sombras, pero tres semanas después del celo que lo cambió todo, el aire se había vuelto tan denso que se podía cortar con una garra. Para Derek, entrar en su propia casa se había convertido en un ejercicio de masoquismo sensorial. Su olfato de Alfa, potenciado por el vínculo instintivo que ahora lo ataba a Stiles, estaba captando algo nuevo, algo que hacía que su lobo rascara las paredes de su autocontrol.
No era solo el aroma a canela y ozono de Stiles. Tampoco era solo el rastro de su propio nudo y su simiente que parecía haber quedado impregnado en las vigas de madera. Era un olor dulce, floral, casi como leche y miel, que emanaba directamente de los poros del Omega. Un olor que gritaba una sola cosa: fertilidad. Éxito. Vida.
Derek cerró la pesada puerta corredera tras de sí y soltó un gruñido bajo que hizo vibrar sus pulmones. El loft estaba vacío, pero Stiles había estado allí hace menos de una hora. Su sudadera roja yacía sobre la mesa de acero, y el rastro de su esencia era tan potente que Derek sintió una punzada inmediata en su entrepierna.
—Maldita sea —gruñó Derek, llevándose una mano a la cara.
Sus pantalones se sintieron repentinamente demasiado estrechos. La biología licántropa no era sutil. Su cuerpo reconocía que había preñado a su pareja, y su instinto, en lugar de calmarse, había entrado en una fase de posesividad maníaca. Quería marcarlo de nuevo. Quería enterrarse en él para asegurarse de que ningún otro macho, humano o sobrenatural, se atreviera siquiera a mirar en dirección al padre de sus cachorros.
El sonido de unos pasos rápidos y rítmicos en la escalera de metal interrumpió sus pensamientos. No necesitaba mirar para saber quién era. El corazón de Stiles latía con un ritmo que Derek podría reconocer a kilómetros de distancia.
—¡Derek! ¡No vas a creer lo que pasó! —Stiles entró tropezando, con su mochila colgando de un hombro y el cabello más desastroso que de costumbre—. Fui a la clínica de Deaton porque me sentía... raro. Ya sabes, no raro de "me va a salir un tercer brazo", sino raro de "creo que mi estómago está intentando digerir una piedra de energía pura".
Derek no respondió. Se quedó inmóvil, con los ojos fijos en la figura delgada de Stiles. El Omega se detuvo a mitad del salón, sus fosas nasales dilatándose. El olor de Derek, cargado de una excitación oscura y dominante, lo golpeó como una pared física.
—Oh —dijo Stiles, su voz bajando dos octavas—. Ese es... ese es un olor muy específico, Sourwolf. ¿Estamos en modo "quiero arrancarle la garganta a alguien" o en modo "quiero arrancarle la ropa a Stiles"?
—Stiles —la voz de Derek fue un rugido contenido—. Acércate.
Stiles tragó saliva, pero no retrocedió. Su propio cuerpo de Omega, ahora alterado por el incipiente embarazo, respondió a la orden del Alfa con una oleada de calor que le empapó la espalda. Dio un paso, luego otro, hasta que estuvo a escasos centímetros del pecho de Derek.
—Deaton dice que funcionó —susurró Stiles, su sarcasmo habitual fallándole ante la intensidad de la mirada roja de Derek—. Estoy... estamos... hay algo ahí, Derek. Un pequeño lobito o un pequeño humano hiperactivo. O una combinación terrorífica de ambos.
Derek extendió una mano temblorosa y la posó sobre el vientre de Stiles, por encima de la camiseta. Sus dedos ardían. Bajo la palma de su mano, podía sentir la chispa de una vida nueva, un latido diminuto que resonaba con el suyo propio. El olor a néctar se intensificó, volviéndose casi embriagador.
—Lo sé —dijo Derek, su voz rompiéndose—. Puedo olerlo. Huele a ti... y huele a mí.
