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Love in the air

El brillo de los ojos marrones y el secreto del vestuario

El despertador de Artemis no sonó a la mañana siguiente, pero su reloj biológico, todavía ajustado al horario de la costa este de Estados Unidos, la obligó a abrir los ojos cuando el sol apenas empezaba a teñir de rosa el horizonte de Barcelona. Se quedó unos minutos mirando el techo de la habitación de invitados en el piso de Pedri, procesando que ya no estaba en una residencia universitaria compartiendo baño con tres chicas de California, sino en casa. O al menos, lo más parecido a casa que podía estar mientras sus padres seguían en Tenerife.

Se levantó con cuidado de no despertar a su hermano ni a su novia, se hizo un café rápido y se quedó mirando el móvil. Tenía un mensaje de Instagram de hacía apenas diez minutos. Era de Gavi.

— ¿Ya estás despierta, Gonzales? ¿O el jet lag te ha dejado fuera de combate?

Artemis sonrió frente a la pantalla. Era temprano, demasiado para que un futbolista que no tenía entrenamiento hasta las diez estuviera activo, a menos que...

— Sobreviviendo —tecleó ella—. Mi cuerpo cree que son las once de la noche y quiere hamburguesas, no tostadas. ¿Tú qué haces despierto?

La respuesta fue casi instantánea.

— No podía dormir. He pensado que, como eres nueva en la ciudad (otra vez), alguien tendrá que llevarte a ver el entrenamiento hoy. Pedri se ha ido ya, me lo he cruzado en el garaje. Dice que te quedes descansando, pero yo creo que te aburres.

Artemis mordió su labio inferior. Ver el entrenamiento significaba ver a todo el equipo, enfrentarse a las preguntas de los compañeros de Pedri que la conocían desde niña y, sobre todo, pasar tiempo con Gavi bajo la luz del sol, sin la protección de la cena grupal de la noche anterior.

— Dame veinte minutos. Pero si Pedri me echa la bronca por aparecer allí sin avisar, diré que ha sido idea tuya.

— Siempre me echas la culpa de todo —respondió él con un emoji de una cara burlona—. Bajo en diez. Estoy en la puerta.

Artemis se vistió a toda prisa. Se puso unos vaqueros anchos, una camiseta blanca básica y dejó su cabello castaño suelto, todavía con esas ondas naturales que el clima de Barcelona parecía acentuar. Se miró al espejo y se aseguró de que sus ojos azules no delataran el cansancio. Bajó las escaleras casi corriendo y, efectivamente, el coche de Gavi estaba aparcado justo enfrente.

Al subir, el olor a su perfume la envolvió de nuevo. Gavi vestía la ropa de entrenamiento del club, y verle con el escudo en el pecho siempre le recordaba lo mucho que había crecido aquel niño que conoció años atrás.

— Buenos días, americana —dijo él, arrancando el coche con una agilidad que siempre ponía nerviosa a Artemis.

— Buenos días, sevillano —replicó ella, abrochándose el cinturón—. ¿De verdad Pedri se ha ido tan pronto?

— Tenía sesión de fisioterapia antes del grupo. Ya sabes cómo es, se cuida más que a su propio coche —Gavi rió, y Artemis notó que hoy estaba más relajado que la noche anterior—. Por cierto, no le he dicho que venías conmigo. Será otra sorpresa.

— Te gusta vivir al límite, Pablo. Mi hermano es capaz de perseguirte por todo el campo si cree que me estás "secuestrando".

— Que lo intente. Soy más rápido que él —presumió Gavi, lanzándole una mirada de reojo que duró un segundo más de lo necesario—. Además, no es un secuestro si has venido por tu cuenta, ¿no?

El trayecto a la Ciudad Deportiva Joan Gamper fue corto, pero lleno de una tensión cómoda. Hablaron de cosas triviales: la música que sonaba en la radio, el tráfico de la Diagonal y lo mucho que Artemis había echado de menos el pan con tomate. Cuando llegaron a las instalaciones, el ambiente cambió. Los guardias ya no se sorprendieron al verla, pues la noticia de su regreso se había filtrado entre el personal del club en tiempo récord.

