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Love in the air

El eco de las gradas y el pacto del amanecer

El sol de Barcelona no pidió permiso para entrar en la habitación de Artemis. Se filtró por las rendijas de la persiana, dibujando líneas doradas sobre la colcha de la cama que, hasta hacía apenas unos días, le resultaba extraña después de tanto tiempo en Estados Unidos. Artemis se estiró, sintiendo todavía el ligero mareo del jet lag, pero con una sonrisa que no podía borrar de su rostro. Las fotos de la cena familiar y los rumores del entrenamiento ya circulaban por los pasillos de la Ciudad Deportiva, y ella se sentía extrañamente en paz.

Se levantó con cautela, descalza, y caminó hacia el salón. El piso de Pedri olía a café recién hecho y a esa mezcla de orden y caos que caracteriza la vida de un deportista de élite. Encontró a su hermano en la cocina, revisando su teléfono mientras desayunaba un tazón de cereales.

— Buenos días, dormilona —dijo Pedri, levantando la vista—. He hablado con Pablo hace diez minutos. Dice que hoy el entrenamiento se le va a hacer eterno porque tiene "asuntos pendientes" contigo.

Artemis se sentó frente a él, tomando la taza de café que su hermano le ofrecía.

— Pablo siempre tiene asuntos pendientes, Pedri. Es un impulsivo, ya lo conoces.

— Lo conozco mejor que nadie, por eso me preocupa —replicó Pedri, aunque su tono era relajado—. Ayer, después de que te fueras a dormir, se quedó enviándome mensajes hasta las dos de la mañana. Quería saber si estabas bien, si te habías sentido cómoda en la cena, si el postre te había gustado... Es un pesado, Artemis. Pero es un pesado que está loco por ti.

Artemis sintió un calorcito agradable en el pecho. No estaba acostumbrada a que su hermano fuera tan directo sobre sus sentimientos, y menos sobre los de su mejor amigo.

— ¿Y tú? ¿Estás bien con esto? —preguntó ella en voz baja—. No quiero que mi regreso sea un problema para vuestra amistad.

— Escucha, enana —dijo Pedri, poniéndose serio por un momento—, si fuera cualquier otro, ya le habría dado una patada y lo habría sacado de mi casa. Pero es Gavi. Sé cómo es, sé que tiene el corazón en la mano y sé que te va a cuidar. Solo... intentad no ser demasiado empalagosos delante de mí, ¿vale? Tengo una reputación que mantener en el vestuario.

Artemis soltó una carcajada y le lanzó una servilleta. La complicidad con su hermano era algo que había echado de menos profundamente en California, y recuperarla era el mejor regalo de su regreso.

Unas horas más tarde, después de que Pedri se marchara al entrenamiento, Artemis decidió salir a caminar por el barrio. Barcelona se sentía diferente; el aire olía a mar y a libertad. Sin embargo, no había caminado ni tres calles cuando un coche deportivo de color oscuro frenó suavemente a su lado. La ventanilla bajó, revelando la sonrisa pícara y los ojos cafés de Pablo Gavi.

— ¿Necesita que la lleven a algún sitio, señorita Gonzales? —preguntó él, apoyando el brazo en el marco de la puerta.

— ¿No deberías estar entrenando, Gavi? —replicó ella, cruzándose de brazos pero sin poder ocultar la sonrisa.

— El míster nos ha dado la tarde libre después de la sesión de video. Y como soy un profesional ejemplar, he decidido que mi recuperación física pasa por pasar tiempo contigo —dijo él, abriendo la puerta del copiloto—. Sube, tengo un plan.

Artemis no se lo pensó dos veces. Al entrar en el coche, el aroma del perfume de Gavi la envolvió de inmediato. Él no perdió el tiempo; en cuanto ella cerró la puerta, se inclinó hacia ella y le dio un beso corto pero intenso en la mejilla, rozando la comisura de sus labios.

— Te he echado de menos esta mañana —susurró él.

— Solo han pasado diez horas, Pablo.

— Diez horas son una eternidad cuando te has pasado un año esperando —respondió él, arrancando el motor—. Vamos a un sitio donde nadie nos moleste.

Gavi condujo hacia la zona alta de la ciudad, alejándose de los focos y de los posibles fotógrafos que siempre rondaban cerca de las casas de los jugadores. Se detuvieron en un mirador poco conocido que ofrecía una vista panorámica de toda Barcelona, con el mar brillando al fondo bajo el sol de la tarde.

Bajaron del coche y caminaron hasta la barandilla de piedra. El viento despeinaba el flequillo rubio de Gavi, dándole un aspecto todavía más juvenil y rebelde del que ya tenía en el campo.

