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Luz

El insomnio de los forajidos y el rugido del mar

La humedad de la noche se filtraba por las lonas de la tienda como un sudor frío y persistente. Dentro, el aire era una mezcla densa de leche agria, polvos de talco recuperados de algún escondite de la Iniciativa Dharma y el aroma metálico del cansancio extremo. Sawyer estaba sentado en el borde de un catre que chirriaba con cada uno de sus movimientos, sosteniendo a Beatrice con el brazo izquierdo mientras intentaba, con la mano derecha, mantener el biberón en la boca de David. Sus ojos, antes de un verde vibrante, estaban ahora inyectados en sangre y rodeados de ojeras tan profundas que parecían moratones.

Hacía cuatro días que los cuatrillizos habían llegado al mundo, y desde entonces, el tiempo se había convertido en una masa informe de llantos, pañales y una privación del sueño que bordeaba la tortura. Sawyer sentía que sus neuronas se freían a fuego lento. Sus hormonas, todavía en un estado de caos absoluto tras el parto masculino que había desafiado toda lógica médica, lo mantenían en un estado de irritabilidad permanente, una mecha corta que amenazaba con explotar ante el menor susurro.

—¡Cállate ya, renacuajo! —gruñó Sawyer, aunque su voz carecía de fuerza real—. Si sigues gritando así, vas a despertar a los monstruos de la selva y entonces sí que tendremos un problema.

David, ajeno a las amenazas de su padre, soltó el biberón y lanzó un berrido que pareció desgarrar la lona de la tienda. Al instante, como si fuera una señal orquestada, Clementine y el pequeño Jim empezaron a llorar desde sus cestas en el suelo. El ruido era ensordecedor, una cacofonía de necesidades que Sawyer no podía cubrir solo.

—Papá... —La voz de Lucy llegó desde el otro rincón de la tienda, pequeña y temblorosa.

Sawyer cerró los ojos y apretó los dientes, contando mentalmente hasta diez para no gritar. Lucy estaba sentada en su propio colchón, con las manos apretadas sobre sus oídos y el rostro pálido bajo la luz mortecina de la lámpara de aceite. Su pecho subía y bajaba con una rapidez alarmante. Tras cuatro noches sin dormir bien, el corazón de la niña estaba empezando a pasarle factura.

—Lo sé, enana, lo sé —dijo Sawyer, intentando suavizar el tono, aunque le salió un carraspeo áspero—. Intenta taparte con la manta. Estos bandidos solo están practicando para su banda de rock.

—Me duele el pecho, papá —susurró Lucy, y esa frase fue como un jarro de agua fría que atravesó la neblina de cansancio de Sawyer.

Dejó a David con cuidado en la cesta, ignorando sus protestas, y se acercó a Lucy arrastrando los pies. Sus músculos todavía protestaban por el esfuerzo del parto; sentía una pesadez en la pelvis y una debilidad en las piernas que lo hacían caminar como un anciano. Se sentó al lado de su hija y le puso una mano en la frente. Estaba empapada en sudor frío.

—Mírame, pecosa. Respira conmigo. Lento. Como si estuviéramos oliendo las flores de la selva —le pidió, tratando de proyectar una calma que no sentía.

—Es que no paran —dijo Lucy entre sollozos, señalando a sus hermanos—. No me dejan dormir. Mi corazón va muy rápido, como si quisiera salir corriendo de la tienda.

—Tu corazón se queda donde está —sentenció Sawyer, atrayéndola hacia su costado—. Escúchame, voy a sacar a estos cuatro al porche un momento para que puedas descansar. Solo cinco minutos.

—No puedes tú solo —dijo una voz desde la entrada.

Era Jack. El doctor entró en la tienda con esa expresión de mártir que Sawyer tanto odiaba, pero que en ese momento agradeció más que el aire mismo. Detrás de él venía Kate, cargando un termo con agua caliente.

—Vete de aquí, Doc —masculló Sawyer, aunque no hizo ningún movimiento para echarlos—. Ya tengo bastante con cuatro gritones como para aguantar tus sermones sobre la presión arterial.

—No vengo a darte sermones, James —dijo Jack, arrodillándose junto a Lucy—. Vengo porque Hurley dijo que los llantos se oían desde la playa. Y porque Lucy necesita medicación y silencio.

