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Love and hot love

Bajo la luna de Sitges

El motor del Mercedes de Gavi ronroneaba mientras se alejaban del bullicio de la ciudad condal. Pablo conducía con una mano sobre el volante y la otra firmemente entrelazada con la de Emily. El sol comenzaba a teñirse de tonos anaranjados y púrpuras sobre el horizonte del Mediterráneo. Él había planeado aquello con una meticulosidad que nadie esperaría de un chico que suele resolverlo todo a base de garra y sudor en el campo de fútbol.

— ¿A dónde me llevas, Pablo? —preguntó Emily con una sonrisa curiosa, observando cómo la carretera se estrechaba bordeando los acantilados—. Pedri me va a matar si no llego a cenar.

— Tu hermano sabe perfectamente que hoy estás conmigo —respondió Gavi, lanzándole una mirada cargada de una ternura que le suavizaba las facciones—. Le pedí permiso... bueno, más bien le advertí que no te vería hasta mañana.

Tras unos minutos, el coche se detuvo frente a una pequeña cabaña de madera y cristal, oculta entre pinos y con acceso directo a una cala virgen. El sonido de las olas rompiendo suavemente contra las rocas era la única banda sonora. Emily bajó del vehículo, maravillada por la paz del lugar.

Gavi caminó hacia el maletero y sacó un enorme ramo de peonías y rosas blancas, sus favoritas. Se acercó a ella, y bajo la luz dorada del atardecer, el 6 del Barça parecía un hombre completamente distinto: sin la tensión de los partidos, solo con el corazón en la mano.

— Sé que ayer te lo pedí en la cama, entre sábanas y todavía medio dormidos —comenzó él, deteniéndose frente a ella—. Pero te mereces algo mejor. Te mereces que sea oficial, que sea bonito. Emily, estos dos años en Londres fueron un infierno para mí porque sentía que me faltaba el aire. No quiero ser solo un capítulo en tu vida, quiero ser el libro entero.

Pablo hincó una rodilla en la arena, extendiendo el ramo hacia ella. Sus ojos azules brillaban con una sinceridad aplastante.

— Emily Gonzales, ¿quieres ser mi novia de verdad? Sin secretos, sin miedos. Solo tú y yo.

— ¡Sí, mil veces sí! —exclamó ella, lanzándose a sus brazos.

Se besaron con una dulzura que sabía a promesa cumplida. Pero a medida que entraban en la cabaña, el ambiente cambió. La ternura de la propuesta se transformó rápidamente en una urgencia eléctrica. En cuanto Gavi cerró la puerta de madera tras de sí, empujó a Emily contra ella, atrapándola entre su cuerpo y la superficie sólida.

— No sabes las ganas que tengo de marcarte como mía en este sitio —gruñó él contra su oído, su voz ahora era ronca, despojada de toda delicadeza—. Sin Pedri cerca, sin paredes finas. Solo nosotros y el mar.

Gavi no esperó. Sus manos bajaron con fuerza hacia los glúteos de Emily, levantándola por el aire. Ella enredó sus piernas alrededor de su cintura, sintiendo la dureza de su erección contra su intimidad a través de la ropa. Él la llevó así hasta la mesa de madera rústica que presidía el salón, despejando de un manotazo los adornos que había encima.

— Pablo... —jadeó ella cuando él empezó a devorar su cuello, dejando marcas que tardarían días en desaparecer.

— Hoy no voy a ser suave, Em —le advirtió él, mirándola con una oscuridad depredadora en las pupilas—. Te he deseado con tanta rabia estos años que si no te tomo así, voy a estallar.

Él agarró el borde de la blusa de Emily y, con un tirón seco y violento, desabrochó los botones. No hubo delicadeza, solo una necesidad primitiva. Gavi bajó la cabeza y succionó uno de sus pezones con tal fuerza que Emily arqueó la espalda, soltando un grito que se perdió en el techo de vigas de madera. Sus manos se clavaron en la espalda de Gavi, arañando la piel a través de su camiseta.

— Quítatela —ordenó ella, desesperada por sentir el calor de su torso.