— ¿Sabes? —empezó él, mirando hacia la ciudad—. Ayer, cuando te vi aparecer de sorpresa en el entrenamiento, sentí que el mundo se detenía. He jugado finales, he debutado con la selección, pero nada me ha puesto tan nervioso como volver a ver tus ojos azules de cerca.

Artemis se apoyó en la barandilla, sintiendo el pulso acelerado.

— Yo también estaba nerviosa, Pablo. No sabía si después de tanto tiempo seguirías siendo el mismo chico que me escribía cartas cuando Pedri no miraba.

— Soy el mismo, pero con más cicatrices y un poco más de experiencia —dijo él, girándose hacia ella—. Pero lo que siento por ti... eso no ha cambiado ni un milímetro. De hecho, ha crecido. Ver que has vuelto, que estás aquí de verdad y no en una pantalla de móvil, me hace sentir que por fin tengo algo real a lo que aferrarme fuera del fútbol.

— Pablo... —susurró ella, conmovida por su sinceridad.

— No digas nada —la interrumpió él, tomando su mano—. Sé que Pedri es sobreprotector y que mi vida es un caos de prensa y viajes. Pero quiero que sepas que, si tú quieres, voy a hacer que esto funcione. No me importa lo que diga la gente, ni lo que piense el vestuario. Solo me importa que estés aquí.

Artemis lo miró fijamente. En sus ojos cafés no había rastro de la arrogancia que a veces mostraba ante los rivales; solo había una vulnerabilidad pura que la desarmaba por completo.

— No he vuelto solo por Pedri, Pablo —confesó ella, acercándose más a él—. He vuelto porque sentía que me faltaba una parte de mí en Estados Unidos. Y esa parte tiene mucho que ver contigo.

Gavi no esperó más. La rodeó con sus brazos, atrayéndola hacia sí con esa intensidad que lo caracterizaba en todo lo que hacía. El beso fue lento al principio, una exploración cautelosa de sentimientos que habían estado guardados bajo llave durante meses, pero pronto se volvió urgente y apasionado. En ese mirador, con Barcelona a sus pies, el tiempo pareció detenerse para ellos.

— Prométeme una cosa —dijo Gavi cuando se separaron, manteniendo sus frentes unidas.

— Lo que quieras.

— No te vuelvas a ir. Si tienes que viajar, me llevas contigo en la maleta. Pero no me dejes otra vez con el eco de tus mensajes.

— Me quedo, Pablo. Me quedo en Barcelona y me quedo contigo —respondió ella, sellando la promesa con una sonrisa.

El resto de la tarde transcurrió entre risas y confesiones. Hablaron de los sueños de Artemis en el mundo del diseño, de la presión que sentía Gavi por ser el referente del equipo a una edad tan temprana, y de cómo Pedri seguía siendo el nexo de unión de sus mundos.

Al caer el sol, regresaron al coche. El ambiente era mucho más relajado, como si el peso del secreto finalmente se hubiera desvanecido.

— Tenemos que ir al restaurante —dijo Gavi mientras conducía de vuelta hacia el centro—. He organizado una cena con los chicos. Bueno, con Ferran y con Pedri. Quieren darte la bienvenida oficial.

— ¿Ferran también sabe lo nuestro? —preguntó Artemis, sorprendida.

— Ferran lo sabe todo desde hace meses —rio Gavi—. Es mi confidente. Me ha aguantado todas las noches que me ponía a mirar tus fotos de Instagram y a suspirar como un tonto. Dice que ya era hora de que volvieras para que yo dejara de estar tan distraído en los rondos.

Llegaron a un pequeño restaurante italiano en el Borne, un sitio discreto y acogedor. Al entrar, vieron a Pedri y a Ferran Torres ya sentados en una mesa al fondo, riendo animadamente. En cuanto vieron aparecer a la pareja, Ferran se levantó con los brazos abiertos.

— ¡La reina de la casa ha vuelto! —exclamó Ferran, dándole dos besos a Artemis—. Qué alegría verte, de verdad. Este salvaje que tienes al lado no ha parado de hablar de ti desde que aterrizaste.

— ¡Cállate, Tiburón! —gruñó Gavi, aunque estaba rojo como un tomate.

— Deja al chico, Ferran —intervino Pedri, señalando las sillas vacías—. Siéntense, que el hambre me está matando.

La cena fue un torbellino de anécdotas. Ferran y Pedri se turnaban para contar las "meteduras de pata" de Gavi durante el último año, mientras Artemis escuchaba fascinada, descubriendo una faceta de Pablo que no conocía. Gavi, por su parte, no dejaba de buscar la mano de Artemis por debajo de la mesa, apretándola suavemente cada vez que ella se reía.

