Love in the air
La promesa del Camp Nou y la tormenta en el vestuario
El Camp Nou se alzaba imponente bajo el cielo nocturno de Barcelona, un coliseo de hormigón y sueños que rugía con la fuerza de casi cien mil gargantas. Artemis estaba sentada en el palco de familiares, apretando las manos contra sus muslos. Llevaba una camiseta del equipo, la segunda equipación, con el número 8 de su hermano a la espalda, pero sus ojos no dejaban de seguir al número 6 que corría incansable por todo el centro del campo.
Gavi estaba en su salsa. Era un partido difícil contra el Atlético de Madrid, de esos que se juegan con el cuchillo entre los dientes, y Pablo parecía disfrutar de cada choque, de cada disputa de balón. Pedri, por su parte, ponía la pausa, el baile, la magia que hacía que el juego fluyera. Verlos juntos era como observar un incendio y un río tratando de ocupar el mismo espacio sin anularse.
— Estás muy tensa, ¿no? —le susurró la novia de Pedri al oído, dándole un codazo amistoso—. Ni cuando Pedri debutó te vi así.
— Es el ambiente, está muy cargado —mintió Artemis, aunque sabía que su amiga no se lo tragaba.
El reloj del estadio avanzaba implacable. Minuto 25. Minuto 28. Artemis recordó el mensaje de la noche anterior. "Minuto 30". El corazón le latía con tanta fuerza que temía que los de la fila de adelante pudieran oírlo.
De repente, una recuperación de Frenkie de Jong en la media luna propia lanzó el contraataque. El balón llegó a los pies de Pedri, que con un giro de cadera dejó sentado a su marcador. Vio el desmarque de Lewandowski, pero el polaco estaba muy cubierto. Entonces, una mancha azulgrana apareció desde atrás como un exhalación.
— ¡Vamos, Pablo! —gritó Artemis sin poder evitarlo, poniéndose de pie.
Pedri filtró un pase milimétrico, de esos que parecen llevar trazada la línea en el césped. Gavi controló con el pecho, entró en el área y, ante la salida del portero, definió con una vaselina sutil, impropia de su estilo aguerrido pero cargada de una técnica exquisita.
El estadio estalló. El estruendo fue ensordecedor. Gavi corrió hacia el córner, perseguido por sus compañeros que querían abrazarlo, pero él les hizo una señal para que le dieran un segundo. Se detuvo frente a la zona de los palcos, buscó con la mirada hasta que sus ojos se clavaron en los de Artemis y, con una sonrisa que desafiaba a todo el mundo, se llevó las manos a la cara.
Primero, formó una "A" con sus dedos índices. Fue rápido, casi imperceptible para las cámaras de televisión que buscaban el plano general, pero Artemis lo vio perfectamente. Luego, se llevó dos dedos a los ojos y señaló hacia ella, antes de dejarse sepultar por una montaña humana liderada por un Pedri que reía a carcajadas.
Artemis se dejó caer en su asiento, sintiendo que le temblaban las piernas.
— Una "A", ¿eh? —comentó la novia de Pedri con una sonrisa pícara—. No sabía que Pablo fuera tan fan de la letra A.
— Seguramente sea por... por la Afición —balbuceó Artemis, escondiendo el rostro entre sus manos mientras sentía que el calor le subía por el cuello.
El resto del partido fue un borrón de nervios para ella. El Barcelona ganó 1-0 gracias a ese gol, y cuando el árbitro pitó el final, la euforia se apoderó de las gradas. Artemis bajó hacia la zona de los túneles internos, donde solía esperar a Pedri después de los partidos importantes. El aire allí abajo era más denso, cargado con el olor a césped recién cortado y el sudor de los atletas.
— ¡Enana! —Pedri apareció el primero, todavía con la camiseta puesta y una toalla al cuello—. ¿Has visto eso? ¡Qué pase le he dado al bruto de Pablo!
Artemis abrazó a su hermano, sintiendo el orgullo inflarse en su pecho.
— Has estado increíble, Pedri. Parecía que tenías ojos en la nuca.
— Sí, bueno, el gol ha sido cosa suya. Ha definido como si fuera un veterano —Pedri la soltó y la miró fijamente, con esa expresión de hermano mayor que Artemis tanto temía—. Por cierto, curiosa celebración, ¿no crees?
— Yo... no sé de qué hablas.
— Artemis, por favor. Llevo jugando con él desde que llegué aquí. Sé cuándo hace una celebración estándar y cuándo está enviando un mensaje codificado —Pedri suspiró y se pasó una mano por el cabello castaño—. Está en el vestuario, dándose una ducha. Dice que quiere verte antes de que nos vayamos a cenar.
— ¿No estás enfadado? —preguntó ella en voz baja.
