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Luna

El Altar de los Ídolos de Sangre

El silencio en la mansión de Enhypen nunca era vacío; era una entidad densa, cargada de la electricidad estática de siete depredadores que respiraban al unísono. Hana se despertó con la sensación de que las paredes se habían estrechado unos centímetros más durante la noche. El techo artesonado, con sus relieves de ángeles caídos y flores marchitas, parecía pesar toneladas sobre su pecho.

Se levantó de la cama, sus pies descalzos hundiéndose en la alfombra de lana blanca que Jay había hecho traer desde Nueva Zelanda solo porque ella mencionó una vez que le gustaba caminar sin zapatos. Cada rincón de esa habitación era una prueba de su cautiverio: las cortinas de terciopelo que bloqueaban la luz del sol, el armario lleno de vestidos de seda que ella nunca había elegido, y las joyas que descansaban sobre el tocador como reliquias de un santo.

Al salir al pasillo, se encontró con Sunoo. Él estaba examinando un cuadro en la pared, pero en cuanto detectó su presencia, su rostro se iluminó con esa alegría artificial que a Hana empezaba a resultarle espeluznante.

—Buenos días, nuestra pequeña flor —dijo Sunoo, acercándose para entrelazar su brazo con el de ella—. Heeseung ha pedido que bajemos al comedor principal. Tenemos una sorpresa para ti.

—Sunoo, no quiero más sorpresas —respondió Hana, tratando de soltarse con suavidad, aunque sabía que era inútil—. Solo quiero saber si puedo llamar a mi tía. Debe estar preocupada por el incendio.

Sunoo se detuvo y la miró con una inclinación de cabeza casi mecánica. Sus ojos brillaron con una chispa de diversión cruel.

—Oh, Hana, siempre tan preocupada por los demás. Jungwon se encargó de eso. Le enviamos un mensaje diciendo que ganaste una beca de intercambio de emergencia y que estarás viajando por Europa sin acceso a tu teléfono antiguo. Está muy orgullosa de ti.

Hana sintió un nudo en la garganta. La estaban borrando del mapa, sustituyendo su existencia real por una ficción perfecta tejida por monstruos.

—¿Por qué me hacen esto? —susurró ella, sintiendo que las lágrimas quemaban sus ojos—. Yo no les hice nada. Solo fui buena con ustedes.

Sunoo suspiró, un sonido que imitaba la tristeza humana pero carecía de su peso.

—Exacto. Fuiste buena. Y en un mundo donde todos intentan matarnos o usarnos, tu bondad es la droga más adictiva que hemos probado. No puedes culpar a un hombre sediento por querer quedarse con el único oasis que ha encontrado en siglos.

Bajaron las escaleras hacia el comedor. Allí, los siete estaban reunidos, pero no era una comida normal. Sobre la mesa de roble no había platos, sino planos, mapas y un pequeño cofre de madera antigua. Heeseung estaba en la cabecera, luciendo como un emperador moderno con su camisa negra desabrochada en el cuello.

—Siéntate, Hana —ordenó Heeseung. No era una sugerencia.

Hana obedeció, sintiendo las miradas de los demás sobre ella. Jay a su derecha, Sunghoon a su izquierda; se sentía como una presa rodeada por una manada de lobos que habían decidido, por capricho, que ella era su reina.

—Hemos decidido que este lugar ya no es lo suficientemente seguro para ti —comenzó Jay, extendiendo un mapa sobre la mesa—. Hay rumores en el submundo. Otros clanes de vampiros han escuchado que Enhypen tiene un nuevo "tesoro". Creen que eres nuestra debilidad.

—No soy un objeto —dijo Hana, golpeando la mesa con la palma de la mano—. No soy un tesoro que puedan esconder en un sótano.

—Para nosotros, lo eres —intervino Jungwon, su voz fría y cortante como un bisturí—. Y como eres lo más valioso que poseemos, vamos a trasladarte a la Fortaleza del Norte. Es una propiedad privada en las montañas. Allí, ni siquiera el sol podrá encontrarte si no queremos.

—¡No pueden hacerme esto! —gritó Hana, poniéndose de pie—. ¡Tengo una vida! ¡Tengo sueños!

Ni-ki, que había estado jugando con una navaja automática en la esquina, se acercó con una lentitud aterradora. Cerró la navaja y la dejó sobre la mesa, justo frente a Hana.

—Tus sueños ahora son los nuestros, Hana —dijo el menor, su voz carente de la calidez que solía fingir—. ¿Quieres pintar? Te compraremos un museo. ¿Quieres música? Traeremos a las mejores orquestas para que toquen solo para ti en el salón. Pero tu vida fuera de estas paredes ha terminado. Acéptalo. Es más fácil si dejas de luchar.

Hana miró a Jake, buscando el rastro de humanidad que creía haber visto en él bajo la lluvia.

