Volver al resumen

Lyna

Ecos de un encuentro inesperado

La mañana había comenzado con la calma habitual de un sábado en el departamento. El aroma a café recién hecho flotaba en el aire, mezclándose con el sonido suave de las teclas de la computadora de Cerso, que aprovechaba el silencio matutino para organizar unos archivos de sus próximas ediciones. Lyna, por su parte, terminaba de desayunar mientras revisaba su agenda en la tablet. Todo era predecible, cómodo y profundamente familiar.

—Che, Lyna —dijo Cerso sin apartar la vista de la pantalla—, ¿te acordás que hoy a la tarde tenemos que grabar el especial de preguntas y respuestas? Los chicos en Twitter están pesadísimos con que quieren saber más de los planes para el viaje a Bariloche.

Lyna dejó la taza sobre la mesa y soltó una risita.

—¡Es verdad! Me había olvidado por completo. Menos mal que me hacés acordar, porque si fuera por mí, me quedo todo el día en pijama viendo series.

—Y no sería un mal plan —admitió él, girándose finalmente para dedicarle una sonrisa cómplice—, pero nos debemos a nuestro público, "Lynita". Además, prometimos que íbamos a mostrar un poco más de nuestra rutina diaria.

—Tenés razón, Cersito. En un rato me arreglo y armamos el set en el living.

Sin embargo, el destino tenía otros planes para esa tarde. Cerca del mediodía, cuando Lyna ya estaba retocando su maquillaje frente al espejo y Cerso acomodaba los trípodes, el timbre del edificio sonó de manera insistente. No era el cartero, ni el delivery de comida que solían pedir los fines de semana. Era un sonido seco, casi dubitativo, pero constante.

—¿Esperás a alguien? —preguntó Lyna desde el baño, alzando la voz.

—Para nada —respondió Cerso, frunciendo el ceño—. Capaz es el vecino de arriba que se volvió a quedar afuera. Ya me fijo.

Cerso caminó hacia el intercomunicador, apretó el botón y preguntó quién era. Del otro lado, hubo un silencio de un par de segundos, seguido por una voz masculina, con un acento que no era el típico de Buenos Aires, sino algo más neutro, quizás con dejes españoles.

—Hola... eh, ¿está Evelyn? Soy Dani. Daniel Lara.

Cerso se quedó paralizado un instante. El nombre le sonaba vagamente. Sabía que era un youtuber, alguien que hacía contenido similar al de ellos y con quien Lyna había intercambiado un par de tuits cordiales hacía meses por una cuestión de una red de creadores, pero nunca habían tenido un trato cercano. ¿Qué hacía en Argentina? ¿Y qué hacía en la puerta de su casa?

—¿Dani? —susurró Lyna, que se había acercado al pasillo al notar el silencio de su novio—. ¿Dani el de los videos?

—Eso dice —respondió Cerso, todavía confundido. Accionó el botón para abrir la puerta principal del edificio—. Dice que es Daniel Lara.

—¡Qué raro! —exclamó ella, acomodándose el pelo con nerviosismo—. Sabía que estaba de viaje por Latinoamérica porque lo puso en Instagram, pero nunca pensé que pasaría por acá. Ni siquiera tenemos su dirección anotada en ningún lado... ah, bueno, capaz se la pidió a alguno de los chicos de la agencia.

Unos minutos después, el ascensor se detuvo en el piso y unos pasos inseguros se escucharon en el pasillo. Cerso abrió la puerta principal del departamento antes de que el visitante llegara a golpear. Frente a ellos, de pie con una mochila al hombro y una expresión entre la timidez y el asombro, estaba Dani.

—¡Hola! —dijo el recién llegado, forzando una sonrisa—. Siento muchísimo presentarme así, de la nada. Sé que es una falta de respeto total, pero estaba por la zona, conseguí la dirección a través de un contacto común y... bueno, no quería irme de Buenos Aires sin saludar a la mayor referente de YouTube de aquí.

Lyna dio un paso al frente, haciendo gala de su hospitalidad natural, aunque por dentro sentía una extraña vibración, una sensación de "déjà vu" que no lograba explicar, como si en algún rincón remoto de su mente, ese rostro le resultara más significativo de lo que realmente era.

