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Mariposas bajo la Lluvia

El Murmullo de las Alas en la Tormenta

El ambiente en la sede del Cuerpo de Cazadores de Demonios era inusualmente pesado. El aire, que normalmente olía a pino y tierra húmeda, parecía cargado de una electricidad estática que erizaba la piel de cualquiera que se acercara al jardín de la residencia de Ubuyashiki. No era para menos. La muerte de Kyojuro Rengoku aún era una herida abierta en el corazón de la cofradía, una llama que se había extinguido dejando un vacío gélido. A eso se sumaba el retiro forzoso de Tengen Uzui tras la batalla en el Distrito Rojo. Los Pilares, los pilares que sostenían la esperanza de la humanidad, se estaban desmoronando uno a uno.

Shinobu Kocho caminaba por el pasillo de madera pulida, con su haori de mariposa ondeando suavemente tras ella. Exteriormente, su expresión era la misma de siempre: una sonrisa plácida, ojos entornados con una amabilidad que parecía infinita y un paso ligero que no emitía sonido. Sin embargo, por dentro, su mente era un hervidero de cálculos químicos y preocupaciones punzantes.

Sus ojos se desviaron hacia la figura que caminaba unos pasos por delante de ella. Giyu Tomioka.

Se había recuperado. O, al menos, físicamente lo parecía. Sus heridas habían cerrado bajo el cuidado meticuloso de Shinobu, dejando nuevas cicatrices que se sumaban al mapa de dolor que era su cuerpo. Caminaba con esa rectitud estoica, con la mano izquierda descansando sobre el pomo de su nichirin, ajeno —en apariencia— a la mirada intensa que ella le clavaba en la nuca.

— Te ves muy concentrado, Tomioka-san —dijo Shinobu, rompiendo el silencio con su voz melodiosa—. ¿Estás practicando cómo ser aún más aburrido para la reunión de hoy o simplemente olvidaste cómo saludar?

Giyu se detuvo y giró levemente la cabeza. Sus ojos azules eran como dos pozos de agua profunda en los que era imposible leer nada claro.

— Hola, Kocho —respondió él con su brevedad habitual.

— Vaya, un saludo completo. Debes de estar de muy buen humor —ironizó ella, alcanzándolo—. Aunque deberías tener cuidado. El hecho de que tus costillas hayan sanado no significa que seas invencible. El incidente de los cien demonios fue una anomalía que no se repetirá por suerte.

Giyu volvió a mirar hacia el frente, reanudando la marcha.

— No fue suerte. Fue el deber.

Shinobu apretó los dientes, aunque su sonrisa no flaqueó. "El deber". Esa palabra era el escudo tras el cual él se escondía para justificar su imprudencia. Pero no era momento de discutir. Estaban a punto de entrar en la reunión de emergencia convocada por el Patrón.

Al llegar al área de la reunión, el resto de los Pilares ya estaban presentes. Sanemi Shinazugawa emanaba una furia contenida, sus cicatrices pareciendo más blancas que de costumbre bajo el sol de la mañana. Obanai Iguro estaba encaramado en una rama cercana, con su serpiente Kaburamaru siseando nerviosa. Gyomei Himejima recitaba sus oraciones en voz baja, con lágrimas rodando por sus mejillas, mientras que Muichiro Tokito observaba las nubes con su habitual desapego. Mitsuri Kanroji, por el contrario, jugueteaba con sus dedos, reflejando una ansiedad que contrastaba con su naturaleza alegre.

El ambiente se tensó aún más cuando las puertas se abrieron y las gemelas anunciaron la llegada de Kagaya Ubuyashiki. El Patrón, ayudado por sus hijas, se sentó frente a ellos. Su rostro, marcado por la maldición que avanzaba implacable, mostraba una palidez alarmante, pero su voz seguía siendo ese bálsamo que calmaba las fieras.

— Mis queridos hijos —comenzó Kagaya, con una dulzura que resonó en el silencio del jardín—. Me alegra ver que, a pesar de las sombras que nos acechan, vuestros espíritus siguen firmes.

Todos los Pilares se arrodillaron al unísono, en una muestra de respeto absoluto.

— Patrón, nos honra con su presencia —dijo Sanemi, bajando la cabeza—. Por favor, díganos cuáles son sus órdenes. La situación con los demonios está empeorando.

