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Luz

El aroma de la esperanza y el despertar de los sentidos

El alba en la isla nunca llegaba con sutileza; era una explosión de luz dorada que atravesaba las grietas de la cabaña, acompañada por el estruendo de los pájaros tropicales que reclamaban su territorio. Sin embargo, para Sawyer, el amanecer no fue una cuestión de luz, sino de sensaciones físicas atroces. Sentía como si cada hueso de su pelvis hubiera sido triturado y vuelto a montar por un aprendiz de carnicero. Su cuerpo, que apenas unas horas antes albergaba cuatro vidas palpitantes, se sentía ahora extrañamente ligero y, al mismo tiempo, lastrado por un cansancio que calaba hasta la médula.

A su lado, Lucy seguía siendo un ancla de realidad. La pequeña dormía con una profundidad que solo la infancia y el agotamiento emocional permiten. Su respiración rítmica contra el pecho de Sawyer era el único analgésico que realmente funcionaba. James se quedó inmóvil, temiendo que el más mínimo movimiento de sus músculos doloridos despertara a la niña o, peor aún, a la orquesta de llantos que seguramente estallaría en las cuatro cestas alineadas al pie de la cama.

Pero lo que finalmente rompió el hechizo del sueño no fue un ruido, sino un aroma.

No era el olor a humedad de la selva ni el rancio aroma de los suministros de Dharma. Era algo cálido, dulce y penetrante. Olía a vainilla, a harina tostada y a algo que Sawyer no había olido en años: tortitas recién hechas. El olor flotaba en el aire estancado de la habitación como una promesa de civilización en medio del caos.

Lucy, cuyo sentido del olfato parecía estar conectado directamente a su instinto de supervivencia, reaccionó antes incluso de abrir los ojos. Su nariz pequeña se arrugó y sus párpados temblaron. De repente, la niña se incorporó con una energía que desafiaba su fragilidad habitual.

—¡Comida! —exclamó Lucy, girándose de golpe hacia el borde de la cama.

—¡Eh, cuidado, pecosa! —gruñó Sawyer, intentando atraparla, pero un pinchazo agudo en su abdomen lo obligó a encogerse.

El giro brusco de Lucy fue demasiado rápido para sus piernas aún adormecidas. La niña perdió el equilibrio al borde del colchón y estuvo a punto de caer de bruces contra el suelo de madera. Por suerte, una mano grande y robusta la atrapó en el aire justo a tiempo.

—¡Vaya, parece que alguien tiene hambre de oso! —dijo Hurley con una carcajada, estabilizando a la niña y poniéndola de pie.

Lucy, lejos de asustarse, se aferró a los pantalones de Hugo y empezó a saltar sobre sus talones, con los ojos fijos en la bandeja que el hombre traía.

—Huele rico, Hugo. ¡Huele a casa! —gritó la niña, olvidando por un momento su corazón cansado.

—Despacio, Lucy —advirtió Jack, que entraba detrás de Hurley cargando su maletín y una jarra de agua fresca—. Recuerda lo que hablamos sobre las emociones fuertes. Respira hondo.

Sawyer, haciendo un esfuerzo hercúleo, logró incorporarse un poco más, apoyando la espalda contra el cabecero de madera. Ver a su hija tan animada le devolvió un poco de color a las mejillas, aunque el esfuerzo de moverse le hacía sudar frío.

—¿De dónde diablos has sacado tortitas, Gordon Flash? —preguntó Sawyer, entornando los ojos hacia Hurley—. No me digas que el humo negro tiene un servicio de catering.

—Es una receta secreta de mi madre —respondió Hurley, dejando la bandeja sobre una mesa coja cerca de la cama—. Bueno, en realidad usamos harina de los suministros de la escotilla y Juliet encontró un poco de savia que sabe casi como el sirope de arce. Kate ayudó con el fuego.

—Kate... —repitió Sawyer en un susurro. No la había visto desde que el parto se volvió inminente, y una parte de él se sentía aliviado y otra, extrañamente vacío.

Jack se acercó a Sawyer y le puso una mano en el cuello para medirle el pulso, mientras con la otra le revisaba las pupilas.

—Estás pálido, James, pero tus constantes son mejores de lo que esperaba hace seis horas —comentó el médico—. Tienes que comer algo de lo que ha traído Hugo. Tu cuerpo ha pasado por un trauma masivo. Perdiste mucha sangre y esos cuatro... bueno, te han dejado seco.

