Lyna
Sombras bajo la complicidad
El aire en el departamento de Lyna y Cerso se sentía cargado de una electricidad diferente, una que no tenía nada que ver con los focos de grabación o la energía vibrante de los directos. Había pasado una semana desde que Dani, aquel "colega" español, se presentara de la baja en la puerta de su casa. Se suponía que se había ido de Buenos Aires, pero la realidad era un tejido mucho más complejo y oscuro que el que mostraban en sus redes sociales.
Lyna se había marchado temprano a una reunión presencial con su agencia y luego a una cena con amigas que planeaba extenderse hasta tarde. Era la oportunidad perfecta. El silencio del pasillo fue interrumpido por el sonido de una llave girando, no la de Lyna, sino una que Cerso le había entregado en mano a Dani en un café discreto un día antes.
Cuando la puerta se cerró, Cerso ya estaba de pie en el living, con el corazón martilleando contra sus costillas. No era miedo a ser descubierto lo que sentía, o al menos no solo eso; era una urgencia primitiva que lo había estado consumiendo desde la primera vez que sus ojos se cruzaron con los de aquel chico que, en teoría, solo venía a saludar a su novia.
—Pensé que no vendrías —dijo Cerso, su voz era apenas un susurro áspero que rompía la penumbra del atardecer.
Dani dejó la mochila en el suelo con un movimiento lento, casi coreografiado. Se quitó los anteojos y lo miró con una intensidad que Lyna nunca llegaría a sospechar. En este universo, donde ella creía que lo tenía todo bajo control, los cimientos de su hogar se estaban resquebrajando en secreto.
—No podría haberme ido sin esto —respondió Dani, dando un paso hacia él—. Te lo dije el otro día, vine a buscar algo que no existía... o eso creía. Pero cuando te vi a los ojos mientras ella hablaba de su "amor eterno", supe que no era a ella a quien estaba buscando.
Cerso acortó la distancia en dos zancadas. No hubo espacio para las dudas ni para las presentaciones formales que el mundo de YouTube exigía. Sus manos se cerraron sobre la nuca de Dani, atrayéndolo hacia él con una desesperación que gritaba años de deseos reprimidos, de una identidad que había quedado sepultada bajo la imagen del "novio perfecto" de la reina de internet.
El beso fue violento, una colisión de dientes y lenguas que sabía a traición y a una libertad prohibida. Dani soltó un gemido ahogado contra los labios de Cerso, enredando sus dedos en el cabello del argentino. El contraste era absoluto: la suavidad de Lyna frente a la fuerza masculina y la urgencia de Dani.
—Acá no —jadeó Cerso, separándose apenas unos milímetros—. El estudio... las cámaras están apagadas, pero me siento observado en el living.
Dani soltó una risa ronca, cargada de una malicia que lo transformaba por completo.
—Me gusta la idea de hacerlo donde graban sus vidas perfectas. Es casi poético, ¿no te parece?
Cerso no respondió con palabras. Lo tomó del brazo y lo guio hacia la habitación de invitados, la que Lyna usaba a veces para guardar cajas de merchandising y donde el aroma de ella era menos persistente. Al entrar, cerró la puerta con llave, un sonido metálico que resonó como una sentencia.
En la penumbra del cuarto, la ropa comenzó a caer al suelo como obstáculos eliminados de una carrera de obstáculos. Cerso empujó a Dani contra la pared, sintiendo el frío del yeso en contraste con el calor abrasador de sus cuerpos. Las manos de Dani viajaron por la espalda de Cerso, delineando sus músculos con una curiosidad que rozaba la devoción.
—Sos un hipócrita, Cerso —susurró Dani al oído del otro, antes de morderle el lóbulo—. Le decís que es tu lugar en el mundo mientras me estás deseando de esta manera.
—Callate —gruñó Cerso, hundiendo la cara en el cuello de Dani, aspirando su perfume cítrico y masculino—. No hables de ella. Esto no tiene nada que ver con ella.
—Lo tiene todo que ver —replicó Dani, bajando una de sus manos para deshacer el cinturón de Cerso—. Porque estás acá conmigo, rompiendo el guion que todos esperan que sigas.
