Luna
El Vals de las Sombras y el Olvido
El amanecer en las montañas del norte no traía luz, sino una penumbra azulada que se filtraba por las rendijas de las pesadas cortinas. Hana se despertó con el cuerpo pesado, como si el aire mismo se hubiera convertido en plomo. Al moverse, sintió el roce de la seda contra su piel, un recordatorio constante de que cada objeto que la rodeaba era una cadena de oro impuesta por sus captores.
Nube, el pequeño perro, estaba acurrucado a los pies de la cama. Al verla despertar, gimió suavemente y lamió su mano, pero incluso el animal parecía haber perdido parte de su alegría habitual. El silencio de la fortaleza era contagioso, una enfermedad que consumía la vitalidad de todo lo que tocaba.
Hana se levantó y caminó hacia el tocador. Al mirarse en el espejo, no pudo evitar tocarse los labios. Todavía sentía el eco gélido de los besos de la tarde anterior. Siete marcas invisibles que reclamaban su alma. Se sentía como un mapa que había sido reclamado por siete conquistadores diferentes, cada uno trazando sus fronteras con fuego y hielo.
—¿Te gusta lo que ves, Hana? —La voz de Jake llegó desde el rincón más oscuro de la habitación.
Hana dio un respingo y se giró, apretando el camisón contra su pecho. Jake estaba sentado en un sillón orejero, con un libro antiguo abierto sobre su regazo, aunque sus ojos no estaban en las páginas, sino en ella.
—¿Cuánto tiempo llevas ahí? —preguntó ella, tratando de que su voz no temblara.
—Lo suficiente para verte soñar —respondió Jake, levantándose con esa lentitud elegante que la ponía nerviosa—. Estabas inquieta. Susurrabas nombres. Me pregunto si alguno de ellos era el mío.
—Solo quiero estar sola, Jake. ¿Es mucho pedir un momento de privacidad?
—En este lugar, la privacidad es una moneda que no circula —dijo él, acercándose hasta quedar a pocos centímetros—. Somos siete, Hana. Siete sombras que respiran tu mismo aire. No hay rincón de esta fortaleza donde no estemos nosotros.
Jake extendió la mano y acarició la mejilla de Hana con el dorso de sus dedos. A diferencia de la agresividad de Ni-ki o la frialdad de Heeseung, el toque de Jake siempre tenía un matiz de melancolía que la confundía. Parecía que él realmente sufría por lo que le estaban haciendo, pero su obsesión era demasiado poderosa para permitirle detenerse.
—Heeseung ha organizado un baile para esta noche —anunció Jake, bajando la mano—. Quiere celebrar que finalmente has aceptado tu lugar entre nosotros.
—¿Aceptado? —Hana soltó una risa amarga—. Me besaron a la fuerza, me amenazaron con matar a mi perro y me tienen encerrada en una montaña. Si eso es aceptación para ustedes, tienen una definición de amor muy retorcida.
—El amor humano es un contrato de conveniencia, Hana. Lo nuestro es un pacto de sangre —Jake se inclinó y depositó un beso casto en su frente—. Prepárate. Sunoo vendrá pronto con tu vestido. No lo hagas esperar; sabes que su paciencia es... limitada.
Cuando Jake se retiró, Hana se dejó caer de nuevo en la cama. La idea de un baile en aquel lugar era absurda, una parodia de la vida normal que ella tanto anhelaba. Pero sabía que no tenía elección. Cada vez que intentaba resistirse, ellos encontraban una forma de herirla a través de lo poco que aún amaba.
Unas horas después, Sunoo entró en la habitación con la energía de un torbellino. Detrás de él, dos criadas mudas cargaban un vestido que parecía tejido con hilos de medianoche y polvo de estrellas.
—¡Es perfecto para ti! —exclamó Sunoo, dando vueltas alrededor de la cama—. Jay lo hizo traer de París. Dice que el azul resalta la palidez de tu piel, esa palidez que tanto nos gusta porque te hace parecer una de nosotros.
—No quiero ponérmelo, Sunoo.
Sunoo se detuvo y su expresión cambió en un parpadeo. La alegría infantil desapareció, sustituida por una mirada gélida que le recordó a Hana que estaba hablando con un asesino milenario.
—Hana, querida —dijo Sunoo, acercándose y tomando un mechón de su cabello entre sus dedos—, no arruines el humor de Heeseung. Sabes que cuando él se enfada, todos sufrimos. Y tú eres la que más tiene que perder. ¿Cómo está el pequeño Nube hoy? Se ve un poco... frágil, ¿no crees?
Hana apretó los puños, sintiendo las uñas clavarse en sus palmas.
—Está bien. Me pondré el vestido.
—Esa es mi chica obediente —Sunoo volvió a sonreír, recuperando su máscara de encanto—. Te verás divina. Serás la reina de las sombras.
