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Love and hot love

Siete días de fuego y pecado

El lunes amaneció con una calma engañosa. Pedri había enviado un mensaje corto preguntando si Emily necesitaba que le llevara ropa limpia, pero Gavi, con el torso desnudo y el sudor aún brillando en su pecho, tomó el teléfono de ella y grabó un audio con voz ronca: «Pedri, ni te molestes. Tu hermana se queda conmigo toda la semana. No la busques, no la llames. Está ocupada aprendiendo por qué el seis es mi número favorito».

Pedri solo contestó con un emoji de una cara tapándose los ojos y un breve: «Cuídala, animal. Pero no te olvides de que el entrenamiento del miércoles es obligatorio».

Gavi tiró el móvil a la alfombra y se giró hacia Emily, que estaba envuelta en las sábanas de seda negra, observándolo con una mezcla de agotamiento y deseo insaciable.

—Ya has oído a tu hermano, Em —dijo Pablo, acercándose a la cama con esa forma de caminar de cazador—. Tenemos siete días. Siete días en los que este departamento va a ser tu cárcel y yo tu único carcelero. No vas a usar ropa, no vas a ver a nadie y no te voy a dejar dormir más de lo estrictamente necesario para que no te desmayes.

—Me vas a destrozar, Pablo —susurró ella, aunque sus piernas se abrieron por instinto cuando él se subió a la cama.

—Esa es la idea, princesa —respondió él, atrapando sus muñecas y anclándolas sobre su cabeza—. Quiero que cuando termine esta semana, tu cuerpo solo sepa responder a mi tacto.

El lunes fue una oda a la posesión. Gavi la llevó al comedor, pero no para comer. La sentó sobre la mesa de cristal frío, obligándola a mirarse en el gran espejo del salón mientras él la penetraba con una lentitud que era pura tortura. Cada vez que ella intentaba cerrar los ojos, él le mordía el lóbulo de la oreja y le susurraba cosas que la hacían arder.

—Mira cómo te abres para mí, Emily. Mira cómo ese coño tan estrecho intenta tragarse todo lo que soy. Eres una adicta, ¿verdad? Te encanta que te use como si fueras mi juguete personal.

—¡Sí, maldita sea, sí! —gritó ella, golpeando el cristal con los talones—. ¡Fóllame más duro, Pablo! ¡Haz que me duela, haz que sienta que me vas a partir por la mitad!

Él no se hizo de rogar. El ritmo se volvió salvaje, rítmico, un choque constante de carne contra cristal que resonaba en todo el ático. Gavi no tenía piedad; su resistencia física era sobrehumana. La giró, la puso a cuatro patas y la reclamó desde atrás, sujetándola por el pelo con la fuerza justa para que ella tuviera que arquear la espalda hasta el límite. Los gemidos de Emily eran tan altos que seguramente los vecinos del piso de abajo sabían exactamente qué estaba haciendo el jugador del Barça.

El martes, el escenario fue el balcón privado. Era de madrugada y el aire frío de Barcelona chocaba contra sus pieles ardientes. Gavi la levantó en vilo, apoyándola contra la barandilla de cristal, con la ciudad a sus pies.

—Imagina que alguien nos ve ahora mismo, Em —le dijo, embistiéndola con una furia ruda mientras la sujetaba por los muslos—. Imagina que saben que la hermanita de Pedri está aquí fuera, gimiendo como una loca porque no puede vivir sin mi polla dentro de ella.

—¡Me da igual! —chilló ella, envolviendo el cuello de él con sus brazos—. ¡Que miren! ¡Que vean que soy tuya, que me tienes marcada, que me haces lo que quieres!

Gavi soltó una carcajada oscura y aceleró, sus caderas golpeando con una potencia animal. La adrenalina de estar al aire libre, sumada a la posesión física, los llevó a un clímax tan violento que ambos quedaron sin aliento, colapsando en el suelo del balcón, entrelazados bajo las estrellas.

El miércoles, Gavi tuvo que ir al entrenamiento, pero antes de irse, se aseguró de dejarla "lista". La ató suavemente a la cabecera de la cama con sus propias corbatas de seda.

—No te muevas de aquí —le ordenó, besándola con una posesión que le supo a sangre—. Voy a estar tres horas pensando en cómo te voy a encontrar cuando vuelva. Prepárate, porque hoy voy a ser mucho más sucio.

Cuando regresó, no hubo preámbulos. Entró en la habitación, aún con el uniforme del club puesto, y se desabrochó el pantalón. La tomó con una urgencia que rozaba la desesperación, como si las tres horas fuera de casa hubieran sido un siglo.

—No sabes lo que me ha costado no correrme en el vestuario solo de pensar en ti así, atada y esperándome —gruñó él, hundiéndose en ella con una fuerza que hizo que la cama se desplazara unos centímetros—. Eres mi puta obsesión, Emily. Voy a hacer que hoy no puedas ni pronunciar tu nombre.

—Dímelo de nuevo, Pablo... dime lo que soy para ti —suplicó ella, moviendo las caderas para recibirlo más profundo.

