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Makima's Ass-istant [GTS/SSBBW

La Arquitectura del Hambre

El almacén no era solo un refugio; se había convertido en un ecosistema. El aire allí dentro era denso, saturado por el calor corporal de una mujer que ya no cabía en los estándares de la biología humana. Kobeni Higashiyama se despertó con el sonido de un trueno, pero no venía del cielo. Era el sonido de Makima dándose la vuelta en su plataforma reforzada. El metal chirrió, un lamento agudo que resonó en las vigas del techo, y Kobeni sintió cómo el suelo vibraba bajo su delgado cuerpo, desplazándola unos centímetros de su rincón.

— Kobeni.

La voz de Makima ya no era la de una mujer de oficina. Era un estruendo profundo, una vibración que parecía nacer de las profundidades de una montaña de carne. Kobeni se puso en pie de un salto, con el corazón martilleando contra sus costillas. Sus ojos, enrojecidos por la falta de sueño y las lágrimas secas, buscaron a su jefa en la penumbra iluminada por unas pocas luces de emergencia.

— ¡S-sí, señorita Makima! ¡Aquí estoy! —gritó Kobeni, corriendo hacia la plataforma central.

Lo que vio la dejó sin aliento. Makima ya no era simplemente una mujer extremadamente obesa; era una presencia geográfica. Su cabello pelirrojo se derramaba sobre la almohada industrial como un río de sangre, y su rostro, aunque todavía poseía esa belleza aterradora y simétrica, estaba enmarcado por capas de papada que se fundían con sus hombros. Sus brazos, del grosor de columnas de mármol, descansaban a sus costados, y su vientre... el vientre de Makima era una cúpula que se elevaba varios metros, rítmica, imparable, una masa de poder blanco y rosado que parecía tener su propia gravedad.

— Tengo hambre, Kobeni —dijo Makima. Sus ojos dorados, fijos en el techo, no parpadearon—. El tanque de batido está vacío. Siento un vacío que las máquinas no pueden llenar.

Kobeni miró el medidor del tanque de cien litros. Estaba en cero.

— P-pero... ¡se lo terminó hace apenas tres horas! —exclamó Kobeni, retorciéndose las manos—. Los repartidores no llegan hasta las seis de la mañana. ¡Todavía falta una hora!

Makima giró la cabeza lentamente. El movimiento hizo que la grasa de su cuello se plegara con un sonido húmedo, un roce de piel contra piel que erizó los vellos de la nuca de Kobeni.

— No me importa el tiempo, Kobeni. El tiempo es una construcción para aquellos que no tienen el poder de devorarlo. Si los repartidores no están aquí, ve a buscarlos. O mejor aún... ve a la cocina de la División 4. Sé que guardan suministros de emergencia para asedios. Tráelos todos.

— ¡Eso está al otro lado de la ciudad! —sollozó Kobeni, cayendo de rodillas—. ¡Y ya no tengo coche! ¡Usted lo convirtió en una tortilla de metal ayer!

Makima guardó silencio. El almacén parecía contener la respiración junto a ella. De repente, una de sus manos gigantescas se movió, alcanzando el borde de la plataforma. Con un esfuerzo que hizo que los pernos del suelo saltaran como tapones de champán, Makima se incorporó parcialmente. La visión era dantesca: pliegues sobre pliegues de carne soberana se reorganizaron mientras ella se sentaba. Sus pechos, ahora inmensos y pesados, descansaban sobre la curvatura superior de su estómago, y sus caderas se desbordaban por los lados de la plataforma de diez toneladas como lava enfriándose.

— Entonces camina, Kobeni —murmuró Makima, y por primera vez, hubo un rastro de algo parecido a la impaciencia en su tono—. O quizás... quizás debería buscar una asistente más rápida. Una que no llore por un pedazo de chatarra amarilla.

— ¡No! ¡Iré! ¡Iré ahora mismo! —chilló Kobeni, levantándose con una agilidad nacida del terror puro.

Corrió hacia la salida, pero antes de llegar a las puertas dobles, estas se abrieron con un estruendo. No eran los repartidores habituales. Eran agentes de la División 4, cargando cajas de madera reforzada. Detrás de ellos, un camión de transporte pesado retrocedía hacia el interior del almacén.

— Ah, puntualidad —dijo Makima, cuya voz ahora llenaba cada rincón del espacio—. Justo cuando empezaba a considerar el sabor de mi propia asistente.

Kobeni se pegó a la pared, viendo cómo los agentes, hombres curtidos en mil batallas contra demonios, palidecían al ver el estado actual de su líder. No era solo el tamaño; era la autoridad física que emanaba de ella. Makima no estaba simplemente gorda; estaba "ocupando" la realidad.

