Luz
El eco de los latidos y el miedo en el cristal
La noche en las Barracas no trajo el frescor esperado, sino una humedad sofocante que parecía adherirse a las paredes de madera de la cabaña. Sawyer, atrapado en el torbellino de su propio cuerpo, sentía que cada centímetro de su piel ardía. El vientre, una esfera colosal y veteada por venas azuladas que se bifurcaban como los ríos de un mapa antiguo, se sacudía con una violencia rítmica. Los cuatrillizos, impacientes por el confinamiento de nueve meses, no daban tregua. Pero más allá del dolor físico que le partía la pelvis en dos, lo que más inquietaba a James era el peso de la pequeña figura que se aferraba a su hombro con una desesperación inusual.
Lucy no se había separado de él en toda la tarde. A pesar de las advertencias de Jack sobre el calor y la necesidad de que Sawyer descansara sin peso adicional, la niña se negaba a soltar la camiseta de su padre. Sus manos pequeñas, algo frías a pesar del clima tropical, se hundían en la tela gris, y su rostro estaba oculto contra el cuello de Sawyer, justo donde podía sentir el pulso acelerado del hombre.
—Vamos, pecosa —susurró Sawyer, usando el apodo que solía reservar para Kate, pero que en Lucy sonaba a una caricia de protección—. Tienes que dejar que el tío Hugo te lleve a dar un paseo. Papá necesita estirar estas columnas que tengo por piernas.
—No —murmuró Lucy, y su voz sonó pequeña, cargada de una angustia que no correspondía a sus tres años—. Si me voy, me olvidarás.
Sawyer frunció el ceño, haciendo una mueca cuando una patada certera de uno de los bebés le golpeó el hígado. Se obligó a ignorar el pinchazo de náuseas y rodeó a su hija con el brazo que aún tenía movilidad.
—¿Olvidarte? ¿A la reina de la isla? —intentó bromear, aunque su voz salió rasposa—. Eso es imposible. Eres mi mano derecha, Lucy. Sin ti, este lugar se hundiría en el océano.
Lucy levantó la cabeza. Sus ojos azules estaban empañados por lágrimas contenidas, y su respiración, siempre un poco más rápida debido a su condición cardíaca, era irregular. Sawyer sintió una punzada de miedo frío en el estómago, una alarma que gritaba más fuerte que sus propias contracciones.
—Tuve un sueño, papá —dijo ella, hipando suavemente—. Soñé que mi corazón se cansaba mucho. Se ponía muy, muy lento hasta que se dormía. Y tú estabas con los bebés. Eran cuatro, y eran bonitos y estaban sanos. Y tú estabas tan feliz con ellos que ya no me buscabas. Me quedé en la selva, debajo de una palmera, y tú pasaste por delante con los cuatro hermanitos y no me viste.
El silencio que siguió a sus palabras fue sepulcral, solo roto por el zumbido lejano de los insectos y el sonido de Jack moviendo instrumental médico en la habitación contigua. Sawyer sintió como si le hubieran arrancado el aire de los pulmones. No era solo el sueño de una niña; era el reflejo de su propio miedo más oscuro, la pesadilla que lo perseguía cada vez que cerraba los ojos. La idea de que la vida de los nuevos hijos llegara a cambio de la de Lucy era un precio que no estaba dispuesto a pagar, ni siquiera por el milagro que llevaba dentro.
—Escúchame bien, Lucy Ford —dijo Sawyer con una seriedad que hizo que la niña dejara de sollozar—. Mírame a los ojos.
Ella lo hizo, con la vulnerabilidad de quien espera una sentencia.
—Esos cuatro bandidos que están aquí dentro —continuó él, señalando su vientre con un gesto de cabeza— van a tener mucha suerte si llegan a ser la mitad de valientes que tú. No hay ni un solo segundo en este mundo, ni en esta isla, ni en el cielo, en el que yo deje de buscarte. Si tú no estás, yo no estoy. ¿Entendido? Eres mi primera tripulante. Los demás son solo refuerzos.