El proceso de preparación fue una tortura silenciosa. Las criadas la peinaron y la vistieron con una eficiencia mecánica, mientras Sunoo observaba desde el balcón, tarareando una melodía que sonaba a campanas de funeral. Cuando terminaron, Hana apenas se reconoció. El vestido se ajustaba a su cuerpo como una segunda piel, y un collar de zafiros pesaba sobre su cuello como un yugo de piedras preciosas.
Al bajar al gran salón, se encontró con una escena sacada de una pesadilla victoriana. Cientos de velas negras iluminaban el espacio, creando sombras que parecían cobrar vida en las paredes. Los siete miembros de Enhypen estaban allí, vestidos de gala, esperándola al pie de la escalinata.
Heeseung dio un paso al frente y le ofreció la mano. Sus ojos rojos brillaban bajo la luz de las velas con una intensidad depredadora.
—Estás exquisita, Hana —dijo Heeseung, su voz resonando en el salón vacío—. Esta noche, el mundo exterior deja de existir. Solo estamos nosotros y nuestra musa.
—¿Dónde están los invitados, Heeseung? —preguntó ella, mirando el salón desierto—. ¿O es que este baile es solo otra forma de recordarme mi soledad?
—Nosotros somos tus invitados, tus anfitriones y tus dueños —respondió Jungwon, acercándose por el otro lado—. No necesitamos a nadie más. La presencia de otros solo mancharía la pureza de este momento.
La música empezó a sonar, una melodía de violines que lloraban en la distancia. Heeseung la guio hacia el centro de la pista y comenzó a bailar. Sus movimientos eran perfectos, fluidos y carentes de cualquier esfuerzo humano. Hana se sentía como una muñeca de trapo siendo arrastrada por un huracán de seda negra.
—Relájate —susurró Heeseung contra su oído—. Siente el ritmo. Siente nuestra presencia. Estás rodeada de poder, Hana. Deberías sentirte la mujer más segura del universo.
—Me siento como un trofeo en una vitrina —replicó ella.
—Un trofeo que amamos —corrigió él, girándola con fuerza—. Un trofeo que nunca permitiremos que se rompa.
Cuando la música cambió, Heeseung la entregó a Jay. El baile con Jay fue más firme, más dominante. Él la sujetaba por la cintura con una posesividad que le dificultaba la respiración.
—¿Sabes qué es lo que más me gusta de ti? —preguntó Jay, mientras la guiaba por el salón—. Es ese rastro de esperanza que aún brilla en tus ojos. Es como una pequeña llama que intentamos apagar, pero que se resiste. Hace que el juego sea mucho más interesante.
—No es un juego para mí, Jay. Es mi vida.
—Tu vida anterior terminó en aquel callejón, Hana —sentenció él—. Acéptalo de una vez. Cuanto antes dejes de luchar, antes encontrarás la paz en nuestra oscuridad.
El baile continuó, pasando de mano en mano. Sunghoon la llevó con una frialdad gélida, sus ojos fijos en los de ella como si quisiera congelar su alma. Sunoo la hizo girar hasta que se sintió mareada, riendo con una alegría que la aterraba. Ni-ki fue rudo, sus manos apretando sus brazos con una fuerza que dejaría marcas al día siguiente. Jungwon bailó con una precisión matemática, susurrándole al oído promesas de una eternidad compartida que sonaban a sentencias de muerte.
Finalmente, fue el turno de Jake. Él la sostuvo con una ternura que casi la hizo llorar.
—Lo siento —susurró Jake, tan bajo que solo ella pudo oírlo—. Siento que tengas que pasar por esto.
—Si lo sientes, ayúdame —suplicó ella, aferrándose a sus hombros—. Déjame escapar esta noche. Tú eres el único que todavía parece tener un corazón.
Jake se tensó y su mirada se volvió sombría.
—Mi corazón dejó de latir hace mucho tiempo, Hana. Y lo que queda de él te pertenece a ti. Por eso no puedo dejarte ir. Sería como arrancarme la última razón que tengo para no convertirme en el monstruo que ellos quieren que sea.
La música se detuvo de golpe. Los siete la rodearon en el centro del salón, formando un círculo infranqueable. Heeseung se acercó con una copa de cristal tallado llena de un líquido rojo espeso.
—Es hora de brindar —anunció Heeseung—. Brindemos por nuestra nueva vida. Por la mujer que nos ha devuelto el hambre de algo más que sangre.
—No voy a beber eso —dijo Hana, retrocediendo.
—Oh, lo harás —dijo Ni-ki, apareciendo detrás de ella y sujetando sus brazos—. Es un vino especial. Tiene una gota de cada uno de nosotros. Es un vínculo, Hana. Una forma de asegurar que siempre estarás conectada a nuestra esencia.
—¡Es una locura! —gritó ella, luchando contra el agarre de Ni-ki—. ¡No pueden obligarme a ser parte de ustedes!