—Eres mi perra, mi mujer, mi trofeo —respondió él, aumentando la velocidad hasta que el sonido de sus cuerpos era lo único que se oía—. Eres el lugar donde entierro toda mi rabia y todo mi deseo. Y no voy a dejar que nadie más te toque nunca, ¿me oyes? Eres propiedad exclusiva del seis.

El jueves y el viernes fueron un borrón de fluidos y gemidos. Lo hicieron en la ducha, bajo el chorro de agua hirviendo, con Emily contra los azulejos mientras Gavi la levantaba por una pierna para entrar en ella desde un ángulo que la hacía ver estrellas. Lo hicieron en el pasillo, sobre la alfombra, en el sofá... Gavi parecía querer marcar cada centímetro cuadrado del departamento con el rastro de su pasión.

—Me encanta cómo me contestas, Emily —le decía él mientras la tenía contra la pared del pasillo—. Me encanta que seas tan sucia como yo. Dime qué quieres que te haga ahora.

—Quiero que me llenes, Pablo. Quiero que me dejes tan llena de ti que no pueda ni caminar. Quiero sentir tu semen quemándome por dentro mientras me dices que soy tuya.

Gavi no se detenía. Su lenguaje se volvía más excitante y crudo a medida que avanzaba la semana. No había filtros. Se decían cosas que harían sonrojar al mismísimo diablo. Él le describía con detalle cada movimiento, cada sensación, mientras ella le pedía más, siempre más.

El sábado fue el día más intenso. Gavi decidió que no saldrían de la habitación en absoluto. Fue un maratón de doce horas de sexo rudo, detallado y agotador. Empezaron al amanecer, con Emily sobre él, dominando el ritmo hasta que Gavi la giró y la inmovilizó bajo su peso.

—Hoy voy a llevarte al límite, Em —le advirtió—. Hoy vas a aprender lo que es el verdadero éxtasis.

La penetración fue lenta al principio, casi dolorosa por la profundidad. Gavi buscaba el fondo de su ser, queriendo fundirse con ella. Pero pronto, la ternura desapareció para dar paso a una violencia deliciosa. Sus manos no paraban: la sujetaba del cuello con suavidad pero firmeza, le apretaba los pechos, le azotaba los muslos hasta que la piel quedaba roja.

—¡Gime para mí, Emily! ¡Quiero que todo el edificio sepa lo mucho que te gusta que te trate así! —le gritaba él mientras la embestía con una cadencia frenética.

—¡Ahhh, Pablo! ¡Sí! ¡Más duro, por favor! ¡Rómpeme por dentro! ¡Eres el mejor, eres mi Dios, eres todo lo que quiero!

El sudor los empapaba, las sábanas estaban hechas un desastre y el aire de la habitación era pesado, cargado con el olor del sexo y el deseo. Gavi no se corría; se mantenía al borde, prolongando la agonía de ella, llevándola a un orgasmo tras otro hasta que Emily lloraba de puro placer.

—No te corras todavía —le ordenaba él, deteniéndose justo a tiempo—. Quiero que sufras un poco más. Quiero que me lo pidas por favor.

—¡Por favor, Pablo! ¡Por favor, lléname ya! ¡No puedo más, me voy a morir!

Finalmente, con un rugido que pareció sacudir las paredes, Gavi se liberó dentro de ella, hundiéndose lo más profundo posible mientras Emily sufría espasmos que envolvían el miembro de él en una danza agónica. Se quedaron así, unidos, durante lo que parecieron horas, sintiendo cómo sus corazones recuperaban el ritmo poco a poco.

El domingo fue el día de la despedida de esa semana de clausura. Estaban exhaustos, con ojeras y marcas por todo el cuerpo, pero la conexión entre ellos era ahora irrompible. Gavi la llevó a la bañera, pero incluso allí, el deseo volvió a brotar.

—Ha sido la mejor semana de mi vida —susurró ella, apoyada en el pecho de él mientras el agua tibia los rodeaba.

—Y solo es la primera de muchas —respondió Gavi, sus manos viajando de nuevo hacia su intimidad bajo el agua—. Pedri puede decir lo que quiera, pero de aquí no te vas nunca más.

—¿Y qué le vas a decir mañana cuando te vea en el entrenamiento con esa cara de satisfacción? —preguntó ella con una risita.

Gavi se incorporó, rodeándola con sus brazos y mirándola con esos ojos azules que seguían brillando con una posesión absoluta.

—Le voy a decir que gracias por tener una hermana tan increíble —dijo él antes de besarla—. Y que se prepare, porque ahora que he probado lo que es tenerte así, no pienso dejarte descansar ni un solo día del resto de nuestras vidas.

Se unieron una última vez en el agua, con una lentitud romántica que pronto se transformó en la rudeza habitual de Gavi. Fue el cierre perfecto para siete días de éxtasis, un pacto sellado con sudor, gemidos y palabras sucias que se quedarían grabadas en las paredes de aquel ático para siempre. Emily sabía que ya no había vuelta atrás; Pablo Gavi no solo había conquistado su cuerpo, sino que había reclamado cada rincón de su alma con la fuerza de un huracán que no pensaba amainar jamás.