Gavi se deshizo de su ropa en segundos, revelando ese cuerpo de atleta de élite, fibroso y tenso como una cuerda de violín. Se deshizo de los pantalones de ella con una rapidez asombrosa, dejando a Emily completamente expuesta sobre la mesa. Él se posicionó entre sus piernas, admirando el contraste de su piel clara contra la madera oscura.

— Eres jodidamente perfecta —murmuró él antes de bajar la mano y acariciarla con brusquedad, encontrándola ya empapada por el deseo.

Gavi introdujo dos dedos de golpe, moviéndolos con un ritmo frenético que hizo que Emily perdiera el sentido del equilibrio. Ella gemía sin control, con la cabeza echada hacia atrás y los ojos en blanco.

— ¡Pablo, por favor, ya! —suplicó ella, tirando de su cabello castaño para obligarlo a subir.

Él sonrió con suficiencia, esa sonrisa arrogante que mostraba en el campo cuando sabía que tenía el control total. Se puso el preservativo con dedos temblorosos por la adrenalina y, sin previo aviso, la penetró de una sola estocada profunda y firme.

Emily soltó un alarido que resonó en toda la cabaña. Gavi no se detuvo; comenzó a embestirla con una fuerza ruda, rítmica y posesiva. Cada golpe de sus caderas contra las de ella sonaba como un eco seco en el silencio de la noche. Sus manos se cerraron alrededor de las muñecas de Emily, inmovilizándola contra la mesa mientras la reclamaba con una intensidad que rozaba lo salvaje.

— Dime de quién eres —le exigió él, aumentando la velocidad hasta que sus movimientos eran casi un borrón de carne y sudor.

— ¡Tuya! ¡Soy tuya, Pablo! —gritó ella, entregándose por completo a la violencia deliciosa del acto.

Gavi la giró sobre la mesa, poniéndola a cuatro patas. La visión de su espalda arqueada y su sumisión terminó de romper el poco autocontrol que le quedaba. La tomó desde atrás, sujetándola por la cintura con tal fuerza que sus dedos dejaron huellas dactilares sobre su piel. El ritmo se volvió frenético, animal. Gavi la golpeaba con una potencia que hacía que la mesa vibrara, sus respiraciones eran gruñidos de puro instinto.

Emily sentía que su cuerpo iba a romperse de placer. La fricción, el calor, la forma en que Gavi la dominaba físicamente la llevaban a un lugar donde solo existía el presente. Él se inclinó sobre ella, mordiéndole el hombro mientras llegaba al límite.

— No te vas a olvidar de este día en la vida —le susurró al oído con voz gutural.

Con unas últimas estocadas violentas y profundas, Gavi llegó al orgasmo, tensando cada músculo de su cuerpo hasta que pareció de piedra. Emily colapsó segundos después, sus espasmos envolviendo el miembro de él en una danza agónica de placer.

El silencio volvió a la cabaña, solo interrumpido por sus jadeos pesados. Gavi se dejó caer sobre ella, abrazándola por la espalda, besando la piel sudada de su nuca. La rudeza se evaporó, dejando paso a una protección absoluta.

— Perdón si he sido un bruto —susurró él, recuperando el aliento—, pero es que me vuelves loco, Emily. No sé cómo controlarme contigo.

Emily se giró entre sus brazos, con el cabello enredado y los labios hinchados, pero con una chispa de felicidad inmensa en los ojos.

— No te controles nunca, Pablo. Me encanta cuando eres así.

Él la levantó en vilo y la llevó hacia la cama que daba al gran ventanal. Se tumbaron bajo las mantas, observando cómo la luna se reflejaba en el mar. Gavi la atrajo hacia su pecho, rodeándola con sus brazos protectores.

— Ahora que eres mi novia oficial —dijo él, besando su frente—, prepárate. Porque esto es solo el principio. Mañana volvemos a Barcelona, y le diremos a todo el mundo que la hermana de Pedri es la mujer del seis del Barça.

Emily sonrió, cerrando los ojos contra el pecho de Pablo. Sabía que la vida con él sería una montaña rusa de pasión y adrenalina, pero no cambiaría ese lugar por nada en el mundo. El rugido del mar afuera era el eco de sus propios corazones, finalmente en calma tras la tormenta del deseo.