Lost
Las cicatrices del invierno
El invierno en la Escuela Técnica de Hechicería de Tokio no perdonaba. El aire se había vuelto una cuchilla gélida que cortaba la respiración, y los campos de entrenamiento, antes cubiertos de hojas ocres, ahora lucían una capa perpetua de escarcha que crujía bajo las botas. Para Megumi Fushiguro, el cambio de estación trajo consigo una extraña y necesaria anestesia.
Habían pasado meses desde aquel beso que marcó el final de su ingenuidad. Los primeros treinta días fueron un infierno de insomnio y nudos en la garganta; los siguientes sesenta, una rutina gris de evasión. Pero, gradualmente, algo en su interior se había endurecido. No era odio hacia Yuji —sería incapaz de odiar la luz, por mucho que esta lo quemara—, sino una aceptación pragmática. Había aprendido a mirar a Itadori no como el centro de su universo, sino como un fenómeno meteorológico: inevitable, brillante, pero fuera de su control.
Su piel seguía siendo pálida, sus ojos verdes mantenían esa seriedad analítica, pero había dejado de ser el mártir que Maki describió. Ahora, cuando Yuji reía con Ozawa en el comedor, Megumi simplemente abría un libro y leía. Ya no buscaba significados ocultos en los silencios, ni esperaba que el destino le devolviera el favor por su "sacrificio". Había madurado a golpes, entendiendo que el amor no correspondido no es una deuda que el universo deba pagarte, sino simplemente un camino sin salida.
— Fushiguro, te vas a quedar ciego si sigues leyendo con esta luz —dijo Nobara, dejándose caer en el banco frente a él. Llevaba una bufanda roja envuelta hasta la nariz—. ¿Has visto a Itadori? Lleva toda la mañana con una cara de funeral que no le pega nada.
Megumi ni siquiera desvió la vista de su texto sobre técnicas de sellado.
— No lo he visto desde el desayuno —respondió con voz monótona—. Supongo que estará con ella. Es su aniversario de cuatro meses, o algo así.
— Pues algo ha pasado —insistió Nobara, robándole un sorbo al té de Megumi—. Porque lo vi pateando una lata en el pasillo con una energía muy negativa. Y ya sabes que ese idiota solo se pone así cuando...
La puerta del comedor se abrió de golpe. Yuji entró, pero no con su habitual trote enérgico. Sus manos estaban hundidas en los bolsillos de su sudadera y su cabello rosa parecía más lacio que de costumbre. Se acercó a la mesa de sus amigos y se dejó caer en la silla junto a Megumi, invadiendo su espacio personal como si los meses de distanciamiento no hubieran existido.
— Se acabó —anunció Yuji, mirando al techo con una expresión que oscilaba entre la confusión y el alivio.
Nobara escupió un poco de té.
— ¿Qué se acabó? ¿El mundo? ¿Tu reserva de dulces?
— Ozawa y yo —dijo Yuji. Suspiró profundamente, pero no hubo lágrimas, ni el drama que Megumi habría esperado de alguien que movió cielo y tierra para recuperarla—. Terminamos. Bueno, ella me terminó.
Megumi cerró el libro lentamente. Sintió una punzada, pero no era de alegría. Era una mezcla de incredulidad y una sombra de aquel viejo dolor que intentaba asomar la cabeza.
— ¿Por qué? —preguntó Megumi, manteniendo su tono neutral—. Parecían... estables.
Yuji se rascó la nuca, soltando una risita corta y seca.
— Fue por una idiotez, de verdad. Estábamos hablando de qué hacer para Navidad y ella mencionó que quería ir a un restaurante elegante en Ginza. Yo le dije que prefería quedarme aquí para entrenar y ver películas con ustedes, porque este año ha sido muy pesado con las misiones. Se enfadó, dijo que yo no le daba prioridad, que seguía siendo "el mismo chico distraído de siempre" y que... bueno, que quizás lo nuestro solo funcionaba bajo presión.
— ¿Bajo presión? —repitió Nobara, arqueando una ceja.
— Sí. Dijo que cuando estábamos separados y yo "salía" contigo, Fushiguro, ella sentía que tenía que competir por mí. Pero que una vez que me tuvo de vuelta, se dio cuenta de que lo que extrañaba era el desafío, no necesariamente la rutina conmigo.
