Volver al resumen

Luna

El Trono de las Rosas de Ceniza

La Fortaleza del Norte se había transformado. Ya no era solo una prisión de piedra y lujo, sino un organismo vivo que respiraba al ritmo de los siete corazones gélidos que la habitaban. Para Hana, el tiempo había dejado de ser una línea recta para convertirse en un círculo vicioso de seda, sangre y susurros. El vínculo que Heeseung y los demás habían forjado en ella durante el baile de las sombras palpitaba bajo su piel como una fiebre que no terminaba de estallar.

Se encontraba en la biblioteca circular, un espacio donde los libros antiguos subían hasta un techo de cristal que ahora estaba cubierto por una gruesa capa de nieve. El silencio era absoluto, roto solo por el crepitar de una chimenea que nunca se apagaba. Hana sostenía un carboncillo, intentando plasmar en un lienzo la imagen de un bosque, pero sus manos temblaban. Cada vez que cerraba los ojos, veía los siete pares de ojos rojos observándola con una devoción que la asfixiaba.

—Ese trazo es demasiado rígido —dijo una voz a sus espaldas, haciéndola saltar.

Era Sunghoon. Se acercó con la elegancia de un cisne negro, sus pasos insonoros sobre la alfombra persa. Se detuvo a centímetros de ella, y Hana pudo sentir el frío que emanaba de su cuerpo, un frío que ahora, extrañamente, ya no le resultaba tan repulsivo.

—Mi mano no obedece a mi mente —respondió Hana, dejando caer el carboncillo—. Nada en mí lo hace desde que me obligaron a beber ese... ese vino.

Sunghoon tomó el carboncillo del suelo y se lo devolvió, rozando sus dedos con los de ella. El contacto envió una chispa eléctrica a través del vínculo.

—No te obligamos a nada que tu destino no hubiera reclamado ya —susurró Sunghoon, rodeándola para quedar frente al lienzo—. Solo aceleramos lo inevitable. Estás floreciendo, Hana. Tu amabilidad se está convirtiendo en algo más resistente. Algo eterno.

—¿Eterno? —Hana soltó una risa seca—. Lo que ustedes llaman eternidad, yo lo llamo estancamiento. Soy una flor en un jarrón de cristal, Sunghoon. Me mantienen viva, pero no me dejan crecer.

Sunghoon se inclinó, su rostro perfecto a pocos centímetros del suyo. Sus ojos oscuros buscaron los de ella con una intensidad que parecía querer leer cada uno de sus pensamientos secretos.

—Las flores que crecen fuera mueren con la primera helada —dijo él, su voz suave como el terciopelo—. Aquí, tú eres la helada. Eres la reina de este invierno. ¿Acaso no sientes el poder que ahora corre por tus venas?

Hana apretó los puños. Lo sentía. Sentía una fuerza extraña, una agudeza en sus sentidos que le permitía escuchar el latido del corazón de los sirvientes mudos en el piso inferior, o el sutil roce de la nieve contra el cristal. Pero ese poder venía con un hambre que empezaba a asustarla. No era hambre de comida, sino de algo más profundo, algo que solo ellos podían saciar.

—Tengo miedo de lo que me están haciendo —confesó ella, bajando la cabeza.

Sunghoon la tomó de la barbilla, obligándola a mirarlo. Por un momento, la frialdad de su expresión se quebró, dejando ver una chispa de esa obsesión que bordeaba la locura.

—No tengas miedo de nosotros —dijo él—. Ten miedo del mundo que te habría dejado morir. Nosotros somos los únicos que te valoramos lo suficiente como para nunca dejarte ir.

Antes de que Hana pudiera responder, las puertas de la biblioteca se abrieron de par en par. Jay entró con paso firme, seguido por un Jungwon que lucía una sonrisa enigmática. Ambos vestían trajes oscuros que acentuaban su porte de príncipes de la mafia.

—Heeseung nos convoca en el salón del trono —anunció Jay, su mirada clavada en Hana con una posesividad que no intentaba ocultar—. Hay asuntos que requieren tu presencia, Hana.

—¿Asuntos? —preguntó ella, sintiendo que el nudo en su estómago se apretaba—. Yo no tengo nada que ver con sus negocios criminales.

