Los instintos de un Hale
El Alfa Encadenado y el Juego del Castigo
La luz de la luna se filtraba por los enormes ventanales del loft, bañando la habitación en un tono plateado que hacía que las sombras parecieran cobrar vida. Derek estaba sentado en el borde de la cama, con la espalda apoyada contra el frío metal del cabecero. Sus muñecas estaban firmemente sujetas por las esposas de cuero y acero que él mismo había guardado en aquel baúl años atrás. Las cadenas tintineaban con cada movimiento de sus manos, un sonido metálico que cortaba el silencio cargado de feromonas.
Stiles lo observaba desde el umbral del baño, con una chispa de malicia y deseo bailando en sus ojos marrones. Había pasado las últimas semanas siendo el centro de las atenciones sobreprotectoras de Derek, y aunque amaba sentirse cuidado, su parte humana y sarcástica necesitaba recuperar un poco de terreno. Quería ver al Alfa perder el control, pero esta vez, bajo sus propias reglas.
—Te dije que no te movieras, Sourwolf —dijo Stiles con una voz que era pura seda y veneno—. Las reglas han cambiado esta noche. Tú eres el que espera, y yo soy el que decide cuándo tienes lo que quieres.
Derek tiró de las cadenas, haciendo que el metal crujiera contra la madera de la cama. Sus ojos brillaron en un rojo intenso, y un gruñido bajo vibró en su pecho desnudo. Sus músculos estaban tensos, cada fibra de su cuerpo gritando por liberarse y reclamar al Omega que lo provocaba desde la distancia.
—Stiles... suéltame ahora mismo —gruñó Derek, aunque la orden carecía de su autoridad habitual debido a la erección que ya empujaba salvajemente contra la tela de sus pantalones desabrochados.
—Oh, no lo creo —respondió Stiles, desapareciendo tras la puerta del baño—. Tardaré solo un minuto. No rompas la cama, es cara.
Derek cerró los ojos, concentrándose en el sonido de la respiración de Stiles y en el latido de su corazón. Podía oler el cambio en el aire. El aroma de Stiles, ya de por sí embriagador por el embarazo y el celo reciente, se estaba transformando en algo más afilado, más consciente.
Cuando la puerta del baño se abrió de nuevo, Derek sintió que el aire abandonaba sus pulmones.
Stiles salió caminando con una confianza que nunca antes había mostrado. Llevaba un disfraz de policía que era una burla a cualquier uniforme real. La parte superior consistía en una camisa corta que apenas cubría sus costillas, dejando al descubierto su vientre pálido y el inicio de la línea de vello que descendía hacia sus pantalones. Una corbata negra colgaba floja alrededor de su cuello, acentuando la marca de mordida que Derek le había dejado.
Pero lo que realmente hizo que el Alfa tirara de las cadenas con una fuerza que amenazaba con arrancar el cabecero fue la parte inferior. Stiles vestía una minifalda azul oscuro, tan corta que apenas era una sugerencia de tela. Sus piernas largas estaban cubiertas por medias de encaje negro que se perdían bajo el dobladillo de la falda, sujetas por ligueros que resaltaban la blancura de sus muslos.
—¿Qué pasa, oficial Hale? —preguntó Stiles, caminando lentamente hacia la cama, exagerando el movimiento de sus caderas—. ¿Se siente atrapado? He oído que los Alfas que marcan territorio sin permiso necesitan una lección de disciplina.
Derek soltó un rugido, sus colmillos alargándose. El contraste entre la apariencia juvenil de Stiles y la descarada sensualidad del atuendo era demasiado para sus sentidos.
—Stiles, juro por Dios que cuando me suelte de aquí...
—Si te sueltas —interrumpió Stiles, llegando al borde de la cama—. Pero por ahora, creo que tienes una vista excelente desde ahí abajo.
Con una lentitud tortuosa, Stiles se dio la vuelta, dándole la espalda a Derek. Se inclinó hacia adelante, apoyando las manos en el colchón para "ajustar" una de las medias. La acción hizo que la minifalda se elevara por completo, dejando al descubierto su trasero redondo y firme, apenas cubierto por una fina tira de encaje.
