Love and hot love
El santuario del seis: Treinta días de posesión absoluta
La noticia cayó como una bendición envuelta en papel de regalo. Pedri, con esa calma canaria que a veces desesperaba a Gavi, se detuvo en la entrada del salón mientras se colgaba la mochila al hombro. Emily y Pablo estaban sentados en el sofá, fingiendo ver una serie, aunque las manos de Gavi ya estaban bajo el dobladillo de la camiseta de ella.
— Escuchad —dijo Pedri, rascándose la nuca—, me voy a Italia. Mi novia ha alquilado una villa en la Toscana y me voy un mes entero. Xavi me ha dado permiso para hacer la última fase de la recuperación allí. Gavi, te dejo las llaves de casa, pero casi mejor quédate aquí con Emily. No quiero que esté sola y sé que tú... bueno, sé que no te vas a separar de ella.
Gavi sintió un chispazo eléctrico recorrerle la columna. ¿Un mes? ¿Treinta días sin el escrutinio de su mejor amigo? ¿Treinta días con Emily Gonzales a su merced en cada rincón de aquel lujoso apartamento?
— No te preocupes, hermano —respondió Gavi, esforzándose por mantener la voz firme mientras su pulgar acariciaba la piel desnuda de la cintura de Emily—. Va a estar en las mejores manos. Te lo prometo.
En cuanto la puerta principal se cerró y el eco del ascensor indicó que Pedri se había marchado, la atmósfera en el ático cambió drásticamente. El aire se volvió denso, cargado de una electricidad estática que hacía que el vello de los brazos de Emily se erizara. Gavi se levantó lentamente, como un depredador que ya no necesita esconderse.
— Un mes, Emily —susurró él, su voz descendiendo a un octavo de profundidad que la hizo temblar—. Treinta días en los que voy a ser tu único dueño. No vas a necesitar ropa, no vas a necesitar salir, y te juro por mi vida que no vas a tener un segundo de descanso.
Él no esperó una respuesta. La tomó por las muñecas y la puso de pie, arrastrándola hacia la gran mesa de mármol de la cocina. Sin una pizca de delicadeza, la sentó sobre la superficie fría, apartando de un manotazo la cafetera y los platos que estorbaban.
— Pablo, el mármol está helado... —jadeó ella, aunque ya estaba abriendo las piernas para él.
— Pues yo me voy a encargar de que arda —respondió él, desabrochando su cinturón con una urgencia violenta—. Voy a follarte en cada centímetro de este mármol hasta que el cristal se empañe con tus gritos.
Gavi se deshizo de su ropa en segundos, dejando al descubierto ese cuerpo de atleta fibroso, tenso como una cuerda de violín. Se posicionó entre sus muslos y, sin preámbulos, la penetró de una sola estocada profunda, ruda y posesiva. El sonido del impacto de sus cuerpos resonó en la cocina vacía.
— ¡Dios, Pablo! —gritó Emily, echando la cabeza hacia atrás mientras sus uñas se clavaban en los hombros de él—. ¡Estás enorme! ¡Me vas a partir!
— Eso es lo que quiero, nena —gruñó él, empezando a embestirla con una cadencia frenética que hacía que los botes de especias vibraran sobre la encimera—. Quiero que sientas cada milímetro de mí. Quiero que sepas que este mes vas a ser mi perra personal. Dime qué sientes ahora mismo.
— Siento que me llenas por completo... —respondió ella, envuelta en un torbellino de placer—. Siento que eres un bruto y que me encanta que me uses así. ¡Más fuerte, Pablo! ¡Más duro!
Gavi aumentó la velocidad, sus manos apretando los glúteos de Emily con tal fuerza que sus dedos dejaban marcas blancas que pronto se volverían moradas. Cada golpe de sus caderas era un eco seco de propiedad. No había dulzura, solo una necesidad primitiva de reclamar territorio.
— Me encanta cómo te retuerces bajo mi peso —le dijo él al oído, mordiéndole el lóbulo con saña—. Me encanta que seas tan estrecha y que me aprietes como si no quisieras dejarme salir nunca. Gime para mí, Emily. Quiero que los vecinos sepan que el seis del Barça te está destrozando en la cocina.
— ¡Ahhh! ¡Sí, soy tuya! ¡Fóllame como si me odiaras, Pablo! ¡No te detengas! —chillaba ella, con los ojos en blanco y el cuerpo sacudido por espasmos.