—¡Dani! Qué sorpresa, de verdad —dijo ella, extendiendo la mano para saludarlo—. Pasá, pasá. No te quedes ahí afuera. Él es Cerso, mi novio.

Dani miró a Cerso y le estrechó la mano con firmeza, aunque hubo un breve segundo en el que sus miradas se cruzaron y un silencio incómodo pareció llenar el espacio. Para Cerso, aquel joven representaba una incógnita; para Dani, verlos allí juntos, tan establecidos y tan unidos, parecía causarle una impresión que intentaba ocultar tras sus anteojos.

—Un placer, Cerso —dijo Dani—. He visto algunos de tus videos de juegos. Muy buen contenido, de verdad.

—Gracias, che —respondió Cerso, tratando de sonar lo más amable posible, aunque su instinto protector estaba en alerta—. No sabíamos que estabas por acá. Si nos hubieras avisado, te preparábamos algo mejor que un living lleno de cables y cámaras.

—No, por favor, no quería molestar —insistió Dani, entrando a la sala—. Solo iba a ser un saludo rápido. Es que... no sé cómo explicarlo, pero sentía que tenía que conocerte en persona, Evelyn. Como si el viaje no estuviera completo sin esto.

Se sentaron en el sofá, el mismo sofá donde Lyna y Cerso habían compartido tantas tardes de confidencias. Lyna trajo un poco de agua y algo de picar, tratando de romper el hielo. La conversación fluyó sobre temas de trabajo, las diferencias entre el público español y el argentino, y las anécdotas de viaje de Dani.

Sin embargo, a medida que pasaban los minutos, Lyna no podía evitar observar a Dani con una curiosidad inusual. Había algo en su forma de hablar, en sus gestos, que le resultaba extrañamente magnético, pero no de una manera romántica, sino como una pieza de un rompecabezas que no terminaba de encajar en su realidad actual. Era como si una versión alternativa de ella misma estuviera gritando desde el fondo de su memoria, pero ella no podía entender el mensaje.

—¿Y cuánto tiempo te quedás? —preguntó Lyna, apoyando la espalda contra el brazo de Cerso, buscando ese contacto físico que siempre la devolvía a la tierra.

—Me voy mañana —respondió Dani, mirando un momento hacia el ventanal que daba a la ciudad—. Ha sido un viaje revelador. Pero me llevo una sensación extraña de este país. Como si hubiera venido a buscar algo que ya no está, o que nunca existió.

Cerso arqueó una ceja, sintiendo que la conversación se volvía demasiado profunda para un encuentro casual.

—Bueno, Buenos Aires tiene eso —intervino Cerso, rodeando a Lyna con el brazo de forma posesiva pero sutil—. Es una ciudad de nostalgias. Pero lo que importa es lo que uno tiene en el presente, ¿no?

Dani asintió lentamente, fijando su vista en la mano de Cerso sobre el hombro de Lyna.

—Tenés razón. El presente es lo único real. Verlos a ustedes dos... tan bien, tan sólidos... es refrescante. En este medio, las parejas no suelen durar mucho. Se nota que lo de ustedes es de otra clase.

—Pasamos por mucho —admitió Lyna, mirando a Cerso con ternura—. Hubo momentos donde estuvimos a punto de rendirnos, hace años. Pero decidimos que lo que teníamos valía más que cualquier duda. Y acá estamos.

Dani sonrió, pero fue una sonrisa teñida de una melancolía que ninguno de los dos anfitriones pudo descifrar.

—Me alegro mucho por ustedes. De verdad. A veces, las mejores historias son las que deciden quedarse en el mismo capítulo y hacerlo perfecto, en lugar de saltar a uno nuevo.

El ambiente se volvió denso por un instante. Lyna sintió un escalofrío. En ese universo, ella nunca había roto con Cerso. Nunca había sentido el vacío de una cama compartida que de pronto se queda grande. Nunca había buscado consuelo en conversaciones transatlánticas con un desconocido que compartía su pasión por los videojuegos. Para ella, Dani era solo un colega que admiraba su trabajo. Y para Dani, en este plano de la existencia, Lyna era una meta inalcanzable, una posibilidad que el destino había decidido sellar antes de que pudiera siquiera comenzar.