Derek sintió que su visión se teñía de rojo. El espectáculo de su Omega, embarazado de su cachorro, ofreciéndose de esa manera mientras él estaba encadenado, era la tortura más exquisita que había experimentado. Las cadenas chirriaron violentamente mientras Derek intentaba abalanzarse sobre él.
—¡Mírame! —rugió el Alfa—. ¡Stiles, mírame ahora!
Stiles se giró sobre su hombro, lanzándole una mirada cargada de una lujuria pecaminosa. Se enderezó y se sentó a horcajadas sobre los muslos de Derek, teniendo cuidado de no presionar demasiado su vientre, pero asegurándose de que el Alfa sintiera cada centímetro de su calor.
—He decidido que hoy yo tengo el control —susurró Stiles, pasando sus dedos por el pecho de Derek, trazando los músculos definidos y el tatuaje del trisquel—. Tú te has pasado semanas marcándome, gruñéndole a mis amigos y tratándome como si fuera de cristal. Ahora quiero sentirte, pero a mi manera.
Stiles desabrochó los pantalones de Derek, liberando su miembro que saltó hacia adelante, palpitando de necesidad. El Omega soltó un pequeño jadeo al ver el tamaño y la intensidad de la excitación de su Alfa. Sin apartar la mirada de los ojos rojos de Derek, Stiles se levantó un poco, posicionándose sobre él.
—Despacio, Stiles... —advirtió Derek, su voz era un hilo ronco de desesperación—. Si entras así, no podré contenerme.
—Esa es la idea —respondió Stiles con una sonrisa triunfal.
Se bajó lentamente, guiando a Derek dentro de él. El contacto de la piel caliente y húmeda hizo que ambos gimieran al unísono. Stiles cerró los ojos, echando la cabeza hacia atrás mientras se acomodaba, sintiendo cómo Derek lo llenaba por completo, estirándolo de una forma que solo su Alfa podía hacer.
—Oh, por todos los... Derek... —jadeó Stiles, comenzando a moverse con un ritmo pausado, casi perezoso.
Derek estaba en el cielo y en el infierno. Sus manos, atrapadas sobre su cabeza, se cerraban en puños, las venas de sus brazos resaltando por el esfuerzo de no romper las esposas. Quería agarrar las caderas de Stiles, quería empujar hacia arriba con toda su fuerza, pero Stiles lo mantenía allí, dictando el ritmo.
—¿Te gusta esto, Alfa? —preguntó Stiles, inclinándose hacia adelante para que sus pechos rozaran el pecho de Derek, la corbata de policía balanceándose entre ellos—. ¿Te gusta ver cómo me tomo lo que es mío?
—Te odio... —gruñó Derek, aunque sus caderas se elevaron instintivamente para buscar más profundidad—. Te odio tanto, Stiles.
—Mientes tan mal —Stiles aumentó la velocidad, sus embestidas volviéndose más erráticas y urgentes. El sonido de su unión, mezclado con el tintineo de las cadenas, llenaba la habitación—. Puedo olerte, Derek. Hueles a deseo, a posesión... hueles a mí.
Stiles comenzó a cabalgarlo con fuerza, sus manos apoyadas en el pecho de Derek para mantener el equilibrio. La minifalda volaba con cada movimiento, y las medias de encaje rozaban la piel de Derek, añadiendo una capa de fricción que lo estaba volviendo loco.
—¡Suéltame! —exigió Derek, su voz rompiéndose—. ¡Stiles, necesito tocarte! ¡Las marcas... las esposas me están quemando!
Stiles se detuvo en seco, justo cuando estaba en la cima de una estocada. Se quedó allí, respirando con dificultad, sintiendo el nudo de Derek empezando a formarse de nuevo debido a la intensidad del momento.
—¿Quieres que te suelte? —preguntó Stiles, rozando los labios de Derek con los suyos, pero sin llegar a besarlos—. Dime que eres mío. Dime que este Alfa le pertenece a su Omega.