El silencio que siguió fue denso. Megumi sintió un sabor amargo en la boca. Así que todo aquel teatro, aquel beso que le había roto el alma, solo había servido para alimentar un juego de celos que, al final, no tenía cimientos reales. La crueldad de la situación era casi cómica.
— ¿Y cómo estás tú? —preguntó Megumi, observando de reojo a su amigo.
Yuji se encogió de hombros. No parecía el chico desesperado de hacía meses. No había rastro de la angustia que lo llevó a suplicar por un noviazgo falso.
— Estoy bien, creo. Me siento un poco tonto por haber hecho tanto lío antes. Pero, honestamente, cuando me lo dijo, solo pensé: "Ah, bueno, supongo que ahora tendré más tiempo para las misiones". No me duele como la primera vez. Es raro, ¿no?
— No es raro —intervino Nobara, levantándose—. Es que eres un inmaduro que confunde el capricho con el amor. Me voy, tengo cosas mejores que hacer que escuchar tus penas de soltero. Fushiguro, no dejes que te arrastre a sus dramas otra vez.
Nobara se marchó, dejando a los dos chicos solos en la mesa. El comedor estaba casi vacío. El sol de la tarde, bajo y frío, proyectaba sombras alargadas sobre la madera.
— Oye, Megumi —dijo Yuji en voz baja.
— ¿Qué?
— Siento haberte metido en todo eso hace meses. Mirando atrás, fue una idea muy egoísta. Te usé para recuperar algo que ni siquiera sabía si quería de verdad.
Megumi apretó los dedos sobre la cubierta de su libro. Las palabras de Yuji llegaban tarde, meses tarde, pero tenían el peso de la sinceridad.
— Ya pasó, Itadori. Te dije que era una idea estúpida desde el principio.
— Lo sé. Eres mucho más inteligente que yo —Yuji se giró en la silla para quedar frente a él. Sus ojos claros buscaron los de Megumi con una intensidad que lo hizo ponerse tenso—. Gracias por estar ahí, de todos modos. Eres el único que siempre se queda, incluso cuando soy un idiota.
— Soy tu compañero —respondió Megumi, tratando de levantar sus defensas—. Es mi trabajo aguantarte.
Yuji sonrió, pero esta vez no era la sonrisa radiante y cegadora de siempre. Era algo más suave, más contenido. Extendió una mano y, por un momento, Megumi pensó que lo tocaría, pero Yuji solo la dejó sobre la mesa, cerca de la suya.
— ¿Crees que podamos volver a ser como antes? —preguntó Yuji—. Siento que te has alejado mucho estos meses. Sé que he estado ocupado con ella, pero te extraño. Extraño hablar contigo sin que parezca que quieres huir a otra habitación.
Megumi miró la mano de Yuji. Meses atrás, habría dado cualquier cosa por escuchar esas palabras. Habría interpretado ese "te extraño" como una señal de esperanza. Pero el Megumi que lloraba en la oscuridad de su habitación había muerto con las primeras heladas. El que quedaba era alguien que entendía que Yuji lo quería, sí, pero lo quería como se quiere a un refugio, a una base segura a la que volver cuando el mundo exterior se vuelve complicado.
— No podemos volver a ser los de antes, Itadori —dijo Megumi con una calma que lo sorprendió a él mismo—. Las cosas cambian. Nosotros cambiamos.
Yuji pareció desconcertado por la respuesta.
— Pero... seguimos siendo mejores amigos, ¿no?
Megumi lo miró fijamente. Vio la confusión en el rostro de Yuji, la falta de comprensión de que sus acciones habían dejado cicatrices que no se borraban con una disculpa casual. Yuji no era malo, solo era joven y terriblemente ajeno al mundo interior de los demás cuando este no se expresaba a gritos.
— Sí —mintió Megumi, porque era la respuesta más fácil, la que mantendría la paz en el equipo—. Seguimos siendo amigos.