— No estoy enfadado, Artemis. Pero Gavi es un desastre para los secretos. Si sigue celebrando así, mañana toda la prensa deportiva de España va a estar preguntando quién es la "A" de su vida. Tened cuidado.
Pedri le dio un beso en la frente y se alejó hacia la zona de prensa. Artemis se quedó sola en el pasillo unos minutos, tratando de calmar sus nervios. Finalmente, decidió caminar hacia la salida del vestuario local.
La puerta se abrió y salió Gavi. Ya no llevaba el uniforme de juego, sino el chándal oficial del club. Tenía el pelo mojado y olía a ese jabón neutro que usan en las instalaciones. Al verla, su rostro se iluminó de una manera que hizo que a Artemis se le olvidaran todas las advertencias de su hermano.
— ¿Te ha gustado? —preguntó él, acercándose hasta que solo unos centímetros los separaban.
— Ha sido un golazo, Pablo. Pero casi me das un infarto con la celebración. Pedri se ha dado cuenta.
Gavi se encogió de hombros, restándole importancia con esa arrogancia encantadora que lo caracterizaba.
— Me da igual. Quería que supieras que ese gol era tuyo. Me ha costado concentrarme todo el primer tiempo pensando en qué gesto iba a hacer. Casi me saca una amarilla por estar en las nubes.
Artemis soltó una risita y se apoyó contra la pared fría del pasillo.
— Eres un impulsivo. ¿Sabes lo que va a decir la gente si sigues haciendo eso?
— Que digan lo que quieran —dijo él, dando un paso más hacia ella y apoyando una mano en la pared, justo al lado de la cabeza de Artemis—. He pasado un año viendo cómo te ibas a la otra punta del mundo. Ahora que estás aquí, no quiero esconderme como si hubiera hecho algo malo.
— No es algo malo, es... complicado —susurró ella, mirando sus labios—. Eres la estrella del equipo. Mi hermano es tu mejor amigo. Yo solo soy la chica que acaba de volver de USA.
— Para mí no eres "solo" nada, Artemis —la voz de Gavi se volvió grave, cargada de una sinceridad que la desarmó—. Eres la única persona que me hace olvidar que hay noventa mil personas gritando mi nombre. Cuando te miro en la grada, el ruido desaparece.
Artemis no pudo aguantar más. Se estiró y lo besó. Fue un beso rápido, urgente, con el miedo constante de que algún compañero de equipo o algún miembro del staff apareciera por el pasillo. Gavi respondió con intensidad, su mano libre bajando a la cintura de ella para pegarla más a su cuerpo.
— ¡Ejem! —Una tos seca y forzada rompió el momento.
Se separaron de un salto. Ferran Torres estaba parado a unos metros, con una bolsa de deporte al hombro y una sonrisa de oreja a oreja.
— Madre mía, Gavi —dijo Ferran, riendo—. Sabía que eras intenso en el campo, pero esto es otro nivel. ¿Pedri sabe que estás intentando entrar en su familia por la puerta grande?
— Cállate, tiburón —gruñó Gavi, aunque estaba rojo como un tomate—. Estamos hablando.
— Sí, ya veo cómo habláis. Con los labios pegados —Ferran le guiñó un ojo a Artemis—. Bienvenida de nuevo, Artemis. Ya decía yo que este estaba muy distraído hoy en el calentamiento. No dejes que te vuelva loca, que es un poco pesado.
Ferran se alejó por el túnel silbando una canción, dejando a la pareja en un silencio incómodo pero divertido.
— Te lo dije —suspiró Artemis, tapándose la cara con las manos—. En dos días lo sabrá hasta el utillero.
— Que lo sepan —insistió Gavi, tomándola de las muñecas para que lo mirara—. Artemis, hablo en serio. No quiero que esto sea un secreto aburrido. Quiero salir a cenar contigo, quiero pasear por la playa y quiero que, cuando marque un gol, todo el mundo sepa que es para ti.
— ¿Aunque Pedri nos mire con cara de querer matarte?
— Pedri me quiere demasiado para matarme. Además —Gavi sonrió de esa forma pícara que le salía tan natural—, se le pasará en cuanto le dé otra asistencia de gol en el próximo partido.
Caminaron juntos hacia la salida, donde el coche de Gavi los esperaba. La noche estaba fresca y el ambiente de victoria aún se respiraba en los alrededores del estadio. Mientras salían del recinto, Artemis veía a los grupos de aficionados que aún celebraban cerca de las fuentes.
— ¿A dónde vamos? —preguntó ella mientras se acomodaba en el asiento del copiloto.
— A un sitio donde no haya cámaras, ni compañeros de equipo, ni hermanos sobreprotectores —respondió él, arrancando el motor—. He reservado en un sitio pequeño en las afueras. Solo nosotros dos.
