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MABEL PODER

Lluvia de Diamantes sobre el Asfalto de Piedmont

El aire de Piedmont, California, siempre le había parecido a Dipper Pines un poco más pesado que el de Gravity Falls. No era por la humedad, sino por la aplastante normalidad que lo rodeaba. Allí, los árboles no escondían gnomos, los diarios no tenían manos de seis dedos y, lo peor de todo, él no era el héroe que descifraba códigos y salvaba mansiones. Allí, Dipper era simplemente "el chico de la gorra rara" que intentaba sobrevivir a la última semana de clases antes del descanso definitivo de verano.

— ¡Mirad quién ha vuelto de las montañas! —gritó Bradley, un chico con una chaqueta de fútbol americano dos tallas más grande que su intelecto, mientras Dipper intentaba abrir su taquilla—. ¿Cómo ha ido el verano, Pines? ¿Has encontrado algún pie grande o te has pasado tres meses hablando con las ardillas porque nadie más te soporta?

Dipper suspiró, ignorando las risas que resonaron en el pasillo. Habían pasado solo unos días desde que él y Mabel regresaron a casa para un breve periodo escolar antes de volver al pueblo para el resto de las vacaciones, y la realidad de la ciudad lo estaba golpeando con la fuerza de un gnomo enfurecido.

— Déjalo en paz, Bradley —murmuró Dipper, sacando su cuaderno de matemáticas—. He tenido un verano bastante ocupado, gracias.

— ¡Oh, sí! ¡Súper ocupado! —intervino Mabel, apareciendo de la nada con un suéter que tenía un gato espacial bordado en relieve—. ¡Dipper ha estado ocupadísimo salvando mansiones y rompiendo corazones de la alta sociedad!

Dipper sintió que se le helaba la sangre. Miró a su hermana con ojos suplicantes, pero Mabel ya estaba en modo "cupido hiperactivo".

— No me digas —se mofó Bradley, rodeado de sus amigos—. ¿El pequeño Dipper tiene novia? ¿Es una criatura del bosque o una alucinación por el aire de la montaña?

— ¡Es real! —exclamó Mabel, ignorando el codazo de su hermano—. ¡Y es una Northwest! Se llama Pacifica, es rubia, es rica y tiene un carácter que hace que los tornados parezcan brisas de verano. ¡Incluso le escribe mensajes a Dipper porque él es demasiado "vintage" para tener teléfono!

El pasillo estalló en una carcajada colectiva. Bradley se doblaba de la risa, señalando a Dipper, quien deseaba que el suelo se lo tragara.

— ¡Pacifica Northwest! —rio Bradley—. Pines, te has inventado el nombre más falso de la historia. ¿Qué sigue? ¿Tu otra novia es una modelo de París que no puede venir porque está ocupada siendo perfecta?

— Mabel, ¿por qué tienes que hacer esto? —susurró Dipper cuando Bradley se alejó, cubriéndose la cara con las manos—. Nadie nos cree. Piensan que soy un perdedor que se inventa romances para no parecer un bicho raro.

— ¡Pero es la verdad! —insistió Mabel—. Dipper, tú y Pacifica tuvisteis "el momento". El abrazo en la mansión, los mensajes mágicos... ¡Es real! No dejes que estos tipos con cerebros de mosquito te desanimen.

El resto de la semana fue un calvario. Cada vez que Dipper entraba al comedor, alguien gritaba: "¿Dónde está la princesa, Dipper?". O en clase de gimnasia: "¡Seguro que Pacifica te está distrayendo con su telepatía de novia imaginaria!". Dipper intentaba enfocarse en sus libros, pero su mente regresaba a Gravity Falls. Recordaba el perfume de lavanda de Pacifica cuando lo abrazó en la mansión, la calidez de su mano y la forma en que ella lo miraba, como si él fuera alguien que realmente importaba. Aquí, en Piedmont, era solo el chico de la gorra que hablaba solo.

Llegó el viernes, el último día antes de partir de nuevo hacia Oregón. A la hora del almuerzo, Dipper se sentó en la mesa más alejada con Mabel.

— Mira el lado positivo, hermano —dijo Mabel, masticando un sándwich—. En unas horas estaremos en el autobús de vuelta a la Cabaña del Misterio. ¡Podrás ver a tu rubia platino en persona!

— No es "mi" rubia, Mabel —respondió Dipper, mirando su bandeja—. Solo quiero que este día termine.

— ¡Vaya, pero si es el novio del año! —Bradley apareció con su grupo—. Oye, Pines, hemos estado esperando en la puerta a que llegara la limusina de Pacifica, pero solo hemos visto pasar el camión de la basura. ¿Se ha perdido en el camino desde su castillo de nubes?

— Déjalo ya, Bradley —dijo Dipper sin levantar la vista—. No tengo que demostrarte nada.

— Oh, vamos —insistió Bradley, sentándose a su lado con falsa camaradería—. Todos sabemos que no existe. Solo admite que te lo inventaste porque estás desesperado. Di: "Soy Dipper Pines y mi novia es un calcetín con peluca". Si lo dices, te dejaremos en paz.

