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Lost

El frío del último adiós

El fin de año en la Escuela Técnica de Hechicería de Tokio no se celebraba con fuegos artificiales ni grandes banquetes, sino con el peso de la supervivencia y la melancolía de los pasillos vacíos. La nieve se había acumulado en los aleros de los templos, creando un paisaje de un blanco inmaculado que contrastaba con el uniforme oscuro de Megumi Fushiguro. Él siempre había odiado las despedidas, pero esta se sentía especialmente densa, como si el aire mismo se hubiera solidificado.

Gojo-sensei le había asignado una misión de investigación en el extranjero que se extendería por todas las vacaciones de invierno. Era una oportunidad perfecta para poner distancia, para terminar de sellar las grietas de su corazón y regresar siendo alguien completamente renovado. Sin embargo, mientras terminaba de cerrar su maleta en la penumbra de su habitación, una tradición antigua y absurda empezó a martillear en su cabeza.

"El segundo botón", pensó Megumi, mirando su chaqueta. Era el botón más cercano al corazón, aquel que los estudiantes en las escuelas normales entregaban a la persona que amaban al graduarse o al partir. Él no se estaba graduando, y ciertamente no vivía en un manga romántico, pero la idea de dejar a Yuji sin una marca de su existencia le resultaba insoportable.

— Es una ridiculez —susurró, aunque sus dedos ya estaban tirando del hilo—. Una absoluta estupidez.

A pesar de sus propias palabras, el botón cayó en su palma. Era frío, metálico y pequeño. Un objeto insignificante que contenía todo lo que Megumi nunca se atrevería a decir en voz alta. Lo guardó en el bolsillo de su pantalón y salió al patio principal, donde Yuji lo esperaba para despedirse.

Itadori estaba allí, saltando sobre sus talones para entrar en calor, con la nariz roja por el frío y una bufanda que Nobara le había obligado a usar. Al ver a Megumi, su rostro se iluminó con esa calidez que siempre hacía que las defensas de Fushiguro flaquearan.

— ¡Fushiguro! Pensé que te irías sin decir adiós —dijo Yuji, acercándose con pasos rápidos—. ¿Todo listo para el viaje? Escuché que en Europa hace un frío que te congela hasta las ideas.

— Estaré bien, Itadori —respondió Megumi, deteniéndose a un metro de él—. He lidiado con cosas peores que la nieve.

— Lo sé, lo sé. Eres el gran Megumi Fushiguro —Yuji soltó una carcajada, pero sus ojos claros se volvieron un poco más serios—. Te voy a extrañar, ¿sabes? La escuela se siente muy silenciosa cuando tú no estás. Y ahora que Nobara también se va con su familia... me quedaré solo con los de segundo año y Gojo-sensei. Va a ser aburrido.

Megumi sintió un tirón en el pecho. Por un momento, quiso cancelar todo. Quiso quedarse allí, ser el "mejor amigo" abnegado, ver películas mediocres con Yuji y pretender que el beso falso nunca había sucedido. Pero sabía que eso sería retroceder.

— Tienes a Panda y a Inumaki-senpai —dijo Megumi, buscando algo en su bolsillo—. No estarás solo.

— No es lo mismo.

Megumi tragó saliva. El nudo en su garganta regresó con fuerza. Metió la mano en el bolsillo y cerró el puño alrededor del pequeño trozo de metal.

— Itadori, toma esto.

Extendió la mano. Yuji, confundido, abrió la suya. Megumi dejó caer el segundo botón sobre la palma de su amigo. El metal brilló débilmente bajo la luz grisácea del cielo invernal.

Yuji se quedó mirando el objeto por un largo tiempo. Parpadeó, lo giró con los dedos y luego miró la chaqueta de Megumi, notando el hueco vacío justo a la altura del pecho. El silencio se prolongó tanto que el sonido de la nieve cayendo parecía un estruendo.

— ¿Esto es...? —Yuji empezó a preguntar, con la voz un poco más aguda de lo normal.

— Es solo un amuleto —interrumpió Megumi rápidamente, sintiendo que sus mejillas se calentaban por primera vez en semanas—. Una tradición estúpida. Dicen que trae suerte en las misiones. Quédatelo hasta que vuelva.

