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Lost

Entre las sombras y la luz de la verdad

El dormitorio de Megumi siempre había sido un santuario de orden y minimalismo, un reflejo de su mente estructurada. Sin embargo, esa tarde, la presencia de Yuji Itadori lo desordenaba todo. No era un desorden físico, sino una vibración cálida y caótica que llenaba cada rincón. Estaban sentados en el suelo, con la espalda apoyada contra la cama de Megumi, sus hombros rozándose. El silencio ya no era pesado ni punzante; era el silencio de dos personas que acababan de cruzar una frontera sin retorno.

— Entonces —rompió el silencio Yuji, haciendo girar el botón metálico entre sus dedos—, supongo que esto significa que ya no tengo que fingir que me interesan las recomendaciones de citas de Nobara.

Megumi soltó un suspiro corto, una mezcla de resignación y alivio.

— Significa que ahora tienes que ser responsable de lo que has provocado, Itadori. No es un juego.

Yuji dejó de jugar con el botón y miró a Megumi con una seriedad que rara vez mostraba. Su mano buscó la de Megumi en el suelo, entrelazando sus dedos con una firmeza que pretendía disipar cualquier duda.

— Lo sé. Y no quiero que sea un juego. Pero... ¿qué somos exactamente ahora? —Yuji ladeó la cabeza, buscando los ojos verdes de su compañero—. ¿Somos novios? ¿De los de verdad? ¿Sin estrategias para poner celosa a ninguna ex?

Megumi sintió un pinchazo en el pecho al mencionar el pasado, pero asintió con lentitud.

— Si eso es lo que quieres. Pero no esperes que cambie mi forma de ser de la noche a la mañana. Sigo siendo... yo.

— Y eso es lo que más me gusta —sonrió Yuji, apretando su mano—. Pero tenemos que decidir cómo manejarlo. ¿Se lo vamos a decir a los demás? Gojo-sensei probablemente ya lo sospecha, ese hombre tiene un radar para el drama, pero Nobara... ella va a explotar.

Megumi se tensó visiblemente. La idea de exponer su vulnerabilidad ante el grupo lo aterraba. Durante meses, su mayor defensa había sido la invisibilidad emocional.

— No sé si estoy listo para que todos nos miren como "la pareja" —admitió Megumi en voz baja—. Especialmente después de lo que pasó antes. Todos creyeron que éramos novios por una mentira. Si ahora decimos que es verdad, parecerá... no lo sé, una continuación de esa farsa.

Yuji frunció el ceño, detectando la nota de amargura en la voz de Megumi. Se giró un poco más hacia él, obligándolo a mantener el contacto visual.

— Megumi, mírame. Lo de antes fue un error mío. Fui un idiota ciego que no valoró lo que tenía enfrente. Pero esto es diferente. Si no quieres decírselo a nadie todavía, está bien. Podemos mantenerlo entre nosotros hasta que te sientas seguro. No tengo prisa por presumir, aunque me muera de ganas de gritar que el chico más increíble de la escuela está conmigo.

Megumi desvió la mirada, sintiendo el calor subir por su cuello. Las palabras de Yuji eran directas, sin filtros, como siempre. Pero esa misma honestidad era la que alimentaba sus inseguridades más profundas.

— Es que... —Megumi titubeó, su voz apenas un susurro—, a veces me cuesta creer que esto sea real, Itadori.

— ¿Por qué lo dices? —preguntó Yuji, suavizando el tono.

— Porque durante semanas me convencí de que yo era solo una herramienta para ti —confesó Megumi, y una vez que las palabras empezaron a salir, no pudo detenerlas—. Cuando me pediste que fingiera ser tu novio, acepté porque quería estar cerca de ti, aunque fuera una mentira. Pero cada vez que me tocabas o me sonreías frente a Ozawa, yo sentía que me rompía un poco más. Me hacías sentir que el afecto que yo tanto anhelaba solo era posible si servía para recuperar a otra persona.

Yuji se quedó paralizado. Sabía que había sido descuidado, pero escuchar la magnitud del daño en la propia voz de Megumi era como recibir un golpe directo al plexo solar.

— Megumi, yo no quería...

