Lyna
El misterio del oro antiguo
La luz del atardecer en Buenos Aires comenzaba a teñirse de un púrpura profundo, el tipo de color que Lyna siempre decía que parecía sacado de un cuento de hadas. En el departamento, el ambiente era inusualmente silencioso. Cerso estaba en el balcón, hablando por teléfono en voz baja, con esa actitud esquiva que se había vuelto su nueva norma desde la visita de Dani. Lyna, tratando de ignorar ese nudo de ansiedad que se le formaba en el estómago cada vez que lo veía esconder el celular, decidió refugiarse en una de sus actividades favoritas: abrir paquetes de fans y cajas de recuerdos.
Había una caja de madera vieja, reforzada con metal, que había llegado esa misma mañana. No tenía remitente claro, solo una etiqueta que decía: "Para la protectora de los mundos". Lyna pensó que era algún regalo temático de algún seguidor muy dedicado a sus series de rol, pero al abrirla, el aire de la habitación pareció enfriarse de golpe.
Dentro, sobre un lecho de terciopelo azul noche, descansaba un brazalete. No era una pieza de bisutería común. Estaba hecho de un metal dorado que emitía un brillo cálido, casi orgánico, y tenía incrustada una gema central de un color rosado vibrante, rodeada de intrincados grabados que recordaban a runas antiguas o a la naturaleza misma entrelazándose.
—¡Qué locura! —exclamó Lyna en voz alta, sacando el objeto de la caja—. Parece exactamente el de *Mia and me*. Algún fan se pasó de nivel con el cosplay.
Se lo colocó en la muñeca izquierda. Al cerrarse, escuchó un clic metálico perfecto, y una extraña sensación de hormigueo recorrió su brazo, subiendo por su hombro hasta la base del cráneo. No era doloroso, pero sí abrumador, como si una corriente eléctrica estática la hubiera envuelto por completo.
—¿Evelyn? —La voz de Cerso desde la puerta de la sala la hizo dar un salto. Él la observaba con el ceño fruncido, guardando el teléfono en el bolsillo trasero de su jean—. ¿Qué es eso? Brilla un montón.
Lyna agitó la mano, tratando de disimular el temblor de sus dedos. El brazalete, efectivamente, emitía pulsaciones de luz rítmicas, como si estuviera sincronizado con su corazón.
—Un regalo de un suscriptor, supongo —dijo ella, forzando una sonrisa—. Es igual al de la serie de los unicornios, ¿te acordás? El que usa Mia para ir a Centopia. Está increíblemente bien hecho.
Cerso se acercó, pero se detuvo a un metro de distancia. Algo en el objeto le causaba rechazo, una vibración que chocaba con la energía oscura y cargada de secretos que él traía consigo desde sus encuentros con Dani.
—Es un poco exagerado, ¿no? —comentó él, rascándose la nuca—. Parece... demasiado real. ¿No te lo podés sacar?
Lyna tiró del cierre, pero el brazalete no cedió. Estaba extrañamente ajustado a su piel, como si se hubiera fusionado con su anatomía.
—Está un poco trabado —admitió ella, sintiendo una repentina oleada de calor—. Pero no pasa nada, ya saldrá. ¿Con quién hablabas tanto tiempo afuera? Hace frío.
Cerso desvió la mirada hacia el ventanal, su rostro endureciéndose por un segundo antes de recuperar la máscara de tranquilidad.
—Nada, cosas de la agencia. Unos problemas con los pagos de los últimos sponsors. Ya sabés cómo son de lentos.
Lyna asintió, aunque no le creyó. En otro tiempo, ella habría insistido, habría bromeado hasta sacarle la verdad, pero ahora sentía que había un abismo entre los dos. Sin embargo, antes de que pudiera decir algo más, el brazalete emitió un sonido agudo, una nota musical cristalina que pareció hacer vibrar los cristales del departamento.
