Love and hot love
Bajo la piel del deseo
El sonido de la puerta principal al cerrarse indicó que Pedri finalmente se había marchado al entrenamiento. El silencio en la casa se volvió denso, casi tangible, cargado con el magnetismo que solo dos personas que se desean con locura pueden generar. Pablo Gavi no se había movido del umbral de la habitación de Emily; se había quedado allí, apoyado contra el marco, observándola con una intensidad que parecía querer tatuar su imagen en sus retinas.
Emily estaba sentada en el borde de la cama, envuelta en una de las sudaderas de Gavi que le quedaba excesivamente grande. El contraste entre el tejido gris y su piel canela era una visión que a Pablo lo estaba volviendo loco desde hacía media hora.
— ¿Seguro que no tenías que ir, Pablo? —preguntó ella, aunque su sonrisa delataba que no quería que se fuera—. Xavi se va a enfadar si el "motor" del equipo falta a la sesión de recuperación.
— Le dije que tenía unas molestias en el abductor —respondió él, caminando lentamente hacia ella con esa seguridad felina que lo caracterizaba—. Y no mentí del todo. Me duele todo el cuerpo de las ganas que tengo de estar contigo a solas, sin mi mejor amigo en la habitación de al lado.
Gavi llegó hasta ella y se posicionó entre sus piernas abiertas. Sus manos, grandes y callosas por el esfuerzo físico, se posaron en la cintura de Emily, apretando con una firmeza que la hizo jadear. Él se inclinó, buscando su cuello, y empezó a dejar un rastro de besos húmedos y lentos justo detrás de su oreja.
— Ayer fue... apresurado —susurró Gavi contra su piel, su voz era una vibración grave que Emily sintió en el centro de su pecho—. Tenía miedo de que Pedri nos oyera, de que el tiempo se acabara. Pero hoy no hay prisas, Em. Hoy eres toda mía.
Emily echó la cabeza hacia atrás, dándole libre acceso. Sus manos subieron por los brazos musculosos de Pablo, maravillándose con la dureza de sus bíceps y la suavidad de su piel.
— Demuéstramelo —desafió ella en un susurro.
Gavi no necesitó que se lo dijeran dos veces. La tomó del rostro con ambas manos, obligándola a mirarlo a esos ojos azules que en ese momento parecían un océano en plena tormenta. La besó con una profundidad que le robó el aliento, una exploración lenta de lenguas que se reconocían y se reclamaban. No era un beso de saludo; era una declaración de guerra y de entrega absoluta.
Con un movimiento fluido, Gavi la empujó suavemente hacia atrás hasta que Emily quedó recostada sobre los almohadones. Él se situó sobre ella, repartiendo su peso, sintiendo la deliciosa fricción de sus cuerpos. Sus manos bajaron con urgencia hacia el dobladillo de la sudadera, subiéndola centímetro a centímetro, permitiendo que el aire frío de la habitación rozara la piel ardiente de Emily.
— Estás tan bonita —murmuró él, retirando la prenda por completo y lanzándola a algún rincón olvidado—. He soñado con esto cada noche en la Masía, cada noche en los hoteles de concentración. Imaginaba cómo sería volver a tocarte así.
Gavi bajó la mirada hacia el pecho de Emily, que subía y bajaba con rapidez. Sus dedos trazaron el contorno de sus curvas con una delicadeza casi religiosa, antes de bajar hacia el cierre de su lencería. Cuando ella quedó completamente expuesta ante él, Pablo soltó un suspiro entrecortado. Se deshizo de sus propios pantalones con movimientos torpes, fruto de la desesperación, hasta que no quedó nada entre ellos más que el calor que irradiaban.
El contacto de piel con piel fue eléctrico. Gavi se hundió entre sus muslos, besando el camino de su vientre, deteniéndose en cada pequeña marca, en cada peca. Emily enredó sus dedos en el cabello castaño de él, tirando suavemente, guiándolo.
— Pablo, por favor... —gimió ella, arqueando la espalda cuando sintió la lengua de él reclamando su territorio más íntimo.