Jack le tomó el pulso a la niña mientras Kate se acercaba a las cestas para calmar a Jim y a Clementine. El silencio que siguió fue tenso, solo roto por los hipidos de los bebés que empezaban a calmarse bajo el toque experto de Kate.

—Su ritmo está muy alto, Sawyer —sentenció Jack con gravedad—. Si no duerme esta noche, mañana tendremos que llevarla a la escotilla para monitorizarla. El estrés está dilatando su intervalo QT. ¿Sabes lo que eso significa?

—¡Sé perfectamente lo que significa! —estalló Sawyer, levantándose de golpe, lo que le provocó un mareo que lo obligó a apoyarse en el poste central de la tienda—. Significa que mi hija está sufriendo por culpa de este experimento biológico de mierda que la isla ha decidido hacerme. Significa que no tengo manos suficientes, ni ojos suficientes, ni paciencia suficiente. ¡Así que ahórrate el diagnóstico y ayúdame!

Kate levantó la vista, sorprendida por el estallido de furia. Sawyer nunca había sonado tan desesperado, ni siquiera cuando los Otros lo tenían prisionero.

—James, siéntate —dijo Kate con suavidad, dejando a Jim en su cuna—. Estás temblando. No has comido nada desde ayer, ¿verdad?

—No tengo tiempo para comer, Pecosa —respondió Sawyer, pasándose una mano por el pelo revuelto—. Tengo que cambiar pañales, esterilizar biberones y asegurarme de que mi hija no se muera de un susto. ¿Quieres una lista? Porque tengo una muy larga.

—Nosotros nos encargamos de los bebés el resto de la noche —intervino Jack, poniéndose de pie—. Kate y yo nos los llevaremos a la cabaña de al lado. Juliet está allí preparando todo. Tú te vas a quedar aquí con Lucy. En silencio.

Sawyer miró a los bebés y luego a Lucy. El orgullo luchaba contra la necesidad más básica de supervivencia. Sus hormonas le gritaban que no dejara que nadie se llevara a sus cachorros, que era su responsabilidad protegerlos, pero su cerebro le advertía que, si no descansaba, acabaría cometiendo un error fatal.

—Ni hablar —gruñó Sawyer finalmente—. No voy a dejar que te lleves a mis hijos a ninguna parte, Shephard. No confío en tus manos de cirujano con algo tan delicado.

—No seas estúpido, Sawyer —replicó Jack, perdiendo la paciencia—. Mírate. No puedes ni mantenerte en pie. Si te desmayas con uno de ellos en brazos, ¿qué pasará? Lucy te necesita a ti, y ellos necesitan a un padre que no esté al borde de un colapso nervioso.

Sawyer apretó los puños, pero la mirada de súplica de Lucy terminó de romper su resistencia. La niña lo miraba con ojos vidriosos, rogando por un poco de paz.

—Está bien —cedió Sawyer, con la voz rota—. Pero si uno de ellos llora más de cinco minutos, me los traes de vuelta. Y si Beatrice no quiere dormir, cántale algo que no sea esa basura de himnos que te gustan, Doc.

Kate sonrió levemente y empezó a preparar a los bebés para el traslado. Jack le entregó a Sawyer una pequeña pastilla para Lucy.

—Dale esto. La ayudará a relajarse y estabilizará su ritmo. Y tú, James... bebe agua y duerme. Es una orden.

Cuando la tienda quedó finalmente vacía y el eco de los llantos se alejó hacia la otra cabaña, el silencio resultó casi doloroso. Sawyer se dejó caer de nuevo en el colchón al lado de Lucy. Le dio la medicación con un poco de agua y luego la cubrió con la manta hasta la barbilla.

—¿Se han ido, papá? —preguntó Lucy en un susurro.

—Se han ido a dar una vuelta con el tío Jack —respondió Sawyer, acariciándole el cabello—. Ahora solo somos tú y yo, enana. Como antes.

—Me gusta el "antes" —admitió ella, cerrando los ojos mientras la medicación empezaba a hacer efecto—. Pero también me gusta que Jim tenga mis ojos.