—Pero ellos están sanos —insistió Lucy, tocando con timidez la enorme barriga de su padre—. Yo estoy rota, papá. El doctor Jack dice que mi corazón es como un reloj viejo.
—El doctor Jack es un sabelotodo que no entiende nada de relojes —gruñó Sawyer, lanzando una mirada de soslayo hacia la puerta por donde el médico solía entrar—. Tu corazón es el motor de esta familia. Y si ese motor tose, yo lo arreglo. Aunque tenga que desarmar la isla entera pieza por pieza.
Una contracción especialmente fuerte, una que no era un simple aviso, le recorrió el torso. Sawyer se tensó, agarrándose al borde de la cama improvisada. El dolor fue como un rayo que le atravesó la columna y se instaló en su pelvis, empujando con una fuerza bruta. Soltó un gemido sordo, apretando los dientes para no asustar a la niña, pero el sudor comenzó a rodar por su sien en hilos gruesos.
—¡Jack! —llamó con un grito contenido, su voz cargada de una urgencia que no podía ocultar más.
El médico apareció al instante, seguido de cerca por Juliet. Ambos intercambiaron una mirada al ver la posición de Sawyer y la palidez de su rostro. Juliet se acercó rápidamente y puso una mano en la frente de James, mientras que Jack se arrodilló para observar la tensión del abdomen.
—Lucy, cariño —dijo Juliet con voz dulce, aunque sus ojos mostraban preocupación—, necesito que vayas con Hurley un ratito. Papá necesita un poco de espacio para respirar.
—¡No! —Lucy se aferró al brazo de Sawyer con una fuerza sorprendente—. ¡Me prometió que no me olvidaría! ¡Si me voy ahora, se quedará con ellos!
Sawyer, a pesar del dolor que lo estaba partiendo por dentro, extendió la mano para acariciar la mejilla de su hija. Sentía que el tiempo se aceleraba. La presión en su parte baja era insoportable; los cuatrillizos estaban descendiendo, reclamando su salida al mundo con una violencia que su cuerpo de hombre apenas podía contener.
—No me voy a ninguna parte, Lucy —jadeó Sawyer, tratando de mantener el contacto visual—. Pero necesito que seas mi vigía. Tienes que ir con Hugo y vigilar que el humo negro no se acerque, ¿puedes hacer eso por mí? Es una misión importante.
Lucy dudó, mirando a Jack y luego a los instrumentos médicos. El miedo en su pequeño corazón era palpable, y Sawyer temía que el estrés de la situación desencadenara una crisis de QT Largo. Su ritmo cardíaco era una bomba de tiempo, y el caos de un parto de cuatrillizos era el detonante perfecto.
—Promételo —dijo Lucy, con un hilo de voz—. Promete que cuando ellos lloren, tú dirás mi nombre primero.
—Lo prometo por mi vida, pecosa. Ahora ve.
Hurley entró en la habitación, con una expresión de pánico mal disimulado, y tomó a Lucy de la mano. La niña se dejó llevar, pero no apartó la vista de su padre hasta que cruzó el umbral de la puerta. Sawyer esperó hasta que ella estuvo fuera de vista para soltar el grito que había estado conteniendo.
—¡Maldita sea, Jack! —rugió, arqueando la espalda mientras otra contracción lo sacudía—. ¡Sácalos! ¡Sácalos ya! Siento que me voy a romper en dos.
—Tranquilo, James —dijo Jack, preparándose, mientras Juliet le inyectaba un sedante ligero para intentar controlar la presión arterial que estaba por las nubes—. Estás dilatando demasiado rápido. Tu cuerpo no está diseñado para esto, pero la isla está haciendo su parte. Tienes que concentrarte.