—Me está volviendo loco —confesó Stiles, agarrando las solapas de la chaqueta de cuero de Derek y tirando de él—. Desde que salí de la clínica, solo puedo pensar en tu olor. En tus manos. En cómo te sentías dentro de mí. Derek, tengo tanta hambre que no sé si quiero un banquete o si quiero que me folles hasta que olvide mi propio nombre.
—Stiles, estás sensible, tu cuerpo está cambiando... —intentó razonar Derek, aunque su propia erección estaba pulsando dolorosamente contra sus jeans.
—No me des el discurso de protección, Hale —Stiles le soltó un mordisco juguetón en la mandíbula, sus ojos brillando con una chispa dorada de Omega—. Mi cuerpo quiere a su Alfa. Mi cachorro quiere sentir a su padre reclamando su territorio. ¿Vas a dejarme así o vas a demostrarme por qué eres el Alfa de esta manada?
Derek no necesitó más invitación. Agarró a Stiles por los muslos y lo levantó del suelo con una fuerza bruta. Stiles rodeó la cintura de Derek con sus piernas, soltando un gemido de triunfo cuando sintió la dureza del Alfa presionando contra su entrada, incluso a través de la ropa.
Derek lo llevó hasta la mesa de acero, barriendo de un manotazo los mapas y libros que había encima. El estruendo del metal contra el suelo fue el pistoletazo de salida.
—Te voy a marcar tanto que el olor no se irá en meses —gruñó Derek, enterrando la cara en el cuello de Stiles, justo sobre la marca que le había dejado semanas atrás.
—Hazlo —jadeó Stiles, tirando de la camiseta de Derek para quitársela—. Hazme tuyo otra vez.
Las manos de Derek fueron frenéticas. Despojó a Stiles de sus pantalones y su ropa interior con una urgencia que rozaba la violencia, pero sus movimientos eran precisos. Cuando la piel de Stiles tocó el frío metal de la mesa, el contraste con el calor abrasador de Derek lo hizo sisear.
El Alfa se deshizo de su propia ropa en segundos. Su miembro estaba completamente erecto, goteando pre-seminal, listo para la tarea de reclamar. Derek no usó lubricante esta vez; el cuerpo de Stiles, en pleno estado de celo post-concepción, estaba produciendo su propia humedad, un fluido espeso y dulce que preparaba el camino.
—Mírame, Stiles —ordenó Derek, abriendo las piernas del Omega de par en par.
Stiles obedeció, sus ojos marrones desenfocados por la lujuria. Derek entró en él de una sola estocada, profunda y sin miramientos. Stiles soltó un grito que resonó en todo el loft, sus dedos clavándose en los bíceps de Derek hasta sacar sangre.
—¡Dios, Derek! —Stiles arqueó la espalda, su cabeza golpeando la mesa—. ¡Sí! ¡Justo ahí!
Derek comenzó a embestir con una ferocidad animal. Sus ojos brillaban en un rojo carmesí constante, y sus colmillos habían salido, rozando la piel sensible de los hombros de Stiles. Cada golpe de sus caderas era una declaración de propiedad. El loft olía a sexo primitivo, a la unión de dos almas que habían sido forjadas en el fuego y la tragedia, y que ahora estaban creando algo puro.
—Eres mío —rugía Derek entre dientes, sus manos apretando la cintura de Stiles con tanta fuerza que dejaría marcas—. Mi Omega. Mi familia.
—Tuyo... siempre tuyo —Stiles sollozaba de placer, sus propios espasmos apretando el miembro de Derek, incitándolo a ir más rápido, más profundo.
El ritmo se volvió frenético. Stiles sentía que su útero, ahora despertando a la vida, vibraba con cada estocada del Alfa. Era una sensación de plenitud que iba más allá de lo físico; era como si sus almas se estuvieran entrelazando en un nudo que ni el tiempo ni la muerte podrían desatar.
Derek sintió que llegaba al límite. Su nudo comenzó a hincharse prematuramente, ansioso por sellar la unión y proteger la semilla que ya crecía dentro de Stiles. Agarró las manos de Stiles y las entrelazó con las suyas, presionándolas contra la mesa.
