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MABEL PODER

Lazos de Seda, Secretos de Diario y el Incidente del Batido Doble

El sol de Gravity Falls comenzaba a descender, tiñendo el cielo de un tono púrpura que recordaba sospechosamente al color favorito de Mabel. En el ático de la Cabaña del Misterio, el ambiente estaba cargado de una energía que Dipper solo podía describir como "catastróficamente entusiasta". Mabel estaba sentada en su cama, rodeada de recortes de revistas, pegamento de purpurina y lo que parecía ser un árbol genealógico ficticio que unía las fortunas de los Northwest con el linaje de los Pines.

— ¡Mabel, por última vez, deja de pegar mi cara junto a la de Pacifica en ese mural! —protestó Dipper, tratando de arrebatarle una fotografía donde alguien (claramente Mabel) había dibujado corazones con rotulador fluorescente alrededor de ellos dos.

— ¡Es para la posteridad, Dipper! —exclamó Mabel, esquivando el ataque de su hermano con la agilidad de una gacela adicta al azúcar—. El mundo necesita saber que el chico más nerd de Oregón ha domado a la fiera de la alta sociedad. ¡Es como una película de tarde, pero con más sudor y misterio!

— No he "domado" a nadie —refunfuñó Dipper, ajustándose la gorra y sentándose en su cama con un suspiro—. Solo... nos llevamos mejor. Después de lo del fantasma leñador, ella se dio cuenta de que su familia es un desastre y yo me di cuenta de que ella no es "la peor" las veinticuatro horas del día. Es una tregua, nada más.

— Una tregua con abrazos —añadió Mabel con una sonrisa pícara, agitando su teléfono—. No olvides el mensaje, Dipper. "No fue tan terrible como pensé". Eso es prácticamente una declaración de amor en el lenguaje de la gente que tiene cubiertos de plata para el postre.

Dipper abrió la boca para replicar, pero el sonido de un claxon elegante y excesivamente ruidoso lo interrumpió. Por la ventana, vieron cómo un coche negro de cristales tintados se detenía frente a la Cabaña del Misterio.

— ¡Es ella! —chilló Mabel, lanzando su álbum de recortes al aire—. ¡La Reina del Drama ha llegado a su castillo de madera podrida!

— Mabel, compórtate —suplicó Dipper, sintiendo que sus orejas comenzaban a arder—. Y por lo que más quieras, no menciones el mural.

Bajaron las escaleras a toda prisa. Al abrir la puerta, se encontraron con Pacifica Northwest. No vestía sus habituales galas de seda, sino un conjunto algo más informal, aunque seguía pareciendo insultantemente caro. Llevaba unas gafas de sol enormes que se quitó con un gesto dramático al ver a los gemelos.

— Hola, Mabel. Hola... Dipper —dijo Pacifica, deteniéndose un momento extra en el nombre del chico. Su tono intentaba ser altivo, pero había una pizca de nerviosismo que no pasó desapercibida para el radar de Mabel.

— ¡Pacifica! ¡Bienvenida a la guarida de la chusma! —Mabel la rodeó con un abrazo que Pacifica no supo si rechazar o aceptar, terminando en una especie de palmada rígida en la espalda de la niña de los suéteres—. Ven, pasa. Dipper estaba justo hablando de lo mucho que... ¡AU!

Dipper le había dado un pisotón discreto a su hermana.

— Queríamos saber si... bueno, si estabas bien después de lo de la fiesta —dijo Dipper, tratando de recuperar la compostura—. Ya sabes, tus padres no parecían muy felices con que salvaras a todo el pueblo de convertirse en leña.

Pacifica suspiró y entró en la cabaña, mirando con desdén un tótem que Stan había pegado con cinta aislante.

— Mis padres están en una "reunión de control de daños" en el club de campo —explicó ella, sentándose en el sofá desvencijado como si fuera un trono—. Dicen que he manchado el nombre Northwest. Pero sinceramente, después de ver a mi tatarabuelo engañando a todo el mundo, el nombre ya estaba bastante manchado. Así que decidí que necesitaba un descanso de la perfección.

— ¡Y qué mejor lugar para descansar de la perfección que este agujero lleno de ácaros! —Mabel saltó al sofá junto a ella—. Oye, Paz-Paz, ¿te gusta el batido de chocolate con trozos de galleta? Porque Dipper es un experto en prepararlos. Bueno, en realidad solo sabe apretar el botón de la batidora, pero lo hace con mucha pasión científica.

— Mabel, yo no... —empezó Dipper, pero la mirada de expectación de Pacifica lo detuvo.

— Un batido no suena mal —admitió la rubia, desviando la mirada hacia una mancha en la pared—. Mi chef personal solo me permite batidos de col rizada y lágrimas de unicornio. Algo con azúcar real sería... aceptable.

