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Lost

Cenizas en el viento de otoño

El silencio de la habitación de Megumi Fushiguro no era el silencio de la paz, sino el de una tumba recién cavada. Se encontraba sentado en el borde de su cama, con las manos entrelazadas y la mirada perdida en la pared desnuda. La habitación estaba a oscuras, solo iluminada por la pálida luz de la luna que se filtraba por la ventana, acentuando las ojeras bajo sus ojos verdes y la palidez casi enfermiza de su piel.

Hacía tres horas que Yuji se había marchado con Ozawa y el resto del grupo a celebrar. Tres horas en las que Megumi no se había movido, procesando el eco del beso que aún quemaba en sus labios. No era el dolor agudo de una herida abierta lo que sentía, sino una pesadez sorda, un vacío que se expandía por su pecho como una mancha de tinta negra en agua clara.

Se llevó los dedos a la boca, rozando la piel donde los labios de Itadori habían presionado con tanta convicción. Fue una crueldad involuntaria, pensó. Yuji no era una mala persona; de hecho, era demasiado bueno. Su luz era tan cegadora que no podía ver las sombras que proyectaba sobre los demás. Para Yuji, el plan había sido un éxito rotundo, una misión cumplida con la ayuda de su mejor amigo. Para Megumi, había sido una ejecución pública de sus esperanzas.

— Eres un idiota, Fushiguro —susurró para sí mismo, su voz apenas un hilo quebradizo en la oscuridad.

Se permitió, por primera vez en mucho tiempo, hundirse en esa melancolía. Siempre había sido el pilar de la lógica, el chico que mantenía las emociones bajo llave para que no interfirieran con su deber como hechicero. Pero esa noche, las llaves se habían roto. Se tumbó en la cama, mirando el techo, y dejó que los recuerdos de la semana pasada lo asfixiaran. Cada roce de hombros, cada sonrisa cómplice que Yuji le había dedicado frente a los demás, cada vez que Itadori lo llamó "cariño" para que Ozawa escuchara... todo era mentira. Una actuación magistral de alguien que solo quería recuperar su zona de confort heterosexual.

Al día siguiente, el sol salió con una crueldad innecesaria. Megumi se vistió mecánicamente, ajustando su uniforme con dedos torpes. Sabía que tenía que salir, que tenía que enfrentarse al mundo y, lo que era peor, a la felicidad de Yuji.

Cuando llegó al comedor principal, el ruido lo golpeó como una bofetada. Allí estaban todos. Nobara reía ruidosamente mientras robaba un trozo de tocino del plato de Panda. Maki discutía algo con Inumaki sobre el entrenamiento de la tarde. Y en el centro de todo, como el sol alrededor del cual orbitaban los planetas, estaba Yuji. Tenía el brazo pasado sobre los hombros de Ozawa, quien sonreía con una timidez radiante.

Megumi se detuvo en la entrada. Por un segundo, sintió que era invisible. Nadie notó su llegada. Era el papel que siempre había desempeñado: el observador silencioso, el que estaba presente pero cuya ausencia rara vez se sentía de inmediato. Se acercó a la mesa de servicio, tomó una bandeja y se sirvió un café negro. Nada de comida; su estómago se sentía como si estuviera lleno de piedras.

— ¡Oh, Fushiguro! ¡Aquí! —gritó Yuji, agitando la mano libre con entusiasmo.

Megumi apretó los dientes y caminó hacia ellos. Cada paso pesaba una tonelada. Se sentó en el extremo de la mesa, lo más lejos posible de la pareja, pero lo suficientemente cerca como para que no pareciera extraño.

— Buenos días —dijo Megumi, su voz tan plana y carente de emoción como siempre.

— ¡Tío, te perdiste la cena de anoche! —exclamó Yuji, con los ojos brillando de una manera que hacía que a Megumi le doliera la vista—. Fuimos a ese lugar de ramen que nos gusta. ¡Ozawa dice que es el mejor que ha probado!

— Estaba cansado —respondió Megumi, fijando su mirada en el vapor que subía de su taza—. Tenía que adelantar unos informes para Gojo-sensei.

— Siempre tan responsable —intervino Nobara, mirándolo de reojo—. Deberías aprender a relajarte un poco, Fushiguro. Mira a Itadori, está que no cabe en sí de gozo.

Yuji soltó una carcajada y apretó a Ozawa contra su costado.

— ¡Es que soy el tipo más afortunado del mundo! —dijo él, mirando a la chica con una adoración que Megumi sabía que nunca recibiría—. Y todo gracias a mi mejor amigo. En serio, Megumi, si no fuera por tu actuación de "novio misterioso", creo que ella nunca se habría dado cuenta de lo que sentía.