—Bueno —dijo Dani levantándose, rompiendo el hechizo—, no les quito más tiempo. Sé que tenían planes de grabar y no quiero ser el responsable de que sus suscriptores se queden sin video.

Lyna y Cerso lo acompañaron hasta la puerta.

—Fue un gusto conocerte, Dani —dijo Lyna, sintiendo una necesidad impulsiva de darle un abrazo de despedida—. Suerte en tu viaje de vuelta.

—Gracias, Evelyn. Gracias por todo. Y Cerso... cuidala mucho. Aunque veo que no hace falta que te lo diga.

—Ni un segundo lo dudo —respondió Cerso, estrechándole la mano por última vez.

Cuando la puerta se cerró y escucharon el sonido del ascensor alejándose, el departamento recuperó su silencio habitual, pero algo había cambiado en el aire. Lyna se quedó mirando la madera de la puerta durante unos segundos, perdida en sus pensamientos.

—Qué chico más particular —comentó Cerso, volviendo hacia el living—. Un poco intenso, ¿no? Pero me cayó bien, a pesar de que apareció así de la nada.

Lyna se giró y lo miró. En los ojos de Cerso encontró la seguridad de siempre, el hogar que había elegido construir día tras día.

—Sí, fue raro —concedió ella, caminando hacia él y rodeándole el cuello con los brazos—. Pero me dejó pensando en lo que dijo. Sobre las historias que deciden quedarse en el mismo capítulo.

—¿Y qué pensás de eso? —preguntó él, bajando el tono de voz mientras la acercaba más a su cuerpo.

—Pienso que tomamos la decisión correcta —susurró Lyna, apoyando la frente contra la suya—. No sé por qué, pero ver a Dani hoy me hizo sentir que, de alguna manera, en algún lugar, me estaba despidiendo de una vida que nunca quise tener. Mi vida es esta, Cerso. Con vos.

Cerso la besó con una intensidad que hablaba de años de lealtad y de batallas ganadas al tiempo.

—Siempre vas a ser vos, Lyna. No importa quién golpee la puerta.

Mientras tanto, en la calle, Dani caminaba hacia la esquina, deteniéndose un momento para mirar hacia arriba, hacia el balcón donde las luces del departamento de la pareja empezaban a encenderse. Suspiró, se acomodó la mochila y siguió su camino hacia el aeropuerto. No sabía por qué había sentido esa urgencia de verla, esa punzada de pérdida por algo que nunca había poseído. Pero ahora, al verlos juntos, entendía que había hilos que no se podían romper y destinos que, por más que uno intentara rozarlos, pertenecían a otros.

En el departamento, la cámara se encendió.

—¡Hola a todos, soy Lyna! —exclamó ella frente al lente, con su energía desbordante de siempre—. ¡Y hoy estamos acá con Cerso para un video muy especial!

Cerso saludó a la cámara con una sonrisa relajada, pasando un brazo por detrás de la silla de Lyna. La grabación continuó entre risas, chistes internos y esa complicidad que solo los años de convivencia real pueden forjar.

Esa noche, cuando se acostaron, Lyna no tuvo sueños extraños con viajes ni rostros desconocidos. Se durmió escuchando la respiración tranquila de Cerso a su lado, sintiéndose completamente en paz. El encuentro con Dani había sido un eco lejano de una posibilidad que nunca se materializó, una sombra que se disipó ante la luz de su realidad.

Porque en este universo, el amor no había necesitado segundas oportunidades con otras personas. Había necesitado, simplemente, la valentía de no soltarse nunca. Y mientras Buenos Aires seguía su ritmo frenético bajo las estrellas, ellos seguían siendo los mismos chicos que un día decidieron que el "para siempre" no era una promesa vacía, sino un trabajo diario que estaban dispuestos a cumplir.

—Buenas noches, Cersito —murmuró ella en la oscuridad.

—Buenas noches, Lynita. Te amo.

—Yo más.

Y con esas palabras, el capítulo se cerró, dejando atrás cualquier duda, listos para escribir el siguiente, siempre juntos, siempre ellos.