— ¡No es un calcetín! —gritó Mabel, poniéndose de pie—. ¡Es una chica increíble que viste mejor que todos vosotros juntos!

— Mabel, siéntate —suplicó Dipper.

En ese momento, un sonido inusual comenzó a filtrarse desde el exterior de la cafetería. No era el ruido habitual de los coches de la ciudad, sino un rugido elegante, el sonido de un motor de alta gama que se detenía justo frente a las puertas principales. Varios estudiantes cerca de las ventanas empezaron a susurrar.

— ¿Qué es eso? —preguntó una chica—. Es un Rolls-Royce negro... y brilla tanto que parece un espejo.

Bradley frunció el ceño y se levantó, caminando hacia la ventana con curiosidad. Dipper y Mabel lo siguieron, junto con la mitad de la cafetería. El coche era inmenso, una mole de lujo que contrastaba violentamente con el asfalto gastado del aparcamiento. Un chófer con uniforme impecable bajó, caminó hacia la puerta trasera y la abrió con una reverencia.

De la penumbra del interior salió una figura que parecía arrancada de una revista de moda. Llevaba un vestido de seda color lila, zapatos que costaban más que todos los libros de la biblioteca y unas gafas de sol que reflejaban el sol con una arrogancia deslumbrante. Su cabello rubio caía en ondas perfectas.

— No puede ser... —susurró Bradley, con la boca abierta.

La chica caminó por el patio como si fuera la dueña de cada baldosa. Los estudiantes se apartaban, intimidados por el aura de autoridad y riqueza que emanaba de ella. Se detuvo frente a las puertas de la cafetería y se quitó las gafas de sol, revelando unos ojos azules que escrutaron el lugar con desdén.

— Busco a alguien —dijo la chica, y su voz, clara y gélida, resonó en el silencio—. Se llama Dipper Pines. ¿Está aquí o tengo que comprar esta escuela para que alguien me responda?

Mabel soltó un chillido de puro éxtasis.

— ¡PACIFICA! —gritó, saltando por encima de una mesa—. ¡ESTÁ AQUÍ! ¡EL BARCO HA LLEGADO A PIEDMONT!

Dipper se quedó paralizado. Pacifica Northwest estaba allí. En su escuela. En Piedmont. Pacifica vio a Mabel y una pequeña sonrisa, casi imperceptible pero genuina, cruzó su rostro. Luego, sus ojos se posaron en Dipper, que estaba de pie junto a un Bradley petrificado.

— Ahí estás, Pines —dijo ella, caminando hacia él con un paso que hacía que el suelo de linóleo pareciera una alfombra roja.

El silencio en la cafetería era tan denso que se podía oír la respiración de los quinientos estudiantes. Pacifica se detuvo a pocos centímetros de Dipper. Ignoró por completo a Bradley y a los demás, como si fueran manchas de polvo.

— Te envié un mensaje al teléfono de tu hermana, pero parece que estaba demasiado ocupada enviándome fotos de gatos con purpurina como para avisarte —dijo Pacifica, cruzándose de brazos—. Mis padres tuvieron que venir a una aburrida convención de negocios en la ciudad, así que les obligué a desviarse. No iba a permitir que pasaras una semana entera sin que nadie te recordara quién eres.

Dipper finalmente recuperó el habla, aunque su voz sonó un poco temblorosa.

— Pacifica... ¿qué haces aquí? Pensé que estarías en la mansión.

— Pensé que me quedaría en Gravity Falls esperando a que volvieras —lo interrumpió ella, suavizando su expresión—. Pero luego recordé que eres propenso a meterte en líos y que probablemente estos... —miró de reojo a Bradley con una mueca de asco infinito— ...sujetos de clase baja te estaban molestando.

Bradley, tratando de recuperar algo de su dignidad, dio un paso al frente.

— Oye, ¿tú quién eres realmente? No puedes ser... quiero decir, Pines es un...

Pacifica se giró hacia él. La frialdad en sus ojos hizo que Bradley retrocediera instintivamente.

— Soy Pacifica Northwest. Y si vuelves a dirigirle la palabra a Dipper sin mi permiso, me aseguraré de que tu padre pierda su empleo, tu casa sea embargada y termines vistiendo ropa de segunda mano el resto de tu patética vida. ¿He sido clara o necesito deletrearlo en diamantes?

Bradley tragó saliva, incapaz de articular palabra, y se escabulló hacia el fondo de la cafetería junto con sus amigos, que ahora miraban a Dipper con un respeto que rayaba en el terror. Pacifica volvió a mirar a Dipper. El silencio regresó, pero esta vez era un silencio de expectación pura.

— Siento la interrupción, Dipper —murmuró ella, y por primera vez, hubo un rastro de timidez en su voz—. Solo... quería verte antes de que volvierais a la cabaña mañana.

