Luz
El susurro de la sangre y el peso del silencio
La cabaña olía a sudor, a fluidos biológicos, a desinfectante barato recuperado de la estación El Cisne y a ese aroma metálico que siempre acompaña al nacimiento. Sawyer sentía que su cuerpo ya no le pertenecía; era una cáscara vacía, un mapa de carne estirada y músculos que palpitaban con un dolor sordo y constante. El alivio de haber expulsado a los cuatro intrusos que habían colonizado su anatomía durante nueve meses era inmenso, pero el agotamiento que lo había reemplazado era una fuerza de gravedad absoluta. Sentía que, si cerraba los ojos con demasiada fuerza, sus huesos se disolverían en el colchón empapado.
A su lado, los cuatro recién nacidos descansaban en cestas tejidas y cajas de suministros acondicionadas. Era un milagro silencioso que solo se veía interrumpido por algún quejido esporádico o el roce de las mantas. Jack y Juliet se habían marchado hacía apenas media hora, después de asegurarse de que la hemorragia de Sawyer estaba bajo control y que los bebés respiraban con la rítmica cadencia de la salud. Hurley se había quedado fuera, montando guardia en el porche, una sombra masiva que bloqueaba la entrada de cualquier peligro, real o imaginario.
Sin embargo, la paz no era completa. Sawyer sentía un pequeño temblor rítmico junto a su costado izquierdo. No era una contracción, ni el movimiento de un bebé. Era Lucy.
La niña estaba hecha una bolita, con las rodillas pegadas al pecho y las manos entrelazadas bajo la barbilla. Sus ojos azules, enormes en su rostro pálido, estaban fijos en la penumbra del techo, siguiendo el baile de las sombras proyectadas por la última vela que quedaba encendida. Su respiración no era la de una niña que se entrega al sueño; era rápida, superficial, el tipo de respiración que a Sawyer le ponía los pelos de punta porque sabía que precedía a una crisis cardíaca.
—Enana... —susurró Sawyer, y su propia voz le sonó extraña, como si viniera del fondo de un pozo—. Tienes que cerrar esos luceros. El doctor dijo que necesitas descansar.
Lucy no se movió. Solo apretó más las manos.
—No puedo, papá —respondió ella en un hilo de voz—. El aire hace mucho ruido.
Sawyer soltó un suspiro ronco. Sabía a qué se refería. En la isla, el silencio nunca era realmente silencioso. Estaba el susurro de la selva, el crujido de las maderas de la cabaña expandiéndose por el calor residual y ese zumbido eléctrico que solo los que estaban "conectados" a ese lugar podían percibir. Para una niña con un corazón que funcionaba a base de un equilibrio precario, cada sonido era una amenaza, una señal de que el mundo podía romperse en cualquier momento.
—Es solo la isla roncando, enana —dijo Sawyer, haciendo un esfuerzo titánico por mover su brazo izquierdo, que sentía como si estuviera hecho de plomo fundido, para rodear los hombros de la pequeña—. Está cansada, igual que yo. Ha tenido que trabajar mucho hoy para traer a tus hermanos.
Lucy se giró un poco, buscando el calor de su padre. Su piel estaba fría, un contraste doloroso con el calor febril que aún emanaba del cuerpo de Sawyer.
—¿Papá? ¿Te duele mucho? —preguntó ella, clavando sus ojos en los de él—. Tienes la cara como cuando te caíste por el barranco buscando fruta.
Sawyer forzó una sonrisa que fue más bien una mueca de agonía. Le dolía todo. Le dolía la espalda, le dolían las caderas que sentía desencajadas, le dolía el abdomen donde los músculos intentaban recordar cómo era estar contraídos. Pero, sobre todo, le dolía el miedo que veía en su hija.
—He tenido días peores, enana. Una vez un oso polar intentó usarme de juguete para masticar, ¿te acuerdas? Esto solo es... bueno, es como si me hubiera pasado una manada de jabalíes por encima. Pero estoy aquí. No me he roto del todo.
—Tengo miedo de que, si me duermo, cuando despierte tú ya no seas mi papá —soltó ella de repente, y una lágrima solitaria rodó por su mejilla—. Ahora tienes cuatro bebés nuevos. Ellos no tienen el corazón roto. Ellos pueden correr y gritar. Yo solo puedo estar quieta.
El corazón de Sawyer dio un vuelco que no tuvo nada que ver con su reciente parto. Se obligó a incorporarse unos centímetros, ignorando el grito de protesta de sus ligamentos. El dolor lo mareó, haciendo que unos puntos negros bailaran ante sus ojos, pero no se detuvo hasta que pudo mirar a Lucy de frente.
—Escúchame bien, pequeña fugitiva —dijo, usando un tono de voz que mezclaba la aspereza del estafador con la ternura infinita del padre—. Esos cuatro renacuajos que hay ahí son solo el público. Tú eres la estrella del espectáculo. Siempre lo has sido. ¿Crees que por tener más tripulación voy a cambiar de barco? Ni hablar.
