Volver al resumen

Love in the air

El despertar de los veintiuno y la redención del 6

El sol de Barcelona no pidió permiso para entrar en la habitación de Artemis. Se filtró por las rendijas de la persiana, dibujando líneas doradas sobre la colcha de la cama que, hasta hacía apenas unos días, le resultaba extraña después de tanto tiempo en Estados Unidos. Artemis se estiró, sintiendo el peso de los veintiún años recién estrenados. Era su primer cumpleaños en casa tras su etapa americana, y el silencio del piso de Pedri le pareció sospechoso.

Se levantó con cautela, descalza, y caminó hacia el salón. No había rastro de su hermano, pero sobre la mesa de la cocina descansaba una nota escrita con la caligrafía apresurada de Pedri y una pequeña caja de una joyería local.

— "He tenido que irme antes al entrenamiento, Xavi nos ha citado para una charla táctica de última hora. Feliz cumpleaños, enana. Abre el regalo, espero que te guste. PD: Gavi está insoportable, dice que no le cojas el teléfono hasta que él te llame".

Artemis sonrió y abrió la caja. Era una pulsera de plata con una pequeña ola tallada, un guiño a su infancia en las playas de Tenerife. Se la colocó en la muñeca, sintiendo un nudo de nostalgia y alegría. Pero lo que realmente la intrigaba era la advertencia sobre Gavi. Conocía a Pablo lo suficiente como para saber que, cuando se trataba de ella, su impulsividad se multiplicaba por diez.

El teléfono vibró en su bolsillo justo cuando terminaba de hacerse un café. No era una llamada, sino una ubicación enviada por WhatsApp.

— "Ven aquí. Ahora. No hagas preguntas, Gonzales" —decía el mensaje de Gavi.

Artemis suspiró, mezclando resignación y emoción. Se vistió rápido, optando por un vestido ligero y unas zapatillas blancas, recogió su cabello castaño en una coleta alta que resaltaba sus ojos azules y salió del apartamento. La ubicación la llevaba hacia el Puerto Deportivo, una zona que siempre le había gustado por el olor a sal y el sonido de los mástiles chocando suavemente.

Al llegar, no vio a nadie. Solo hileras de yates y barcos de vela bajo el cielo azul intenso de la Ciudad Condal. Estaba a punto de llamarlo cuando una mano se posó suavemente en su cintura. Se giró asustada, solo para encontrarse con la sonrisa pícara y los ojos cafés de Pablo.

— ¡Casi me matas del susto! —exclamó ella, aunque no pudo evitar rodearle el cuello con los brazos.

— Un futbolista nunca pierde el factor sorpresa, Artemis —dijo Gavi, dándole un beso corto pero intenso que sabía a menta y a nervios—. Feliz cumpleaños, americana.

— Gracias, Pablo. ¿Qué es todo este misterio? Pedri me ha dejado una nota diciendo que estabas insoportable.

Gavi soltó una carcajada y la tomó de la mano, guiándola hacia un pequeño barco de recreo amarrado al final del pantalán.

— Pedri es un exagerado. Solo quería asegurarme de que fuera el primero en verte hoy, aparte de él. Sube, tenemos el día para nosotros. El míster me ha dado permiso para saltarme el gimnasio de la tarde si prometía no meterme en líos.

— ¿Y vas a cumplir esa promesa? —preguntó ella arqueando una ceja mientras subía a la embarcación.

— Contigo siempre estoy en líos, Artemis —respondió él con sinceridad, soltando las amarras—. Pero son los únicos que valen la pena.

El barco se alejó de la costa, dejando atrás el perfil de la ciudad. Gavi manejaba con una soltura que Artemis no conocía, concentrado en el timón mientras el viento despeinaba su flequillo rubio. Durante un rato, solo se escuchó el motor y el romper de las olas. Ella lo observaba desde el asiento del copiloto, maravillada por cómo aquel chico que el mundo veía como un guerrero incable en el césped podía ser tan vulnerable y atento en la intimidad.

— ¿Por qué me miras así? —preguntó él sin apartar la vista del horizonte.

— Porque todavía me cuesta creer que estés aquí —confesó ella—. En USA veía tus fotos, los goles, las celebraciones... Parecías un gigante inalcanzable. Y ahora estás aquí, robándome un martes para llevarme al mar.

Gavi detuvo el motor cuando estuvieron lo suficientemente lejos de la costa como para que Barcelona fuera solo una línea de edificios lejanos. Se acercó a ella y se sentó a su lado, tomando sus manos entre las suyas.

— Allí fuera, con la camiseta puesta, tengo que ser Gavi. El que muerde, el que no deja pasar a nadie —dijo él en voz baja—. Pero contigo... contigo solo quiero ser Pablo. El chico que te echaba de menos cada vez que veía un avión salir hacia el oeste.

Artemis sintió que el corazón le daba un vuelco.

— ¿De verdad me echabas tanto de menos?

