Makima's Ass-istant [GTS/SSBBW
La Dieta del Diablo
El silencio que siguió al crujido del metal fue roto únicamente por los hipos entrecortados de Kobeni. Allí, en el asfalto agrietado del estacionamiento del almacén, los restos de su preciado Beetle amarillo parecían una lata de refresco pisoteada por un gigante. Las ruedas, antes redondas y funcionales, ahora apuntaban en ángulos imposibles, y el techo se había hundido hasta besar el chasis bajo la presión de las nalgas de Makima.
— Mi... mi coche... —sollozó Kobeni, cubriéndose la cara con sus manos temblorosas—. Mis ahorros... mis propinas... todavía debía tres cuotas...
Makima, que ahora se alzaba como una torre de carne y autoridad, ni siquiera se inmutó. Su uniforme, una maravilla de la ingeniería textil con más costuras de refuerzo que una carpa de circo, crujió cuando intentó enderezarse. Cada movimiento de sus caderas desplazaba una masa de grasa tan densa que el aire alrededor de ella parecía calentarse.
— No llores, Kobeni —dijo Makima, y su voz, aunque suave, resonó en el pecho de la chica como un tambor—. Un coche que no puede soportar el peso de su dueña no es un coche, es un juguete. Te he hecho un favor al exponer su debilidad. Ahora, levántate. Tenemos que entrar. El catering llegará en cinco minutos y no toleraré que la comida se enfríe mientras tú haces un espectáculo en el suelo.
Kobeni se levantó, limpiándose las lágrimas con las mangas de su uniforme, que ya le quedaba grande debido al estrés que la estaba consumiendo. Miró hacia arriba, y por un momento, el sol fue eclipsado por la silueta de su jefa. Makima no solo estaba más gorda; parecía estar expandiéndose para llenar el vacío de poder de la Seguridad Pública. Sus muslos eran ahora tan anchos como troncos de secuoya, y su vientre, una colina de curvas suaves pero implacables, dictaba el ritmo de su marcha.
— Sí, señorita Makima... —susurró Kobeni, siguiéndola como una sombra asustadiza hacia las profundidades del almacén.
El interior del edificio había sido transformado. Ya no era un depósito de suministros, sino un templo dedicado al consumo. En el centro, una mesa de acero reforzado, diseñada originalmente para sostener motores de camiones, servía como escritorio de Makima. A su alrededor, montones de cajas de envío vacías daban testimonio de su apetito insaciable.
— Siéntate, Kobeni —ordenó Makima, señalando un pequeño taburete de madera que parecía ridículamente frágil en comparación con el trono de hormigón que ella misma ocupaba.
Kobeni obedeció, manteniendo las manos sobre sus rodillas. El ambiente en el almacén era pesado, cargado con el olor a ozono, grasa de hamburguesa y ese perfume floral embriagador que Makima siempre usaba, y que ahora parecía emanar de sus poros con mayor intensidad.
— He estado pensando —comenzó Makima, mientras sus dedos, ahora notablemente más rechonchos pero aún elegantes, tamborileaban sobre la mesa—. Mi crecimiento no es un accidente. Es una manifestación de mi control. Cuanto más grande soy, más espacio ocupo en el mundo. Y cuanto más espacio ocupo, menos lugar hay para el caos.
Kobeni tragó saliva. No entendía de filosofía, solo entendía que cada vez que Makima hablaba de "control", alguien terminaba aplastado.
— ¿Y... y cuánto más planea... ocupar, señorita Makima? —preguntó con voz pequeña.
Makima sonrió, y sus ojos dorados brillaron con una luz depredadora. Sus mejillas, llenas y rosadas, se elevaron, ocultando casi por completo la estructura ósea de su rostro.
— Todo el que sea necesario. Pero para eso, necesito que seas eficiente. El incidente del coche ha retrasado mi horario de ingesta calórica. Como castigo, hoy no almorzarás.
— ¡¿Qué?! —chilló Kobeni, su estómago rugiendo en protesta—. ¡Pero si solo desayuné un trozo de pan seco!
— El hambre agudiza los sentidos, Kobeni. Y necesito que tus sentidos estén alerta para lo que viene.
En ese momento, las grandes puertas del almacén se abrieron de par en par. Un convoy de furgonetas de reparto entró, formando un semicírculo frente al escritorio de Makima. Repartidores sudorosos comenzaron a bajar cajas térmicas, apilándolas con una velocidad frenética. El olor a pizza, pollo frito, ramen y pasteles de crema inundó el lugar.
— Empieza —dijo Makima, recostándose en su asiento de hormigón. El movimiento hizo que su vientre se desbordara sobre sus muslos, creando una cascada de curvas que Kobeni tuvo que procesar visualmente durante varios segundos—. Sírveme. Y recuerda: si una sola pieza de pollo llega a mi boca a menos de sesenta grados, consideraré que tu contrato ha terminado.
Kobeni se puso a trabajar. Era un torbellino de pánico y eficiencia. Abría cajas, organizaba cubiertos, vertía salsas y servía porciones que habrían alimentado a una familia de diez personas en un solo plato. Makima comía con una parsimonia aterradora. No engullía como un animal; masticaba cada bocado con una elegancia mecánica, su mandíbula moviéndose rítmicamente mientras su cuerpo parecía absorber la energía de la comida de forma instantánea.
— Más —decía Makima cada vez que un plato quedaba limpio en cuestión de segundos.
