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magos y phyquicos

El eclipse de las sombras y el despertar del linaje

La tarde en Ciudad Condimento se tiñó de un naranja antinatural, como si el sol mismo tuviera prisa por esconderse tras los edificios. Lin se encontraba en la biblioteca de su mansión, rodeada de mapas estelares y sensores mágicos que emitían un zumbido constante. La inquietud que había sentido la noche anterior no se había disipado; al contrario, se sentía como una presión estática en la raíz de su cabello.

—Joven ama, su té está listo —anunció el mayordomo, dejando una bandeja de plata sobre el escritorio—. Sin embargo, me temo que tengo noticias preocupantes. Los sensores perimetrales detectaron una fluctuación de energía psíquica masiva cerca de la zona comercial hace diez minutos. No es magia, es algo... artificial.

Lin dejó su pluma a un lado. Sus ojos, que en la soledad de su hogar brillaban con un violeta profundo, se entrecerraron.

—¿Mob y los demás están en esa zona? —preguntó ella, sintiendo un nudo en el estómago.

—Según el rastreador que instalamos en el teléfono que le regaló al joven Kageyama... sí. La señal ha desaparecido.

Antes de que Lin pudiera responder, un estruendo resonó en la puerta principal de la mansión. No era una explosión, sino el sonido de alguien golpeando con desesperación.

Lin bajó las escaleras casi levitando, seguida por sus sirvientes. Al abrir las puertas, se encontró con una escena inesperada. Tome Kurata estaba allí, sin aliento y con el uniforme desaliñado, apoyada en el hombro de un chico de aspecto aburrido y ojos apáticos: Takenaka, del Club de Telepatía.

—¡Lin! ¡Tienes que ayudarnos! —gritó Tome, colapsando prácticamente en el vestíbulo—. ¡Se los llevaron! ¡A todos!

—Respira, Tome-chan —dijo Lin, colocando una mano en su hombro. Una pequeña chispa de magia calmante fluyó de sus dedos, estabilizando el ritmo cardíaco de la chica—. ¿Quiénes se los llevaron?

Takenaka, que hasta ese momento había mantenido una expresión de indiferencia, miró a Lin con una chispa de sorpresa. Él, que podía leer las mentes de todos, se encontró con un muro de silencio absoluto y armonioso al intentar leer a la chica frente a él.

—Fue una unidad táctica —explicó Takenaka con voz monótona—. Usaron dispositivos de frecuencia que anularon los poderes de Kageyama y de los otros. Capturaron a Mob, a su hermano, a Hanazawa y a Suzuki. Incluso a ese hombre rubio que gritaba sobre sus derechos laborales... Reigen, creo.

—¿Y Hoyuelo? —preguntó Lin, su voz volviéndose peligrosamente fría.

—Lo aspiraron en una especie de contenedor de vacío —respondió Tome, sollozando—. Estábamos escondidos detrás de unos contenedores. Takenaka usó su telepatía para ocultar nuestra presencia mental, pero no pudimos hacer nada por ellos. Los subieron a un transporte blindado con un logo que decía "Eclíptica".

Lin cerró los ojos por un momento. La ira, una emoción que rara vez se permitía sentir, comenzó a arder en su pecho como una estrella enana blanca. Esos "científicos" habían cometido el error de tocar a las únicas personas que la habían hecho sentir humana en años.

—Preparen el vehículo —ordenó Lin a su mayordomo—. El Phantom Plateado.

—Pero joven ama, sus tutores dijeron que no debía intervenir en asuntos de psíquicos... —comenzó a decir el mayordomo, pero se detuvo al ver la mirada de Lin. Ya no era la estudiante tímida; era la última archimaga, una figura de autoridad ancestral.

—Mis amigos están en peligro. La servidumbre sirve al linaje, y el linaje protege a los suyos. Muévanse.

Minutos después, un coche de lujo, reforzado con runas de invisibilidad y velocidad, rugía por las calles de la ciudad. Lin iba al volante, con Tome y Takenaka en el asiento trasero, asombrados por la opulencia del vehículo y la determinación de la chica.