Dipper sintió que todo el peso de la semana desaparecía. Ya no era el "nerd inventa-novias". Era el chico que Pacifica Northwest había venido a buscar.

— Gracias por venir, Pacifica —dijo Dipper, sonriendo de verdad—. De verdad. Me has salvado de algo peor que un fantasma categoría diez.

— Bueno —dijo ella, desviando la mirada mientras un ligero rubor aparecía en sus mejillas—, supongo que me debías una por lo de la mansión. No es que seamos novios ni nada parecido, Pines. No te hagas ilusiones.

— Lo sé, lo sé —rio Dipper, rascándose la nuca—. Solo somos... amigos que sobreviven a maldiciones familiares.

— Exacto —asintió ella, aunque no se movió de su sitio—. Amigos que tienen estándares. Y tus estándares aquí son... cuestionables.

Entonces, ante el asombro de toda la escuela, Pacifica dio un paso adelante y rodeó el cuello de Dipper con sus brazos, escondiendo el rostro en su hombro por un breve segundo. Fue un abrazo firme, protector y lleno de una calidez que solo ellos dos entendían. No era un beso de película, pero la química era tan evidente que el aire parecía vibrar.

Dipper, tras un segundo de sorpresa, le devolvió el abrazo, cerrando los ojos y disfrutando del perfume de lavanda que ahora llenaba la cafetería. Mabel, a pocos metros, estaba teniendo lo que solo podía describirse como un colapso de alegría.

— ¡LO TENGO! ¡LO ESTOY VIENDO! —gritaba Mabel, agitando los brazos—. ¡Es el triunfo del amor sobre la mediocridad escolar! ¡Candy, Grenda, ojalá estuvierais aquí para ver esto!

Pacifica se separó lentamente, aunque mantuvo sus manos sobre los hombros de Dipper por un momento extra. Le dedicó una última mirada cargada de significado y luego se puso las gafas de sol, recuperando instantáneamente su máscara de heredera Northwest.

— El coche me espera fuera, Dipper —dijo ella, recuperando su tono autoritario—. No llegues tarde mañana a la cabaña. Tenemos un misterio que resolver cerca del lago y no pienso ir con nadie que no seas tú. Entendido?

— Allí estaré —prometió Dipper, con la cabeza más alta que nunca.

Pacifica asintió, le dedicó un breve saludo con la mano a una Mabel que seguía saltando, y se dio la vuelta. Caminó hacia la salida con la elegancia de una reina regresando a su trono. El chófer le abrió la puerta, ella entró y el Rolls-Royce arrancó, alejándose con un ronroneo potente.

Dipper se quedó allí, en medio de la cafetería, rodeado de cientos de compañeros que lo miraban como si acabara de descender de una nave espacial.

— ¿Y bien? —preguntó Dipper, mirando a Bradley, que seguía escondido detrás de una columna—. ¿Alguna otra duda sobre si Pacifica existe o sobre si mi novia es un calcetín?

Bradley no respondió. Nadie lo hizo. La leyenda de Dipper Pines acababa de ser escrita con letras de oro en la historia de la escuela. Mabel se acercó a su hermano y le pasó un brazo por los hombros, con una sonrisa de triunfo absoluto.

— Te lo dije, Dipper. El amor siempre gana. Especialmente cuando tiene un presupuesto ilimitado y un sentido del drama impecable.

— Tienes razón, Mabel —admitió Dipper, ajustándose la gorra de pino—. Por una vez, tienes toda la razón.

Mientras caminaban hacia su siguiente clase, Dipper notó que la gente ya no se reía. Al contrario, se apartaban para dejarle paso, susurrando su nombre con una mezcla de envidia y asombro. Pero a Dipper ya no le importaba lo que pensaran. Sabía que en algún lugar, en un coche de lujo que se dirigía hacia el norte, Pacifica Northwest estaba pensando en él.

Y eso era más que suficiente para que el resto de la semana en Piedmont fuera, por primera vez, absolutamente perfecta. El héroe de Gravity Falls había regresado, y esta vez, traía consigo el respaldo de la chica más poderosa del pueblo. El verano aún no había terminado, y Dipper Pines nunca se había sentido tan listo para lo que estaba por venir.

— Oye, Mabel —dijo Dipper mientras subían las escaleras.

— ¿Sí, Dip-dop?

— No le digas a Pacifica que me puse rojo cuando me abrazó.

Mabel soltó una carcajada que resonó en todo el edificio.

— ¡Demasiado tarde! ¡Ya se lo envié por mensaje con tres emojis de corazón y un fuego!

Dipper suspiró, pero esta vez, no pudo evitar sonreír. Después de todo, tener a Mabel como casamentera era un precio pequeño a pagar por tener a Pacifica Northwest de su lado. El autobús a Gravity Falls saldría en unas horas, y Dipper no podía esperar para volver al lugar donde los misterios eran reales y donde, de alguna manera, él había encontrado el enigma más fascinante de todos: el corazón de su antigua rival.