—¿Qué fue eso? —preguntó Cerso, retrocediendo un paso, con los ojos muy abiertos.
—No sé... yo no toqué nada —respondió Lyna, asustada.
De repente, la gema rosada comenzó a brillar con una intensidad cegadora. El espacio alrededor de Lyna empezó a distorsionarse, como si el aire se volviera líquido. Los muebles del living, la figura de Cerso, las cámaras de grabación... todo empezó a estirarse y a desvanecerse en un torbellino de colores neón y destellos dorados.
—¡Cerso! —gritó ella, extendiendo la mano hacia él.
—¡Lyna!
Cerso intentó agarrarla, pero su mano atravesó el cuerpo de ella como si fuera humo. Lyna sintió que el suelo desaparecía bajo sus pies y que una fuerza invisible la succionaba hacia arriba, o hacia adentro de sí misma. El último pensamiento que cruzó su mente antes de que la oscuridad la envolviera fue que ese brazalete no era un juguete, y que su vida, tal como la conocía, acababa de romperse en mil pedazos de cristal.
Cuando Lyna abrió los ojos, no estaba en su departamento de Buenos Aires. Estaba tumbada sobre un césped de un verde tan brillante que casi dolía mirarlo. El aire olía a flores que no existían en la Tierra y a una pureza que le llenó los pulmones de una energía desconocida. Se incorporó lentamente, sintiendo que su cuerpo pesaba menos.
Al mirarse las manos, soltó un grito de sorpresa. Su ropa habitual había desaparecido. En su lugar, vestía una túnica ligera de colores degradados entre el rosa y el violeta, con patrones de alas de mariposa. Sus piernas estaban cubiertas por unas calzas brillantes y, lo más increíble de todo, sentía un peso extraño en su espalda. Al girar la cabeza, vio un par de alas translúcidas que vibraban con cada movimiento.
—No puede ser... —susurró, tocándose el cabello, que ahora estaba adornado con pequeñas flores que parecían brillar con luz propia—. Estoy en Centopia. Esto es una locura. Tengo que estar soñando. O Cerso me puso algo en el café.
Se puso de pie, tambaleándose un poco. El brazalete seguía en su muñeca, pero ahora emitía una luz constante y tranquila. A lo lejos, vio un grupo de unicornios pastando cerca de una cascada de agua plateada. Todo era idéntico a la serie que tanto le gustaba, pero la sensación de realidad era absoluta. Podía sentir el viento en su cara y el latido de la magia en el ambiente.
—¡Eh! ¡Tú! —Una voz chillona la sacó de su asombro.
Desde detrás de un árbol de hojas azules, apareció un pequeño fauno con una flauta colgada al cuello. Tenía una expresión de total desconcierto.
—¿Quién eres? No te pareces a Mia —dijo el fauno, acercándose con cautela—. Y definitivamente no eres un elfo de por aquí. Tus alas son... diferentes. Tienen el patrón de una youtuber, si es que eso tiene sentido.
Lyna parpadeó, confundida.
—Soy Lyna. Evelyn. No sé cómo llegué acá, bueno, sí sé, fue por el brazalete. ¿Sos Phuddle?
El fauno infló el pecho, orgulloso.
—¡El mismísimo! El inventor más grande de Centopia, aunque algunos elfos sin visión digan lo contrario. Pero dinos, Lyna de la Tierra, ¿por qué el brazalete te ha elegido a ti? Mia siempre es la que viene cuando hay problemas.
Lyna miró hacia el horizonte, donde unas nubes oscuras empezaban a arremolinarse sobre una montaña lejana.
—No sé si hay problemas acá —dijo ella, sintiendo una punzada de tristeza al recordar la cara de Cerso antes de desaparecer—, pero te aseguro que en mi mundo los hay. Quizás el brazalete pensó que necesitaba un descanso... o una misión.