Ese fue solo el inicio del primer día. Durante las siguientes veinticuatro horas, Gavi cumplió su promesa de no dejarla descansar. La llevó al pasillo, donde la apoyó contra la pared fría, levantándole una pierna hasta el hombro para entrar en ella desde un ángulo que la hacía suplicar clemencia. La tomó en el sofá de cuero, con ella a cuatro patas mientras él la sujetaba del pelo, marcando un ritmo animal que dejó a Emily sin voz de tanto gritar.
La primera semana fue un borrón de fluidos, sudor y palabras sucias. Gavi parecía poseído por una energía inagotable. En el estudio, sobre la mesa de cristal donde solía revisar sus contratos, la hizo suya bajo la luz cruda del mediodía.
— Mira cómo se ve tu cuerpo contra el cristal, Emily —le ordenó, obligándola a mirar hacia abajo mientras la embestía desde atrás—. Mira cómo te abres para recibirme. Eres una adicta a mi polla, ¿verdad? Dime que no podrías vivir sin esto.
— ¡No puedo! —contestó ella, golpeando el cristal con las palmas—. ¡Eres el único que sabe cómo hacerme sentir así! ¡Eres mi dueño, Pablo! ¡Hazme lo que quieras!
— Te voy a dejar tan marcada que cuando Pedri vuelva no va a reconocer a su hermanita —le prometió él, aumentando la violencia de sus estocadas hasta que ambos alcanzaron un clímax que los dejó temblando en el suelo de madera.
A mitad del mes, la intensidad no disminuyó; se transformó en algo más oscuro y detallado. Gavi empezó a experimentar con el control. Una noche, la llevó al baño principal, una estancia de mármol y espejos que cubrían de techo a suelo. Llenó la bañera con agua hirviendo, pero antes de entrar, la puso frente al espejo.
— Mírate, mi amor —susurró, sus manos jabonosas recorriendo los pechos de Emily mientras su erección presionaba contra su espalda—. Mira lo que te he hecho en estas dos semanas. Tienes mordiscos en el cuello, marcas en los muslos... Estás marcada de arriba abajo por mí. Y ahora, voy a recordarte que todavía me perteneces más.
La penetró lentamente frente al espejo, permitiendo que ella viera cada centímetro de la unión. Emily observaba su propio rostro, desfigurado por el placer y la lujuria, mientras Gavi se movía dentro de ella con una profundidad abrumadora. El vapor del agua empañaba los cristales, pero la visión de sus cuerpos chocando era nítida.
— Me encanta cuando me miras así —dijo él, su voz ronca por el esfuerzo—. Me encanta ver cómo tus ojos se ponen en blanco cuando llego al fondo. Eres mi pequeña perra sucia, Emily. Y este mes eres mi laboratorio personal de placer.
— ¡Sí, Pablo! ¡Úsame! ¡No me dejes respirar! —suplicaba ella, envolviendo sus piernas alrededor de la cintura de él mientras Gavi la levantaba en vilo bajo el chorro de la ducha, continuando el acto con una fuerza ruda que hacía que el agua saltara por todas partes.
La tercera semana trajo consigo el riesgo. Gavi, envalentonado por la ausencia total de testigos, la llevó al balcón del ático a las tres de la mañana. El aire frío de la noche barcelonesa chocaba contra sus pieles ardientes.
— Pablo, alguien podría vernos... —murmuró ella, aunque ya estaba apoyada contra la barandilla de cristal, ofreciéndose a él.
— Que miren —respondió él con esa arrogancia competitiva que lo hacía imparable en el campo—. Que vean que lo mejor que tiene esta ciudad es mía. Que vean cómo te hago gritar bajo las estrellas.
La tomó desde atrás, con la ciudad de Barcelona como telón de fondo. Cada embestida era una declaración de poder. Gavi la sujetaba por las caderas con firmeza, golpeándola con un ritmo frenético que hacía que la barandilla vibrara. Emily enterró la cara en sus manos para ahogar los gritos, pero Gavi se lo impidió.
— No te calles —le ordenó—. Quiero oírte. Quiero que la Diagonal entera sepa que te estoy follando ahora mismo. Gime para mí, Emily. ¡Dime quién es el mejor!
— ¡Tú! ¡Tú eres el mejor, Pablo! ¡Nadie me ha tocado como tú! ¡Eres un animal! —gritaba ella, entregándose al éxtasis prohibido de ser tomada al aire libre.