— ¡Genial! —Yuji pareció recuperar parte de su energía habitual—. Entonces, ¿me ayudas con el entrenamiento de hoy? Necesito sacar toda esta energía extra. Además, Gojo-sensei dijo que si perfeccionamos nuestra coordinación, nos invitará a cenar.
Megumi suspiró, recogiendo sus cosas.
— Está bien. Pero no te quejes si soy demasiado duro contigo.
Caminaron juntos hacia el campo de entrenamiento. Yuji hablaba sin parar de una nueva técnica que quería probar, gesticulando con entusiasmo. Megumi lo escuchaba, asintiendo de vez en cuando, pero manteniendo una distancia física y emocional que se había vuelto su nueva piel.
Mientras entrenaban, Megumi observó a Yuji. Lo vio moverse con esa gracia brutal y atlética, vio cómo el sudor perlaba su frente a pesar del frío. Seguía siendo hermoso. Seguía siendo la persona que hacía que su pulso se acelerara con un simple roce. Pero el dolor ya no era insoportable. Era como una vieja lesión de combate: molesta cuando el clima cambiaba, pero perfectamente manejable.
Había madurado. Había entendido que amar a Yuji Itadori era como observar un fuego artificial: era espectacular, iluminaba todo su mundo por un instante, pero al final, el fuego artificial no sabía quién lo estaba mirando. Solo cumplía su función de brillar.
— ¡Fushiguro, muévete! —gritó Yuji, lanzando un golpe fingido.
Megumi esquivó con elegancia, invocando a sus perros de jade en un movimiento fluido.
— Estás distraído, Itadori —dijo Megumi, con una pequeña y casi imperceptible sonrisa en la comisura de sus labios—. Si vas a pelear conmigo, hazlo en serio.
La tarde avanzó entre golpes y risas. Para Yuji, era el comienzo de un nuevo capítulo de soltería y diversión. Para Megumi, era la confirmación de su propia fortaleza. Ya no necesitaba que Yuji lo amara para sentirse completo. Había sobrevivido al invierno de su desamor, y aunque su corazón todavía latía con un ritmo desigual cuando Itadori se acercaba demasiado, ya no se rompía.
Al caer la noche, mientras regresaban a los dormitorios, Yuji se detuvo un momento a mirar el cielo estrellado.
— ¿Sabes, Megumi? —dijo, con el aliento formando nubes de vapor en el aire frío—. A veces pienso que aquel beso... el que nos dimos frente a Ozawa... fue lo más real de toda esa semana.
Megumi se detuvo en seco. Su corazón, traicionero, dio un vuelco.
— No digas tonterías —respondió, sin mirar atrás.
— No son tonterías. Es que... me sentí muy tranquilo contigo. Fue diferente a estar con ella. Contigo no tenía que pretender nada.
Megumi cerró los ojos y respiró hondo. Era otra de las crueldades inconscientes de Yuji: soltar verdades a medias que podían encender esperanzas muertas. Pero Megumi ya no era el chico que se dejaba quemar por las brasas.
— Fue una actuación, Itadori —sentenció Megumi, reanudando la marcha—. No le des más vueltas. Mañana tenemos misión temprano. Descansa.
— Sí... tienes razón. Una actuación.
Yuji lo siguió, pero por primera vez en mucho tiempo, se quedó en silencio durante el resto del camino.
En la soledad de su cuarto, Megumi se quitó el uniforme y se miró en el espejo. Se tocó los labios, recordando el roce tibio de hacía meses. Ya no buscaba el sabor a café. Ya no buscaba el eco de una mentira. Se metió en la cama y, antes de cerrar los ojos, se dio cuenta de algo importante: ya no le dolía el pecho. Seguía queriendo a Yuji, quizás siempre lo haría, pero ya no lloraba por él.
El invierno todavía era largo, y el fin de año se acercaba con nuevas promesas y peligros. Pero Megumi Fushiguro ya no era un peón en el juego de nadie. Era un hechicero, era un hombre que había aprendido a caminar solo en la oscuridad, y eso, al final, era mucho más valioso que cualquier amor fingido.
Afuera, la nieve empezó a caer suavemente, cubriendo las huellas de un pasado que ya no tenía poder sobre él. El eco del silencio no correspondido finalmente se había desvanecido, dejando paso a una paz fría, pero absoluta.