—No me hables de la isla —escupió Sawyer, con el rostro congestionado por el esfuerzo—. Si algo le pasa a ella por este estrés... si su corazón falla mientras yo estoy aquí tumbado abriéndome paso para estos cuatro... me pegaré un tiro, Jack. Te lo juro.
Juliet le puso una mano firme en el pecho.
—Concéntrate en respirar, Sawyer. Lucy está con Hurley. Ella es fuerte. Ahora mismo, tu prioridad son estos bebés. Si tú entras en shock, ellos no sobrevivirán, y Lucy perderá a su padre. ¿Es eso lo que quieres?
Sawyer la miró, con los ojos verdes inyectados en sangre, y negó con la cabeza. El dolor volvió, más profundo, más oscuro. Era una presión que parecía querer desencajarle las caderas. Sintió cómo las membranas se rompían, un calor líquido empapando las sábanas, y supo que no había vuelta atrás. Eran cuatro vidas contra una realidad biológica imposible, en un lugar donde las reglas de la lógica se habían quemado hacía mucho tiempo.
—Ya vienen —anunció Jack, con una calma profesional que Sawyer sabía que era fingida—. El primero está coronando. James, necesito que empujes con la próxima contracción.
Sawyer se aferró a los bordes de la cama, sus nudillos blancos como el hueso. Con cada empuje, sentía que su alma se desgarraba. No era solo el esfuerzo físico; era la angustia de no poder estar junto a Lucy, de saber que ella estaba afuera, en la oscuridad, temiendo ser reemplazada.
El primer llanto llenó la habitación apenas unos minutos después. Era un sonido agudo, lleno de vida, que pareció vibrar en las paredes de madera.
—Es un niño —dijo Juliet, limpiando rápidamente al recién nacido y envolviéndolo en una manta—. Es fuerte, James. Mira.
Sawyer apenas tuvo tiempo de lanzar una mirada fugaz al pequeño bulto antes de que otra oleada de dolor lo golpeara. El proceso era una cinta transportadora de agonía. Uno tras otro, los bebés reclamaban su lugar. El segundo fue una niña, con un mechón de pelo rubio que recordaba al de Lucy. El tercero, otro niño, más pequeño pero con unos pulmones que desafiaban su tamaño.
—Falta uno —jadeó Sawyer, con el pecho subiendo y bajando violentamente—. ¿Dónde está el cuarto?
—Está un poco más arriba —dijo Jack, con el ceño fruncido—. James, necesito que des todo lo que te queda. Este viene de nalgas.
El esfuerzo final fue sobrehumano. Sawyer sintió que se desvanecía, que la luz de la lámpara de aceite se convertía en un punto lejano. En ese estado de semiinconsciencia, volvió a ver el rostro de Lucy, su mirada llena de miedo, su corazón frágil latiendo como el de un pájaro asustado. “No te olvidaré”, se repitió a sí mismo como un mantra. “No te olvidaré”.
Con un último grito que desgarró su garganta, el cuarto bebé nació. Un silencio tenso se apoderó de la habitación durante unos segundos que parecieron horas, hasta que un llanto débil pero constante confirmó que el último de los cuatrillizos estaba vivo.
—Lo hiciste, James —susurró Juliet, acercándose a él con dos de los bebés en brazos, mientras Jack se encargaba de los otros dos—. Los cuatro están aquí. Están sanos.
Sawyer, completamente agotado, con el cuerpo temblando y empapado en sudor, no miró a los bebés de inmediato. Sus ojos buscaron la puerta.
—Lucy —logró decir, con una voz que apenas era un susurro—. Traedme a Lucy.
Jack asintió a Juliet, quien salió de la habitación rápidamente. Sawyer se quedó allí, rodeado por el llanto de cuatro recién nacidos, sintiendo el vacío repentino en su abdomen y el dolor residual que le recorría los huesos. Era un padre de cinco ahora. Un estafador con una prole que no cabría en ningún coche de huida.
