Mariposas bajo la Lluvia
El Frágil Equilibrio de las Glicinas
La noche había caído por completo sobre la Finca Mariposa, pero Shinobu Kocho no podía conciliar el sueño. Se encontraba en su oficina, rodeada de frascos de veneno, notas sobre anatomía demoníaca y el suave aroma del té que ya se había enfriado. Sus dedos jugueteaban con la pluma, pero no había escrito una sola palabra en el informe de la misión de Giyu en la última hora.
Cada vez que cerraba los ojos, veía la imagen de Tomioka sentado en aquel futón, con la piel pálida contrastando con el rojo vivo de sus heridas. La imagen de su sangre en las manos de ella no se borraba con agua y jabón; parecía haberse filtrado por sus poros, instalándose en su pecho como una presión constante.
— Es un idiota —susurró para sí misma, dejando caer la pluma sobre el escritorio—. Un idiota obstinado que no sabe cuándo detenerse.
Se levantó y caminó hacia la ventana. El jardín estaba bañado por la luz de una luna plateada. Las glicinas, que servían de barrera contra los demonios, se mecían con una elegancia que Shinobu envidiaba. Ellas no tenían que fingir. Ellas simplemente existían, hermosas y letales.
Un ruido sordo, como el de algo cayendo al suelo, rompió el silencio del ala médica. Shinobu se puso tensa al instante. Sus instintos de cazadora se activaron, pero su corazón de médica fue el que dictó sus movimientos. Sabía perfectamente de dónde venía el sonido.
Corrió por los pasillos de madera, sus pasos apenas produciendo un roce imperceptible. Al llegar a la habitación de Giyu, deslizó la puerta con urgencia.
— ¡Tomioka-san! ¿Qué crees que estás...?
Se detuvo en seco. Giyu estaba en el suelo, a medio camino entre el futón y la puerta. Intentaba apoyarse en sus brazos, pero el temblor en sus hombros delataba su debilidad. El vendaje del costado comenzaba a mostrar una mancha rosada; el esfuerzo había reabierto uno de los puntos.
— Necesitaba... agua —dijo él, su voz apenas un hilo ronco.
Shinobu sintió que la furia regresaba, pero esta vez venía acompañada de una punzada de lástima que odiaba sentir. Se acercó a él y, sin decir palabra, pasó el brazo de Giyu sobre sus hombros para ayudarlo a levantarse. El contacto físico fue eléctrico. Podía sentir el calor febril de su piel y la dureza de sus músculos, incluso en ese estado de agotamiento.
— Tienes una campana al lado de la cama para llamar a las asistentes, Tomioka-san —dijo ella, su voz recuperando ese tono de amabilidad forzada que usaba como escudo—. ¿O es que tu orgullo de Pilar es tan grande que no puede pedir un poco de agua?
— No quería molestar —respondió él mientras ella lo depositaba con cuidado, casi con excesiva delicadeza, de vuelta en el futón.
— Molestas más cuando te desangras en el suelo y tengo que limpiar la madera —replicó Shinobu, dándose la vuelta para servirle un vaso de agua de la jarra que, irónicamente, estaba sobre la mesa auxiliar que él no había alcanzado.
Le entregó el vaso y se quedó de pie, observándolo mientras bebía. Giyu lo hizo con avidez, y Shinobu notó cómo su garganta se movía al tragar. Había algo profundamente vulnerable en verlo así. El gran Pilar del Agua, el hombre que parecía una montaña inamovible, estaba reducido a un hombre que apenas podía sostener un vaso de cristal.
— Gracias —dijo Giyu, devolviéndole el vaso. Sus ojos se encontraron con los de ella, y Shinobu no pudo apartar la mirada.
— ¿Por qué lo haces, Giyu? —La pregunta salió de sus labios antes de que pudiera filtrarla. Ya no había ironía en su voz, solo una curiosidad dolorosa.