—Lo tienes todo que ver —replicó Jungwon, acercándose para ofrecerle el brazo—. Eres el corazón de Enhypen. Y hoy, otros clanes vendrán a rendir pleitesía. Necesitan ver que nuestra debilidad es, en realidad, nuestra mayor fortaleza.

Hana se dejó guiar por los pasillos sombríos. La fortaleza parecía haber crecido, sus techos más altos, sus sombras más densas. Al llegar al salón del trono, se encontró con una escena que parecía sacada de una pesadilla épica. El salón estaba flanqueado por guardias armados, todos ellos vampiros de menor rango que bajaban la cabeza al paso de los miembros de Enhypen.

En el centro, sobre un estrado de mármol negro, se alzaban siete tronos dispuestos en semicírculo. Y en el centro de ellos, un asiento más pequeño, tallado en madera blanca y decorado con rosas de plata.

Heeseung ya estaba allí, sentado en el trono central, luciendo una corona de espinas de hierro. Al ver a Hana, se puso de pie, y el salón entero quedó en un silencio sepulcral.

—Nuestra luz ha llegado —dijo Heeseung, su voz resonando con una autoridad que hacía vibrar las paredes—. Hana, siéntate. Hoy el mundo sabrá a quién perteneces.

Hana caminó hacia el trono de rosas blancas, sintiendo las miradas de Jake, Sunoo y Ni-ki, que ya ocupaban sus lugares. Se sentó, y en ese momento, las grandes puertas del salón se abrieron.

Un grupo de hombres vestidos con trajes elegantes, pero con rostros marcados por la violencia y la edad, entraron con cautela. Eran los líderes de otros clanes de la mafia de Seúl, hombres que normalmente no temerían a nada, pero que ahora temblaban ante la presencia de los siete vampiros.

—Señor Heeseung —dijo el hombre que encabezaba el grupo, arrodillándose a una distancia prudencial—. Hemos escuchado los rumores. Se dice que Enhypen ha encontrado un tesoro humano. Hemos venido a proponer una alianza... o una compra.

El aire en el salón se volvió instantáneamente gélido. Hana sintió que la temperatura bajaba tantos grados que su propio aliento se convirtió en vapor. La furia de los siete miembros de Enhypen era algo tangible, una presión física que hacía que los cristales de las lámparas vibraran.

—¿Una compra? —repitió Ni-ki, levantándose de su trono con una sonrisa que era puro veneno—. ¿Crees que hay suficiente oro en este mundo miserable para pagar por un solo cabello de su cabeza?

—No quisimos ofender... —tartamudeó el hombre, retrocediendo.

—La ofensa ya está hecha —sentenció Jay, sus ojos brillando con un rojo intenso—. Hana no es una mercancía. Es nuestra alma. Y nadie toca el alma de Enhypen y vive para contarlo.

Hana observaba la escena con horror. Vio cómo Jake y Sunoo se movían con una rapidez inhumana, flanqueando a los visitantes antes de que estos pudieran siquiera reaccionar. La violencia era inminente, y ella sabía que la sangre correría en su honor.

—¡Basta! —gritó Hana, poniéndose de pie. Su voz, aunque temblorosa, cortó el aire como un látigo—. No más muertes. No en mi nombre.

Heeseung la miró, sorprendido por su arrebato. Los demás se detuvieron, sus garras a medio camino de las gargantas de los hombres.

—Hana, ellos te han insultado —dijo Heeseung con una calma aterradora—. Han osado ponerle precio a tu existencia.

—Si de verdad me valoran como dicen —replicó ella, bajando del estrado y caminando hacia los hombres aterrorizados—, entonces escuchen mi petición. Déjenlos ir. Demuestren que son mejores que simples asesinos.

Sunoo soltó una carcajada burlona.

—Pero Hana, querida, somos asesinos. Es lo que somos. Es lo que nos mantiene en la cima.

—No para mí —dijo ella, deteniéndose frente al líder del clan rival. El hombre la miró con ojos suplicantes, viendo en ella su única salvación—. Si me quieren aquí, si quieren que acepte este... este lugar, entonces deben respetar mi voluntad. No quiero más sangre en estas alfombras.

Hubo un silencio tenso. Hana podía sentir el conflicto interno de los siete. Su instinto asesino luchaba contra la obsesión de complacerla, de mantener esa pureza que tanto los fascinaba.