El encuentro se volvió puramente físico, una descarga de adrenalina y necesidad acumulada. Se movieron hacia la cama pequeña, que crujió bajo el peso de ambos. No había la delicadeza que Cerso solía emplear con Lyna; esto era algo crudo, una exploración de territorios prohibidos.
Cerso se posicionó sobre él, observando cómo la luz de la calle que se filtraba por las persianas dibujaba rayas de luz sobre la piel de Dani. Era una imagen que sabía que lo perseguiría en sus pesadillas y en sus momentos de soledad. La forma en que Dani arqueaba la espalda, la manera en que sus ojos se ponían en blanco cuando Cerso lo tocaba con una posesividad que nunca se había atrevido a mostrar.
—Más... —pidió Dani en un susurro quebrado, sus manos aferrándose a los hombros de Cerso como si fueran su único anclaje—. No te detengas ahora.
El ritmo se volvió frenético. Los sonidos de la habitación —la respiración agitada, el roce de la piel, el choque de sus cuerpos— creaban una sinfonía de infidelidad que parecía vibrar en las paredes del departamento. Cerso se sentía más vivo que nunca, y al mismo tiempo, sentía que estaba cavando su propia tumba. Cada embestida era un secreto más, un peso que tendría que cargar cada vez que Lyna lo besara o le pidiera que grabaran un video juntos.
Dani, por su parte, se entregaba con una intensidad casi destructiva. Para él, ganar a Cerso era más que un acto de placer; era una victoria silenciosa sobre la imagen perfecta de la "pareja de oro" que tanto lo había irritado desde que llegó a Argentina. Quería dejar su marca en el hombre que Lyna creía poseer por completo.
Cuando el clímax los alcanzó, fue como una explosión sorda que los dejó a ambos sin aliento, colapsados uno sobre otro en el pequeño colchón. El silencio que siguió fue denso, casi doloroso. El tic-tac de un reloj en el pasillo parecía marcar el regreso inminente de la realidad.
Cerso se dejó caer a un lado, mirando el techo con la mirada perdida. Su pecho subía y bajaba con violencia. Dani se incorporó sobre un codo, observándolo con una sonrisa satisfecha, mientras se pasaba una mano por el cabello revuelto.
—¿Y ahora qué? —preguntó Dani, rompiendo el silencio—. ¿Vas a volver a ser el novio ejemplar cuando ella cruce esa puerta?
Cerso cerró los ojos con fuerza. La imagen de Lyna sonriendo, ajena a todo, le golpeó la mente como un mazo.
—Tengo que hacerlo —dijo con voz plana—. Mi vida está construida sobre esto. Mi carrera, mi casa... todo.
—Una vida de mentira —sentenció Dani, levantándose para buscar su ropa—. Pero no te preocupes, Cersito. Yo no voy a decir nada. Me gusta saber que tengo algo tuyo que ella nunca va a conocer. Me gusta saber que cuando te mire a los ojos, vas a estar pensando en este momento.
Cerso se sentó en el borde de la cama, ocultando el rostro entre sus manos. Se sentía sucio, pero al mismo tiempo, una parte de él ya estaba contando los minutos para que Lyna volviera a irse y pudiera sentir de nuevo esa descarga eléctrica que solo Dani le proporcionaba.
—Tenés que irte —dijo Cerso sin mirarlo—. Ella puede volver en cualquier momento.
Dani se terminó de vestir con parsimonia, disfrutando de la tensión que emanaba del otro. Se acercó a Cerso y le levantó el mentón con un dedo, obligándolo a mirarlo.
—Me voy. Mañana sale mi vuelo de verdad —dijo Dani con una chispa de diversión en los ojos—. Pero sabés que esto no terminó. Internet es un mundo muy pequeño, y el deseo es mucho más fuerte que la lealtad.
Dani caminó hacia la puerta, pero antes de salir, se giró una última vez.
—Por cierto, tenés un rasguño en la espalda. Mejor buscá una buena excusa antes de que ella te pida que le pongas crema.
La puerta de la habitación se abrió y se cerró. Cerso escuchó los pasos de Dani alejándose por el living, el sonido de la puerta principal y, finalmente, el silencio absoluto del departamento.