Giyu se recostó contra la pared, cerrando los ojos por un momento.
— ¿Hacer qué?
— Tratarte como si fueras prescindible. Lo de hoy... esos cien demonios. Sabías que no saldrías ileso. Sabías que podrías haber muerto allí mismo y a nadie le habrían entregado más que un haori roto.
Giyu guardó silencio. El aire en la habitación se volvió pesado. Shinobu se sentó en el borde del futón, una proximidad que en cualquier otra circunstancia habría sido inapropiada, pero que ahora se sentía necesaria.
— No soy como tú, Shinobu —dijo él finalmente, usando también su nombre de pila, lo que hizo que el corazón de la joven diera un vuelco—. Tú tienes un propósito. Quieres curar, quieres encontrar una forma de que los humanos y los demonios coexistan, aunque sea un sueño difícil. Llevas el legado de tu hermana con una gracia que yo nunca tendré.
— No te atrevas a decir eso —siseó ella, apretando los puños sobre su regazo—. Tú también llevas un legado. Tu haori...
— Mi haori es un recordatorio de mi cobardía —la interrumpió Giyu, y por primera vez, hubo una grieta de emoción real en su voz—. No debería estar aquí. Sabito debería estar aquí. Mi hermana debería estar aquí. Yo solo soy el resto que quedó después de la tormenta. Si muero protegiendo a otros, al menos habré dado un uso útil a una vida que no me pertenece.
Shinobu sintió que un frío glacial la recorría. Así que era eso. No era solo imprudencia; era una culpa devoradora que lo consumía desde adentro. Era un deseo inconsciente de castigo.
— Eres un tonto —dijo ella, y esta vez sus ojos se llenaron de lágrimas que se negó a dejar caer—. Eres el hombre más tonto que he conocido en toda mi vida.
Giyu la miró, sorprendido por la vehemencia de sus palabras.
— ¿Crees que eres el único que carga con muertos? —continuó Shinobu, su voz temblando de rabia contenida—. Cada vez que cierro los ojos, escucho los gritos de mi hermana. Veo sus ojos perdiendo la luz. Cada medicina que invento, cada veneno que perfecciono, es un intento desesperado por llenar el vacío que ella dejó. Pero jamás, ni por un segundo, he pensado que mi vida vale menos porque ella se fue.
Se inclinó hacia él, acortando la distancia hasta que sus rostros estuvieron a escasos centímetros.
— Si mueres, Giyu, no estarás honrando a Sabito ni a tu hermana. Solo estarás añadiendo más dolor a este mundo. Me estarás dejando a mí... —se detuvo, tragando saliva— con otra tumba que visitar. ¿Realmente quieres eso? ¿Quieres ser otro fantasma que me persiga en mis pesadillas?
Giyu se quedó sin palabras. Nunca nadie le había hablado así. Siempre había asumido que su existencia era una carga, un espacio ocupado por error. Ver el dolor crudo en los ojos de Shinobu, un dolor causado directamente por su desprecio hacia sí mismo, fue como recibir un impacto en el pecho.
— No quería... —empezó a decir, pero su voz falló.
— No me importa lo que querías —dijo ella, limpiándose con brusquedad una lágrima que había logrado escapar—. Me importa lo que haces. Y lo que haces es lastimar a la gente que, por alguna razón estúpida, ha decidido que le importas.
Shinobu se levantó, intentando recuperar su máscara de frialdad, pero Giyu fue más rápido. Su mano, todavía caliente por la fiebre, rodeó la muñeca de ella. No era un agarre fuerte, pero era firme, una súplica silenciosa.
— Quédate —pidió él en un susurro—. Por favor.
Shinobu se congeló. El "por favor" de Giyu Tomioka era algo que nunca pensó escuchar. Era una rendición total. Lentamente, volvió a sentarse, pero esta vez no en el borde, sino más cerca de él.