— ¿Y qué tal la vida en California? —preguntó Ferran—. ¿Es verdad que los americanos son tan intensos como en las películas?

— Son diferentes —explicó Artemis—. Allí todo es a lo grande, pero les falta ese sentimiento de familia que tenemos aquí. Echaba de menos las cenas así, las risas de verdad... y a la gente que me conoce desde que llevaba trenzas y jugaba con los balones de Pedri.

— Pues aquí nos tienes —dijo Ferran, levantando su copa—. Por el regreso de Artemis y porque este año sea el mejor para todos, dentro y fuera del campo.

— ¡Salud! —exclamaron todos al unísono.

A mitad de la cena, Gavi se levantó para ir al baño, y Ferran aprovechó el momento para inclinarse hacia Artemis.

— Escucha, Artemis —dijo Ferran con un tono más serio—, Pablo ha pasado un año difícil. La presión, las críticas... a veces se encierra mucho en sí mismo. Pero desde que supo que volvías, es otro. Cuídalo, porque debajo de esa fachada de guerrero, es el tío más leal que conozco.

Artemis miró a su hermano, que asintió en silencio, confirmando las palabras de Ferran.

— Lo sé, Ferran. Y él sabe que yo también estoy aquí para él.

Cuando Gavi regresó, la conversación volvió a ser alegre. Sin embargo, la paz se vio interrumpida cuando un grupo de aficionados reconoció a los jugadores desde la calle y empezó a agolparse en la puerta del restaurante con sus teléfonos móviles.

— Ya empezamos —suspiró Pedri—. La discreción nos ha durado una hora.

— No te preocupes —dijo Gavi, poniéndose de pie y tomando la chaqueta—. Vamos a salir con normalidad. Artemis, ponte detrás de mí, yo te abriré paso hasta el coche.

— No hace falta que me escondas, Pablo —dijo ella, levantándose también—. No estamos haciendo nada malo.

Gavi la miró sorprendido, pero luego una sonrisa de orgullo iluminó su rostro.

— Tienes razón. Vamos.

Salieron del restaurante bajo el destello de los flashes y los gritos de los aficionados pidiendo fotos. Gavi pasó su brazo por los hombros de Artemis, protegiéndola pero sin ocultarla, dejando claro ante el mundo que ella era su prioridad. Pedri y Ferran los siguieron de cerca, haciendo de escudo humano hasta que llegaron al coche de Gavi.

Una vez dentro, el silencio del habitáculo se sintió como un refugio.

— ¿Estás bien? —preguntó Gavi, preocupado por la reacción de ella ante el acoso mediático.

— Estoy perfecta, Pablo. Si esto es lo que conlleva estar contigo, estoy dispuesta a aguantarlo.

Gavi arrancó el motor y condujo hacia el apartamento de Pedri. Al llegar, se detuvieron unos minutos antes de que ella bajara.

— Mañana tengo entrenamiento temprano —dijo él, tomando su rostro entre sus manos—. Pero quiero que vengas a verme. Xavi me ha dicho que puedes entrar a la grada de familiares. Quiero dedicarte el primer gol del entrenamiento.

— Allí estaré, Gavi. No me perdería tu "recuperación física" por nada del mundo —bromeó ella.

Se besaron una última vez, un beso que sabía a despedida temporal y a esperanza infinita. Artemis bajó del coche y entró en el portal, viendo cómo Gavi esperaba a que ella estuviera a salvo dentro antes de arrancar.

Al subir al piso, se encontró con Pedri esperándola en el salón, con un vaso de agua en la mano.

— Ha sido una noche movida —dijo su hermano.

— La mejor en mucho tiempo, Pedri. Gracias por aceptarlo.

— No es que lo acepte, es que no tengo otra opción —rio Pedri, abrazándola—. Si os hace felices, yo soy feliz. Pero recuerda lo que te dije: si te hace llorar, me da igual que sea el mejor centrocampista del mundo, le haré la vida imposible.

— No lo hará, Pedri. Lo sé.

Artemis se fue a la cama sintiendo que el círculo finalmente se había cerrado. Barcelona ya no era solo la ciudad de su infancia o el lugar donde vivía su hermano. Ahora era el escenario de un amor que había sobrevivido a la distancia y al tiempo, un amor que rugía con la misma fuerza que el Camp Nou en una noche de derbi.

Mientras cerraba los ojos, solo podía pensar en la mirada de Pablo en el mirador. La sorpresa del regreso había terminado, pero la verdadera aventura, la de construir un futuro juntos entre balones y sueños, acababa de empezar. Y ella estaba lista para jugar cada minuto de ese partido, sin miedo al descuento ni al pitido final.