Kagaya asintió lentamente.

— Así es, Shinazugawa. El informe sobre el reciente enfrentamiento de Tomioka es... inquietante. Cien demonios, todos con una fuerza y velocidad comparables a las de una Luna Inferior. Muzan ya no está simplemente creando subordinados; está fabricando un ejército de élite para desgastarnos.

Shinobu sintió un escalofrío. Si Muzan era capaz de producir en masa demonios de ese calibre, los cazadores de rango inferior no tendrían ninguna oportunidad. Incluso para un Pilar, enfrentarse a cien de ellos a la vez era una sentencia de muerte casi segura. Miró de reojo a Giyu. Él permanecía inmóvil, con la mirada fija en el suelo.

— La pérdida de Rengoku ha dejado un hueco en nuestras filas —continuó el Patrón—, y con Uzui retirado, nuestras defensas son más delgadas que nunca. Muzan lo sabe. Está probando nuestra resistencia. Lo que Tomioka enfrentó no fue un ataque aleatorio, fue una prueba de campo.

— ¡Maldito sea ese cobarde! —exclamó Obanai desde la rama—. Se esconde en las sombras mientras envía carne de cañón para agotarnos. Si sigue así, nos superarán en número antes de que podamos localizarlo.

— Es por eso que debemos cambiar nuestra estrategia —intervino Shinobu, aprovechando la pausa—. No podemos permitirnos misiones en solitario si el riesgo de emboscadas de tal magnitud es real. Incluso el Pilar más fuerte puede ser superado por puro agotamiento físico si no tiene apoyo.

Sus palabras llevaban un peso oculto. Estaba hablando de la cofradía, sí, pero sus ojos estaban puestos en el hombre del haori dividido.

— Tienes razón, Shinobu —dijo Kagaya—. A partir de ahora, las misiones de reconocimiento y patrulla en zonas de alta actividad se realizarán en parejas de Pilares siempre que sea posible. Debemos preservar nuestras vidas. Cada uno de ustedes es un tesoro irreemplazable para la humanidad.

Giyu finalmente habló, su voz rompiendo su silencio autoimpuesto.

— Patrón, con todo respeto, somos pocos. Si nos dividimos en parejas, cubriremos menos territorio. Los pueblos desprotegidos sufrirán.

— Es un riesgo que debemos correr, Tomioka —respondió el Patrón con firmeza—. De nada sirve intentar cubrir todo el territorio si morís en el proceso. Un Pilar muerto es una victoria absoluta para Muzan. Un Pilar vivo es una esperanza constante.

La reunión prosiguió con detalles técnicos, asignaciones de zonas y planes de entrenamiento intensivo para los cazadores de menor rango. Shinobu, sin embargo, apenas podía concentrarse. Su mente volvía una y otra vez a la imagen de Giyu luchando solo en aquel bosque, rodeado de garras y colmillos, sin nadie que cuidara su espalda.

Cuando la reunión terminó y el Patrón se retiró, los Pilares comenzaron a dispersarse. Sanemi y Obanai se alejaron discutiendo airadamente sobre las nuevas tácticas, mientras Mitsuri intentaba animar a un taciturno Muichiro.

Giyu se levantó y comenzó a caminar hacia la salida sin decir una palabra. Shinobu lo siguió rápidamente, sus sandalias golpeando la madera con un ritmo apresurado.

— ¡Tomioka-san! —lo llamó cuando estuvieron lo suficientemente lejos del resto—. ¿Escuchaste lo que dijo el Patrón? "Preservar nuestras vidas". Eso te incluye a ti, aunque parezca que lo olvidas convenientemente.

Giyu se detuvo, pero no se dio la vuelta.

— Lo escuché, Kocho. No soy sordo.

— Entonces, ¿por qué pones esa cara de que vas a ignorar las órdenes en cuanto cruces la puerta de la sede? —Shinobu se puso frente a él, obligándolo a mirarla—. Estás pensando que puedes seguir haciéndolo solo, que no necesitas a nadie. Pero la realidad es que casi mueres hace menos de un mes.

— Pero no morí —dijo él, con esa lógica circular que tanto desesperaba a la mujer.