El trayecto fue tranquilo. Gavi conducía con una mano en el volante y la otra buscando constantemente la de Artemis. Ella sentía una paz extraña. A pesar del caos que suponía salir con una figura pública, la forma en que él la trataba la hacía sentir que estaban en su propia burbuja.
Llegaron a un pequeño restaurante en la zona alta, una terraza escondida entre árboles iluminada con guirnaldas de luces tenues. Era el lugar perfecto. Cenaron entre risas, recordando anécdotas de cuando eran más jóvenes.
— ¿Te acuerdas de cuando Pedri y tú intentasteis enseñarme a jugar al fútbol en el jardín de vuestra casa en Tenerife? —preguntó Artemis, pinchando un trozo de postre.
— ¡Cómo olvidarlo! —rio Gavi—. Te pusiste de portera y te enfadaste porque te tiré un penalti demasiado fuerte. Casi rompes a llorar y Pedri me persiguió por toda la urbanización para pegarme.
— Es que eras un bruto incluso con diez años —replicó ella—. Pero luego me trajiste aquel helado de chocolate para pedirme perdón.
— Siempre he tenido mis métodos para que me perdones —dijo él, mirándola fijamente a los ojos—. Artemis... lo que dije antes es verdad. No ha habido un solo día en este año que no me preguntara qué estarías haciendo. A veces veía tus historias de Instagram y pensaba: "¿Habrá conocido a algún americano rubio de dos metros?".
— ¿Celoso, Pablo?
— Un poco. No me gusta perder, ya lo sabes. Y perderte a ti habría sido la derrota más grande de mi carrera.
Artemis sintió que el corazón se le derretía. Se inclinó sobre la mesa y le dio un beso suave en la punta de la nariz.
— No podías perderme. Siempre estuve volviendo, aunque no lo supiera.
La cena terminó tarde, y cuando Gavi la dejó en la puerta del piso de Pedri, el silencio de la madrugada envolvía la calle. Se quedaron unos minutos en el coche, simplemente disfrutando de la cercanía del otro.
— Mañana tengo el día libre —susurró Gavi contra su cuello—. ¿Quieres que vayamos a algún sitio? Lejos de Barcelona.
— Me encantaría. Pero tenemos que avisar a Pedri. No quiero que se entere por la prensa de que nos hemos escapado.
— Mañana por la mañana hablamos con él. Los tres. Sin secretos.
Artemis asintió y bajó del coche, viendo cómo Gavi esperaba a que ella entrara en el portal antes de arrancar. Subió las escaleras con una sonrisa imborrable. Al entrar en el salón, se encontró con una escena que no esperaba.
Pedri estaba sentado en el sofá, con una caja de pizza fría sobre la mesa y una expresión pensativa. No tenía puesta la televisión. Solo estaba allí, esperando.
— Hola —dijo Artemis con cautela.
— Hola —respondió Pedri—. ¿Habéis cenado bien?
— Sí. Ha sido... tranquilo.
Pedri se levantó y caminó hacia ella. Artemis se preparó para el sermón, para la advertencia de que Gavi era joven y que el mundo del fútbol era traicionero. Pero su hermano solo la envolvió en un abrazo cálido.
— Solo quiero que seas feliz, Artemis —dijo él contra su pelo—. Y Pablo es un buen tío. Un poco loco, un poco impulsivo y demasiado intenso, pero tiene el corazón más grande que he visto en este deporte. Si él te hace feliz, yo estoy de vuestra parte.
Artemis sintió que se le escapaba una lágrima de alivio.
— Gracias, Pedri. Significa mucho para mí.
— Pero eso sí —añadió él, separándose un poco con una sonrisa traviesa—, si rompe el corazón, no me importa que sea el titular del Barça. Le haré la vida imposible en cada entrenamiento. Y le diré a Lewy que no le pase ni un solo balón más.
— Creo que eso le asustará más que cualquier otra cosa —rio ella.
Se fue a la cama sintiendo que el peso del secreto finalmente se había desvanecido. Barcelona no era solo la ciudad donde vivía su hermano, ni el lugar donde estudiaría su carrera. Ahora, Barcelona era el lugar donde un chico de ojos cafés y corazón de fuego la esperaba cada mañana.
Mientras tanto, en su propio apartamento, Gavi no podía dormir. Estaba revisando las fotos del partido en su teléfono. Se detuvo en una captura de pantalla que alguien había subido a Twitter: él haciendo la "A" con las manos. La guardó en su galería de favoritos.
— La mejor asistencia de mi vida, Pedri —murmuró para sí mismo, recordando la cara de Artemis en la grada—. La mejor de mi vida.
La temporada acababa de empezar, y aunque los trofeos y los títulos eran importantes, Gavi sabía que ya había ganado el premio más valioso. Artemis había vuelto, y esta vez, él no iba a dejar que se fuera sin luchar por ella hasta el último minuto del descuento.