—Jake, por favor... diles algo. Tú no eres como ellos.

Jake bajó la mirada, incapaz de sostenerle la vista por un segundo, antes de volver a mirarla con una expresión de devoción enferma.

—Hana, yo fui quien sugirió la Fortaleza del Norte. Casi te pierdo una vez en ese callejón. Casi te mueres de frío por un perro callejero. No voy a permitir que el mundo te vuelva a tocar. Eres demasiado pura para el aire contaminado de esta ciudad.

—Están locos —sollozó Hana, dejándose caer de nuevo en la silla—. Todos ustedes están completamente locos.

Heeseung se levantó y caminó hacia ella, colocándose detrás de su silla. Sus manos, grandes y gélidas, descendieron sobre sus hombros, apretando con una fuerza que rozaba el dolor.

—Locura es un término que los humanos usan para lo que no pueden comprender —susurró Heeseung cerca de su oído—. Nosotros lo llamamos preservación. Ahora, abre el cofre.

Hana, con las manos temblorosas, abrió la pequeña caja de madera. Dentro no había joyas, sino una daga de plata con el mango incrustado de rubíes. La hoja estaba grabada con runas antiguas que parecían vibrar bajo la luz de las lámparas.

—¿Qué es esto? —preguntó ella, retrocediendo instintivamente.

—Es nuestro pacto —dijo Sunghoon, levantándose también—. Esa daga fue forjada con la sangre de nuestros ancestros. Si alguna vez sientes que uno de nosotros se aleja demasiado de tu lado, o si alguien intenta lastimarte, usa esa hoja. Es lo único que puede herirnos.

Hana los miró, horrorizada.

—¿Me están dando un arma para matarlos?

—Te estamos dando el poder de decidir nuestro destino —respondió Jay con una sonrisa sombría—. Es nuestra forma de demostrarte que somos tuyos, tanto como tú eres nuestra. Pero no te equivoques, Hana. Si usas esa daga contra ti misma para intentar escapar de nosotros, te traeremos de vuelta del mismísimo infierno. Ni siquiera la muerte te sacará de nuestro lado.

Hana cerró el cofre de un golpe, el sonido resonando como una sentencia de muerte en el gran salón.

—No quiero su poder. No quiero su sangre. Solo quiero mi libertad.

—La libertad es una ilusión, pequeña —dijo Sunoo, acercándose para acariciar su mejilla—. Todos somos esclavos de algo. Nosotros somos esclavos de nuestra sed, de nuestra naturaleza... y ahora, somos esclavos de ti. Deberías sentirte honrada. Siete de los seres más poderosos de este país viven solo para que tú sigas sonriendo.

—Entonces déjenme ir —suplicó ella—. Si viven para mi sonrisa, déjenme ir, porque aquí nunca volveré a sonreír.

Heeseung le dio la vuelta a la silla de Hana para que quedara frente a él. Se arrodilló, quedando a su altura, una posición de sumisión que resultaba ridícula dada la amenaza que emanaba de él.

—Aprenderás a sonreír para nosotros —dijo Heeseung, tomando sus manos y besando sus nudillos—. Al principio será por miedo. Luego será por costumbre. Y finalmente, será porque te darás cuenta de que nadie en este mundo te amará con la intensidad destructiva con la que nosotros lo hacemos. Los humanos aman por momentos; nosotros amamos por siglos.

Esa misma tarde, el traslado comenzó. No hubo maletas para Hana; todo lo que ella poseía en esa casa fue desechado para ser reemplazado por versiones más lujosas en su nuevo destino. Fue escoltada hasta un helicóptero privado que esperaba en el helipuerto de la azotea.

Mientras el aparato se elevaba sobre las luces de Seúl, Hana miró hacia abajo. La ciudad se veía como una red de joyas brillantes, llena de gente que caminaba, reía y vivía sin saber que ella estaba siendo arrastrada a las sombras.

A su lado, Jungwon observaba el horizonte con una expresión de triunfo.

—Mira la ciudad, Hana —dijo él—. Es la última vez que la verás en mucho tiempo. Mírala y despídete de la chica que ayudaba a perros bajo la lluvia.

—Esa chica nunca morirá —respondió Hana con firmeza, aunque su voz temblaba—. No importa cuánto intenten corromperme.

Jungwon soltó una carcajada suave, un sonido melodioso y carente de alma.

—Eso es lo que más nos gusta de ti. Tu resistencia. Hará que el proceso de romperte sea mucho más satisfactorio. Porque al final, Hana, todos terminan amando a sus captores cuando los captores son lo único que les queda en el universo.

El viaje hacia el norte fue largo. La mansión en las montañas era una estructura gótica de piedra negra y cristal, incrustada en la ladera de un acantilado. No había vecinos, no había carreteras cercanas, solo el bosque infinito y el rugido del viento entre los pinos.