— Dejen las cajas cerca de la plataforma —ordenó Makima—. Kobeni, encárgate de abrirlas. Son raciones concentradas. Demonios de clase baja procesados para el consumo de alto rendimiento.

Kobeni, con las manos temblando tanto que apenas podía sostener el abridor de cajas, comenzó a trabajar. El contenido de las cajas era extraño: bloques de una sustancia densa, oscura, que olía a hierro y especias fuertes. Al contacto con el aire, los bloques parecían latir levemente.

— ¿Esto es... carne de demonio? —preguntó Kobeni, sintiendo náuseas.

— Es eficiencia, Kobeni —respondió Makima, tomando uno de los bloques con dos dedos y llevándoselo a la boca. Lo masticó con una determinación gélida—. La humanidad gasta demasiada energía en el sabor. Yo necesito masa. Necesito ser lo suficientemente grande para que, cuando el Demonio Motosierra regrese, no encuentre un mundo donde esconderse, sino solo a mí.

Kobeni servía bloque tras bloque. Makima comía sin detenerse, y con cada bocado, parecía que su volumen aumentaba en tiempo real. Sus muslos se ensancharon hasta que la plataforma comenzó a doblarse en el centro. El sonido del metal cediendo era constante, una sinfonía de destrucción arquitectónica.

— Señorita Makima... la plataforma... ¡se va a romper! —advirtió Kobeni, retrocediendo mientras una de las patas de acero se hundía en el hormigón del suelo.

— Que se rompa —dijo Makima, tragando el último bloque de la primera caja—. El suelo es más estable. El mundo entero es mi silla, Kobeni. ¿No lo entiendes?

Con un estruendo final, la plataforma de diez toneladas colapsó. Makima no gritó; simplemente se asentó en el suelo del almacén. El impacto fue tal que varias ventanas de la parte superior del edificio estallaron. Ahora, sentada directamente sobre el hormigón, Makima parecía una montaña sagrada. Su vientre se extendió hacia adelante, cubriendo varios metros de suelo, y sus caderas se expandieron hasta tocar las paredes laterales del almacén.

— Mucho mejor —suspiró ella, y el aire que expulsó fue como un vendaval que casi derriba a Kobeni—. Ahora, el siguiente camión.

— ¿El siguiente? —Kobeni miró hacia afuera. Había una fila de camiones esperando—. ¡Señorita Makima, va a reventar! ¡Nadie puede comer tanto!

Makima bajó la mirada hacia la pequeña chica. Sus ojos dorados eran ahora dos faros de una voluntad inquebrantable.

— Kobeni, ¿alguna vez has visto a un demonio morir de hambre? No. Ellos consumen para existir. Yo consumo para gobernar. Trae... más.

Las horas siguientes fueron un borrón de agonía física para Kobeni. Cargó cajas, vertió galones de agua purificada para que Makima pudiera tragar la carne densa, y limpió el sudor que brotaba de los pliegues infinitos de la mujer. Makima ya no se movía. No era necesario. Era el centro de gravedad del lugar. Los agentes de la División 4 entraban y salían, trayendo informes que leían en voz alta, ya que Makima no podía sostener papeles sin que se perdieran entre sus dedos.

— El Demonio Pistola ha sido avistado en la costa —leyó un agente, cuya voz temblaba—. Los Estados Unidos han hecho su movimiento.

Makima soltó una carcajada profunda, una risa que hizo que la grasa de su pecho oscilara violentamente.

— Que vengan —dijo ella—. Que disparen todas sus balas. Tengo suficiente masa para absorber cada proyectil y seguir pidiendo el postre. Kobeni, los pasteles.

Kobeni trajo una bandeja con cincuenta pasteles de crema. Estaba tan cansada que sus movimientos eran mecánicos. Sus pies estaban ampollados y su espalda le dolía de una manera que le recordaba a la semana que pasó siendo una silla humana.

— Aquí tiene... —susurró Kobeni, dejando la bandeja sobre el único espacio libre cerca de la mano de Makima.

Makima tomó un pastel y, por un momento, se detuvo. Miró a Kobeni con una curiosidad casi humana.

— Te ves terrible, Kobeni —dijo ella—. Estás perdiendo peso. Tu cara está hundida. No es estético tener una asistente que parece un cadáver viviente.

— Es que... no he comido nada en veinticuatro horas, señorita Makima —respondió Kobeni con un hilo de voz—. Y el estrés... el estrés me está matando.

Makima extendió un dedo, una masa de carne del tamaño de un brazo humano, y acarició la mejilla de Kobeni. El gesto fue extrañamente tierno, pero imbuido de una amenaza implícita.

