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Luna

El Jardín de Cristal

La mansión de los siete miembros de Enhypen no era un hogar; era una fortaleza de mármol, tecnología de punta y silencios sepulcrales. Ubicada en las colinas más exclusivas de Seúl, la propiedad estaba rodeada por muros altos y sistemas de seguridad que ningún humano común podría burlar. Para Hana, sin embargo, el lugar parecía un palacio sacado de un sueño melancólico.

Habían pasado tres días desde el incendio. Tres días desde que Heeseung la rescató de las cenizas de su antigua vida. Ahora, Hana caminaba por los pasillos de techos infinitos, sintiendo que sus pasos resonaban con demasiada fuerza en aquella quietud absoluta.

—¿Te gusta la habitación, Hana? —La voz de Sunoo apareció de la nada, haciéndola dar un pequeño salto.

El joven estaba apoyado contra el marco de una puerta tallada en madera oscura. Su sonrisa era brillante, casi cegadora, pero sus ojos permanecían fijos en ella con una intensidad que Hana no sabía cómo interpretar.

—Es... es demasiado hermosa, Sunoo —respondió ella, suavizando su expresión—. Pero me siento un poco mal. Es demasiado espacio para una sola persona. No quiero ser una carga para ustedes.

Sunoo se acercó con pasos felinos, reduciendo la distancia entre ellos en un parpadeo. Hana parpadeó, sorprendida por la rapidez del movimiento, pero no retrocedió. No tenía motivos para temerles.

—Nunca digas eso —susurró Sunoo, extendiendo una mano para acomodar un mechón de cabello detrás de la oreja de Hana. Sus dedos estaban gélidos, como si acabara de tocar nieve—. No eres una carga. Eres nuestro tesoro. ¿Acaso no lo entiendes todavía?

Hana soltó una pequeña risa nerviosa, asumiendo que era una de las exageraciones dramáticas que los chicos solían decir.

—Son muy exagerados. Solo soy una estudiante que perdió su departamento.

—Eres mucho más que eso —intervino Jay, apareciendo al final del pasillo. Vestía un traje de seda azul oscuro que acentuaba su porte autoritario—. Por cierto, he dado órdenes para que traigan todo el material de arte que necesites. Óleos, lienzos, pinceles de pelo de marta... solo pide y lo tendrás.

—Jay, no es necesario, de verdad...

—Lo es —cortó él, con un tono que no admitía réplicas—. Si vas a quedarte aquí, lo harás con todas las comodidades. No quiero que pienses en tu vida anterior. Aquí tienes todo lo que podrías desear.

Hana asintió, abrumada por la generosidad. A veces sentía que la trataban como a una muñeca de porcelana que temían romper, pero al mismo tiempo, sentía una vigilancia constante. Si salía al jardín, siempre había uno de ellos observando desde un balcón. Si iba a la cocina por un vaso de agua, Jungwon o Ni-ki aparecían "casualmente" para acompañarla.

Esa tarde, Hana decidió explorar el jardín interior, un enorme espacio acristalado lleno de plantas exóticas que parecían florecer a pesar de la falta de sol directo. Allí encontró a Sunghoon. Estaba sentado frente a una pequeña mesa, observando una rosa blanca que parecía estar congelada en el tiempo.

—Hola, Sunghoon —saludó ella, acercándose con cautela.

Él no se movió de inmediato. Su perfil era perfecto, casi irreal, como una estatua de hielo. Cuando finalmente la miró, sus ojos oscuros parecieron suavizarse apenas un milímetro.

—Hana. Deberías llevar un abrigo. Aquí la temperatura es más baja de lo normal.

—Estoy bien, me gusta el frío —dijo ella, sentándose en la silla frente a él—. ¿Qué haces aquí solo?

—Pienso —respondió él con brevedad—. Pienso en lo diferente que es este lugar ahora que estás aquí.

Hana ladeó la cabeza, curiosa.

—¿A qué te refieres?

