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magos y phyquicos

Eclipses, secretos y el peso de la seda

La rutina en la Secundaria Sal se había transformado en un delicado baile de máscaras para Lin. Tras su accidentada presentación, había aceptado la invitación de Ritsu para colaborar con el Consejo Estudiantil. Era el lugar perfecto: entre archivos, presupuestos y la organización de eventos, su intelecto superior podía brillar sin necesidad de invocar constelaciones. Ritsu, siempre metódico, apreciaba su eficiencia silenciosa, mientras que Mob solía visitarla al terminar las clases, compartiendo leche de fresa mientras ella le explicaba la curvatura del espacio-tiempo como si fuera un cuento de hadas.

Sin embargo, el sábado marcó un hito en su nueva vida. Por primera vez, no estaría rodeada de libros antiguos o sirvientes en silencio absoluto. Sus amigos la habían invitado a una salida grupal al centro de la ciudad.

—¡Joven ama, por favor, quédese quieta! —suplicó Hana, su doncella personal, mientras intentaba trenzar una cinta de seda azul entre los cabellos de Lin—. Si va a salir sin sus gafas de camuflaje y ese flequillo espantoso, debe lucir como la nobleza que representa.

—Hana, es solo una salida a los arcades y a comer ramen —protestó Lin, aunque sus ojos brillaban con una emoción contenida—. Mob dijo que podía ser yo misma. Teru mencionó que en la calle nadie se fija tanto en los detalles.

—El joven Hanazawa tiene un concepto muy laxo de lo que es "pasar desapercibido" —intervino el mayordomo, dejando un par de zapatos de tacón bajo sobre la cama—. Pero tiene razón en algo: hoy es el día para que la estrella brille fuera de su caja.

Cuando Lin finalmente salió de la mansión, vestía un vestido ligero de color azul medianoche con pequeños bordados de plata que imitaban la Osa Mayor. Sin sus gafas pesadas, su rostro revelaba una simetría perfecta y unos ojos que parecían contener la profundidad del cosmos. Su piel, libre del maquillaje opaco que solía usar, resplandecía con una vitalidad casi sobrenatural.

El punto de encuentro era la estación central. Allí, el grupo ya estaba reunido, formando una estampa bastante peculiar. Mob y Ritsu vestían ropa casual sencilla, Teruki parecía salido de una revista de moda juvenil, y Sho Suzuki, con su habitual aire rebelde, pateaba una piedra mientras charlaba con Tome, quien no paraba de revisar su radar de actividad paranormal.

Cuando Lin se acercó, el silencio cayó sobre el grupo como un hechizo de vacío.

—Vaya... —susurró Mob, parpadeando varias veces—. Lin-san, te ves... diferente. Muy clara.

—Te dije que era una belleza de clase S —le dio un codazo Sho a Ritsu, quien simplemente se aclaró la garganta, ligeramente sonrojado—. Aunque ese aura tuya sigue siendo un faro para los problemas.

—¡Estás radiante! —exclamó Tome, saltando sobre ella—. ¡Pareces una princesa extraterrestre! ¡Dime que ese collar es un comunicador intergaláctico!

—Es solo un regalo de mi familia, Tome-chan —mintió Lin con una sonrisa suave, aunque el fragmento de estrella en su cuello vibraba cálidamente al contacto con la alegría de la chica.

—Bueno, basta de charla —intervino Teruki, ajustándose el cuello de su chaqueta—. Tenemos una ruta planificada. Primero, el centro de juegos; luego, la zona de tiendas de electrónica para Ritsu y Lin; y finalmente, el mejor ramen de Ciudad Condimento.

La tarde fue un torbellino de sensaciones nuevas para la archimaga. En el centro de juegos, Lin descubrió que su capacidad para calcular trayectorias y probabilidades la convertía en una jugadora de hockey de aire imbatible. Incluso Sho, con sus reflejos aumentados, tuvo problemas para seguir el disco cuando Lin lo golpeaba con la precisión de un rayo láser.

—¡Trampa! ¡Estás usando matemáticas prohibidas! —se quejó Sho, riendo mientras perdía por quinta vez consecutiva.

—Se llama física, Sho-kun —respondió ella, permitiéndose una risa cristalina que atrajo las miradas de media sala.

Mientras caminaban hacia la zona de comida, un pequeño ser de color verde y forma nebulosa comenzó a flotar alrededor de la cabeza de Lin.

—Oye, oye... esta energía es deliciosa —dijo la criatura, con una voz rasposa pero extrañamente carismática—. Shigeo, ¿de dónde sacaste a esta muñequita de porcelana? Huele a incienso caro y a poder de hace mil años.

Lin se tensó instintivamente, sus dedos trazando una runa de destierro en el aire, pero Mob puso una mano suave en su hombro.

—Tranquila, Lin-san. Es Hoyuelo. Es un espíritu, pero... es un amigo. Más o menos.

—¿Un espíritu de alto nivel actuando como mascota? —Lin relajó la mano, pero sus ojos evaluaron al espíritu con una frialdad analítica—. Tu estructura ectoplásmica es inestable, pero tu voluntad es fuerte. Interesante.

—¿Inestable yo? —Hoyuelo se infló, indignado—. ¡Soy un dios en potencia! Aunque debo admitir que estar cerca de ti me da escalofríos. Tienes esa mirada de "voy a sellarte en un frasco de mermelada si te portas mal".

—No es una mala idea —murmuró Ritsu con una sonrisa sarcástica.