Dipper asintió, sintiéndose extrañamente motivado. Se dirigió a la cocina mientras Mabel se quedaba "entreteniendo" a su invitada. Desde la cocina, Dipper podía escuchar fragmentos de la conversación.

— Entonces, Pacifica —decía Mabel con voz sugerente—, ese abrazo en la mansión... ¿Dirías que fue un abrazo de "gracias por salvarme" o un abrazo de "tienes unos hombros muy estables para ser un chico que lee diarios"?

— ¡Mabel! —gritó Dipper desde la cocina, haciendo sonar la batidora para ahogar la respuesta.

— Fue un abrazo de supervivencia, Mabel —respondió Pacifica, aunque su voz sonaba un poco más aguda de lo normal—. Cualquiera se habría aferrado a lo primero que tuviera cerca si estuviera a punto de ser convertido en un aparador de roble. No le des más importancia de la que tiene.

— Claro, claro —rio Mabel—. Por eso le escribiste a mi teléfono pensando que era el suyo. Porque no tiene ninguna importancia.

Dipper regresó al salón con dos vasos de cristal (que milagrosamente estaban limpios) llenos de una mezcla espesa de chocolate. Le entregó uno a Pacifica, cuidando que sus dedos no rozaran los de ella, aunque falló estrepitosamente. El breve contacto eléctrico hizo que Dipper casi derramara el batido.

— Gracias, Dipper —dijo ella, tomando un sorbo. Sus ojos se abrieron con sorpresa—. Está... realmente bueno. ¿Qué le has puesto?

— Es un secreto de los Pines —intervino Mabel, apareciendo de la nada con su propia pajita—. Pero sospecho que el ingrediente secreto es el amor... y un poco de jarabe de maíz caducado que encontramos detrás de la nevera.

Pacifica tosió un poco, pero no dejó de beber. Durante la siguiente hora, la conversación fluyó de una manera que Dipper nunca habría imaginado. Hablaron de los misterios del pueblo, de las excentricidades del Tío Stan y de cómo Pacifica estaba intentando aprender a hacer cosas por sí misma, como abrir una lata de refresco sin llamar a un mayordomo.

— Es difícil —confesó Pacifica, mirando el fondo de su vaso—. Toda mi vida me han dicho qué pensar, qué vestir y con quién hablar. Estar aquí... es como estar en otro planeta. Un planeta muy polvoriento y con olor a pies, pero libre.

Dipper la miró con una chispa de comprensión. Él también sabía lo que era sentirse fuera de lugar, aunque por razones muy distintas.

— Bueno —dijo él suavemente—, si alguna vez necesitas un guía para este planeta polvoriento, ya sabes dónde encontrarnos. No somos expertos en protocolo, pero sabemos cómo derrotar a un fantasma categoría diez.

Pacifica le dedicó una sonrisa pequeña, una de esas sonrisas reales que no usaba para las fotos del periódico local.

— Lo tendré en cuenta, Pines.

Mabel, que había estado observando la escena con la intensidad de un depredador acechando a su presa, decidió que era el momento de dar el golpe de gracia a su plan de "shipeo".

— ¡Oh, no! —exclamó Mabel, fingiendo mirar su reloj—. ¡Es la hora de alimentar a Pato! Y Pato se pone muy violento si no le doy sus masajes de panza a solas. Dipper, ¿por qué no llevas a Pacifica a ver el atardecer al porche? Desde allí se ven los gnomos peleando por trozos de pan, es muy romántico.

— Mabel, eso no es... —empezó Dipper, pero Pacifica ya se estaba levantando.

— Me gustaría ver eso —dijo ella, alisándose la falda—. Siempre he querido ver a un gnomo de cerca sin que intente robarme los pendientes.

Ambos salieron al porche, dejando a Mabel bailando en silencio en medio del salón. El aire de la tarde era fresco y el bosque de Gravity Falls susurraba secretos entre las sombras. Se apoyaron en la barandilla de madera, observando cómo el sol se ocultaba tras los picos de las montañas.

— Siento lo de mi hermana —dijo Dipper después de un momento de silencio—. Ella... tiene una imaginación muy activa. Cree que todo es una comedia romántica.

— No te preocupes —respondió Pacifica, mirando hacia el horizonte—. A veces envidio su energía. Debe ser agradable creer que el mundo es un lugar lleno de finales felices y suéteres de colores. En mi mundo, todo es una transacción.

— Aquí no tiene por qué serlo —dijo Dipper, girándose hacia ella—. Aquí puedes ser solo Pacifica. Sin el apellido. Sin las expectativas.

Pacifica lo miró. La luz del atardecer hacía que los ojos de Dipper brillaran con una determinación que ella encontraba fascinante. Era un chico extraño, obsesionado con monstruos y diarios, pero tenía una honestidad que nunca había encontrado en los círculos sociales de sus padres.

— Sabes, Dipper... —empezó ella, acercándose un poco más—, ese abrazo en la mansión... puede que no fuera solo por el miedo al fantasma.