Sunghoon extendió la mano hacia la rosa y, con un movimiento casi imperceptible, la arrancó del tallo. Sus movimientos eran precisos, letales.

—Antes de que llegaras, todo en esta casa era funcional. Todo tenía un propósito de poder o supervivencia. Pero tú... tú no tienes un propósito así. Eres frágil. Eres caótica. Y, sin embargo, todos estamos dando vueltas a tu alrededor como si fueras el centro de un sistema solar.

Hana sintió un escalofrío que no tenía nada que ver con la temperatura. Las palabras de Sunghoon sonaban a advertencia, pero sus ojos decían algo más: una fascinación hambrienta.

—Solo trato de ser amable porque ustedes me salvaron —murmuró ella—. Es lo mínimo que puedo hacer.

—Tu amabilidad es un veneno, Hana —dijo Sunghoon, acercando la rosa a la nariz de la chica—. Nos hace sentir cosas que no deberíamos sentir. Cosas que no sabíamos que existían en nosotros.

Antes de que ella pudiera preguntar qué significaba eso, Sunghoon se levantó y se marchó, dejándole la rosa blanca en el regazo.

La cena fue un asunto silencioso pero cargado de tensión. Los siete estaban presentes, sentados alrededor de una mesa de roble que podría haber pertenecido a la realeza. Hana era la única que comía; los demás solo tenían copas con un líquido oscuro y denso que ella asumía que era algún vino costoso.

Heeseung, sentado en la cabecera, la observaba con una atención depredadora.

—Hana —dijo de repente, su voz profunda llenando el comedor—. He estado pensando que no es seguro que vuelvas a la universidad por un tiempo.

Hana dejó los cubiertos, sorprendida.

—¿Qué? Pero Heeseung, tengo exámenes. No puedo simplemente desaparecer.

—Hemos hecho los arreglos necesarios —intervino Jungwon, el líder, con una calma que resultaba aterradora—. Se te ha concedido una licencia por motivos de salud. Puedes estudiar desde aquí, te traeremos los libros.

—Pero... mis amigos, mi trabajo en la cafetería...

—Esa cafetería ya no existe —dijo Ni-ki, encogiéndose de hombros con una indiferencia cruel—. El dueño decidió cerrar. Y sobre tus amigos... no son necesarios. Nosotros te daremos todo lo que necesites.

Hana sintió que el aire se volvía pesado. Miró a Jake, esperando encontrar un aliado, pero él solo le dedicó una sonrisa triste y protectora.

—Es por tu seguridad, Hana —dijo Jake—. Hay gente peligrosa ahí fuera. Si supieran que estás con nosotros, intentarían usarte para lastimarnos. No podemos permitir que te pase nada.

—Pero yo no soy de su propiedad —dijo Hana, su voz temblando ligeramente—. Agradezco todo lo que han hecho, pero no pueden encerrarme aquí.

La atmósfera en la habitación cambió instantáneamente. El aire pareció enfriarse varios grados y un silencio sepulcral descendió sobre la mesa. Heeseung se inclinó hacia adelante, sus ojos brillando con un matiz rojizo que Hana nunca había visto.

—¿Encerrarte? —repitió él, su voz era un susurro peligroso—. No te estamos encerrando, Hana. Te estamos preservando. El mundo exterior es sucio, violento y efímero. Aquí, con nosotros, estarás a salvo para siempre.

—No quiero estar a salvo para siempre si eso significa perder mi libertad —replicó ella, levantándose de la mesa.

Antes de que pudiera dar un paso, Sunoo ya estaba bloqueando la salida de la habitación, con una expresión juguetona pero firme.

—Oh, Hana, no seas difícil —dijo Sunoo—. Te hemos dado una habitación que parece un cuento de hadas. Te hemos comprado ropa que cuesta más que tu antigua casa. Te cuidamos, te adoramos... ¿por qué querrías irte a ese mundo gris otra vez?