— Más de lo que le admitiría a Pedri nunca —rio él—. Me volvía loco pensar que podías conocer a alguien allí y decidir no volver. Por eso, cuando te vi en el apartamento el otro día, sentí que por fin podía volver a respirar bien.

Se quedaron en silencio, dejando que el suave balanceo del mar hiciera el resto. Gavi sacó de una mochila una pequeña tarta con una sola vela y un mechero.

— No es la tarta de cinco pisos que te mereces, pero es tu favorita: de tres leches —dijo él, encendiendo la llama—. Pide un deseo, Gonzales.

Artemis cerró los ojos azules. No pidió fama, ni dinero, ni que el Barça ganara la Champions. Pidió que aquel momento, el calor de la mano de Pablo sobre la suya y la paz de estar de vuelta, no se terminara nunca. Sopló la vela y Gavi la vitoreó como si hubiera marcado un gol en el minuto noventa.

— ¿Y bien? ¿Se puede saber qué has pedido? —preguntó él mientras cortaba un trozo de tarta con un cuchillo de plástico.

— Si lo digo, no se cumple —replicó ella con una sonrisa traviesa—. Pero tiene que ver con no volver a cruzar el Atlántico en mucho tiempo.

— Me encargaré personalmente de quemar tu pasaporte si hace falta —bromeó Gavi, aunque sus ojos decían que hablaba muy en serio.

Comieron la tarta entre risas, recordando anécdotas de cuando eran adolescentes y Pedri intentaba, sin éxito, que Pablo no se acercara demasiado a su hermana pequeña.

— ¿Te acuerdas de aquel verano en Tenerife? —preguntó Artemis limpiándose una mota de crema de la comisura de los labios—. Cuando Pedri te pilló escribiéndome un mensaje y te hizo correr diez kilómetros por la montaña como "entrenamiento extra".

— ¡Cómo no me voy a acordar! —exclamó Gavi—. Tenía las piernas destrozadas, pero valió la pena porque esa noche me respondiste con un corazón. Fue la primera vez que pensé que tenía una oportunidad contigo.

— Siempre la tuviste, Pablo. Solo que eras demasiado bruto para darte cuenta.

— Y tú demasiado orgullosa para admitirlo —replicó él, acercándose más a ella—. Artemis, sé que es tu cumpleaños y que debería ser yo quien te dé cosas, pero quiero pedirte algo.

El tono de Gavi cambió, volviéndose más profundo, más real. Artemis se tensó ligeramente, intrigada.

— Dime.

— Sé que mi vida es un caos. Sé que mañana habrá fotos nuestras en el puerto y que la prensa no te va a dejar en paz. Sé que Pedri se va a poner pesado y que cada vez que me den una patada en el campo, tú vas a sufrir —dijo él, mirándola fijamente—. Pero quiero que sepas que, pase lo que pase, tú eres mi prioridad. No quiero que seas "la hermana de Pedri" ni "la novia de Gavi". Quiero que seas Artemis, y quiero estar a tu lado mientras te conviertes en quien quieras ser.

Artemis sintió una lágrima rodar por su mejilla. No estaba acostumbrada a que Pablo fuera tan elocuente; él era un hombre de acción, de gestos, de impulsos. Escuchar aquellas palabras fue el mejor regalo que podía haber recibido.

— Pablo Páez, eres un cursi de manual —susurró ella riendo a través de las lágrimas.

— Solo contigo, Gonzales. Con los defensas del Madrid no soy tan simpático —respondió él, atrayéndola hacia un beso largo y pausado que olía a mar y a futuro.

Pasaron el resto de la tarde nadando en las aguas frescas del Mediterráneo. Gavi saltaba desde la borda con la energía de un niño, mientras Artemis lo observaba, feliz de ver esa faceta tan pura de él. Cuando el sol empezó a descender, tiñendo el cielo de tonos anaranjados y púrpuras, regresaron al puerto.

— Tenemos que ir al restaurante —dijo Gavi mientras amarraba el barco—. Pedri ha organizado una cena con tus padres. Han llegado de Tenerife hace una hora.

— ¿Mis padres están aquí? —Artemis se emocionó—. ¡No me habías dicho nada!

— Era parte del plan. Tu hermano y yo hemos estado coordinando esto como si fuera una final de Copa. Él se encargaba de la logística familiar y yo de... bueno, de secuestrarte.

Llegaron a un restaurante acogedor en la Barceloneta, donde el murmullo de la gente y el olor a pescado a la brasa creaban un ambiente festivo. Al entrar, Artemis divisó la mesa al fondo. Sus padres se levantaron de inmediato, y ella corrió a refugiarse en los brazos de su madre.

— ¡Feliz cumpleaños, mi niña! —exclamó su madre emocionada—. Qué guapa estás, el aire de Barcelona te sienta mejor que el de California.

Su padre la abrazó después, lanzando una mirada inquisitiva a Gavi, que se había quedado un paso atrás, frotándose las manos con nerviosismo.

— Hola, Pablo —dijo su padre con voz grave—. He visto que has cuidado bien de mi hija hoy.