Gavi la guio por los pasillos internos, aquellos que no suelen ver los periodistas. Artemis se sentía pequeña entre las paredes llenas de fotos de leyendas del club, pero la mano de Gavi, que de vez en cuando rozaba su espalda para indicarle el camino, la hacía sentir segura.

— Quédate aquí, en la grada baja —le indicó él al llegar al campo de entrenamiento—. Los chicos saldrán en cinco minutos. Voy a cambiarme las botas.

Artemis se sentó en el primer asiento disponible. El campo estaba impecable, un tapete verde que brillaba bajo el sol de la mañana. Poco a poco, los jugadores empezaron a salir. Vio a Ferran Torres, a Robert Lewandowski y, por supuesto, a Pedri. Su hermano estaba distraído, ajustándose las medias, hasta que Ferran le dio un codazo y señaló hacia la grada.

Pedri se quedó paralizado. Luego, una sonrisa enorme iluminó su rostro y saludó con ambas manos.

— ¡Pero bueno! —gritó desde el césped—. ¡Si no puedes vivir sin mí ni un par de horas!

Artemis se rió y le mandó un beso. Cerca de Pedri, Gavi salía al campo trotando. Se unió al grupo, pero sus ojos buscaron inmediatamente a la chica de 1.60 sentada en la grada. Le dedicó un guiño casi imperceptible antes de empezar los ejercicios de calentamiento.

El entrenamiento fue intenso. Artemis observaba con fascinación. Siempre había sabido que su hermano era bueno, pero ver la conexión entre él y Gavi en el campo era algo casi místico. Se encontraban sin mirarse, se daban pases imposibles, se entendían con un lenguaje que solo ellos hablaban. Pero también notó algo más: Gavi jugaba con una energía extra esa mañana. Cada vez que robaba un balón o marcaba en el partidillo de práctica, su mirada viajaba hacia donde ella estaba, como buscando su aprobación.

— Es un animal, ¿verdad? —Una voz a su lado la hizo saltar. Era Xavi Hernández, el entrenador, que se había acercado a la banda.

— ¡Míster! —Artemis se levantó rápidamente—. Perdón, no quería molestar.

— No molestas, Artemis. Me alegra que estés de vuelta. Pedri nos tenía la cabeza loca con que te echaba de menos —Xavi miró hacia el campo, donde Gavi acababa de hacer una entrada agresiva pero limpia—. A Pablo le viene bien tener público. Hoy está especialmente motivado. No sé por qué será.

Artemis sintió que sus mejillas se encendían. Xavi le dedicó una sonrisa cómplice antes de volver a dar instrucciones a sus jugadores.

Cuando terminó la sesión, los chicos se acercaron a la banda para beber agua. Pedri llegó primero, empapado en sudor.

— ¿Qué haces aquí de verdad, enana? Pensaba que estarías durmiendo hasta el mediodía.

— Gavi se ha ofrecido a traerme —dijo ella, tratando de que sonara como algo sin importancia.

Pedri miró a Gavi, que llegaba justo en ese momento, secándose la cara con la camiseta, dejando a la vista sus abdominales marcados. Artemis desvió la mirada rápidamente hacia el horizonte, pero no fue lo suficientemente rápida para que su hermano no se diera cuenta.

— Ah, ya veo —dijo Pedri con un tono de voz que Artemis conocía bien. Era su tono de "estoy analizando la situación"—. Qué amable es Pablo, ¿verdad? Siempre pensando en los demás.

— Solo quería ser un buen anfitrión, Pedri —respondió Gavi, acercándose a ellos con una sonrisa desafiante—. No queremos que tu hermana piense que en Barcelona nos hemos vuelto unos maleducados.

— Claro, claro —asintió Pedri—. Bueno, voy a ducharme. Artemis, espéranos en la cafetería. Comemos los tres juntos.

— En realidad —intervino Gavi—, le había dicho a Artemis de ir a aquel sitio de la playa. Ese que te gusta tanto.

Pedri entrecerró los ojos azules, idénticos a los de su hermana.

— ¿Al de la Barceloneta? Pero si hoy tenemos sesión de gimnasio por la tarde, Gavi. No nos da tiempo a ir y volver.