—Dímelo a mí, Doc —masculló Sawyer, lanzando una mirada a las cestas—. ¿Cómo están los forajidos?

—Durmiendo —respondió Juliet, apareciendo en la puerta con un fardo de sábanas limpias—. Han comido un poco de leche de fórmula que preparamos y parecen haberse puesto de acuerdo para darnos una tregua. Son unos bebés muy tranquilos, Sawyer. Es como si supieran que la isla es un lugar donde hay que ahorrar energía.

Lucy ya estaba sentada en una silla pequeña, devorando un trozo de tortita con las manos, ajena a las conversaciones de los adultos. Tenía una mancha de sirope en la mejilla y una expresión de pura felicidad que hizo que a Sawyer se le anudara la garganta.

—Papá, tienes que probar esto —dijo Lucy con la boca medio llena—. Sabe a nubes.

—Ahora voy, enana —respondió Sawyer con suavidad—. Primero deja que el doctor termine de pincharme.

Jack terminó su examen y le entregó a Sawyer un plato con un par de tortitas y un vaso de agua con sales rehidratantes.

—Come. Es una orden médica —dijo Jack con firmeza—. Y después de eso, tenemos que hablar sobre cómo vamos a organizar esto. Cinco niños, James. Uno de ellos con una cardiopatía grave. Esto no es un juego.

Sawyer masticó el primer bocado, sintiendo cómo el azúcar le devolvía un poco de claridad mental. El sabor era, en efecto, lo más cercano al cielo que había probado en años.

—Sé lo que hay, Jack —respondió Sawyer después de tragar—. No necesito que me leas la cartilla. He pasado nueve meses sintiendo cómo se movían ahí dentro. Sé que el trabajo duro empieza ahora.

—Necesitarás ayuda —intervino Juliet, acercándose a la cama y sentándose en el borde—. Kate, Sun y yo nos turnaremos. Hurley también quiere ayudar, aunque me temo que lo único que hará será enseñarles a jugar al ping-pong antes de que sepan caminar.

—¡Oye! —protestó Hurley desde el rincón—. También sé cambiar pañales. Bueno, aprendí con un documental una vez. No puede ser tan difícil, ¿verdad?

Sawyer soltó una carcajada que terminó en un quejido.

—Si sobreviven a tus pañales, Hugo, sobrevivirán a cualquier cosa en esta isla.

El ambiente en la cabaña era extrañamente ligero, una burbuja de normalidad en medio de lo imposible. Lucy terminó su desayuno y se acercó a Sawyer, subiéndose a la cama con cuidado, imitando la cautela que había visto en los adultos. Se acurrucó contra su brazo y miró hacia las cestas.

—Papá, ¿ya pensaste los nombres? —preguntó ella en un susurro, como si temiera despertar a los bebés—. Dijiste que me dejarías ayudar.

Sawyer miró a los cuatro pequeños bultos. El sol ahora iluminaba la habitación por completo, y por primera vez pudo verlos con claridad sin la neblina del dolor nublando su vista. Dos niños y dos niñas. Cuatro vidas nuevas que llevaban su sangre y la esencia de ese lugar extraño.

—Bueno, enana... —dijo Sawyer, pasando un brazo sobre los hombros de Lucy—. He estado pensando. Pero necesito saber qué opinas tú. Tú eres la que va a tener que lidiar con ellos cuando yo esté demasiado viejo para correr.

Lucy se puso seria, asumiendo su papel de capitana con una dignidad asombrosa.

—Creo que el que tiene el pelo más rubio tiene que llamarse como tú —decidió ella, señalando al primer niño—. James. Pero pequeñito.

—Jim de la isla —asintió Sawyer con una sonrisa—. Me gusta. ¿Y los otros?

—La niña que se parece a mí... —Lucy dudó un momento, mirando a Juliet y luego a Kate, que acababa de asomarse por la ventana—. Quiero que se llame Clementine. Como la niña de la canción que me cantas a veces.

Sawyer sintió un pinchazo en el pecho, pero no fue físico. Clementine. El nombre de la hija que había dejado atrás en el mundo real, la hija que nunca llegaría a conocer a estos hermanos. Por un momento, la tristeza amenazó con romper la burbuja, pero la mirada expectante de Lucy lo mantuvo anclado.

—Clementine es un nombre precioso, Lucy —dijo con la voz un poco ronca—. Un nombre perfecto.

—¿Y los otros dos? —preguntó Hurley, acercándose con curiosidad.