Se quedó sentado allí, en la penumbra, rodeado por el merchandising de Lyna y las cajas de una vida que, hasta hace una semana, creía perfecta. Se levantó y caminó hacia el baño, evitando mirarse en el espejo del pasillo. Abrió la ducha y dejó que el agua fría le golpeara la nuca, tratando de lavar no solo el rastro de Dani, sino la sensación de traición que empezaba a carcomerlo.
Apenas veinte minutos después, el sonido de la cerradura principal anunció el regreso de Lyna.
—¡Ya llegué, amor! —gritó ella desde la entrada, su voz llena de la alegría habitual—. ¡No sabés lo que nos reímos con las chicas!
Cerso salió del baño con una toalla alrededor de la cintura, forzando una sonrisa que esperaba que no pareciera demasiado falsa. La vio en el living, dejando su cartera sobre el sofá, radiante y llena de vida.
—¿Te bañaste recién? —preguntó ella, acercándose para darle un beso corto en los labios—. ¡Qué olor a jabón tenés!
—Sí, me sentía un poco pesado —respondió él, evitando mantener la mirada por mucho tiempo—. ¿Cómo estuvo la cena?
—Increíble. Pero te extrañé —dijo ella, rodeándole la cintura con los brazos y apoyando la cabeza en su pecho—. Estaba pensando en lo que dijo Dani el otro día... sobre que nuestra historia es perfecta porque decidimos quedarnos en el mismo capítulo. Tenía razón, ¿no?
Cerso sintió un escalofrío que no tenía nada que ver con el agua fría de la ducha. El nombre de Dani en los labios de Lyna sonaba como una burla del destino.
—Sí —logró decir él, pasando una mano por el cabello de ella en un gesto mecánico—. Tenía toda la razón.
Lyna se separó un poco y lo miró con curiosidad, notando algo extraño en su expresión.
—¿Estás bien, Cersito? Te noto... no sé, como si estuvieras en otro lado.
—Solo estoy cansado, Lynita. Fue un día largo de edición —mintió él, dándose la vuelta para caminar hacia el dormitorio—. Vamos a dormir, mañana tenemos mucho que grabar.
—¡Esperá! —exclamó ella, señalando su espalda—. ¿Qué te pasó ahí? Tenés una marca roja... parece un rasguño.
Cerso se tensó tanto que temió que sus músculos se rompieran. Se obligó a soltar una risita nerviosa mientras entraba a la habitación.
—Ah, eso... seguro fue un roce con la estantería del estudio mientras movía los equipos. Ya sabés que soy un torpe.
Lyna lo siguió, mirándolo con una mezcla de ternura y preocupación.
—Ay, Cerso, tenés que tener más cuidado. Vení, que te pongo un poco de crema.
Él se sentó en la cama, dándole la espalda mientras ella buscaba un tubo de pomada en el cajón de la mesa de luz. Sentir los dedos de Lyna recorriendo la misma piel que Dani había marcado minutos antes fue una tortura psicológica que casi lo hace quebrarse. Ella aplicaba la crema con delicadeza, con el amor puro de alguien que no sospecha que su mundo está construido sobre arenas movedizas.
—Listo —dijo ella, dándole un beso suave justo al lado de la herida—. Mañana vas a estar como nuevo.
—Gracias, amor —susurró él.
Lyna apagó la luz y se acomodó a su lado, buscando su calor como hacía cada noche. Cerso se quedó mirando la oscuridad, escuchando cómo la respiración de ella se volvía lenta y acompasada. En su mente, las imágenes de Dani se mezclaban con la voz de Lyna, creando un torbellino de culpa y placer que sabía que no podría detener.
En este universo, Lyna nunca había roto con Cerso. Nunca había conocido a Dani como algo más que un colega. Pero el destino, caprichoso y cruel, había encontrado una forma de introducir la discordia en su paraíso, no a través de ella, sino a través del hombre en el que ella confiaba ciegamente.
Bajo el mismo cielo de Buenos Aires que los había visto crecer, la traición ahora dormía en la misma cama, oculta tras una máscara de normalidad que, tarde o temprano, terminaría por caer. Pero por ahora, en el silencio de la noche, el secreto seguía a salvo, quemando en el pecho de Cerso como un fuego que no quería apagar.