Volver al resumen

Mariposas bajo la Lluvia

El Amanecer de las Alas de Agua

La estructura del Castillo Infinito crujía, un rompecabezas de pesadilla que se retorcía bajo el mando de Nakime. Sin embargo, algo había cambiado en esta línea del destino. El azar, o quizás una voluntad inquebrantable nacida de aquella promesa en la Finca Mariposa, había mantenido a Giyu Tomioka y Shinobu Kocho en el mismo cuadrante cuando las puertas dimensionales se tragaron a los Pilares.

Shinobu no estaba sola frente a Douma. Cuando la Segunda Luna Superior desplegó su abanico dorado con esa sonrisa vacía y gélida, no fue recibido por una frágil mariposa dispuesta a inmolarse, sino por un frente doble. Giyu estaba allí, su haori dividido ondeando como una bandera de resistencia, su espada azul trazando un arco de protección que cortaba el aire gélido del demonio.

— Vaya, vaya —rio Douma, ladeando la cabeza con una curiosidad infantil—. Dos Pilares juntos. Esto es una delicia. ¿Acaso son pareja? El olor que desprenden es... fascinante. Una mezcla de veneno amargo y agua profunda.

Shinobu apretó los dientes, sintiendo el frío calar en sus pulmones. El plan original, aquel que implicaba dejar que el demonio la consumiera para envenenarlo desde dentro, pesaba en su bolsillo en forma de viales de glicina concentrada. Pero sintió la mano de Giyu rozar su antebrazo un segundo antes de lanzarse al ataque.

— No lo hagas, Shinobu —susurró él, tan bajo que solo ella pudo oírlo—. No hoy.

La batalla fue un torbellino de escarcha y pétalos de sangre. Douma era una fuerza de la naturaleza, pero la coordinación entre el Agua y el Insecto era algo que el demonio no había previsto. Mientras Shinobu se movía con una velocidad cegadora, picando y retirándose, inyectando toxinas que hacían que Douma tuviera que regenerarse constantemente, Giyu actuaba como el ancla. Su Undécima Postura, Calma, neutralizaba las técnicas de hielo que amenazaban con congelar los pulmones de Shinobu.

— ¡Danza del Aguijón de la Abeja: Mero Aleteo! —gritó Shinobu, impulsándose desde una viga que caía.

Su espada perforó el ojo de Douma, depositando una carga masiva de veneno. El demonio retrocedió, su risa volviéndose un poco más tensa mientras su rostro burbujeaba.

— ¡Postura de la Respiración de Agua, Cuarta Forma: Marea Penetrante! —Giyu aprovechó la apertura, cercenando uno de los brazos del demonio antes de que pudiera desplegar sus lotos de hielo.

No fue fácil. El Castillo Infinito se transformaba, las paredes se convertían en techos, y la fatiga empezaba a hacer mella. Pero no estaban solos por mucho tiempo. La llegada de Inosuke y Kanao, impulsados por una furia compartida, terminó por inclinar la balanza. Inosuke, con su estilo salvaje, y Kanao, con su visión final, flanquearon al demonio mientras los dos Pilares mantenían la presión central.

Cuando la cabeza de Douma finalmente rodó por el suelo, desintegrándose entre maldiciones y una incomprensión absoluta de las emociones humanas, Shinobu no cayó al suelo agotada por el veneno en su propia sangre. Cayó de rodillas, sí, pero porque sus pulmones ardían por el esfuerzo físico.

Giyu se arrodilló a su lado de inmediato, ignorando sus propias heridas en el torso.

— Estás viva —dijo él, su voz quebrada por una emoción que ya no intentaba ocultar.

Shinobu levantó la vista. Tenía cortes en la cara y su haori estaba desgarrado, pero sus ojos púrpura brillaban con una luz que no era de odio.

— Te dije que era un precio muy alto el que tenías que pagar, Tomioka-san —logró decir, esbozando una sonrisa débil—. Todavía tienes que soportarme.

No hubo tiempo para celebraciones. El castillo comenzó a temblar violentamente. Muzan Kibutsuji había emergido de su capullo de carne, y la batalla final se trasladaba a la superficie.

El caos que siguió fue una carnicería. La ciudad estaba en ruinas, y el Rey de los Demonios era una masa de látigos y bocas hambrientas que devoraba todo a su paso. Los Pilares se unieron en un círculo de acero. Sanemi, Gyomei, Obanai, Mitsuri... todos luchaban al límite de sus fuerzas.