—Takenaka-kun, necesito que uses tu telepatía para rastrear el eco de la angustia de Mob —dijo Lin mientras esquivaba el tráfico con una precisión sobrenatural—. Yo me encargaré de ocultar nuestro rastro.

—Están en la antigua zona industrial, en un búnker subterráneo —dijo Takenaka, cerrando los ojos—. Puedo sentirlos... están asustados. No por ellos, sino porque sus poderes no responden. El lugar está lleno de una estática que me duele la cabeza.

Mientras tanto, en el corazón de la base de Eclíptica, Mob y los demás se encontraban en una habitación blanca, iluminada por luces fluorescentes que emitían un zumbido irritante. Estaban sentados en el suelo, rodeados por paredes reforzadas con placas de plomo y emisores de ondas inhibidoras.

—Esto es ridículo —se quejó Sho, golpeando la pared sin éxito—. Es como el cuarto de Garra, pero peor. Ni siquiera puedo sentir mi propia energía.

—Es tecnología de supresión atómica —explicó Teru, que se veía inusualmente pálido—. Están atacando la conexión entre nuestras neuronas y el campo psíquico.

Reigen, por su parte, caminaba de un lado a otro, ajustándose la corbata.

—¡Escuchen, secuestradores de pacotilla! —gritó hacia una cámara en la esquina—. ¡Soy un ciudadano con contactos muy importantes! ¡Mi abogada es una experta en casos espirituales y legales!

En un rincón, Hoyuelo, atrapado en un frasco de cristal reforzado, observaba la pantalla en la pared que mostraba el exterior de la base.

—Chicos, tenemos compañía —dijo Hoyuelo con voz ahogada—. Y no creo que sean los refuerzos que esperaban.

La pantalla mostró la llegada del coche de Lin. Tres figuras bajaron: Tome, Takenaka y una joven que parecía emanar una luz plateada incluso a través de la granulación de la cámara de seguridad.

En la sala de control, el jefe de la base, un hombre joven de cabello plateado y ojos cibernéticos llamado Kael, observaba con una sonrisa arrogante.

—Déjenlos entrar —ordenó Kael a sus subordinados—. Los psíquicos ya están contenidos. Pero esa chica... los sensores dicen que es una "anomalía". Quiero ver qué hace contra los especímenes del Sector 4.

—Señor, los especímenes del Sector 4 son... —empezó a decir un técnico.

—Son demonios primigenios —interrumpió Kael—. Criaturas que salieron de la brecha del sello hace años. Los psíquicos no pueden tocarlos porque no tienen masa espiritual pura, solo energía mental. Veamos cómo se defiende esta pequeña aristócrata.

En la celda, Hoyuelo palideció al escuchar por los altavoces (que Kael había dejado encendidos por sadismo) la mención de los demonios primigenios.

—¡Maldición! —exclamó Hoyuelo—. ¡Mob, Ritsu! ¡Tienen que salir de aquí! Esos no son espíritus normales. Son sombras del vacío, cosas que existían antes de que los humanos aprendieran a pensar. Si Lin intenta pelear con ellos usando solo fuerza... va a morir.

—¿Qué quieres decir? —preguntó Mob, pegándose al cristal de la celda, con el corazón latiendo con fuerza—. ¿Lin-san está en peligro?

—¡Ella es una maga, no una psíquica! —gritó Hoyuelo—. Pero esos demonios son su némesis natural.

Afuera, Lin caminaba por los pasillos metálicos con una calma que aterraba a Tome y Takenaka. De repente, las luces parpadearon y tres criaturas masivas, compuestas de una oscuridad que parecía devorar la luz circundante, emergieron del suelo. No tenían rostros, solo fauces llenas de colmillos de obsidiana y garras que goteaban un líquido corrosivo.

—¿Qué son esas cosas? —gritó Tome, retrocediendo.

—Entropía pura —respondió Lin. Se quitó la cinta de seda de su cabello, dejando que su melena cayera como una cascada de plata viva. Se quitó las gafas y las lanzó a Takenaka—. Quédense atrás. Esto no es para ojos mortales.