—En Centopia nunca hay descanso cuando las gárgolas de Panthea andan cerca —advirtió Phuddle, rascándose una oreja—. Pero si estás aquí, es por algo. El Oráculo debe tener un mensaje para ti. ¿Tienes tu libro?
Lyna palpó a su alrededor y encontró, tirado en la hierba, un libro de tapas doradas que no estaba allí antes. Al abrirlo, las letras empezaron a formarse solas en la página en blanco.
*“Donde la verdad se oculta tras la máscara del amor, la luz del cristal revelará el dolor. En el mundo de flores y cuernos de plata, encontrarás la fuerza que la traición desata.”*
Lyna sintió que el corazón se le encogía. El Oráculo no estaba hablando de Centopia. Estaba hablando de su vida en Buenos Aires. Estaba hablando de Cerso.
—¿Qué dice? —preguntó Phuddle, tratando de espiar sobre su hombro.
—Dice que soy una tonta —respondió Lyna con la voz quebrada—. Dice que mi mundo perfecto es una mentira.
—Bueno, los Oráculos suelen ser bastante directos y un poco groseros —consoló el fauno—. Pero no te preocupes, aquí en Centopia las cosas son más simples. Si algo es malo, tiene cara de gárgola. No se esconden detrás de sonrisas bonitas.
Lyna se sentó en una roca, mirando sus alas. La magia de este lugar era embriagadora, pero la revelación del libro la estaba matando por dentro. ¿Qué estaba haciendo Cerso en ese mismo momento? ¿Estaría buscándola desesperado, o estaría aprovechando su ausencia para llamar a Dani? La idea de la traición, que antes era solo una sombra difusa, ahora cobraba una forma nítida bajo la luz de Centopia.
Mientras tanto, en el departamento de Buenos Aires, Cerso estaba al borde del colapso. Había llamado a la policía, pero ¿qué iba a decirles? "¿Mi novia desapareció en un estallido de luz rosa mientras usaba un brazalete de juguete?". Lo tomarían por loco o por asesino.
Estaba caminando de un lado a otro del living cuando su celular vibró. Era un mensaje de Dani.
*“¿Estás solo? Me quedé pensando en lo de ayer. No puedo sacarte de mi cabeza.”*
Cerso miró el mensaje y luego miró el lugar donde Lyna se había desvanecido. La caja de madera seguía en la mesa, vacía. Un sentimiento de asco profundo hacia sí mismo lo invadió. Había estado jugando con fuego, disfrutando de la adrenalina de lo prohibido, mientras la mujer que realmente lo amaba, la que lo había apoyado desde que no eran nadie, se enfrentaba a algo que él no podía comprender.
—¡Maldita sea! —gritó, arrojando el teléfono contra el sofá—. ¡Lyna! ¡Volvé!
Se arrodilló en el suelo, golpeando la alfombra con el puño. Por primera vez en años, se sintió completamente solo. La presencia de Dani, que antes le parecía una aventura emocionante, ahora se sentía como un parásito que estaba destruyendo lo único real que tenía.
De vuelta en Centopia, Lyna decidió que no podía quedarse sentada llorando. Si el brazalete la había traído allí, era para que aprendiera algo.
—Phuddle —dijo ella, poniéndose de pie y probando mover sus alas, que respondieron con un aleteo enérgico—, llevame con los elfos. Necesito hablar con alguien que sepa de profecías. Si tengo que salvar este mundo para salvar el mío, lo voy a hacer.
—¡Esa es la actitud! —exclamó el fauno, empezando a trotar hacia el bosque—. Aunque te advierto que Yuko y Mo son un poco intensos con el entrenamiento de vuelo. Espero que no tengas vértigo.
Lyna lo siguió, sintiendo cómo la magia del brazalete la guiaba. A medida que avanzaba por el paisaje de ensueño, empezó a notar que su conexión con Cerso no se había cortado del todo. A través de la gema del brazalete, podía sentir ráfagas de su angustia, de su arrepentimiento... y también de su culpa. Era como un canal abierto que le permitía ver la oscuridad que él intentaba ocultar.