— No mueras todavía, pequeña Kobeni. Todavía necesito que alguien sea testigo de mi ascenso. Come esto.

Makima le ofreció uno de los pasteles de crema. Kobeni lo miró con desconfianza, pero el hambre fue superior a su miedo. Lo tomó y lo devoró en dos bocados. Era el sabor más dulce que había probado en su vida, pero también sabía a sumisión.

— Gracias... —dijo Kobeni, bajando la cabeza.

— De nada. Ahora, vuelve al trabajo. He pedido que traigan la producción entera de una fábrica de chocolates cercana. Quiero que instalen una tubería directamente desde sus cubas hasta aquí. No quiero esperar a que los camiones descarguen.

Kobeni asintió. La logística de alimentar a Makima se estaba volviendo un proyecto de ingeniería nacional. Durante los siguientes tres días, el almacén se llenó de tuberías, cables y maquinaria. Makima seguía creciendo. Ya no era posible ver el suelo debajo de ella; era un mar de uniforme negro y carne blanca. Sus caderas habían empezado a presionar contra las vigas de soporte del almacén, y el techo parecía cada vez más bajo.

— Señorita Makima —dijo Kobeni una tarde, mientras ajustaba una de las válvulas de chocolate—, los ingenieros dicen que la estructura del edificio está llegando a su límite. Si usted... si usted sigue aumentando, el techo se va a caer sobre nosotros.

Makima abrió los ojos. Estaba en un estado de semi-trance, disfrutando del flujo constante de azúcar y demonios procesados.

— Entonces que caiga, Kobeni. El cielo es el único techo que merezco.

En ese momento, un estruendo metálico desgarró el aire. Una de las vigas maestras se dobló bajo la presión de la espalda de Makima. El almacén entero gimió. Los agentes que estaban allí salieron huyendo, dejando a Kobeni sola con la masa colosal que era su jefa.

— ¡Señorita Makima! ¡Tenemos que salir! —gritó Kobeni, intentando tirar del brazo de Makima, lo cual era como intentar mover una montaña con un hilo dental.

— No me moveré —dijo Makima. Su voz era ahora tan baja que parecía un terremoto—. Soy el centro del mundo, Kobeni. Si el edificio cae, es porque el edificio ha fallado en contenerme, no porque yo haya fallado en mi propósito.

— ¡Pero vamos a morir! —chilló Kobeni, rompiendo a llorar—. ¡Yo voy a morir! ¡Usted es demasiado grande para que yo pueda sacarla!

Makima sonrió. Fue una sonrisa lenta, llena de una satisfacción oscura.

— No morirás, Kobeni. Estás demasiado cerca de mí. La gravedad de mi ser te mantendrá a salvo.

Con un crujido final, el techo del almacén cedió. Toneladas de acero y hormigón cayeron sobre ellas. Kobeni cerró los ojos, esperando el impacto final, el final de su miserable y estresante vida. Pero el golpe nunca llegó.

Cuando abrió los ojos, estaba en una especie de cueva de carne. Makima había arqueado su espalda, usando su propia masa y su fuerza sobrenatural para sostener los escombros del techo. El hormigón estaba incrustado en su espalda, pero ella ni siquiera sangraba. Su vientre, inmenso y protector, creaba un espacio seguro para Kobeni.

— Te lo dije —susurró Makima—. Nada puede aplastarme. Yo soy la que aplasta.

Kobeni miró a su alrededor. Estaban rodeadas de ruinas, pero Makima seguía allí, una montaña de carne triunfante entre los escombros. A través de un hueco en el techo caído, la luz de la luna iluminaba su rostro gigantesco.

— Señorita Makima... ¿qué vamos a hacer ahora? —preguntó Kobeni, exhausta.

— Lo que siempre hacemos, Kobeni —respondió ella, mientras la tubería de chocolate, milagrosamente intacta, seguía vertiendo su contenido en su boca—. Vamos a esperar al desayuno. Y esta vez, asegúrate de que los pasteles tengan más crema. El esfuerzo de sostener un edificio me ha dejado... un poco vacía.

Kobeni se sentó contra el muslo de Makima, que era tan cálido como una estufa industrial. Ya no tenía miedo, o quizás, el miedo se había convertido en una parte tan integral de su ser que ya no podía distinguirlo de la respiración. Se quedó dormida bajo la sombra de la mujer que se estaba comiendo el mundo, sabiendo que, al día siguiente, tendría que encontrar una carretilla más grande. Porque Makima no se detendría hasta que no quedara nada más que devorar, y Kobeni, por alguna razón del destino, sería la encargada de servirle el último bocado.