La parada en el puesto de ramen fue el clímax de la tarde. Allí, sentado en una esquina mientras contaba billetes con una expresión de preocupación, estaba un hombre de cabello rubio oxigenado y un traje que le quedaba ligeramente grande.

—¡Maestro! —llamó Mob con entusiasmo.

Arataka Reigen levantó la vista y, por un segundo, su máscara de estafador profesional flaqueó al ver al grupo, específicamente a la joven que parecía emanar una luz propia.

—Ah, Mob, chicos... veo que han traído a una nueva... —Reigen se detuvo, sus instintos de "psíquico" (o más bien, de observador agudo) gritándole que la chica frente a él no era una estudiante cualquiera—. Una nueva cliente potencial, espero. Soy Arataka Reigen, la estrella en ascenso del mundo espiritual y dueño de la oficina de Consultas Espirituales.

Lin lo observó fijamente. Podía ver a través de las ilusiones más complejas, y lo que vio en Reigen fue fascinante: no había ni una gota de energía mágica o psíquica, pero su aura de confianza era tan densa que casi parecía un escudo.

—Es un placer, Reigen-san —dijo Lin, haciendo una reverencia perfecta—. He oído que es el mentor de Shigeo-kun. Si él confía en usted, debe poseer una sabiduría que los libros de magia no pueden explicar.

Reigen se infló de orgullo, aunque una gota de sudor frío bajó por su nuca. Sentía que esa chica podía leer su código penal solo con mirarlo.

—Exactamente. La sabiduría es mi mayor arma. Si alguna vez tienes problemas con... ya sabes, fantasmas de bajo presupuesto o maldiciones de oficina, mi tarifa para estudiantes es muy razonable.

La cena transcurrió entre risas y anécdotas. Lin escuchaba fascinada las historias de las batallas pasadas de Mob y sus amigos. Para ella, que había vivido entre pergaminos y profecías de fin del mundo, la idea de usar el poder para ayudar a alguien a confesar su amor o limpiar un parque era revolucionaria.

Al caer la noche, el grupo acompañó a Lin hasta la entrada del barrio residencial más exclusivo de la ciudad. Las calles aquí eran anchas, flanqueadas por muros altos y jardines que parecían sacados de un cuadro antiguo.

—Puedo seguir sola desde aquí —dijo Lin, deteniéndose frente a una puerta de hierro forjado con el emblema de una constelación olvidada—. Mi servidumbre se pondrá nerviosa si ven a tanta gente. Son un poco... protectores.

—Entendemos —dijo Ritsu—. Fue una buena tarde, Lin. Gracias por la ayuda en el Consejo esta semana.

—¡Mañana tenemos que intentar contactar con la estación espacial! —gritó Tome mientras Sho la arrastraba para que dejara de molestar.

Mob se quedó un momento atrás mientras los demás empezaban a alejarse.

—Lin-san —dijo en voz baja—, espero que hoy te hayas sentido un poco más... en la Tierra.

—Lo hice, Shigeo-kun. Gracias por invitarme a salir de mi órbita.

Lin entró en la propiedad, caminando por el sendero de gravilla blanca. Al llegar a la puerta principal de la mansión, el brillo carmesí de su collar volvió a pulsar, esta vez con una intensidad que le quemó la piel.

—Hana, prepara los círculos de protección en el sótano —ordenó Lin en cuanto cruzó el umbral, su voz recuperando el tono de autoridad de una archimaga—. Y dile a los guardias que no duerman esta noche.

—¿Siente algo, joven ama? —preguntó el mayordomo, apareciendo entre las sombras con una expresión sombría.

—El aire ha cambiado —respondió ella, mirando hacia el horizonte, donde las luces de la ciudad ocultaban las estrellas—. No son espíritus, ni psíquicos comunes. Es algo más... sistemático.

Mientras tanto, en un complejo industrial abandonado en las afueras de Ciudad Condimento, una pantalla gigante mostraba fotos borrosas de la salida de esa tarde. Había círculos rojos alrededor de Mob, Teruki y, especialmente, de Lin.

—Sujeto identificado —dijo una voz sintética, carente de cualquier emoción humana—. La energía detectada en la fémina no coincide con los parámetros de la telequinesis estándar. Es una anomalía de alta pureza.

—¿Procedemos con la captura de los psíquicos de la Secundaria Sal? —preguntó un hombre vestido con un uniforme gris metálico, cuya frente estaba marcada con un código de barras tatuado.

—No —respondió una figura sentada en las sombras, cuya mano sostenía un dispositivo que emitía una frecuencia capaz de hacer vibrar los átomos—. Primero, aislaremos a la anomalía. Si ella es lo que los textos antiguos sugieren, su poder es la llave para estabilizar el Proyecto Eclíptica. Garra fue una banda de aficionados con delirios de grandeza. Nosotros somos la evolución.

La figura presionó un botón y la imagen de Lin curando al pájaro en el patio de la escuela se congeló en la pantalla.

—Mañana —dijo el líder de la organización desconocida—, la última archimaga descubrirá que, en este mundo, incluso las estrellas pueden ser enjauladas.

Ajena a los ojos tecnológicos que la acechaban, Lin se encontraba en su balcón, observando el cielo con su telescopio. Había disfrutado de su día de normalidad, pero en el fondo de su corazón, sabía que la paz era solo el silencio que precede a la supernova. Ciudad Condimento no solo era un hogar para los psíquicos; se estaba convirtiendo en el tablero de ajedrez de una guerra que ella, por mucho que lo deseara, no podría evitar.