Yuji levantó la vista. Había algo en su expresión que Megumi no pudo descifrar: una mezcla de asombro, duda y una chispa de algo que se parecía peligrosamente al entendimiento.

— Fushiguro, el segundo botón no es para la suerte —dijo Yuji en un susurro—. Es para...

— No importa para qué sea —lo cortó Megumi, dando media vuelta para ocultar su rostro—. Solo no lo pierdas. Me voy ya, el transporte me espera.

— ¡Espera! ¡Megumi!

Pero Fushiguro no se detuvo. Caminó con pasos largos hacia el coche negro que lo esperaba en la entrada de la escuela, con el corazón martilleando contra sus costillas como un animal enjaulado. Se sentía como un cobarde, pero también sentía que se había quitado un peso de encima. Le había entregado su corazón en forma de botón, y ahora tenía meses de distancia para no tener que ver la reacción de Yuji.

Desde el asiento trasero del coche, Megumi miró por la ventana. Yuji seguía allí de pie, solo en medio del patio, mirando su propia mano abierta donde descansaba el botón. No se movió hasta que el vehículo desapareció tras la puerta principal.

***

Las vacaciones en el extranjero fueron una mezcla de trabajo extenuante y soledad absoluta. Megumi se sumergió en los informes, en el exorcismo de maldiciones europeas que tenían una energía diferente a las de Japón, y en largas caminatas por ciudades antiguas.

Sin embargo, Yuji nunca abandonó su mente.

Le enviaba mensajes de vez en cuando. Fotos de su comida, quejas sobre los entrenamientos de Gojo, o simplemente un "Espero que no tengas frío". Megumi respondía de forma escueta, manteniendo la barrera que tanto le había costado construir. Pero Yuji nunca mencionó el botón. Ni una sola vez. Y ese silencio era más ruidoso que cualquier pregunta.

Para Yuji, el tiempo en la escuela pasó con una lentitud desesperante. Al principio, guardó el botón en su caja de tesoros, junto a sus películas favoritas y recuerdos de misiones. Pero cada noche, antes de dormir, sacaba el pequeño objeto y lo observaba.

Él no era tan distraído como todos pensaban. Sabía perfectamente lo que significaba entregar el segundo botón. Lo había visto en programas de televisión, lo había leído en revistas que Nobara dejaba por ahí. Pero le costaba procesarlo. ¿Megumi? ¿El serio y reservado Megumi Fushiguro le había entregado la parte más cercana a su corazón?

Empezó a rebobinar los meses anteriores. El beso falso que él mismo había provocado. La forma en que Megumi lo miraba cuando pensaba que Yuji no se daba cuenta. La frialdad repentina cuando él volvió con Ozawa. La forma en que Megumi se había alejado, volviéndose una sombra de sí mismo.

— Soy un idiota —se dijo Yuji una noche, apretando el botón contra su frente—. Soy el idiota más grande del mundo.

Recordó el sabor de los labios de Megumi durante aquel beso. En su momento, se convenció a sí mismo de que era adrenalina, de que era el éxito del plan. Pero ahora, en la soledad de su habitación, el recuerdo se sentía diferente. Se sentía como una oportunidad que había desperdiciado, como un fuego que había encendido solo para dejar que alguien más se congelara.

Las semanas se convirtieron en meses. La nieve empezó a derretirse, dando paso a los primeros brotes de la primavera. El día que Megumi debía regresar, Yuji estaba en la entrada de la escuela dos horas antes de lo previsto. Estaba nervioso, moviendo las manos sin cesar, con el botón guardado en el bolsillo más seguro de su uniforme.

Cuando el coche negro finalmente apareció por el camino, Yuji sintió que el aire se le escapaba. Megumi bajó del vehículo, luciendo un poco más delgado, con el cabello un poco más largo, pero con la misma expresión impasible de siempre. Sin embargo, al ver a Yuji allí esperándolo, sus ojos verdes se abrieron con sorpresa.

— Has vuelto —dijo Yuji, tratando de que su voz no temblara.

— He vuelto —respondió Megumi, ajustando su maleta—. ¿Qué haces aquí fuera? Todavía hace fresco.

Yuji no respondió de inmediato. Se acercó a él, rompiendo esa distancia de seguridad que Megumi siempre intentaba imponer.