Al llegar, la llevaron a lo que llamaban "El Jardín de Invierno". Era una cúpula de cristal gigante en el centro de la fortaleza, llena de flores que no deberían crecer en ese clima: orquídeas de sangre, lirios negros y rosas blancas que parecían hechas de escarcha.

—Este es tu nuevo reino —dijo Sunghoon, caminando entre las flores—. Aquí puedes pintar, puedes leer, puedes ser todo lo amable que quieras. Las criadas que hemos contratado son mudas; no te molestarán con preguntas. Solo nosotros hablaremos contigo. Solo nosotros te tocaremos.

Hana caminó hacia el centro de la cúpula, donde una fuente de mármol vertía agua que brillaba con una luz azulada. Se vio reflejada en el agua y apenas se reconoció. Sus ojos, antes llenos de vida, ahora tenían una sombra de cansancio eterno.

—¿Qué pasará cuando se cansen de mí? —preguntó ella al aire, sabiendo que los siete estaban en algún lugar de las sombras, escuchándola.

—Los vampiros no se cansan de lo que necesitan para respirar —respondió la voz de Jay desde un balcón superior—. Eres nuestra ancla, Hana. Sin ti, volveríamos a ser los monstruos sin piedad que éramos antes. Y créeme, por el bien del mundo, no quieres que eso suceda.

Hana se sentó en el borde de la fuente, hundiendo sus manos en el agua fría. De repente, sintió una presencia detrás de ella. Era Ni-ki. El más joven se sentó a su lado y, sin decir una palabra, apoyó la cabeza en su hombro. Era un gesto que en un humano habría sido tierno, pero en él se sentía como un depredador marcando su territorio.

—Hana —susurró Ni-ki—, cántame algo. Como esa canción que tarareabas en la cafetería.

—No tengo ganas de cantar, Ni-ki.

—Hazlo —insistió él, y por un momento, sus colmillos rozaron la piel del cuello de ella, no para morder, sino como una caricia amenazante—. Hazlo y te traeré algo del mundo exterior mañana. Lo que quieras.

Hana cerró los ojos y comenzó a tararear una melodía triste, una canción sobre un pájaro que olvidó cómo volar. Mientras cantaba, sintió que los otros seis se acercaban, rodeándola en el jardín de cristal. Se quedaron allí, en silencio, absorbiendo su voz como si fuera el alimento que realmente necesitaban.

En ese momento, Hana comprendió la verdadera naturaleza de su prisión. No estaba allí para ser su esposa, ni su amante, ni su esclava en el sentido tradicional. Estaba allí para ser su altar. Ella era el lugar donde ellos depositaban los restos de su humanidad, el espejo donde se miraban para convencerse de que no eran solo sombras.

Cada acto de amabilidad de Hana, cada palabra dulce que ella decía por instinto, era devorada por ellos con una voracidad insaciable. Eran parásitos de su bondad.

—Es perfecto —susurró Heeseung, apareciendo frente a ella y tomando su rostro entre sus manos—. Tu tristeza solo te hace más hermosa, Hana. Es una belleza trágica que nos pertenece solo a nosotros.

—Algún día —dijo Hana, mirándolo con una chispa de desafío—, se darán cuenta de que no pueden poseer la luz sin apagarla. Y cuando me apaguen, volverán a estar en la oscuridad más absoluta.

Heeseung sonrió, una expresión que no llegó a sus ojos fríos.

—Entonces disfrutaremos de la penumbra mientras dure. Y cuando te apagues... bueno, tenemos la eternidad para encontrar la forma de encenderte de nuevo.

Esa noche, Hana fue llevada a su habitación, una estancia que daba directamente al jardín de cristal. Los siete se despidieron de ella con besos en la mano o caricias en el cabello, cada uno dejando su marca gélida en ella.

Cuando se quedó sola, Hana se acercó a la ventana y miró hacia el bosque oscuro. Sabía que afuera, en algún lugar, el perro que salvó esa noche seguía vivo gracias a ella. Esa pequeña chispa de bondad era lo único que le quedaba, el único trozo de su antigua vida que ellos no podían tocar.

Se acostó en la cama de seda, pero antes de dormir, escondió la daga de plata bajo su almohada. No sabía si algún día tendría el valor de usarla, pero el peso del metal frío contra su mano le recordaba que, aunque fuera en una jaula de cristal, ella seguía siendo la única que poseía la llave del corazón de los monstruos.

Y en la oscuridad de la fortaleza, siete sombras vigilaban su sueño, obsesionadas con la idea de que, mientras Hana respirara, ellos todavía tenían una razón para no destruir el mundo. La amabilidad de una joven se había convertido en la cadena eterna de siete vampiros, y en esa guerra de voluntades, el amor era la forma más pura de terror.