Kobeni corría de un lado a otro, esquivando las enormes piernas de su jefa, que bloqueaban el paso como barricadas de carne. En un momento dado, Kobeni tropezó con un cable y estuvo a punto de caer de bruces contra el abdomen de Makima. Se detuvo a milímetros de distancia, sintiendo el calor irradiando de ese muro de grasa.
— Cuidado, Kobeni —murmuró Makima, sin dejar de mirar un informe que sostenía en la otra mano—. Si caes ahí, dudo que pueda encontrarte antes de la cena.
— ¡Lo siento! ¡Lo siento mucho! —gritó Kobeni, recuperando el equilibrio y volviendo a las cajas de pizza.
A medida que pasaban las horas, el volumen de Makima parecía aumentar ante los ojos de Kobeni. No era una ilusión óptica; su ropa se tensaba hasta el punto de que los botones de su camisa amenazaban con convertirse en proyectiles letales. Su respiración se volvió más pesada, un silbido rítmico que llenaba el almacén silencioso.
— Kobeni —dijo Makima de repente, dejando a un lado un hueso de costilla perfectamente limpio—. Acércate.
La asistente caminó hacia ella, temblando. Makima extendió una mano y rodeó la muñeca de Kobeni. Sus dedos eran cálidos, casi ardientes.
— ¿Sientes esto? —preguntó Makima, guiando la mano de Kobeni hacia su propio costado, donde la carne se desbordaba por encima de la cintura de sus pantalones—. Es el peso de la paz. Cada kilo que gano es un demonio que deja de existir, una voluntad que se somete.
Kobeni sintió la suavidad extrema de la piel de Makima, pero debajo de esa grasa había una firmeza sobrenatural. Era como tocar un planeta.
— Es... es muy... impresionante, señorita Makima —balbuceó Kobeni, intentando retirar su mano sin éxito.
— Estás asustada. Lo huelo —dijo Makima, soltándola finalmente—. Pero no deberías estarlo. Mientras seas útil, estarás bajo mi protección. Y hablando de utilidad... necesito que vayas a la sección de logística. He pedido una nueva cama.
— ¿Una cama? —preguntó Kobeni—. ¿Para el almacén?
— No es una cama convencional. Es una plataforma reforzada de grado industrial. Los ingenieros dicen que puede soportar diez toneladas. Quiero que supervises la instalación. Y Kobeni...
— ¿Sí?
— Asegúrate de que los bordes estén acolchados. No quiero que nada interrumpa mi descanso. Mañana tengo una reunión con el Primer Ministro y planeo estar en mi forma más... expansiva.
Kobeni asintió y salió corriendo hacia la otra sección del almacén, agradecida por el aire fresco, aunque fuera el aire viciado de un edificio industrial. Mientras caminaba, escuchó un sonido metálico detrás de ella. Se giró y vio que Makima se estaba poniendo de pie.
El esfuerzo fue monumental. El suelo de hormigón crujió bajo sus pies. Sus caderas golpearon los bordes de la mesa de acero, desplazándola varios centímetros como si fuera un mueble de plástico. Makima se irguió, su cabeza casi tocando las vigas del techo, una visión de poder absoluto y consumo desenfrenado.
— Dios mío... —susurró Kobeni para sí misma—. Si sigue creciendo así, no va a necesitar a la Seguridad Pública. Se va a comer el mundo entero.
La instalación de la "cama" fue una pesadilla. Los trabajadores miraban a Kobeni con lástima mientras ella les gritaba órdenes, tratando de ocultar su propio terror. Cuando finalmente terminaron, la plataforma parecía más un helipuerto que un mueble de dormitorio.
Al caer la noche, Makima se dirigió hacia su nuevo lugar de descanso. Cada paso era un pequeño terremoto. Kobeni caminaba delante de ella, retirando cualquier obstáculo, sintiendo el viento que desplazaba el cuerpo de su jefa al moverse.
— Kobeni —dijo Makima una vez que logró acomodarse en la plataforma, la cual gimió pero resistió—. Tengo sed. Trae el tanque de batido de chocolate que pedí. El de cien litros.
— ¡¿Cien litros?! —Kobeni casi se desmaya—. ¡Señorita Makima, eso es... es demasiado! ¡Le va a dar un colapso!
Makima la miró con esos ojos que no conocían el cansancio ni la piedad.
— Mi cuerpo no conoce los límites humanos, Kobeni. Trae el tanque. Y luego, quiero que te quedes aquí.
— ¿Aquí? ¿En el almacén?
— Sí. El sonido de tus sollozos me ayuda a dormir. Es un recordatorio de que el mundo sigue siendo tan frágil como siempre, mientras yo me vuelvo más sólida.
Kobeni no tuvo fuerzas para protestar. Arrastró el tanque de batido con una carretilla elevadora y colocó la manguera cerca de la mano de Makima. Luego, se sentó en un rincón, abrazando sus rodillas, viendo cómo la mujer más poderosa del mundo se convertía en una montaña de carne bajo las luces fluorescentes.
— Mañana será peor —se dijo Kobeni, mientras las primeras lágrimas del turno de noche empezaban a caer—. Mañana será mucho, mucho más grande.
Y en la oscuridad del almacén, el único sonido era el rítmico sorber de Makima y los crujidos de la estructura del edificio, que intentaba desesperadamente mantenerse en pie bajo el peso de su nueva reina.