— Lo sé —lo interrumpió Megumi con una sonrisa triste—. Sé que no lo hiciste con maldad. Por eso fue más cruel. Porque para ti no significaba nada. El beso, las cogidas de mano, los apodos... para ti eran herramientas de trabajo. Para mí eran momentos que guardaba como si fueran tesoros, sabiendo que al día siguiente me los quitarías.

Megumi soltó la mano de Yuji y se abrazó las rodillas, encogiéndose un poco.

— Mi mayor inseguridad ahora es que... a veces pienso que te diste cuenta de que ella no te quería y que yo era la opción segura. El "mejor amigo" que siempre está ahí. Me da miedo que me quieras porque soy conveniente, no porque realmente me veas de esa manera.

El silencio que siguió fue doloroso. Yuji sintió que el corazón se le encogía. Se dio cuenta de que no bastaría con un beso o un botón para borrar el rastro de desconfianza que su propio egoísmo había sembrado.

— Tienes razón en tener miedo —dijo Yuji finalmente, su voz cargada de una madurez nueva—. Fui un desastre. Te usé de la manera más egoísta posible y ni siquiera me detuve a pensar en cómo te sentías tú. Pero te equivocas en algo, Megumi.

Yuji se acercó más, invadiendo el espacio personal de Megumi, pero esta vez de una manera suave, pidiendo permiso sin palabras. Colocó sus manos sobre los hombros de Megumi, obligándolo a deshacer su postura defensiva.

— No eres el premio de consolación. Durante el tiempo que estuvimos "fingiendo", hubo momentos en los que me olvidaba de Ozawa. Me olvidaba de por qué estábamos haciendo todo eso. Me sentía tan cómodo contigo, tan feliz de que me dejaras estar cerca de ti, que el resto del mundo desaparecía. No volví contigo porque ella me dejó; volví porque cuando ella se fue, me di cuenta de que la persona que realmente me hacía falta para ser feliz no era ella. Eras tú. Siempre has sido tú, solo que yo era demasiado estúpido para admitir que un chico podía hacerme sentir así.

Megumi lo miró, buscando cualquier rastro de duda en sus ojos claros. No encontró nada más que una determinación feroz.

— El beso del patio —continuó Yuji, su voz bajando a un tono íntimo—, el que le dio el golpe final a mi relación con ella... ese beso me asustó de muerte. Porque por un segundo, olvidé que había gente mirando. Olvidé que era una actuación. Quería que no terminara nunca. Y cuando ella me gritó, me alejé de ti no porque me dieras asco, sino porque me aterró darme cuenta de que me había gustado demasiado.

Megumi sintió que una parte de la tensión que cargaba en sus hombros se disolvía. Era la primera vez que Yuji hablaba de sus propios miedos.

— Entonces... ¿de verdad no es por comodidad? —preguntó Megumi, su voz aún teñida de una pequeña duda.

— Megumi Fushiguro, eres la persona más difícil, terca y complicada que conozco —rió Yuji, frotando sus pulgares contra los hombros del otro—. No hay nada cómodo en quererte. Cada vez que me miras con esa cara de pocos amigos, tengo que esforzarme el doble para sacarte una sonrisa. Pero vale la pena. Cada maldito segundo vale la pena.

Megumi bajó la guardia por completo. Se dejó caer hacia adelante, apoyando la frente en el hombro de Yuji. Sintió los brazos del pelirosa rodearlo, envolviéndolo en un abrazo que se sentía como un hogar seguro, lejos de las tormentas de su propia mente.

— Perdón por ser tan inseguro —susurró Megumi contra su sudadera.

— No pidas perdón por algo que yo causé —respondió Yuji, besando la coronilla de su cabeza—. Voy a pasarme el resto del tiempo que estemos juntos demostrándote que no eres una opción, sino mi única elección.

Se quedaron así un rato, disfrutando de la cercanía real, sin máscaras. Poco a poco, la conversación volvió al tema de los demás.

— Sobre lo de contarlo... —dijo Megumi, separándose un poco—, quizás Nobara debería saberlo primero. Si se entera por otros, quemará nuestros dormitorios.