En la sala de control, Kael se quedó sin aliento. Al ver a Lin sin sus disfraces, su belleza etérea lo golpeó como un impacto físico. Era una belleza que no pertenecía a la tierra, algo que despertaba un deseo de posesión inmediato en su corazón frío.

—Es... magnífica —susurró Kael, olvidando por un momento sus planes de experimentación—. Quiero que la traigan viva. No dañen ni un centímetro de su piel.

Pero Lin ya había comenzado su danza.

No hubo explosiones de luz tosca. Lin se movió con la gracia de un planeta en órbita. Sus manos trazaron diagramas geométricos en el aire, dejando estelas de fuego azul y plata.

—*Exordium Astrum: La Danza de las Pléyades* —susurró.

Siete esferas de luz pura aparecieron alrededor de ella, girando a una velocidad vertiginosa. Cuando los demonios se lanzaron al ataque, las esferas interceptaron sus garras, emitiendo un sonido de campanas celestiales. Lin no golpeaba; ella reescribía el espacio alrededor de las criaturas.

En la celda, los chicos observaban la pantalla, hipnotizados.

—Es... hermosa —dijo Sho, sin poder apartar la vista—. Nunca había visto a alguien pelear así. Es como si estuviera corrigiendo un error en el universo.

Ritsu y Teru asintieron en silencio, sintiendo una mezcla de alivio y una extraña punzada en el pecho. Ver a Lin en su verdadero esplendor les recordaba lo lejos que estaba ella de la "normalidad" que tanto buscaba, pero también lo profundamente que se preocupaba por ellos para arriesgarse así.

Mob, sin embargo, solo sentía una inmensa tristeza. Podía ver que cada movimiento de Lin le costaba una parte de su brillo interno.

Lin esquivó un zarpazo que habría decapitado a un hombre común, deslizándose por debajo del brazo del demonio. Con un gesto rápido, tocó el pecho de la criatura.

—*Reductio ad Nihilum* —sentenció.

El demonio se deshizo en una lluvia de cenizas plateadas. Los otros dos rugieron, pero Lin no les dio oportunidad. Juntó sus manos y una lanza de luz pura atravesó el pasillo, disolviendo a las criaturas y, de paso, destruyendo la puerta blindada de la celda de los chicos.

El impacto de la magia pura fue tan fuerte que los inhibidores de frecuencia de la habitación estallaron en mil pedazos.

—¡Mis poderes! —gritó Teru, sintiendo su aura regresar como una marea caliente.

Lin entró en la habitación, respirando con dificultad. Su vestido estaba ligeramente rasgado y su piel brillaba con un sudor perlado que parecía polvo de estrellas. Se tambaleó por un segundo, y Mob fue el primero en reaccionar, atrapándola antes de que cayera.

—¿Estás bien, Lin-san? —preguntó Mob, su voz llena de una ternura que hizo que Ritsu y Teru intercambiaran una mirada cómplice.

—Solo... un poco mareada —dijo ella, forzando una sonrisa mientras se apoyaba en el pecho de Mob—. La atmósfera de este lugar es muy pesada.

—¡Lo lograste! —Tome entró corriendo, seguida de Takenaka—. ¡Los hiciste polvo! ¡Lin, eres una diosa!

—No soy una diosa —dijo ella, recuperando su compostura y apartándose suavemente de Mob, aunque sus mejillas estaban encendidas—. Solo soy una estudiante de intercambio muy molesta.

—¡Atención a todos los intrusos! —la voz de Kael resonó por los altavoces, esta vez cargada de una obsesión maníaca—. Han destruido mis especímenes, pero han demostrado que la joven es el sujeto de prueba más valioso que he visto. No saldrán de aquí. He sellado todas las salidas y el oxígeno se agotará en cinco minutos.

Reigen, que finalmente había recuperado su compostura, se adelantó, señalando a la cámara.