— ¡Por un milagro! —Shinobu perdió por un momento su compostura, y su voz subió de tono—. ¿Qué pasará la próxima vez? ¿Y si no son cien, sino doscientos? ¿O si aparece una Luna Superior mientras estás agotado? ¿Crees que Sabito estaría orgulloso de verte arrojar tu vida como si fuera basura?

El nombre de Sabito actuó como un látigo. Giyu tensó la mandíbula y sus ojos se oscurecieron con una mezcla de dolor y resentimiento.

— No metas a Sabito en esto.

— Lo meteré cuantas veces sea necesario si eso hace que valores tu existencia —replicó ella, dando un paso hacia él, invadiendo su espacio personal—. Entiende de una vez, Tomioka-san... si te pierdo... si el Cuerpo te pierde, no habrá forma de llenar ese vacío.

Giyu la miró fijamente. Por un instante, la barrera de hielo en sus ojos pareció agrietarse. Vio la agitación en el pecho de Shinobu, la forma en que sus manos temblaban ligeramente bajo las mangas de su haori. No era solo la preocupación de una compañera de armas; era algo más profundo, algo que él no se sentía digno de recibir.

— ¿Por qué te importa tanto? —preguntó él en un susurro—. Hay otros Pilares más fuertes, más amigables... más útiles que yo.

Shinobu sintió que una punzada de tristeza le atravesaba el corazón. A pesar de todo lo que habían hablado en la Finca Mariposa, él seguía viéndose a sí mismo como un error del destino.

— Porque eres mi amigo, idiota —dijo ella, intentando que su voz no se quebrara—. Y porque, aunque te esfuerces en negarlo, eres parte de este mundo. Mi mundo.

Giyu bajó la mirada. El silencio se prolongó, pero esta vez no era un silencio incómodo, sino uno cargado de palabras no dichas. El viento sopló, agitando las hojas de los árboles y el cabello de ambos.

— El Patrón dijo que trabajaremos en parejas —murmuró Giyu finalmente—. Supongo que... si tengo que elegir a alguien, preferiría que fueras tú.

Shinobu parpadeó, sorprendida por la confesión. Una pequeña sonrisa, esta vez auténtica, iluminó su rostro.

— Vaya, Tomioka-san. Eso es casi un cumplido. ¿Estás seguro de que no tienes fiebre otra vez?

Giyu desvió la mirada, con un ligero tinte rosado apareciendo en sus mejillas, casi imperceptible.

— Solo digo que conoces mis heridas. Sería eficiente.

— Eficiente, claro —ella soltó una risita suave—. Siempre pensando en la eficiencia. Está bien, acepto. Pero bajo una condición: si te lanzas al peligro sin avisarme, yo misma te inyectaré un veneno que te dejará paralizado durante una semana. ¿Entendido?

Giyu la miró y, por un brevísimo segundo, las comisuras de sus labios se elevaron en lo que podría haber sido el inicio de una sonrisa.

— Entendido.

Ambos comenzaron a caminar juntos hacia la salida de la sede. El futuro era incierto y la amenaza de Muzan crecía con cada puesta de sol, pero por primera vez en mucho tiempo, Giyu no sentía que caminaba hacia su propia ejecución. Y Shinobu, aunque seguía preocupada por la tormenta que se avecinaba, sentía que sus alas eran un poco más fuertes.

— Por cierto, Tomioka-san —dijo ella mientras salían al camino principal—, la próxima vez que te quedes sin agua en mitad de la noche, usa la campana. No quiero volver a encontrarte tirado en el suelo como un saco de patatas.

Giyu suspiró, volviendo a su expresión habitual.

— Fue solo una vez, Kocho. No lo menciones más.

— Oh, lo mencionaré siempre que pueda. Es demasiado divertido ver cómo te pones nervioso.

— No me pongo nervioso.

— Sí, claro. Y a todo el mundo le encantas, ¿verdad?

Giyu no respondió, pero no se alejó. Siguieron caminando uno al lado del otro, bajo el cielo infinito, dos almas rotas tratando de sostenerse en un mundo que amenazaba con romperse por completo. La guerra continuaba, pero en ese momento, el murmullo de las alas de la mariposa y la calma del agua estancada habían encontrado un ritmo común. Y eso, en tiempos de oscuridad, era lo más parecido a la victoria que podían esperar.