— Yo no he dicho que tú vengas, Pedri —soltó Gavi con una naturalidad pasmosa—. Tú tienes que hacer pesas para que no te tumben en los córners. Yo ya he cumplido mi cupo hoy. Puedo llevarla yo.

El silencio que siguió fue tenso. Artemis miraba de uno a otro, sintiéndose como el balón en medio de un rondo. Pedri parecía estar procesando la audacia de su mejor amigo, mientras que Gavi mantenía la mirada fija, sin retroceder ni un milímetro.

— Está bien —dijo Pedri finalmente, aunque su voz sonaba un poco más seria—. Pero tráela a casa temprano. Y Gavi... no conduzcas como un loco.

— Sabes que conmigo está segura —respondió Gavi, dándole una palmadita en el hombro a Pedri que parecía más un pacto de caballeros que un gesto amistoso.

Media hora después, Artemis y Gavi estaban sentados en una mesa frente al mar. El restaurante estaba tranquilo, lejos del bullicio de los turistas. El aire olía a sal y a pescado a la brasa. Artemis se sentía extrañamente libre.

— Gracias por sacarme de allí —dijo ella, removiendo su bebida—. Mi hermano puede ser un poco... protector.

— Lo sé. Es mi mejor amigo, pero a veces olvida que ya no tienes diez años —Gavi se apoyó en la mesa, acercándose a ella—. Además, quería estar un rato a solas contigo. Sin que él estuviera analizando cada palabra que digo.

— ¿Y por qué querrías estar a solas conmigo, Pablo Páez? —Artemis usó su nombre real, algo que solo hacía cuando quería ponerse seria.

Gavi guardó silencio un momento, mirando las olas romper contra las rocas. Sus ojos cafés, que en el campo eran fuego puro, ahora tenían una suavidad que Artemis nunca había visto en las noticias.

— Porque cuando te fuiste hace un año... —empezó él, rascándose la nuca, un gesto que delataba sus nervios—, no me despedí como quería. Pensé que eras solo la hermana de mi amigo, alguien que siempre andaba por ahí. Pero luego, cuando ya no estabas, los entrenamientos se sentían más largos. Las cenas en casa de Pedri eran más aburridas. Me faltaba algo.

Artemis sintió un vuelco en el corazón.

— Gavi, yo... no sabía que te habías dado cuenta de que no estaba.

— Me di cuenta cada día, Artemis. Te seguía en Instagram, veía tus fotos en Estados Unidos y me daba rabia no ser yo el que estuviera allí enseñándote sitios. Así que, ahora que has vuelto, no voy a perder el tiempo.

Artemis se quedó sin palabras. La audacia de Gavi en el campo era legendaria, pero escucharle hablar así, con esa honestidad brutal, era mucho más impactante que cualquier entrada a ras de suelo.

— He vuelto para quedarme —susurró ella, extendiendo su mano sobre la mesa.

Gavi no dudó. Cubrió la mano de Artemis con la suya. Su piel estaba caliente y sus dedos encajaban perfectamente entre los de ella.

— Entonces prepárate —dijo él con una sonrisa pícara—, porque voy a ser el mejor guía que hayas tenido nunca. Y si Pedri se pone pesado, tendré que marcar un hat-trick para que me perdone.

— Creo que necesitarás más que un hat-trick para convencerlo —rio ella, dejando que él entrelazara sus dedos.

La comida transcurrió entre risas y confesiones. Gavi le contó lo difícil que había sido la última temporada, las presiones de ser tan joven en un club tan grande y cómo el fútbol a veces se sentía como una jaula de oro. Artemis, por su parte, le habló de su soledad en el extranjero, de cómo echaba de menos el idioma y de cómo había madurado lejos de la sombra de su hermano.

Cuando terminaron de comer, decidieron caminar un poco por la arena antes de volver. El sol estaba en su punto más alto, y el reflejo en el agua cegaba un poco. Artemis se quitó las sandalias y sintió la arena fría bajo sus pies.

— ¿Sabes? —dijo ella, mirando a Gavi, que caminaba a su lado con las zapatillas en la mano—. En Estados Unidos soñaba con este momento. Pero en mis sueños, siempre estaba sola.

Gavi se detuvo y la obligó a girarse hacia él. Estaban lo suficientemente cerca como para que Artemis pudiera ver las pequeñas pecas en su nariz.