—Voy a anudarte, Stiles —advirtió Derek, su voz apenas un susurro animal—. No voy a poder salir.
—No salgas nunca —respondió Stiles, cerrando las piernas alrededor de la espalda de Derek para atraerlo más—. Lléname, Derek. Lléname de ti.
Con un rugido que sacudió los cristales del loft, Derek se empujó una última vez, enterrándose hasta la raíz. Su nudo se expandió violentamente dentro de Stiles, provocando que el Omega soltara un grito de éxtasis puro mientras su propio orgasmo lo golpeaba en oleadas abrasadoras. La simiente de Derek inundó a Stiles, una marea caliente que parecía buscar el origen de la nueva vida para fortalecerla.
Se quedaron así durante lo que parecieron horas, unidos en el centro del loft, con la luz de la tarde filtrándose por los ventanales. Derek mantenía su peso sobre Stiles, protegiéndolo, su respiración calmándose lentamente mientras su nudo mantenía la conexión firme.
—¿Estás bien? —preguntó Derek después de un tiempo, su voz volviendo a la normalidad, llena de una ternura que solo Stiles conocía.
Stiles soltó una risita débil, sus dedos acariciando el cabello sudado de Derek.
—Aparte del hecho de que mis piernas se sienten como espaguetis cocidos y de que probablemente voy a necesitar una grúa para bajarme de esta mesa... estoy fantástico.
Derek se incorporó un poco, besando la frente de Stiles. Sus ojos volvieron a ser verdes, pero la posesividad seguía allí, latente.
—Deaton dijo que el embarazo de un lobo es más rápido —comentó Derek, su mano bajando de nuevo al vientre de Stiles—. Tres meses. En tres meses tendremos a alguien más aquí.
Stiles sonrió, una sonrisa real y cálida que iluminó su rostro cansado.
—Tres meses para que aprenda a decir "Sourwolf" como su primera palabra. Scott va a odiarlo.
—Scott tendrá que acostumbrarse —dijo Derek, su mirada volviéndose seria—. Porque no pienso dejar que nadie se acerque a ti. Especialmente ahora. Mi instinto está... fuera de control, Stiles.
—Lo he notado —Stiles señaló con la cabeza su cuello, donde una nueva marca de dientes se sumaba a la anterior—. Pero no me quejo. Me gusta que seas un Alfa sobreprotector. Me hace sentir... seguro.
Derek suspiró, apoyando la frente contra la de su Omega. El olor a néctar y sangre se había suavizado, reemplazado por una fragancia de paz y satisfacción.
—Te llevaré a la cama —dijo Derek—. El nudo está bajando.
—¿A la cama? —Stiles arqueó una ceja—. ¿Para dormir? Porque tengo una lista de cosas que quiero intentar ahora que sé que mi cuerpo puede manejar a un Alfa en celo permanente.
Derek soltó una carcajada corta y seca, pero sus ojos brillaron con un nuevo desafío.
—Eres insaciable, Stiles Stilinski.
—Soy tu Omega —corrigió Stiles mientras Derek lo levantaba con cuidado, manteniéndolo pegado a su pecho—. Y tienes mucho tiempo perdido que recuperar.
Mientras subían las escaleras hacia el dormitorio, el silencio del loft se sintió diferente. Ya no era el silencio de una casa vacía y cargada de fantasmas, sino el silencio de un hogar que esperaba el primer llanto de una nueva generación. Derek Hale había pasado años huyendo de su pasado, pero en los brazos de Stiles, y en la vida que crecía entre ellos, finalmente había encontrado su futuro.
Y si ese futuro implicaba marcar a Stiles todos los días y ahuyentar a cualquier pretendiente con un solo gruñido, Derek estaba más que dispuesto a cumplir con su deber. Después de todo, el Alfa siempre protege lo que es suyo. Y Stiles era, sin ninguna duda, lo mejor que la vida le había devuelto.