—Sabes que lo soy —respondió Derek, sus ojos brillando con una mezcla de amor y furia primaria—. Soy tuyo, Stiles. Siempre.
Stiles sonrió y, con un movimiento rápido, sacó la llave que llevaba escondida en el liguero de su media. En un segundo, las esposas se abrieron y las manos de Derek quedaron libres.
No hubo advertencia. Derek agarró a Stiles por la cintura con la fuerza de un huracán, girándolo en un movimiento fluido hasta que el Omega estuvo debajo de él, con la espalda contra el colchón y las piernas envueltas alrededor de su cuello.
—Mi turno —sentenció Derek.
El Alfa no tuvo piedad. Sus embestidas eran potentes, rítmicas y cargadas de una necesidad que había estado contenida durante demasiado tiempo. Stiles gritaba, su voz mezclándose con los gruñidos de Derek, mientras el disfraz de policía terminaba de desgarrarse bajo las manos impacientes del hombre lobo.
—¡Derek! ¡Sí! ¡Ahí! —Stiles se retorcía, sus manos buscando desesperadamente el cuerpo de Derek, atrayéndolo hacia él—. ¡No pares, no pares nunca!
Derek enterró su rostro en el cuello de Stiles, mordiendo suavemente sobre la marca de unión, reclamándolo una y otra vez. El olor a sexo, a encaje desgarrado y a amor puro inundaba el loft. Derek sentía la vida dentro de Stiles, sentía la conexión que los unía a través del vínculo de pareja, y se dejó llevar por la marea de sensaciones.
—Te tengo —susurró Derek contra su piel, justo antes de que ambos alcanzaran el clímax—. Nunca te voy a dejar ir, Stiles.
El orgasmo los golpeó como una explosión. Stiles se tensó, sus ojos poniéndose en blanco mientras su cuerpo se sacudía bajo el peso de Derek. El Alfa rugió, su semilla llenando a Stiles una vez más, asegurando su lugar en la vida del Omega.
Minutos después, el silencio regresó al loft, solo roto por el sonido de sus respiraciones agitadas. Derek estaba tumbado sobre Stiles, con cuidado de no aplastarlo, mientras sus dedos trazaban patrones perezosos en los restos del encaje de las medias que aún colgaban de las piernas de Stiles.
—Entonces... —dijo Stiles, recuperando el aliento—, ¿creo que el oficial de policía ha cumplido con su deber?
Derek soltó una risa baja, una que vibró contra el pecho de Stiles. Se incorporó lo suficiente para mirar al Omega a los ojos.
—Creo que el oficial de policía va a estar bajo arresto domiciliario durante mucho tiempo —respondió Derek, besando la punta de la nariz de Stiles—. Y yo seré el guardián de su celda.
—Me parece justo —Stiles sonrió, rodeando el cuello de Derek con sus brazos—. Pero la próxima vez, quiero probar las cuerdas. He oído que los Alfas son muy buenos haciendo nudos... de todo tipo.
Derek negó con la cabeza, una sonrisa genuina apareciendo en su rostro. Sabía que con Stiles nunca habría un momento de paz, pero mientras estuvieran juntos, encadenados por el deseo o libres por el amor, no querría estar en ningún otro lugar del mundo.
—Duerme, Stiles —murmuró Derek, acomodándose a su lado y envolviéndolo en un abrazo protector—. Mañana tenemos que explicarle a la manada por qué hay pedazos de encaje y cadenas por todo el suelo.
—Eso es fácil —dijo Stiles, cerrando los ojos con una expresión de pura satisfacción—. Les diré que estábamos practicando técnicas de interrogatorio. Muy, muy profundas.
Derek solo pudo gruñir con cariño antes de quedarse dormido, con el aroma de su Omega y su futuro cachorro rodeándolo como el manto más cálido del mundo. La noche en Beacon Hills era tranquila, pero en aquel loft, el fuego de un Alfa y su Omega seguía ardiendo, prometiendo que, sin importar lo que viniera, ellos siempre serían la ley del otro.