Él se tomó su tiempo. Quería conocerla de nuevo, palmo a palmo. Se deleitó en sus reacciones, en la forma en que sus dedos se clavaban en sus hombros y en cómo su nombre sonaba como una súplica prohibida saliendo de sus labios. Gavi era un atleta, acostumbrado a la resistencia, y aplicó esa misma disciplina para llevarla al borde una y otra vez, deteniéndose justo antes de que ella colapsara, solo para volver a empezar con más intensidad.
Finalmente, incapaz de aguantar más la distancia, Pablo se elevó sobre ella. Se miraron a los ojos, una conexión que iba mucho más allá de lo físico. Había años de amistad, de secretos compartidos y de un amor que había sobrevivido a la distancia de miles de kilómetros.
— Mírame, Emily —dijo él, con la respiración entrecortada—. Quiero que veas que soy yo. Que siempre he sido yo.
Cuando se unieron, el tiempo pareció detenerse. Fue una entrada lenta, profunda, que hizo que ambos cerraran los ojos ante la intensidad de la sensación. Gavi comenzó a moverse con un ritmo pausado pero firme, cada estocada era una caricia, un "te quiero" que no necesitaba palabras. Emily rodeó su cintura con las piernas, atrayéndolo más, queriendo borrar cualquier espacio de aire entre los dos.
— Dios, Em... —jadeó él, escondiendo el rostro en el hueco de su hombro—. Eres perfecta. Encajamos tan bien.
El ritmo fue aumentando. La ternura inicial se transformó en una pasión cruda y necesaria. El sonido de sus respiraciones acompasadas y el choque de sus cuerpos llenaban la estancia. Gavi la sujetó de las manos, entrelazando sus dedos con fuerza sobre la cabecera de la cama, mientras aceleraba el movimiento. Emily sentía que el mundo desaparecía; no existía el Barça, no existía Londres, no existía Pedri. Solo existía el azul de los ojos de Pablo y la forma en que su cuerpo la hacía sentir viva.
La tensión fue creciendo en el bajo vientre de ambos, una presión dulce que amenazaba con estallar. Gavi buscó sus labios de nuevo, devorándolos, mientras sus movimientos se volvían más erráticos y potentes.
— Pablo, ahora... ¡ahora! —exclamó ella, apretándolo con fuerza.
Él soltó un rugido bajo, una liberación de toda la tensión acumulada durante años, mientras ambos alcanzaban el clímax en una explosión de sensaciones que los dejó temblando. Gavi se desplomó sobre ella, cuidando de no aplastarla, buscando su boca para un último beso lleno de una paz infinita.
Se quedaron así durante lo que parecieron horas, con los corazones latiendo desbocados uno contra el otro, el sudor pegando sus pieles en un abrazo íntimo. El sol de Barcelona seguía bañando la habitación, pero para ellos, el universo se reducía a esas cuatro paredes.
— No te vas a librar de mí tan fácilmente —susurró Gavi después de un rato, acariciando el cabello castaño de Emily—. Ya le dije a tu hermano que te iba a cuidar, pero se me olvidó decirle que también pienso adorarte cada día.
Emily soltó una pequeña risa, sintiéndose más completa de lo que se había sentido en años.
— Creo que Pedri ya se lo imagina, Pablo. Solo espero que no nos haya dejado ninguna cámara oculta para vigilarte.
Gavi rió, un sonido limpio y joven que iluminó su rostro. Se incorporó sobre los codos y la miró con una devoción absoluta.
— Que mire lo que quiera. Que todo el mundo sepa que eres mía. Porque yo, desde hace mucho tiempo, soy completamente tuyo.
Él volvió a besarla, esta vez con una suavidad que prometía una vida entera de mañanas como esa. Emily cerró los ojos, sabiendo que, por fin, estaba exactamente donde debía estar. El regreso a casa no era un lugar, era el refugio que encontraba en los brazos del chico que siempre había amado en secreto.