Hana miró a su alrededor, dándose cuenta por primera vez de la magnitud de la situación. No eran solo hombres ricos y poderosos que la habían ayudado por bondad. Eran algo más. Algo que no entendía, pero que la llenaba de una inquietud profunda.

—Tengo que irme a mi habitación —dijo ella, tratando de mantener la compostura.

—Ve —dijo Heeseung, retomando su postura relajada—. Descansa. Mañana verás las cosas de otra manera.

Hana subió las escaleras casi corriendo. Una vez en su habitación, cerró la puerta con llave, aunque sabía instintivamente que eso no detendría a ninguno de ellos si decidían entrar. Se sentó en la cama, abrazándose a sí misma. El lujo de la seda y el terciopelo ahora se sentía como una jaula de oro.

Unas horas más tarde, cuando la luna estaba en su punto más alto, Hana escuchó un rasguño en el ventanal de su balcón. Al abrir las cortinas, vio a Ni-ki sentado en la barandilla, mirando hacia el bosque que rodeaba la propiedad.

—No deberías intentar escapar —dijo el más joven, sin volverse a mirarla—. Hay trampas en el perímetro. Y si las trampas no te atrapan, nosotros lo haremos. Somos mucho más rápidos de lo que imaginas, Hana.

—¿Por qué hacen esto? —preguntó ella, con lágrimas en los ojos—. Yo solo quería ayudar a ese perro... solo quería ser amable.

Ni-ki se volvió hacia ella. A pesar de ser el menor, su mirada tenía una sabiduría antigua y oscura. Saltó al suelo del balcón y se acercó al cristal, apoyando su mano contra el vidrio.

—Ese es el problema. Fuiste amable con nosotros. Nos miraste como si fuéramos personas. Nadie nos ha mirado así en décadas. Nos diste algo que no sabíamos que queríamos, y ahora que lo tenemos, no sabemos cómo dejarlo ir.

—Eso no es amor, Ni-ki. Es obsesión.

Ni-ki sonrió, una sonrisa que le heló la sangre.

—Para nosotros, es lo mismo. Los vampiros no amamos de forma suave, Hana. No conocemos la moderación. Si algo nos gusta, lo tomamos. Si algo es nuestro, lo protegemos hasta que el mundo se acabe.

La palabra "vampiros" quedó flotando en el aire. Hana retrocedió un paso, pero Ni-ki no se movió.

—No tengas miedo —continuó él—. Nunca te lastimaremos. Eres la única luz en esta casa. Pero no intentes salir de nuevo. No te gustará ver lo que sucede cuando nos enfadamos.

Ni-ki desapareció en las sombras del jardín antes de que Hana pudiera responder. Ella se dejó caer al suelo, sollozando en silencio. Estaba rodeada de monstruos, pero no eran monstruos que quisieran devorarla, sino monstruos que querían adorarla de la forma más retorcida posible.

A la mañana siguiente, cuando Hana bajó a desayunar, encontró a Jake esperándola en la sala de estar. Tenía una pequeña caja en sus manos, envuelta en papel plateado.

—Hana —dijo él, su voz suave y melódica—. Perdona por lo de anoche. A veces los chicos son un poco... intensos.

Hana lo miró con desconfianza. Jake siempre había parecido el más humano del grupo, el más empático.

—Jake, por favor... ayúdame a salir de aquí.

Jake suspiró y se acercó, tomando las manos de Hana entre las suyas. Estaban frías, pero su tacto era tierno.

—No puedo hacer eso. Yo también te quiero aquí. Cuando entraste en ese coche bajo la lluvia, sentí algo que no había sentido en cien años. Una chispa. No puedo dejar que esa chispa se apague en el mundo exterior.

—¿Aunque eso me haga infeliz?

—Te haremos feliz —aseguró él, abriendo la caja. Dentro había un collar de diamantes con un rubí central que parecía una gota de sangre—. Te daremos todo lo que el dinero y el poder puedan comprar. Con el tiempo, te olvidarás de lo que hay fuera de estos muros. Solo existiremos nosotros.