—Pero ellos son sanos —insistió Lucy, con esa lógica implacable de los niños—. El doctor Jack siempre te mira con cara triste cuando me mira a mí. Con ellos sonríe.
—Jack sonríe porque es un idiota que cree que la ciencia lo explica todo —gruñó Sawyer—. Yo no te quiero porque seas perfecta, enana. Te quiero porque eres tú. Porque eres la única persona en este trozo de roca maldito que sabe quién es James Ford de verdad. Y si esos cuatro quieren un pedazo de mi atención, van a tener que ponerse a la cola, porque tú tienes el pase VIP permanente.
Lucy se quedó en silencio, procesando las palabras. Se acercó un poco más, apoyando su oreja sobre el pecho de Sawyer.
—Tu corazón va muy rápido, papá —susurró.
—Está intentando alcanzar al tuyo, supongo —respondió él, acariciándole el cabello rubio con dedos temblorosos—. Está celebrando que todavía estamos aquí. Los seis.
La vela chisporroteó y se apagó, dejando la cabaña sumida en una penumbra azulada, bañada solo por la luz de la luna que se filtraba por las rendijas. El ambiente se volvió más denso. Sawyer sentía que sus párpados pesaban toneladas, pero no se permitía desfallecer. Sabía que Lucy necesitaba sentir su presencia física, su calor, para que su propio sistema nervioso se calmara y permitiera que su corazón encontrara un ritmo seguro.
—Papá, cuéntame otra vez lo del hombre que vivía en la escotilla —pidió Lucy, buscando una distracción del miedo que todavía la atenazaba.
Sawyer soltó una risa seca que le provocó un pinchazo agudo en el vientre.
—¿Otra vez? Te vas a saber la historia mejor que yo, enana.
—Es que me gusta cuando dices lo de los números —murmuró ella, acomodándose mejor en el hueco de su brazo.
—Está bien... —Sawyer cerró los ojos, dejando que los recuerdos de sus primeros días en la isla fluyeran—. Había una vez un tipo llamado Desmond que vivía bajo tierra. Tenía una lavadora, música de la buena y un botón que tenía que pulsar cada ciento ocho minutos. Creía que si no lo pulsaba, el mundo se acabaría...
Mientras Sawyer desgranaba la historia con su característica cadencia sureña, arrastrando las palabras por el cansancio pero manteniendo el interés, sintió que el cuerpo de Lucy empezaba finalmente a relajarse. La tensión en sus hombros cedió y su respiración comenzó a hacerse más profunda, más lenta.
El esfuerzo de hablar le estaba costando a Sawyer sus últimas reservas de energía. Cada palabra era una batalla contra el desmayo. Sus músculos sufrían espasmos involuntarios debido al agotamiento extremo, y sentía un frío interno que sabía que era el resultado de la pérdida de sangre y el esfuerzo titánico del parto múltiple. Sin embargo, se mantuvo firme. No dejó de hablar, no dejó de acariciar el brazo de su hija.
—Y entonces —continuó Sawyer, con la voz volviéndose un murmullo apenas audible—, Locke decidió que ya no quería pulsar más el botón. Y todo empezó a temblar. El cielo se volvió violeta, enana... un violeta tan brillante que parecía que la isla se iba a convertir en un caramelo gigante...
Sintió que Lucy soltaba un largo suspiro y, finalmente, su cabecita cayó pesadamente sobre su pecho. Estaba dormida. Su corazón latía con una calma bendita, un ritmo constante que Sawyer monitorizó con su propia mano sobre la espalda de la niña hasta que estuvo seguro de que el peligro inmediato de una crisis por estrés había pasado.
Solo entonces Sawyer se permitió derrumbarse.
Dejó caer la cabeza hacia atrás en la almohada, sintiendo cómo la oscuridad lo envolvía. Miró de reojo las cuatro cestas donde sus nuevos hijos dormían el sueño de los inocentes, y luego volvió a mirar a la pequeña enana que descansaba junto a él. Había sobrevivido. Contra toda lógica biológica, contra las leyes de la naturaleza y contra la propia malevolencia de la isla, James Ford había creado una familia.
—Lo conseguimos, pe... —se corrigió en sueños—, lo conseguimos, enana.
El silencio de la noche se cerró sobre la cabaña. Fuera, Hurley escuchó que el relato de Sawyer cesaba y sonrió para sus adentros, sabiendo que el hombre más duro de la isla finalmente había encontrado su tregua. Sawyer durmió un sueño profundo y sin sueños, un sueño de náufrago que finalmente ha llegado a una orilla donde, por primera vez en su vida, no tiene que engañar a nadie para ser amado. Pero incluso en la inconsciencia, su brazo permaneció firme alrededor de Lucy, protegiendo el latido de ese pequeño motor que era, y siempre sería, su razón de existir en aquel lugar perdido en el tiempo.