Dipper sintió que su corazón daba un vuelco.

— ¿Ah, no? —preguntó con la voz un poco quebrada.

— No —continuó ella, bajando la voz—. Fue porque... fuiste la primera persona que me dijo que podía ser mejor. Que no tenía que seguir el camino de mis antepasados. Eso significó mucho para mí.

Dipper no sabía qué decir. Su mente analítica, siempre llena de datos sobre criaturas y anomalías, se había quedado en blanco.

— Yo... solo dije la verdad —logró articular—. Eres valiente, Pacifica. Abriste esa puerta cuando nadie más lo hizo. Eso no fue por el apellido Northwest, fue por ti.

En ese momento, el silencio se volvió denso, pero no incómodo. Estaban muy cerca, tanto que Dipper podía oler el perfume caro de Pacifica mezclado con el aroma a pino del bosque. Pacifica acortó la distancia, apoyando su mano sobre la de Dipper en la barandilla.

— Eres un bicho raro, Pines —susurró ella con una sonrisa traviesa—. Pero supongo que eres mi bicho raro favorito.

Justo cuando Dipper sentía que el mundo entero se reducía a ese pequeño espacio en el porche, un destello de luz y un sonido de obturador los sobresaltó.

— ¡SÍ! ¡TENGO LA FOTO! —gritó Mabel desde la ventana del ático, agitando una cámara instantánea—. ¡EL CONTACTO VISUAL! ¡LA MANO SOBRE LA MANO! ¡ESTO VA DIRECTO AL ÁLBUM DE ORO!

Pacifica se apartó de un salto, roja como un tomate.

— ¡Mabel Pines! —chilló—. ¡Si esa foto sale de esta cabaña, compraré este terreno y lo convertiré en un estacionamiento para mis ponis!

— ¡Inténtalo, Paz-Paz! —respondió Mabel, desapareciendo de la ventana entre risas—. ¡El amor no puede ser silenciado por la plutocracia!

Dipper se cubrió la cara con las manos, suspirando profundamente.

— Te dije que era un peligro —murmuró.

Pacifica, a pesar de su indignación fingida, no pudo evitar soltar una carcajada. Se arregló el cabello y miró a Dipper, que seguía avergonzado.

— Bueno —dijo ella, recuperando su aire de superioridad—, supongo que tendré que volver otro día para confiscar esa cámara.

— ¿Vas a volver? —preguntó Dipper, con una chispa de esperanza en los ojos.

Pacifica caminó hacia su coche, pero antes de entrar, se giró y le guiñó un ojo.

— Alguien tiene que vigilar que no te conviertas en un completo ermitaño del bosque, Pines. Además... todavía me debes la receta de ese batido.

El coche arrancó y desapareció por el camino, dejando tras de sí una nube de polvo y a un Dipper Pines con una sonrisa que no podía borrar de su rostro.

Entró en la cabaña, donde Mabel ya estaba pegando la nueva foto en el mural con una cantidad excesiva de pegamento brillante.

— ¿Viste eso, Pato? —decía Mabel al cerdo, que masticaba un trozo de papel—. ¡El barco ha zarpado! ¡El SS Dipcifica está navegando a toda vela!

— Mabel, por favor, dame esa foto —dijo Dipper, aunque su tono ya no era de enfado, sino de resignación divertida.

— ¡Ni hablar! Esta es la prueba de que el misterio más grande de Gravity Falls no está en el diario, sino en el corazón de mi hermano —Mabel lo miró con cariño—. Admítelo, Dipper. Te gusta.

Dipper miró la fotografía. En ella, a pesar del desenfoque y de la mala iluminación, se veía la conexión genuina entre él y la chica que alguna vez llamó "la peor".

— Quizás —admitió Dipper en voz baja—. Pero si se lo dices a alguien más, quemaré todos tus suéteres.

— ¡Es un trato! —exclamó Mabel, dándole un abrazo de oso—. ¡Aunque Candy y Grenda ya tienen copias digitales, así que el secreto está a salvo con unas... treinta personas!

— ¡MABEL!

Los gritos y las risas de los gemelos llenaron la cabaña mientras la noche caía sobre Gravity Falls. En la mansión Northwest, Pacifica miraba por su ventana hacia el bosque, sosteniendo un pequeño diario que había empezado a escribir ese mismo día. En la primera página, solo había una frase: "Hoy tomé un batido de chocolate y dejé de ser una Northwest por un momento. No fue tan terrible".

El verano seguía su curso, y en aquel pueblo lleno de anomalías, el romance entre un cazador de misterios y una heredera rebelde se convertía en el secreto mejor guardado (y más shipeado) de todo Oregón. Mabel tenía razón en algo: a veces, los hilos de lana del destino tejen patrones que nadie espera, uniendo mundos que parecían destinados a chocar, pero que terminan encajando a la perfección.