—El otro niño se llamará... —Sawyer miró a Jack, que observaba la escena desde la distancia, con esa expresión de soledad que nunca lo abandonaba—... se llamará David. Por un viejo amigo que conocí en un bar una vez.

Jack asintió levemente, reconociendo el gesto sin necesidad de palabras.

—¿Y la última niña? —preguntó Juliet.

Sawyer miró a la pequeña que dormía en la última cesta, la que más guerra había dado para salir. Tenía una expresión decidida incluso en sueños.

—Esa se llamará Beatrice —dijo Sawyer—. Para que siempre tenga un nombre que suene a alguien que sabe lo que quiere.

Lucy batió palmas suavemente, con cuidado de no hacer ruido.

—Jim, Clementine, David y Beatrice —recitó ella, como si estuviera memorizando una lista importante—. Y yo soy Lucy. Somos seis Ford.

—Seis forajidos —corrigió Sawyer, besando la coronilla de su hija—. El equipo más peligroso que ha visto nunca esta selva.

El resto de la mañana transcurrió entre chequeos médicos y la logística de alimentar a cuatro recién nacidos. Sawyer, a pesar de su insistencia en querer levantarse, fue obligado por Jack a permanecer en cama. El médico sabía que el riesgo de una recaída o de una infección era alto en un entorno tan hostil, y no estaba dispuesto a perder al paciente que acababa de realizar un milagro médico sin precedentes.

Mientras los demás se ocupaban de las tareas domésticas, Sawyer se quedó a solas con Lucy por unos momentos. La niña estaba sentada en el suelo, dibujando en la tierra con un palo, pero su mirada volvía constantemente a la cara de su padre.

—Papá —dijo ella de repente—, ¿crees que los bebés también están rotos como yo?

Sawyer dejó el vaso de agua sobre la mesa y miró a su hija con una intensidad febril.

—No, Lucy. Ellos están bien. Y tú no estás rota. Solo tienes un ritmo diferente, ¿entiendes? Como una canción que va un poco más rápido que las demás.

—Pero el doctor dice que tengo que tener cuidado —insistió ella, bajando la vista—. A veces me gustaría correr por la playa como hacía antes de que me doliera el pecho.

—Y lo harás —prometió Sawyer, aunque sabía que era una promesa difícil de cumplir—. Encontraremos la forma. Esta isla... hace cosas raras, ya lo has visto. Si puede hacer que un tipo como yo tenga cuatro bebés, puede hacer que tu corazón se vuelva tan fuerte como el de un león. Solo tenemos que tener paciencia.

Lucy asintió, queriendo creer en la magia de su padre. Se levantó y caminó hacia una de las cestas, observando a la pequeña Clementine.

—Yo la cuidaré, papá. Le diré que no tenga miedo de los ruidos de la selva.

—Sé que lo harás, pecosa. Eres la mejor hermana mayor que podrían tener.

La tarde empezó a caer, trayendo consigo la brisa marina que aliviaba un poco el calor sofocante. Sawyer sentía que las fuerzas le volvían poco a poco, aunque sabía que el camino de la recuperación sería largo. Miró a su alrededor: la cabaña llena de gente que, a pesar de sus diferencias y sus secretos, se habían unido para proteger esa pequeña chispa de vida. Jack, Juliet, Hurley, incluso Kate, que observaba desde las sombras del porche.

Por un momento, Sawyer olvidó que estaban atrapados en una isla llena de monstruos y misterios. Olvidó el humo negro, los Otros y la constante amenaza de la muerte. En ese pequeño rincón de las Barracas, rodeado del olor a tortitas frías y el sonido de la respiración de sus cinco hijos, James Ford se sintió, por primera vez en su vida, un hombre rico.

—Mañana será otro día —murmuró para sí mismo, cerrando los ojos mientras Lucy volvía a acurrucarse a su lado.

La isla pareció responder con un susurro de las palmeras, un eco lejano que no sonaba a amenaza, sino a una extraña bendición. El capítulo más difícil de su vida acababa de empezar, pero mientras tuviera a Lucy de su lado y el recuerdo de ese aroma a dulce despertar, Sawyer estaba seguro de que podría enfrentarse a cualquier cosa que el destino le tuviera preparada. Porque al final del día, no importaba cuántos latidos estuvieran en riesgo; lo único que importaba era que todos seguían sonando al unísono, desafiando a la oscuridad con la fuerza imparable de una familia que se negaba a rendirse.