Hana miró el collar, sintiendo que era una cadena más que una joya.

—¿Y si nunca me olvido?

Jake se inclinó y dejó un beso casto en su frente. El contacto fue gélido y electrizante a la vez.

—Entonces pasaremos la eternidad recordándote por qué perteneces a nuestro lado.

Durante los días siguientes, la rutina se volvió una extraña mezcla de adoración y confinamiento. Los miembros de Enhypen se turnaban para pasar tiempo con ella. Jungwon le enseñaba sobre historia y arte clásico; Jay le traía las comidas más exquisitas de los mejores restaurantes de la ciudad; Sunoo jugaba con ella a juegos de mesa, riendo como si fueran adolescentes normales, aunque a veces sus ojos brillaran con un hambre antigua.

Hana intentó mantener su bondad, tratando de encontrar la humanidad que Heeseung le había mencionado. Les sonreía, les daba las gracias, incluso les hacía pequeños dibujos. Pero cada vez que lo hacía, notaba cómo la obsesión de ellos crecía. Su amabilidad no los estaba suavizando; los estaba volviendo más posesivos.

Una tarde, mientras Hana pintaba en el jardín interior, Heeseung se sentó a su lado. Observó el lienzo, donde Hana había pintado un paraguas amarillo bajo la lluvia.

—Aún piensas en esa noche —observó Heeseung.

—Fue la noche en que mi vida cambió —respondió ella sin mirarlo—. A veces me pregunto qué habría pasado si no hubiera intentado ayudar a ese perro.

Heeseung tomó un pincel y trazó una línea roja sobre el amarillo del paraguas, arruinando el cuadro.

—Habrías muerto, o habrías seguido una vida mediocre y vacía —dijo él con frialdad—. Ahora eres parte de algo más grande. Eres el corazón de nuestra organización, aunque no lo sepas. Tu presencia nos mantiene... equilibrados.

Hana lo miró a los ojos. Ya no tenía miedo, solo una profunda tristeza.

—Ustedes no me necesitan para estar equilibrados. Me necesitan para sentir que aún tienen alma. Pero no pueden robar el alma de alguien y esperar que siga brillando, Heeseung.

Heeseung la tomó por los hombros, su fuerza era abrumadora. Sus ojos eran dos pozos de oscuridad roja.

—Si dejas de brillar, Hana, quemaremos el mundo entero para encontrar algo que te devuelva la luz. Pero nunca, jamás, saldrás de aquí.

Hana comprendió entonces que no había escapatoria. No eran solo vampiros, no era solo la mafia. Eran seres que habían encontrado su única conexión con la pureza y estaban dispuestos a corromperla con tal de no perderla.

Esa noche, mientras Hana se acostaba en su cama de seda, escuchó las voces de los siete en el pasillo. Hablaban de negocios, de muertes, de poder... y luego, sus voces bajaban de tono al hablar de ella. Eran sus guardianes, sus dueños, sus amantes en potencia y sus carceleros.

Hana cerró los ojos, apretando la rosa blanca que Sunghoon le había dado, la cual milagrosamente no se había marchitado. Sabía que, a partir de ahora, su vida sería un jardín de cristal: hermoso, perfecto y completamente aislado del resto del mundo.

Y mientras el sueño la vencía, sintió una presencia en su habitación. No tuvo que abrir los ojos para saber quién era. El aroma a perfume caro y el frío glacial en el aire delataban a uno de ellos. Una mano acarició su mejilla con una ternura aterradora.

—Duerme, Hana —susurró la voz de Jungwon—. Mañana será un nuevo día en nuestro mundo. Tu mundo.

Hana no respondió. En la oscuridad de su encierro, se dio cuenta de que su amabilidad había sido la llave que abrió la jaula, pero también el cerrojo que la mantendría allí para siempre. Los monstruos la amaban, y en ese amor residía su mayor tragedia.