La puerta se abrió y apareció Hurley, llevando a Lucy en brazos. La niña tenía los ojos muy abiertos, fijos en su padre. Hurley la bajó al suelo y ella caminó lentamente hacia la cama, ignorando los pequeños bultos que Jack y Juliet estaban acomodando en las cunas improvisadas.
—¿Papá? —preguntó ella, acercándose al borde del colchón.
Sawyer extendió un brazo tembloroso y atrajo a la niña hacia él. Lucy se acurrucó en su costado, evitando tocar la zona dolorida de su vientre ahora flácido.
—¿Ves? —dijo Sawyer, besando la frente de la niña—. Te dije que no me iría a ninguna parte.
—Son muchos —dijo Lucy, mirando a los bebés con una mezcla de asombro y recelo.
—Son muchos —coincidió Sawyer—, pero ninguno de ellos tiene tu nombre. Tú eres la primera, Lucy. Siempre serás la primera.
La niña apoyó la cabeza en el pecho de Sawyer, justo encima de su corazón. Jack se acercó con un estetoscopio, con la intención de revisar a los recién nacidos, pero Sawyer lo detuvo con un gesto.
—Primero a ella, Doc —ordenó con firmeza.
Jack suspiró, pero obedeció. Colocó el frío metal sobre el pecho de Lucy y escuchó durante un largo rato. Sawyer contenía el aliento, observando cada músculo del rostro del médico. El silencio era denso, cargado con la posibilidad de la tragedia que siempre acechaba a su hija.
—Su ritmo es estable —dijo finalmente Jack, con una expresión de alivio genuino—. Está un poco acelerado por la emoción, pero el intervalo QT parece normal dentro de sus parámetros. Ha aguantado bien, James.
Sawyer cerró los ojos y dejó escapar un sollozo ahogado. El peso que se levantó de sus hombros era mayor que el de los cuatrillizos.
—Ya lo oyes, pecosa —dijo Sawyer, apretando a la niña contra él—. Tienes un corazón de hierro.
—¿Puedo tocar a la hermanita que se parece a mí? —preguntó Lucy, señalando a la segunda bebé.
Juliet se acercó y colocó con cuidado a la pequeña en los brazos de Sawyer, permitiendo que Lucy le tocara los diminutos dedos. Por un momento, la cabaña se llenó de una paz que parecía imposible en aquella isla de pesadillas. Sawyer miró a sus cinco hijos, sintiendo una responsabilidad que lo aterraba más que cualquier monstruo de humo o cualquier hombre de los Otros.
—¿Cómo se van a llamar, papá? —preguntó Lucy, sin apartar la vista de la bebé.
Sawyer miró a Jack, luego a Juliet, y finalmente a la selva que se vislumbraba a través de la ventana abierta. La isla le había dado todo y le había quitado todo, pero en ese momento, en medio del dolor y el agotamiento, se sentía como si finalmente hubiera ganado una partida.
—Aún no lo sé, dulzura —respondió Sawyer, sintiendo cómo el sueño empezaba a reclamarlo—. Pero te prometo que mañana, cuando salga el sol, tú me ayudarás a elegir los nombres. Porque este es tu equipo, y tú eres la capitana.
Lucy sonrió, una sonrisa real que iluminó su rostro pálido, y por primera vez en días, su respiración fue profunda y tranquila. Sawyer se hundió en las almohadas, con el peso de su hija sobre el pecho y el llanto de sus nuevos hijos como música de fondo, sabiendo que, aunque la isla siempre exigía un precio, esa noche, el amor había sido más fuerte que el destino. El estafador había logrado el mayor engaño de su vida: le había robado a la muerte la seguridad de su hija y había arrancado cuatro vidas nuevas de las entrañas de lo imposible. Y mientras cerraba los ojos, solo podía pensar que, pasara lo que pasara después, ese momento de plenitud era algo que ni siquiera la isla podría quitarle.