—Hana tiene razón —dijo finalmente Jake, bajando sus manos—. Su amabilidad es lo que nos atrajo desde el principio. Si la manchamos con una carnicería innecesaria, destruiremos lo que estamos tratando de proteger.

Heeseung suspiró, un sonido que parecía el viento gimiendo entre las rocas. Hizo un gesto con la mano, y Jake y Sunoo retrocedieron.

—Váyanse —ordenó Heeseung a los hombres—. Digan a sus clanes que Hana es intocable. Que Enhypen no busca alianzas, sino sumisión absoluta. Y si vuelven a mencionar una "compra", quemaremos sus ciudades hasta que no quede ni el recuerdo de sus nombres.

Los hombres no esperaron a que se lo dijeran dos veces. Salieron del salón casi tropezando entre ellos, huyendo de la presencia de los monstruos.

Cuando las puertas se cerraron, el salón volvió a quedar en silencio. Hana se sentía exhausta, como si hubiera corrido un maratón. Se dejó caer de rodillas en el suelo de mármol, sollozando silenciosamente.

—Lo hiciste bien —susurró una voz a su lado. Era Jungwon. Se arrodilló junto a ella y la tomó en sus brazos, levantándola como si no pesara nada—. Has reclamado tu trono, Hana. Has demostrado que puedes gobernarnos.

—No quiero gobernarlos —sollozó ella contra su pecho—. Solo quiero que me dejen ir.

—Eso es lo único que no podemos darte —dijo Heeseung, acercándose al grupo. Los siete la rodearon de nuevo, formando ese círculo de protección asfixiante—. Pero hoy has ganado algo. Has ganado el derecho a pedir. Pide lo que quieras, Hana, y será tuyo. Excepto tu libertad.

Hana los miró a todos. Vio la devoción enferma en los ojos de Ni-ki, la tristeza de Jake, la frialdad de Sunghoon, la pasión de Sunoo, la ambición de Jay, el control de Jungwon y la autoridad de Heeseung. Eran siete facetas de una misma obsesión, siete monstruos que la amaban de una forma que la destruiría si no tenía cuidado.

—Quiero... quiero ver el sol —dijo ella finalmente—. Estoy cansada de esta penumbra eterna. Quiero sentir el calor en mi piel antes de que se vuelva de hielo como la de ustedes.

Los siete se miraron entre sí. El sol era su enemigo natural, la fuerza que podía convertirlos en cenizas. Pero por ella, estaban dispuestos a desafiar incluso a la naturaleza.

—Mañana —prometió Heeseung—. Mañana verás el sol. Construiremos un lugar donde puedas bañarte en su luz mientras nosotros te vigilamos desde las sombras.

Esa noche, Hana fue llevada de regreso a su habitación. Pero esta vez, no cerraron la puerta con llave. No necesitaban hacerlo. Sabían que ella ya no tenía a dónde ir, que el mundo exterior era ahora un lugar extraño y peligroso para alguien que llevaba la marca de Enhypen.

Mientras se acostaba, Nube saltó a la cama y se acurrucó contra ella. Hana acarició al perro, sintiendo que su propio corazón latía con una cadencia nueva, una que armonizaba con los latidos lejanos de los siete vampiros.

De repente, la ventana de su balcón se abrió suavemente. Ni-ki entró, con la nieve todavía en sus hombros. No dijo nada, simplemente se sentó en el suelo junto a su cama, apoyando la cabeza contra el colchón.

—¿Qué haces aquí, Ni-ki? —preguntó ella en un susurro.

—No podía dormir —respondió el más joven—. El vínculo... es muy fuerte esta noche. Siento tu tristeza, Hana. Es como un sabor amargo en mi boca.

—Es porque me están quitando todo lo que soy.

Ni-ki tomó su mano y la besó. Sus labios estaban más calientes que de costumbre, como si la sangre que había bebido recientemente todavía quemara en sus venas.

—Te estamos dando una vida mejor —insistió él—. Una vida donde nunca estarás sola. ¿Acaso no es eso lo que todos los humanos buscan?

—Buscamos compañía, Ni-ki. No cautiverio.