Llegando a la última semana, el agotamiento físico era evidente, pero el deseo seguía siendo una llama voraz. Sus cuerpos estaban acostumbrados el uno al otro de una manera casi telepática. Gavi conocía cada punto de presión, cada ángulo que hacía que Emily perdiera el sentido.
La última noche antes del regreso de Pedri, Gavi decidió que no saldrían de la habitación principal. Había preparado el ambiente con una intensidad que rozaba lo sagrado. La cama de sábanas de seda negra fue el escenario de una batalla final que duró horas.
— Hoy no voy a tener piedad, Emily —le advirtió, arrodillándose sobre ella—. Hoy voy a grabarme en tu memoria de tal forma que cuando Pedri esté en la habitación de al lado mañana, tú solo puedas pensar en cómo te sentías esta noche.
Empezó con una lentitud tortuosa, usando sus dedos y su lengua para llevarla al borde de la locura. Emily suplicaba, lloraba y pedía que la penetrara, pero Gavi se negaba, disfrutando de su desesperación.
— Pídemelo —le decía él, acariciando su intimidad con una suavidad que era puro sadismo—. Dime qué quieres que te haga el seis del Barça.
— ¡Quiero que me destroces, Pablo! ¡Quiero que me folles tan duro que mañana no pueda ni levantarme para saludar a mi hermano! ¡Por favor, lléname ya!
Él sonrió, esa sonrisa de triunfo que solo mostraba después de marcar un gol decisivo, y se hundió en ella con una fuerza que la dejó sin aliento. Fue una sesión maratónica. Lo hicieron en todas las posiciones imaginables: ella arriba, dominando el ritmo hasta que él la giraba y la ponía a cuatro patas; él cargándola contra el cabecero de la cama; ella con las piernas sobre los hombros de él mientras Gavi la embestía con una profundidad que parecía alcanzarle el alma.
— Eres mía —gruñía él, el sudor goteando de su frente a la de ella—. Treinta días, Emily. Treinta días siendo mi esclava del placer. Y te juro que esto es solo el principio.
— ¡Te quiero, Pablo! ¡Te quiero, mi bruto! —gritaba ella, alcanzando un orgasmo tras otro, sintiendo que su cuerpo iba a desintegrarse bajo la tiranía del placer que él le imponía.
El lenguaje se volvió más crudo que nunca. Gavi le describía cada sensación, cada fluido, cada centímetro de su cuerpo que estaba reclamando. Emily le contestaba con la misma moneda, pidiéndole cosas que nunca se habría atrevido a imaginar antes de conocerlo. Eran dos animales en celo, dos almas perdidas en un laberinto de piel y sudor.
Cuando finalmente el sol empezó a asomar por el horizonte de Barcelona, marcando el fin del mes de libertad, ambos quedaron tendidos en la cama, exhaustos, vacíos y completamente unidos. El apartamento, que antes era solo un lugar de lujo, ahora era un mapa de sus encuentros: la cocina, el balcón, el pasillo, el sofá... cada rincón guardaba el eco de un gemido o el rastro de su pasión.
— Pedri llega en tres horas —susurró Emily, acurrucándose en el pecho sudado de Pablo.
Gavi la apretó contra sí, besando su coronilla con una protección absoluta.
— Que llegue —respondió él—. Podrá recuperar su casa, pero nunca podrá recuperar la inocencia de su hermana. Te he marcado para siempre, Emily Gonzales. Ahora, cada vez que camines por este pasillo o te sientes en esa cocina, vas a sentir mis manos sobre ti.
Emily sonrió, cerrando los ojos. Sabía que era verdad. Pablo Gavi no solo había pasado un mes con ella; había colonizado su cuerpo y su mente. Había sido un mes de ruda posesión, de palabras sucias y de un amor tan salvaje que no entendía de límites. Y mientras escuchaba el latido rítmico del corazón del atleta más deseado de España, supo que, aunque Pedri volviera, ella nunca dejaría de ser la prisionera voluntaria en el santuario del seis.
— Ha sido el mejor mes de mi vida —dijo ella antes de caer en un sueño profundo.
— Y el primero de todos los que nos quedan —sentenció Gavi, cerrando los ojos y reclamando su última victoria antes de que el mundo exterior volviera a llamar a su puerta.