Sawyer no respondió. Se quedó mirando el techo de la tienda, sintiendo cómo el cansancio lo envolvía como una mortaja. Su cuerpo le dolía de una forma que no podía explicar; era un dolor sordo en el útero ausente, una sensación de vacío que sus hormonas interpretaban como una pérdida, a pesar de saber que los bebés estaban a pocos metros de distancia. El humor de perros que lo había dominado todo el día empezó a transformarse en una melancolía pesada.

—Papá... —Lucy habló de nuevo, ya con la voz pastosa por el sueño—. ¿Por qué los hombres pueden tener bebés aquí?

Sawyer soltó un suspiro largo.

—Porque esta isla es una bromista pesada, Lucy. Porque decidió que yo no tenía suficientes problemas y quiso darme cuatro más para asegurarme de que nunca me aburriera.

—Yo creo que es porque eres bueno —murmuró la niña—. La isla sabía que tú no los dejarías solos.

Sawyer sintió un nudo en la garganta. Él, el hombre que había pasado media vida estafando a viudas y huyendo de sus propios fantasmas, siendo llamado "bueno" por la única persona que realmente lo conocía. La ironía era tan grande como la propia isla.

—Duérmete ya, pecosa —dijo él, dándole un beso en la frente—. Mañana será otro día de locos.

Lucy no tardó en caer en un sueño profundo, su respiración finalmente calmada y regular. Sawyer, sin embargo, no pudo cerrar los ojos de inmediato. El silencio le permitía pensar, y pensar era lo último que quería hacer. Pensó en los cuatrillizos, en cómo sus vidas estaban ligadas a este lugar maldito desde su primer aliento. Pensó en cómo iba a proteger a cinco niños en un lugar donde la gente desaparecía o moría de forma violenta cada semana.

De repente, un ruido fuera de la tienda lo puso en alerta. Se incorporó con dificultad, agarrando el cuchillo que siempre guardaba bajo la almohada.

—¿Quién está ahí? —preguntó con voz ronca.

La lona se apartó y apareció la silueta de Hurley. Traía una manta extra y una barra de chocolate de las que guardaba como si fueran lingotes de oro.

—Soy yo, Sawyer. Solo quería ver cómo estabas. Jack me dijo que te habías quedado solo con Lucy.

Sawyer relajó los hombros y dejó caer el cuchillo.

—Estoy de maravilla, Hugo. Nunca me he sentido mejor. Es genial sentir que tus órganos internos han sido usados como plastilina por cuatro alienígenas.

Hurley entró y se sentó en una caja de suministros, ofreciéndole un trozo de chocolate.

—Sabes, mi tía abuela en México tuvo trillizos. Decía que el primer mes es como estar en una guerra, pero sin las medallas. Dice que lo importante es no volverse loco.

—Llegas tarde con ese consejo —masculló Sawyer, aceptando el chocolate y devorándolo en un segundo—. Ya estoy al otro lado de la cerca, Hugo.

—No lo creo —dijo Hurley con seriedad—. Te vi hoy con Beatrice. La forma en que la sostenías... te parecías a mi padre cuando pensaba que no lo miraba. Estabas asustado, pero no te ibas a rendir. Eso es lo que cuenta.

Sawyer miró a su amigo en la penumbra. Hurley tenía esa capacidad de decir las verdades más crudas con una sencillez que desarmaba cualquier defensa.

—No sé si puedo hacer esto, Hugo —confesó Sawyer, bajando la guardia por primera vez—. Una niña enferma y cuatro recién nacidos. En este lugar. No soy Jack. No soy un héroe. Soy un tipo que sabe cómo engañar a la gente para conseguir lo que quiere. Pero no puedes estafar al destino. No puedes engañar a cuatro bebés para que dejen de tener hambre o a un corazón para que no se detenga.

—No tienes que estafarlos, Sawyer. Solo tienes que estar ahí. Como estás ahora con Lucy.

Hurley se levantó y le puso una mano en el hombro.

—Duerme un poco. Yo me quedaré fuera un rato. Si alguno de los bebés empieza a gritar demasiado fuerte en la otra cabaña, distraeré a Jack para que no te despierte.

—Gracias, gordo —susurró Sawyer.

Cuando Hurley salió, Sawyer finalmente se tumbó al lado de Lucy. El silencio de la noche era ahora interrumpido por el sonido constante de las olas rompiendo en la orilla, un ritmo eterno que parecía acompasarse con el latido de su hija. El cansancio finalmente venció a la ansiedad. Sawyer cerró los ojos y, por primera vez en días, no soñó con hospitales, ni con el humo negro, ni con biberones vacíos.