—La verdad se oculta tras la máscara —repitió Lyna para sí misma—. Pero yo ya no tengo máscara.
Se elevó unos centímetros del suelo, impulsada por sus alas. La sensación de volar era indescriptible, una libertad que nunca había experimentado. Por un momento, se olvidó de YouTube, de las cámaras, de los suscriptores y de la traición. Era solo ella, una elfa improvisada en un mundo de unicornios, tratando de encontrar la fuerza para enfrentar la realidad que la esperaba al otro lado del portal.
—¡Mirá, Phuddle! ¡Estoy volando! —gritó, soltando una carcajada que resonó por todo el valle.
—¡No te distraigas, que hay árboles en el camino! —le gritó el fauno desde abajo.
Lyna esquivó una rama de flores plateadas con una agilidad que no sabía que tenía. En ese rincón de fantasía, Evelyn estaba descubriendo que era mucho más que la cara de un canal exitoso. Era una guerrera, una protectora, y si Cerso pensaba que podía romper su corazón y seguir como si nada, estaba muy equivocado. El brazalete le estaba dando el poder de ver la verdad, y la verdad era una herramienta poderosa.
Al llegar a un claro, se encontró con dos figuras que bajaban volando desde el cielo. Eran un chico y una chica elfos, con armaduras brillantes y expresiones de asombro.
—¿Quién eres tú? —preguntó el chico, que Lyna reconoció como el príncipe Mo—. No eres de Centopia, pero llevas el brazalete de la esperanza.
—Soy Lyna —respondió ella, aterrizando con elegancia, aunque sus piernas temblaron un poco—. Vengo de un mundo donde las cosas son complicadas. He venido porque necesito respuestas que mi mundo no me puede dar.
Yuko, la elfa guerrera, la rodeó lentamente, examinando sus alas.
—Tus alas brillan con una fuerza que no he visto antes —comentó—. Parece que traes contigo una tormenta emocional. En Centopia, nuestras emociones afectan a la naturaleza. Si estás triste, las flores se marchitan. Si estás enojada, el cielo truena.
Lyna miró hacia atrás y vio que, efectivamente, las flores por donde ella había pasado tenían un tono más pálido.
—Estoy... procesando algo —admitió Lyna—. Pero estoy lista para ayudar en lo que necesiten. El Oráculo dijo que la traición desata la fuerza, y yo tengo mucha fuerza acumulada.
Mo y Yuko se miraron, impresionados por la determinación de la desconocida.
—Panthea ha enviado a sus soldados a capturar a los unicornios cerca de la Cueva de Cristal —dijo Mo—. Si nos ayudas a detenerlos, te llevaremos ante el Rey y la Reina. Quizás ellos sepan cómo ayudarte a volver... y cómo enfrentar lo que te espera en tu hogar.
Lyna asintió, apretando el puño donde brillaba el brazalete dorado.
—Vamos entonces. Tengo un par de gárgolas que usar como práctica antes de volver a Argentina a poner orden en mi propia casa.
Mientras volaban hacia la batalla, Lyna sintió una extraña paz. El brazalete de *Mia and me* no era solo un puente entre mundos; era un espejo que le estaba devolviendo su propia imagen, sin filtros ni ediciones. En el universo donde nunca había roto con Cerso, Lyna estaba a punto de aprender que la lealtad no es algo que se da por sentado, y que a veces, para salvar una relación, primero hay que estar dispuesta a ver cómo se incendia.
Lejos de allí, en un departamento silencioso, Cerso miraba fijamente el lugar vacío en el sofá, sin saber que su destino estaba siendo decidido en un mundo de unicornios, por una mujer que acababa de descubrir que tenía alas, tanto en Centopia como en la vida real. La aventura de Lyna apenas comenzaba, y las consecuencias para su "perfecta" relación serían devastadoras y necesarias.