—Podemos y lo haremos —dijo Jungwon, tomando la copa de manos de Heeseung—. No es veneno, Hana. Es pertenencia. Es el sabor de tu nueva realidad.
Heeseung la tomó de la mandíbula con una fuerza irresistible, obligándola a abrir la boca. Jungwon vertió el líquido lentamente. El sabor era metálico, dulce y amargo al mismo tiempo, una mezcla explosiva que quemó la garganta de Hana y envió una descarga eléctrica a través de sus venas.
Cuando terminaron, la soltaron y ella cayó de rodillas, tosiendo y tratando de recuperar el aliento. Sentía que su cuerpo ardía, que algo extraño y oscuro se estaba infiltrando en su torrente sanguíneo, reclamando cada célula para los monstruos que la rodeaban.
—Ahora —susurró Heeseung, arrodillándose frente a ella—, ya no hay vuelta atrás. Eres parte del pacto. Eres la sangre de nuestra sangre.
Hana levantó la vista y vio a los siete hombres mirándola con una devoción absoluta. Ya no había rastro de la indiferencia que habían mostrado al principio. Ahora, sus ojos brillaban con un hambre nueva, una sed que no se saciaba con sangre, sino con su propia existencia.
—Váyanse... —susurró ella, sintiendo que la oscuridad la envolvía—. Déjenme sola...
—Nunca —dijo Sunoo, acariciando su frente sudorosa—. Estaremos aquí cuando despiertes. Estaremos aquí cuando el sol se apague. Estaremos aquí por siempre.
Hana sintió que el mundo se desvanecía. Lo último que vio antes de perder el conocimiento fue el siete pares de ojos rojos observándola desde la penumbra, y lo último que escuchó fue el latido sincronizado de siete corazones muertos que ahora latían solo por ella.
Despertó horas después en su habitación. La fortaleza estaba en silencio, pero era un silencio diferente. Ya no se sentía sola. Sentía la presencia de ellos en cada rincón del aire, una conexión invisible que la unía a cada uno de los siete vampiros. Podía sentir la calma gélida de Sunghoon, la ambición ardiente de Jay, la tristeza de Jake y la autoridad implacable de Heeseung.
Se levantó y caminó hacia el balcón. La nieve seguía cayendo, pero ya no sentía frío. Miró sus manos y notó que sus venas tenían un ligero matiz azulado, casi imperceptible.
—¿Te sientes diferente, verdad? —La voz de Ni-ki llegó desde la oscuridad del jardín inferior.
Hana miró hacia abajo. El más joven estaba allí, bajo la nieve, mirándola con una sonrisa triunfal.
—¿Qué me han hecho? —preguntó ella, con la voz carente de emoción.
—Te hemos dado el primer paso hacia la eternidad —respondió Ni-ki—. Ya no eres una humana común, Hana. Eres nuestra creación. Nuestra obra maestra. Tu amabilidad ahora será nuestro consuelo eterno, y nuestra obsesión será tu única realidad.
Hana cerró los ojos y respiró hondo. El aroma del bosque, de la nieve y de la sangre le llegaba con una claridad aterradora. Sabía que su lucha estaba lejos de terminar, pero también sabía que las reglas habían cambiado. Los monstruos no solo la habían encerrado en una fortaleza de piedra; habían construido una fortaleza dentro de su propio cuerpo.
Se giró y vio a Nube durmiendo tranquilamente en su rincón. Al menos el perro estaba a salvo, por ahora. Caminó hacia la cama y se acostó, sintiendo el peso de la daga de plata bajo la almohada. Pero esta vez, no la tomó. Sabía que si hería a uno de ellos, se heriría a sí misma a través del vínculo que acababan de forjar.
En la oscuridad de la noche, siete sombras se deslizaron hacia su habitación, rodeando su cama como guardianes de un tesoro prohibido. No dijeron nada, pero su sola presencia era una promesa y una amenaza. Hana cerró los ojos, aceptando por primera vez que el olvido de su vida anterior era el precio de su supervivencia en aquel jardín de sombras.
La amabilidad de Hana no había desaparecido, pero se estaba transformando en algo más profundo, algo que los vampiros necesitaban desesperadamente. Y mientras el vals de las sombras continuaba en la Fortaleza del Norte, la joven estudiante de arte comprendió que su destino no era escapar, sino encontrar la forma de gobernar a los monstruos que habían decidido adorarla hasta el fin de los tiempos.
—Duerme, pequeña flor —susurró Heeseung desde las sombras—. Mañana el mundo será nuestro, y tú serás la razón por la que valdrá la pena conquistarlo.
Y en aquel silencio sepulcral, Hana se durmió, soñando con un paraguas amarillo que se alejaba volando en medio de una tormenta que nunca terminaría. La obsesión de Enhypen había ganado la batalla, y la eternidad acababa de comenzar.