— Pues te vas a tener que acostumbrar, Gonzales. Porque a partir de ahora, no vas a estar sola en ninguno de tus planes.

Él acortó la distancia. Fue un movimiento lento, dándole tiempo a ella para retroceder si quería. Pero Artemis no se movió. Al contrario, se puso de puntillas, reduciendo esos diez centímetros que los separaban.

El beso fue suave, una exploración cautelosa que sabía a salitre y a algo que llevaba tiempo cocinándose a fuego lento. Gavi puso una mano en su cintura, atrayéndola hacia él, mientras ella enredaba sus dedos en el cabello rubio de él, todavía un poco húmedo por la ducha del entrenamiento.

Cuando se separaron, ambos estaban un poco sin aliento.

— Eso... —empezó Artemis, con las mejillas encendidas—, eso va a ser muy difícil de explicarle a Pedri.

Gavi soltó una carcajada limpia y sonora, una que atrajo la mirada de un par de transeúntes.

— Deja que yo me encargue de Pedri. Si sobrevivo a los defensas del Madrid, podré sobrevivir a tu hermano.

— No estés tan seguro —bromeó ella, aunque por dentro sentía una felicidad que no le cabía en el pecho.

De camino al coche, Gavi no le soltó la mano. Artemis sabía que esto era el principio de algo complicado. Ser la hermana de Pedri y salir con su mejor amigo era el guion perfecto para un desastre familiar, pero al mirar a Gavi, al ver cómo la miraba él, supo que valía la pena cualquier bronca.

Al llegar de nuevo al edificio de Pedri, Gavi aparcó y se quedó mirándola antes de que ella bajara.

— ¿Nos vemos mañana? —preguntó él.

— Mañana hay partido, Pablo. Tienes que estar concentrado.

— Precisamente por eso. Necesito que estés en la grada. Si estás allí, sé que no puedo perder.

Artemis le dio un beso rápido en la mejilla y bajó del coche, sintiendo que flotaba. Subió al piso y se encontró a Pedri sentado en el sofá, con el mando de la Play en la mano pero la televisión apagada.

— Has tardado mucho —dijo él, sin mirarla.

— El tráfico, ya sabes —mintió ella, yendo hacia la cocina para beber agua.

— Artemis —la voz de Pedri era suave, pero firme. Ella se detuvo—. Gavi es como mi hermano. Y tú eres mi hermana pequeña. Solo te pido que, si vais a hacer esto, lo hagáis bien. No quiero perder a mi mejor amigo ni ver a mi hermana llorar.

Artemis se giró, sorprendida por la lucidez de su hermano.

— ¿Cómo lo has sabido?

Pedri finalmente la miró y sonrió con tristeza.

— Gavi no sabe disimular. En el entrenamiento de hoy, cada vez que te miraba, parecía que le hubieran dado el Balón de Oro. Y tú... tú tienes esa luz en los ojos que solo tenías cuando te daban permiso para comer helado de postre cuando eras niña.

Artemis se acercó y abrazó a su hermano por la espalda, apoyando la barbilla en su hombro.

— Todo va a estar bien, Pedri. Te lo prometo.

— Más le vale —gruñó él, aunque terminó riendo—. Porque como te haga algo, le diré al míster que lo deje en el banquillo toda la temporada. Y sabes que Xavi me hace caso.

Artemis rió, sintiendo que las piezas de su vida finalmente encajaban. Había vuelto a Barcelona para encontrar su camino, y parecía que ese camino estaba lleno de balones de fútbol, tardes de sol y unos ojos marrones que la hacían sentir que el viaje desde Estados Unidos había sido la mejor decisión de su vida.

Esa noche, mientras se quedaba dormida, recibió un último mensaje.

— Mañana, minuto 30. Si marco, el gol es para ti. Busca el gesto.

Artemis cerró los ojos, impaciente por que llegara el mañana. La sorpresa de su regreso apenas estaba empezando, y el Camp Nou sería el escenario del siguiente capítulo de su historia. Un capítulo donde ella ya no era solo la hermana de Pedri, sino la razón por la que el chico más indomable del equipo había decidido, finalmente, bajar la guardia.