—¡Escúchame bien, niño con complejo de Dios! —gritó Reigen—. ¡Has cometido el error de subestimar el poder de la amistad, de la magia y, lo más importante, de un adulto responsable que tiene hambre! ¡Mob, Lin, hagan algo!

Lin miró a Mob y asintió.

—Shigeo-kun, ¿puedes sentir el núcleo de energía de esta base? —preguntó ella.

—Sí —respondió Mob, sus ojos brillando con una intensidad blanca—. Está justo debajo de nosotros.

—Si yo canalizo mi magia para estabilizar la explosión, ¿puedes usar tu telequinesis para sacarnos a todos de aquí en un solo movimiento? —preguntó Lin, extendiendo su mano hacia él.

Mob tomó su mano. La conexión fue instantánea: el sol negro y la estrella de plata unidos en una sola frecuencia. Los demás retrocedieron, sintiendo la presión de dos tipos de poder que nunca deberían haberse mezclado.

—Hagámoslo —dijo Mob.

La base de Eclíptica no explotó con fuego. Simplemente se expandió hacia afuera en una onda de choque de color violeta y blanco que desintegró las paredes como si fueran de papel. En el centro de la zona industrial, una cúpula de energía protegió al grupo mientras ascendían hacia el cielo nocturno, aterrizando suavemente en el asfalto a varios metros de distancia.

Kael y sus hombres quedaron atrapados entre los escombros, sus sistemas electrónicos fritos por la sobrecarga mágica.

Lin se dejó caer en el suelo, exhausta. El silencio de la noche volvió a reinar, roto solo por las sirenas de la policía a lo lejos.

—Eso fue... —empezó a decir Sho, mirando a Lin con una expresión de total adoración—. Increíble. Lin, si alguna vez necesitas un guardaespaldas... o alguien que te lleve los libros...

—Oye, yo también ayudé —protestó Teru, aunque él también miraba a Lin con una fascinación renovada.

Ritsu se acercó a ella y le ofreció sus gafas, que Takenaka le había entregado.

—Tu secreto está a salvo con nosotros, Lin —dijo Ritsu con una sonrisa sincera—. Pero creo que ya no podrás convencernos de que eres "normal".

Lin se puso las gafas y se arregló el cabello, tratando de ocultar su rostro una vez más.

—Solo quiero ir a casa y dormir por una semana —susurró ella.

Mob se sentó a su lado, mirando hacia arriba.

—Mira, Lin-san —dijo él, señalando el firmamento—. Las estrellas se ven muy claras hoy.

Lin miró hacia el cielo. Era cierto. La contaminación de la ciudad parecía haberse disipado por la explosión de energía, revelando un manto estelar de una pureza abrumadora.

—Sí —dijo ella, permitiéndose apoyar su cabeza en el hombro de Mob por un breve instante—. Son hermosas.

Hoyuelo, que había sido liberado por el estallido, flotaba sobre ellos, observando la escena con una sonrisa cínica.

—Bueno, parece que la archimaga y el psíquico han salvado el día —dijo Hoyuelo—. Pero algo me dice que esto es solo el comienzo. Ese tipo, Kael... no parecía el tipo de persona que se rinde fácilmente ante una cara bonita.

Lin no respondió. Sabía que Hoyuelo tenía razón. Había mostrado su verdadera naturaleza ante el mundo, y ahora el equilibrio que tanto había intentado mantener se había roto. Pero mientras sentía el calor de sus amigos a su alrededor, pensó que quizás, solo quizás, valía la pena dejar de ser una sombra para convertirse en parte de una constelación.

—Vámonos —dijo Reigen, sacudiéndose el polvo del traje—. Tengo una oficina que limpiar y un montón de facturas que enviar a la familia de Lin por "servicios de consultoría en crisis".

El grupo caminó hacia el coche que, milagrosamente, seguía intacto bajo una capa de polvo plateado. La noche en Ciudad Condimento continuó, ajena al hecho de que una guerra entre la ciencia del hombre y la magia de las estrellas acababa de declarar su primer asalto. Pero bajo la luz de la luna, Lin sonrió. Ya no era la última de su clase; era la primera de algo nuevo.