—Para nosotros, es lo mismo —Ni-ki cerró los ojos, disfrutando del calor de la mano de Hana—. Solo quédate así un momento. Tu bondad es lo único que me impide querer destruir todo lo que veo.

Hana suspiró y dejó que él se quedara. Se dio cuenta de que, de una forma retorcida, ella se había convertido en el ancla de aquellos monstruos. Su amabilidad era la única cuerda que los mantenía unidos a la realidad, a la pizca de humanidad que aún les quedaba. Y mientras ellos estuvieran obsesionados con ella, el resto del mundo estaría a salvo.

Era un sacrificio que ella nunca pidió, pero que ahora parecía obligada a aceptar.

A la mañana siguiente, tal como Heeseung prometió, la llevaron a una nueva parte de la fortaleza. Era un solárium de cristal reforzado, situado en el punto más alto de la montaña. El sol de invierno brillaba con una intensidad cegadora, reflejándose en la nieve blanca.

Hana entró en la estancia y sintió el calor en su rostro. Cerró los ojos y extendió los brazos, dejando que la luz la envolviera. Por un momento, se sintió libre. Se sintió como la chica que corría por las calles de Seúl con su paraguas amarillo.

Pero cuando abrió los ojos, vio las siete sombras apostadas en los rincones oscuros del solárium. Estaban allí, ocultos de los rayos directos del sol, pero con sus ojos fijos en ella. Siete pares de rubíes observándola desde la oscuridad, asegurándose de que su tesoro no se desvaneciera bajo la luz.

Heeseung dio un paso hacia el límite de la sombra, su piel empezando a humear levemente ante el contacto indirecto con el sol.

—¿Eres feliz ahora, Hana? —preguntó él, con una mueca de dolor que intentó ocultar.

Hana lo miró, y por primera vez, sintió una punzada de compasión. Estaban sufriendo solo para verla a ella bajo el sol. Era una devoción tan absoluta que resultaba aterradora.

—Sí —respondió ella, caminando hacia él y tomándolo de la mano para atraerlo de vuelta a la seguridad de la sombra—. Soy feliz.

Heeseung la tomó por la cintura y la pegó a su pecho. El contraste entre el calor del sol en la espalda de Hana y el frío de Heeseung en su frente era embriagador. Los otros seis se acercaron, rodeándolos, formando una barrera contra el mundo exterior.

—Te daremos todo, Hana —susurró Jay desde su derecha—. El sol, las estrellas, el mundo entero a tus pies. Solo tienes que seguir siendo nuestra. Solo tienes que seguir brillando para nosotros.

Hana miró a través del cristal hacia el horizonte infinito. Sabía que su vida anterior había terminado, que su familia y amigos nunca la encontrarían. Pero en ese momento, rodeada de los monstruos que la adoraban, comprendió que su amabilidad no era una debilidad, sino su arma más poderosa. Ella no era su prisionera; ella era su centro. Y mientras ellos estuvieran obsesionados con su luz, ella tendría el poder de guiarlos fuera de la oscuridad absoluta.

—Me quedaré —dijo Hana, su voz firme por primera vez—. Me quedaré y seré su reina. Pero a cambio, me prometerán que nunca volverán a lastimar a un inocente. Que usarán su poder para proteger, no para destruir.

Los siete vampiros se miraron entre sí. Era una petición imposible para seres de su naturaleza. Pero al mirar a la joven que brillaba bajo el sol de invierno, supieron que no tenían otra opción. Estaban encadenados a su bondad, esclavos de su propia obsesión.

—Lo prometemos —dijo Heeseung en nombre de todos.

Hana sonrió, una sonrisa triste pero llena de una nueva determinación. El trono de rosas de ceniza la esperaba, y aunque el camino estaría teñido de sombras, ella caminaría por él con la frente en alto. Los monstruos la habían elegido, y ahora, ella elegiría el destino de los monstruos.

La obsesión de Enhypen había encontrado su contraparte. En el corazón de la Fortaleza del Norte, la luz y la oscuridad habían llegado a un acuerdo de sangre. Y mientras la nieve seguía cayendo fuera, dentro se forjaba una nueva leyenda: la de la joven que amansó a los siete príncipes del infierno con nada más que la fuerza de su corazón. La eternidad ya no parecía tan larga cuando se tenía un propósito, y el de Hana acababa de comenzar.