Soñó con un campo de flores amarillas, donde Lucy corría sin cansarse y cuatro niños rubios tropezaban detrás de ella, riendo. En el sueño, Sawyer estaba sentado a la sombra de un árbol, observándolos, y no sentía dolor en el cuerpo ni miedo en el alma. Era una visión frágil, una estafa de su propio subconsciente para darle un respiro, pero la aceptó con gratitud.

A mitad de la noche, se despertó sobresaltado por un llanto lejano. Se incorporó instintivamente, con el corazón latiendo con fuerza, pero luego recordó que los bebés estaban con Jack y Kate. Se quedó escuchando, identificando el llanto. Era Jim. El pequeño Jim siempre tenía hambre a las tres de la mañana. Sawyer sintió un impulso casi físico de levantarse e ir a por él, una necesidad visceral de tener a su hijo entre los brazos, pero se obligó a quedarse quieto.

Miró a Lucy, que seguía durmiendo plácidamente, y se dio cuenta de que ese era el mayor regalo que podía darle esa noche: su propia presencia, tranquila y descansada.

—Aguanta, Jim —susurró hacia la oscuridad—. Mañana papá volverá a ser el jefe de la banda.

Se volvió a dormir, y esta vez el sueño fue pesado y reparador. Cuando el primer rayo de sol atravesó la lona de la tienda unas horas después, Sawyer no se despertó con un grito ni con un gruñido. Se despertó sintiendo la mano pequeña de Lucy entrelazada con la suya.

—Buenos días, papá —dijo ella, con un poco más de color en las mejillas—. Mi corazón está tranquilo hoy.

Sawyer se estiró, sintiendo cómo sus articulaciones crujían, pero el dolor agudo de los días anteriores había remitido a una molestia manejable. Se sentó y miró a su hija, sintiendo que, a pesar del caos, de las hormonas locas y de la incertidumbre de la isla, algo había cambiado.

—Me alegra oír eso, pecosa —dijo él, poniéndose de pie con una determinación renovada—. Porque me parece que oigo a cuatro forajidos que vienen de camino y sospecho que tienen mucha hambre.

Efectivamente, unos momentos después, la lona de la tienda se abrió para dejar paso a Kate y Jack, cada uno cargando a dos bebés que ya empezaban a dar señales de impaciencia. Sawyer se acercó y, sin decir una palabra, tomó a Beatrice y a Clementine de los brazos de Kate. Las sostuvo contra su pecho, sintiendo su calor y su peso, y por primera vez desde el parto, no sintió que el mundo se le caía encima.

—¿Cómo ha ido la noche? —preguntó Jack, observando a Lucy con aprobación profesional.

—Demasiado silenciosa —respondió Sawyer con una sonrisa de lado—. Casi me olvido de lo que es tener a cuatro gritones reclamando su territorio.

—Podemos quedarnos un poco más si quieres —ofreció Kate, mirando a Sawyer con una mezcla de respeto y ternura.

—No, Pecosa. Ya habéis hecho bastante. Estos bandidos necesitan a su padre, y yo necesito recordarles quién manda aquí.

Jack y Kate salieron, dejando a la familia Ford a solas una vez más. Sawyer se sentó en el suelo con los cuatro bebés a su alrededor y Lucy ayudándole a sostener los biberones. El caos volvió en un instante: pañales que cambiar, llantos que calmar y la eterna lucha por el espacio en la pequeña tienda. Pero mientras Sawyer maniobraba entre sus hijos, con Lucy riendo ante las muecas de Jim, se dio cuenta de que el humor de perros se había evaporado.

La isla podía ser un lugar de pesadillas, pero esa mañana, bajo la lona de una tienda desvencijada, James Ford descubrió que no necesitaba ser un héroe ni un santo. Solo necesitaba ser el hombre que se negaba a soltar la mano de su hija y el padre que, contra todo pronóstico, había aprendido a amar el ruido de su propia y numerosa familia. El insomnio continuaría, el dolor volvería y el peligro acecharía tras cada palmera, pero por ahora, el rugido del mar era el único sonido que importaba, marcando el ritmo de una vida que, contra todo pronóstico, seguía floreciendo en el corazón de lo imposible.