El corazón de Megumi dio un vuelco violento. "Actuación". La palabra salió de la boca de Yuji con una ligereza que lo desangró.

— No fue nada —logró decir Megumi, aunque sentía que las palabras se le quedaban pegadas en la garganta—. Me alegra que funcionara.

Ozawa miró a Megumi con una expresión de culpa y gratitud mezcladas.

— Siento haberme interpuesto, Fushiguro-kun —dijo ella con suavidad—. Por un momento realmente pensé que ustedes dos... bueno, ya sabes. Hacían una pareja muy convincente.

— Solo hacíamos lo necesario —cortó Megumi, levantándose de repente. Su café estaba casi intacto—. Tengo entrenamiento temprano. Nos vemos luego.

Caminó rápido, ignorando los llamados de Yuji. Necesitaba aire. Necesitaba estar en un lugar donde no tuviera que ver la mano de Yuji entrelazada con la de ella. Se refugió en los campos de entrenamiento traseros, donde los árboles de hoja caduca empezaban a teñir el suelo de ocre y rojo.

Allí, bajo la sombra de un gran roble, Megumi se dejó caer. Sus manos temblaban ligeramente. La humillación de ser el "mejor amigo" que facilitó el romance de otro era un peso insoportable. Se sentía utilizado, pero lo que más le dolía era que no podía culpar a Yuji. Yuji le había pedido ayuda y él se la había dado voluntariamente. La crueldad no estaba en la intención de Itadori, sino en su absoluta falta de percepción. Para Yuji, Megumi era un objeto inamovible, una constante en su vida que no tenía deseos ni dolores propios más allá de los que compartían como hechiceros.

— ¿Fushiguro?

La voz lo sobresaltó. Era Maki. Estaba apoyada contra el tronco de un árbol cercano, observándolo con esos ojos afilados que parecían ver a través de todas sus defensas.

— ¿Qué quieres, Zen'in? —preguntó él, recuperando su máscara de indiferencia.

Maki caminó hacia él y se sentó a su lado, dejando su lanza en el suelo. No dijo nada durante un largo rato, simplemente observó el paisaje.

— Eres un pésimo mentiroso para los que te conocemos bien —dijo ella finalmente—. A los demás puedes engañarlos con ese aire de "no me importa nada", pero yo sé cuándo alguien está a punto de desmoronarse.

Megumi apretó los puños sobre sus rodillas.

— No sé de qué estás hablando.

— Hablo de Itadori —continuó Maki, sin rodeos—. Hablo de esa estupidez de fingir ser novios. Fue una idea de mierda, Fushiguro. Y tú aceptaste sabiendo exactamente cómo iba a terminar.

— Él necesitaba ayuda —susurró Megumi, bajando la cabeza—. Es mi amigo.

— Es un idiota —corrigió Maki con dureza—. Y tú eres un mártir. ¿Crees que te van a dar una medalla por romperte el corazón en silencio? Lo que hizo fue cruel, aunque no tuviera la intención de serlo. Usar tus sentimientos, aunque no los conozca, para recuperar a su ex... es egoísta.

— Él no sabe nada —defendió Megumi, sintiendo una punzada de lealtad irracional—. No tiene la culpa de que yo... de que yo sienta esto.

Maki soltó un suspiro de frustración.

— Ese es tu problema. Siempre asumiendo toda la carga. Te estás hundiendo, Megumi. Te veo en el grupo, sentado en la esquina, sin decir una palabra, viendo cómo él brilla con ella. Te estás volviendo invisible por elección propia para no molestarlos con tu dolor.

Megumi no respondió. Tenía razón. Se sentía como un fantasma en su propia vida. En las reuniones de grupo, en las cenas, en las misiones, siempre estaba un paso por detrás, asegurándose de que el espacio de Yuji estuviera despejado, de que él fuera feliz. Se había convertido en el andamio que sostenía la felicidad de Itadori, un andamio que nadie mira una vez que el edificio está terminado.

— Déjame solo, Maki —pidió en voz baja.

Ella se levantó, recogiendo su arma.

— Como quieras. Pero recuerda que los fantasmas no pueden exorcizar maldiciones. Si no te cuidas a ti mismo, vas a terminar cometiendo un error en el campo de batalla. Y no creo que Itadori se perdone nunca si algo te pasa porque estabas demasiado ocupado sufriendo por él.

Maki se alejó, dejándolo con sus pensamientos. Megumi cerró los ojos y se imaginó el beso de nuevo. El calor, el sabor, la presión de las manos de Yuji. Fue el momento más real de su vida y, al mismo tiempo, la mentira más grande que jamás había vivido.