— Tienes razón —asintió Yuji con una mueca de terror fingido—. Ella es peligrosa. Pero, ¿y si lo hacemos gradualmente? No necesitamos un anuncio oficial. Simplemente... dejemos de fingir que no queremos estar juntos. Si nos ven de la mano en el comedor y es real, tarde o temprano lo entenderán.

— No voy a ir de la mano contigo en el comedor, Itadori —sentenció Megumi, aunque sus ojos brillaban con una pizca de diversión—. Tenemos una reputación que mantener.

— ¡Oh, vamos! —Yuji le dio un empujoncito juguetón—. ¡Si ya lo hicimos cuando era mentira! ¿Por qué no hacerlo ahora que es verdad?

— Precisamente por eso —respondió Megumi, levantándose y ofreciéndole una mano a Yuji—. Porque ahora es verdad, y quiero que sea algo nuestro antes de que sea de todo el mundo.

Yuji tomó su mano y se puso de pie, pero en lugar de soltarlo, tiró de él hacia la puerta.

— Está bien, acepto tus condiciones, Capitán. Pero al menos déjame acompañarte a cenar. Y esta vez, yo elijo el sitio en el comedor. Nada de esquinas oscuras.

Caminaron por los pasillos de la escuela, y aunque no iban de la mano, la distancia entre ellos era inexistente. Cuando llegaron al área común, Nobara estaba allí, puliendo sus clavos con una expresión de aburrimiento supremo. Levantó la vista y los vio llegar. Su mirada saltó de Yuji a Megumi, y luego a la forma en que sus hombros chocaban al caminar.

— Vaya, vaya —dijo Nobara, arqueando una ceja perfectamente depilada—. Parece que el aire de invierno les ha sentado bien. ¿Ya terminaron de ser dramáticos o tengo que comprar palomitas para la siguiente temporada?

Yuji se rió, rascándose la nuca, mientras Megumi desviaba la mirada, intentando mantener su máscara de indiferencia.

— Estamos bien, Kugisaki —dijo Yuji, lanzándole una mirada rápida a Megumi—. De hecho, estamos mejor que nunca.

Nobara se puso de pie, guardando sus herramientas. Caminó hacia ellos y se detuvo frente a Megumi, ignorando por completo a Yuji. Lo observó con detenimiento, analizando la paz que emanaba de sus ojos verdes, una paz que no había estado allí en meses.

— Más te vale no ser un idiota esta vez, Itadori —amenazó Nobara sin apartar la vista de Fushiguro—. Porque si lo haces sufrir de nuevo, no necesitarás a una maldición para terminar en el hospital. Yo misma te exorcizaré.

Yuji tragó saliva, asintiendo frenéticamente.

— ¡Prometido! ¡Lo juro por mi colección de películas!

Nobara sonrió con suficiencia y le dio una palmada en el hombro a Megumi.

— Me alegra que hayas recuperado tu botón, Fushiguro. Se veía fatal ese hueco en tu chaqueta.

Megumi se quedó helado. ¿Cómo lo sabía? Nobara simplemente se dio la vuelta y empezó a caminar hacia el comedor, tarareando una melodía alegre.

— ¡Esperen! —gritó Yuji, corriendo tras ella—. ¡¿Cómo sabías lo del botón?!

Megumi se quedó un momento atrás, observándolos. La calidez en su pecho era algo nuevo, algo que no le quemaba como el dolor de antes. Se tocó el lugar donde solía estar el segundo botón y sonrió apenas, una expresión tan sutil que solo alguien que lo amara de verdad podría notar.

Ya no era el novio falso. Ya no era el amigo invisible. Era Megumi Fushiguro, y por primera vez, no tenía miedo de lo que el futuro le deparaba, porque sabía que, fuera lo que fuera, Yuji Itadori estaría allí, sosteniendo su mano no por obligación o estrategia, sino por el simple y maravilloso hecho de que quería estar ahí.

Caminó hacia ellos, integrándose en la charla ruidosa de sus amigos. Las sombras del pasado seguían allí, pero ahora eran solo eso: sombras que se desvanecían ante la luz de algo mucho más real. El invierno había sido largo y cruel, pero la primavera, con todo su caos y su brillo, finalmente había llegado para quedarse.