— Siempre, señor Gonzales —respondió Gavi con una rectitud que hizo que Pedri, sentado a la mesa, tuviera que taparse la boca para no reírse.

— Menos mal que has llegado, Pablo —dijo Pedri señalando la silla vacía a su lado—. Mi padre estaba empezando a preguntar por qué el barco no volvía. Estaba a punto de llamar a salvamento marítimo.

— No seas exagerado, Pedri —dijo Artemis sentándose entre su hermano y Gavi—. Ha sido un día perfecto.

La cena transcurrió entre risas, anécdotas canarias y planes de futuro. Artemis observaba la escena: su hermano bromeando con su padre, su madre charlando animadamente con Gavi sobre la dieta de los deportistas, y Pablo, a su lado, buscando constantemente su mano debajo de la mesa. Era una armonía que, hace un año, le parecía imposible.

— ¿Y qué tal el regreso a la universidad, Artemis? —preguntó su padre—. ¿Estás lista para retomar los estudios aquí?

— Sí, papá. He echado de menos el sistema de aquí, y sobre todo a la gente. Estados Unidos estuvo bien para aprender, pero mi lugar está aquí.

Gavi apretó su mano bajo el mantel, y ella le devolvió el apretón.

A mitad de la cena, Ferran Torres y Lamine Yamal aparecieron de sorpresa con un ramo de flores gigante y una tarjeta firmada por todo el equipo.

— ¡Felicidades, Artemis! —exclamó Ferran, dándole dos besos—. Hemos tenido que aguantar a Gavi toda la semana hablando de este día. Casi le pedimos a Xavi que lo mandara a la grada para que nos dejara en paz.

— ¡Mentira! —saltó Gavi, aunque estaba rojo como un tomate—. Solo quería que todo saliera bien.

— Salió bien, hermano —dijo Lamine sonriendo—. Aunque el ramo lo hemos elegido nosotros porque tu gusto para las flores es nulo.

La noche se alargó entre postres y confidencias. Cuando finalmente se despidieron de sus padres, que se alojaban en un hotel cercano, Pedri decidió caminar por delante, dándoles un poco de espacio.

— ¿Ha sido un buen cumpleaños? —preguntó Gavi mientras caminaban por el paseo marítimo, con la brisa de la noche refrescando el ambiente.

— El mejor de mi vida, Pablo. Gracias por todo. Por el barco, por la tarta, por traer a mis padres... y por volver a por mí.

Gavi se detuvo y la obligó a mirarlo. La luz de las farolas se reflejaba en sus ojos azules, haciéndolos brillar más que nunca.

— No tuve que volver a por ti, Artemis. Nunca te fuiste de aquí —dijo él señalando su pecho—. Solo estabas de viaje. Pero ahora que estás en casa, no pienso dejar que te sientas sola ni un segundo.

Se besaron bajo la luna de Barcelona, ajenos a los pocos transeúntes que los reconocían y sonreían al pasar. Eran jóvenes, tenían el mundo a sus pies y una ciudad entera que los veía como sus nuevos príncipes, pero para ellos, en aquel momento, solo existía el latido compartido de dos corazones que habían encontrado su ritmo.

Al llegar al portal del edificio, Pedri los esperaba con las llaves en la mano y una sonrisa cansada.

— Bueno, pareja. Se acabó el día de gloria. Mañana a las ocho hay entrenamiento y Xavi no acepta "resacas de cumpleaños" como excusa —dijo Pedri, aunque abrazó a Artemis con fuerza—. Feliz cumpleaños otra vez, enana. Me alegra tanto que estés aquí.

— Gracias, Pedri. Por todo.

Gavi se despidió de ella con un último beso en la mejilla, tratando de ser respetuoso ante la mirada de su compañero de equipo.

— Te veo mañana, Gonzales. Sueña conmigo, o con los goles que voy a marcar el domingo para ti.

— ¡Qué modesto eres, Pablo! —rio ella mientras entraba en el portal.

Subió al ascensor con Pedri, sintiendo el cansancio dulce de un día perfecto. Al entrar en el piso, se asomó al balcón y vio el coche de Gavi alejarse por la calle. Sabía que los retos vendrían, que la exposición pública no sería fácil y que la sobreprotección de su hermano seguiría ahí, pero por primera vez en mucho tiempo, Artemis Gonzales no tenía miedo al futuro.

Se acostó en su cama, la misma que hace unos años guardaba sus secretos de adolescente, y miró la pulsera de plata en su muñeca. La ola tallada parecía brillar con luz propia. Artemis cerró los ojos, agradecida por el regreso, por la sorpresa y, sobre todo, por el chico de ojos cafés que le había enseñado que el amor, al igual que el fútbol, se juega con el alma y no se rinde hasta el pitido final.

Afuera, Barcelona seguía vibrando, ajena a que esa noche, una de sus hijas había cumplido veintiún años encontrando el tesoro más grande: el sentimiento de pertenecer, por fin, a un lugar y a un corazón.