Los días se convirtieron en semanas. La relación de Yuji y Ozawa floreció, llenando los pasillos de la escuela con risas y demostraciones de afecto que Megumi aprendió a esquivar con la precisión de un cirujano. Se volvió aún más retraído. Si antes hablaba poco, ahora apenas emitía sonidos que no fueran estrictamente necesarios para el trabajo.

En el grupo de amigos, su presencia se volvió anecdótica. "Fushiguro es así", decían cuando no aparecía en las salidas al cine o a los centros comerciales. "Está estudiando" o "está entrenando". Yuji, inmerso en su burbuja de felicidad, aceptaba esas excusas sin cuestionarlas. A veces le enviaba un mensaje de texto: "¿Estás bien, Megumi? ¡Te extrañamos hoy!", pero nunca insistía. No tenía por qué hacerlo; su mundo estaba completo sin la presencia constante de su "mejor amigo".

Una tarde, mientras Megumi caminaba hacia la biblioteca, se encontró con Yuji en el pasillo. Estaba solo por una vez, apoyado contra la pared, mirando su teléfono con una sonrisa boba. Al ver a Megumi, su rostro se iluminó.

— ¡Fushiguro! ¡Justo a quien quería ver!

Megumi sintió ese viejo y familiar nudo en el estómago.

— ¿Qué pasa, Itadori?

— Ozawa y yo cumplimos un mes desde que volvimos —dijo Yuji, acercándose y poniendo una mano sobre el hombro de Megumi. El contacto quemó a través de la tela del uniforme—. Quiero organizar algo especial, una cena sorpresa. ¿Me ayudarías a elegir un regalo? Eres el que mejor gusto tiene de todos nosotros.

Megumi miró la mano de Yuji en su hombro. Era la misma mano que lo había sujetado durante aquel beso falso. La misma mano que ahora buscaba su ayuda para celebrar el amor que ese beso había ayudado a restaurar. La crueldad de la petición era tan absoluta que Megumi casi quiso reír.

— Estoy ocupado, Itadori —dijo Megumi, apartándose con un movimiento brusco.

Yuji parpadeó, sorprendido por la frialdad del gesto.

— Oh... claro. Lo siento, no quería molestarte. Es que... últimamente casi no hablamos. ¿Estás enfadado por algo?

Megumi lo miró a los ojos. Esos ojos claros y honestos que no tenían ni idea del daño que estaban causando. Por un momento, tuvo el impulso de gritarle. De decirle que lo amaba, que el beso lo había destruido, que no podía soportar ser el espectador de su romance. Pero el peso de su propia introversión y el miedo al rechazo total lo mantuvieron callado.

— No estoy enfadado —mintió Megumi, su voz saliendo como un susurro gélido—. Solo estoy cansado de fingir.

— ¿Fingir qué? —preguntó Yuji, ladeando la cabeza con confusión.

— Nada. Olvídalo. Pídele ayuda a Nobara, ella sabe más de esas cosas.

Megumi se dio la vuelta y se alejó, dejando a Yuji plantado en medio del pasillo. Mientras caminaba, sintió que las lágrimas amenazaban con salir, pero las contuvo con una voluntad de hierro. No le daría a su dolor el lujo de manifestarse físicamente.

Llegó a su habitación y cerró la puerta con llave. Se sentó en el suelo, apoyando la espalda contra la madera fría. El silencio volvió a envolverlo. Se dio cuenta de que su papel invisible no era solo una consecuencia de la felicidad de Yuji, sino su propio mecanismo de defensa. Si era invisible, no podían lastimarlo más. Si no estaba allí, no tenía que ver lo que había perdido antes de tenerlo.

"Eres el mejor amigo del mundo", le había dicho Yuji.

Esa frase era su condena. Sería el mejor amigo, el que guarda el secreto, el que apoya desde las sombras, el que se rompe en pedazos para que el otro esté entero. Se permitió llorar entonces, sin ruido, con los hombros sacudiéndose en una agonía silenciosa. Lloró por el beso que no significó nada para Yuji y que lo significó todo para él. Lloró por la chica que tenía el lugar que él anhelaba. Y lloró por sí mismo, por ser tan cobarde como para aceptar un amor falso a cambio de un corazón roto.

Afuera, el viento de otoño soplaba con fuerza, llevándose las hojas secas, dispersándolas como cenizas de algo que nunca llegó a arder de verdad. Megumi Fushiguro se quedó allí, en la penumbra, aceptando su soledad como el único refugio que le quedaba en un mundo donde su amor era solo una herramienta para la felicidad de otro.