— Tenemos que hablar, Fushiguro. Y no me digas que estás cansado.

Megumi suspiró, sabiendo que el momento de la verdad había llegado.

— Está bien. Vamos adentro.

Caminaron hacia los dormitorios en un silencio tenso. Una vez en el pasillo vacío, Yuji se detuvo y sacó el botón de su bolsillo, mostrándolo.

— Me diste esto antes de irte. Dijiste que era un amuleto, pero los dos sabemos que no es verdad.

Megumi desvió la mirada, sintiendo que el suelo se abría bajo sus pies.

— Fue un impulso, Itadori. Estaba cansado, no pensaba con claridad. Si te incomoda, puedes devolverlo o tirarlo.

— ¡No quiero tirarlo! —exclamó Yuji, dando un paso más hacia él—. Pasé meses pensando en esto. Pensando en por qué me lo diste después de todo lo que pasó con Ozawa. Después de que yo fuera tan egoísta de pedirte que fingieras ser mi novio.

Megumi guardó silencio, apretando los puños.

— Me di cuenta de muchas cosas, Megumi —continuó Yuji, su voz volviéndose más suave, casi suplicante—. Me di cuenta de que cuando estaba con ella, siempre terminaba hablando de ti. De que cuando me besaste, no fue solo una actuación para mí, aunque me convencí de que sí lo era porque tenía miedo. Tenía miedo de lo que sentía por mi mejor amigo.

Fushiguro levantó la vista, con los ojos empañados por una incredulidad dolorosa.

— ¿De qué estás hablando, Itadori? No juegues conmigo. No otra vez.

— No estoy jugando —Yuji tomó la mano de Megumi y colocó el botón de nuevo en su palma, pero esta vez cerró sus propios dedos sobre los de él—. El botón es tuyo, pero quiero que me lo des de verdad. Sin excusas de amuletos. Sin mentiras.

Megumi sintió que el mundo se detenía. El calor de la mano de Yuji era real, la urgencia en su voz era real.

— ¿Sabes lo que estás pidiendo? —preguntó Megumi, con la voz rota—. Si acepto esto, no hay marcha atrás. No volveré a ser el "amigo" que te ayuda a recuperar a otras chicas. No volveré a ser tu peón.

— No quiero que seas mi peón —dijo Yuji, acercando su rostro al de Megumi hasta que sus alientos se mezclaron—. Quiero que seas el dueño de ese botón. Y de todo lo que hay debajo.

Yuji acortó la distancia y lo besó. Esta vez no había público. No había una exnovia a la que impresionar, ni un plan que ejecutar. Era un beso torpe, cargado de meses de arrepentimiento y de una verdad que finalmente había salido a la luz.

Megumi soltó su maleta, que cayó al suelo con un golpe sordo, y rodeó el cuello de Yuji con sus brazos, aferrándose a él como si fuera su único ancla en medio de una tormenta. El sabor a café seguía ahí, pero esta vez no había amargura, solo una dulzura abrumadora que lo inundó todo.

Cuando se separaron, ambos estaban sin aliento. Yuji sonrió, esa sonrisa que Megumi tanto amaba, pero esta vez era solo para él.

— Entonces —dijo Yuji, frotando su nariz contra la de Megumi—, ¿me das el botón de nuevo?

Megumi miró el pequeño objeto metálico en su mano y luego a los ojos brillantes de Itadori. Con un gesto lento y solemne, volvió a colocar el botón en la palma de Yuji.

— Es tuyo —susurró Megumi—. Siempre lo ha sido.

Yuji cerró la mano con fuerza, guardando el tesoro más valioso que jamás había poseído. El invierno finalmente había terminado, y aunque las cicatrices seguían ahí, el calor de la primavera prometía que, por primera vez, no tendría que caminar solo en la oscuridad.

— Vamos —dijo Yuji, entrelazando sus dedos con los de Megumi—. Gojo-sensei va a matarnos si no nos presentamos al informe, pero creo que podemos llegar un poco tarde.

Megumi asintió, dejando que Yuji lo guiara por los pasillos de la escuela. Ya no era invisible. Ya no era un espectador. Por fin, después de tanto silencio, su corazón había encontrado el camino de vuelta a casa.