— Solo hasta que te duermas —condicionó ella, aunque ambos sabían que se quedaría más tiempo—. Tienes que descansar. Tu cuerpo no es de hierro, aunque tu cabeza sea tan dura como el diamante.
Giyu asintió levemente y se acomodó en el futón. Shinobu comenzó a revisar sus vendajes nuevamente, esta vez con una suavidad que parecía una caricia. Sus dedos rozaban la piel de Giyu con una atención meticulosa, asegurándose de que la herida del costado no necesitara más puntos.
— Shinobu —murmuró él, con los ojos ya entrecerrados por el cansancio y el efecto de las medicinas que ella le había dado antes.
— ¿Qué pasa ahora, Tomioka-san? —respondió ella, volviendo al uso de los honoríficos, aunque su tono era dulce.
— Tenías razón.
— Siempre la tengo. ¿Sobre qué específicamente?
— Sobre que tengo una amiga.
Shinobu se detuvo un momento, su mano descansando sobre el pecho de él, justo encima de su corazón. Podía sentir el latido rítmico, constante, una prueba de que seguía allí, con ella.
— Duérmete de una vez, Tomioka-san —dijo ella, esbozando una sonrisa que, por primera vez en años, llegaba hasta sus ojos—. O tendré que darte una medicina que te haga dormir por tres días seguidos.
Giyu soltó un suspiro largo y, finalmente, sus músculos se relajaron. Su respiración se volvió profunda y regular. Se había quedado dormido.
Shinobu no se movió. Se quedó allí, en la penumbra, observando el rostro de Giyu. Sin la severidad de su mirada despierta, parecía más joven, casi en paz. Extendió una mano y, con una delicadeza infinita, apartó un mechón de cabello negro que caía sobre su frente.
— Eres un caso perdido —susurró para el silencio de la habitación—. Pero supongo que yo también lo soy por no poder dejarte ir.
Se acomodó al lado del futón, apoyando la espalda contra la pared. No volvería a su oficina esa noche. El informe podía esperar. Los venenos podían esperar. El mundo exterior, con sus demonios y sus lunas sangrientas, podía esperar unas horas más.
En ese pequeño rincón de la Finca Mariposa, el tiempo parecía haberse detenido. El aroma de las glicinas se filtraba por la ventana abierta, mezclándose con el olor a hierbas medicinales y la presencia tranquila de los dos pilares.
Shinobu cerró los ojos y, por primera vez en mucho tiempo, el eco de los gritos de su hermana fue reemplazado por el sonido tranquilo de la respiración de Giyu. Era un equilibrio frágil, una tregua en medio de una guerra eterna, pero era suficiente.
A la mañana siguiente, cuando las primeras luces del alba comenzaron a teñir de rosa el cielo, Aoi entró silenciosamente en la habitación para revisar al paciente. Se detuvo en la entrada, con los ojos muy abiertos por la sorpresa.
Giyu seguía durmiendo, pero Shinobu se había quedado dormida sentada a su lado, con la cabeza apoyada en el borde del futón y una de sus manos todavía descansando cerca de la de él. La luz del sol hacía brillar el haori de mariposa, y por un momento, la joven enfermera pensó que nunca había visto a su maestra lucir tan tranquila.
Aoi sonrió para sí misma y retrocedió sin hacer ruido, cerrando la puerta con cuidado. Había heridas que no se curaban con ungüentos, y parecía que, finalmente, esos dos habían empezado a encontrar la medicina adecuada el uno en el otro.
Afuera, las glicinas seguían bailando con el viento, custodiando aquel momento de paz que tanto les había costado alcanzar. La furia de Shinobu se había transformado en algo más profundo, algo que no tenía nombre pero que pesaba tanto como su espada. Y Giyu, en su sueño profundo, ya no corría tras fantasmas, sino que se aferraba, aunque fuera inconscientemente, a la mano que lo había traído de vuelta de la oscuridad.