Shinobu se encargaba de suministrar los antídotos que ella y Tamayo habían desarrollado, moviéndose entre los escombros como un espíritu protector. Cada vez que Muzan lanzaba un ataque devastador hacia el ala médica improvisada, una barrera de agua se interponía. Giyu no se alejaba de ella más de lo estrictamente necesario. Eran dos mitades de un mismo mecanismo de supervivencia.

— ¡Resistan! —gritaba Tanjiro, su cuerpo marcado por las quemaduras del sol naciente que aún no llegaba—. ¡Solo falta un poco más!

Muzan, desesperado al ver que el amanecer se acercaba, desató una onda de choque que mandó a volar a varios cazadores. Giyu fue golpeado de lleno al cubrir a Shinobu de una lluvia de escombros.

— ¡Giyu! —Shinobu corrió hacia él, olvidando por un momento el protocolo de batalla.

Lo encontró bajo un pilar de piedra. Él tosía sangre, pero sus ojos seguían fijos en el horizonte, donde una línea de color naranja pálido empezaba a romper la oscuridad.

— El sol... —susurró él, extendiendo una mano temblorosa hacia ella—. Shinobu, el sol está aquí.

Ella lo ayudó a incorporarse, pasando el brazo de él sobre sus hombros, repitiendo aquella escena de la Finca Mariposa, pero esta vez bajo el cielo abierto. A su alrededor, los demás Pilares daban su último aliento de esfuerzo. Tanjiro, con la ayuda de todos, mantenía a Muzan clavado contra una pared mientras los primeros rayos de luz tocaban las cenizas de la ciudad.

El grito de Muzan fue algo que ninguno de ellos olvidaría jamás. Un sonido que no pertenecía a este mundo, una mezcla de soberbia rota y terror absoluto. Sus carnes empezaron a humear, a deshacerse, a convertirse en nada ante la pureza del astro rey.

Y entonces, el silencio.

Un silencio tan profundo que permitía escuchar el latido de los corazones exhaustos. Muzan Kibutsuji había desaparecido. Los demonios habían dejado de existir.

Shinobu dejó que Giyu se sentara contra un muro derruido. A su alrededor, los gritos de júbilo empezaban a brotar entre las lágrimas. Mitsuri abrazaba a Obanai, Sanemi miraba al cielo con una expresión de paz amarga, y Tanjiro caía exhausto en brazos de su hermana Nezuko, ahora humana.

Shinobu se sentó al lado de Giyu, apoyando su cabeza en el hombro de él. El sol calentaba sus rostros, una sensación que ambos habían olvidado tras tantas noches de vigilia y muerte.

— Se acabó —dijo ella, cerrando los ojos—. Realmente se acabó.

Giyu rodeó con su brazo los hombros de ella, atrayéndola más cerca. Por primera vez en décadas, no sentía el peso de la culpa de Sabito, ni el peso de su propia insuficiencia. Sentía el calor de la mujer que amaba y la promesa de un mañana que no estaría dictado por el filo de una espada.

— Estamos vivos —murmuró Giyu, apoyando su mejilla sobre el cabello de ella—. Cumplimos la promesa.

Pasaron las semanas. La reconstrucción de la sede fue lenta, pero el ambiente era de una ligereza casi irreal. El Cuerpo de Cazadores de Demonios fue disuelto formalmente, pero los lazos creados en el infierno no se rompieron.

En la Finca Mariposa, las glicinas seguían floreciendo, pero ya no eran necesarias como barrera. Ahora eran simplemente flores hermosas que decoraban el jardín.

Shinobu estaba sentada en el porche, observando a las niñas, Sumi, Kiyo y Naho, jugar con Nezuko. Kanao estaba cerca, conversando con Tanjiro sobre los planes de reconstruir la casa de los Kamado. Todo era paz.

Sintió unos pasos familiares en la madera. Giyu se sentó a su lado. Ya no vestía el uniforme de cazador, sino un yukata sencillo de color azul oscuro. Su brazo izquierdo estaba en cabestrillo, una secuela de la batalla final que tardaría en sanar, pero su rostro... su rostro tenía una expresión que Shinobu nunca pensó ver: serenidad absoluta.

— Los informes dicen que el resto de los Pilares están bien —dijo Giyu—. Sanemi ha vuelto a su pueblo, y Mitsuri y Obanai están planeando abrir un restaurante.

Shinobu soltó una risita, una de esas que ahora eran frecuentes y verdaderas.

— Me imagino a Iguro-san tratando de atender a los clientes con esa mirada severa. Será un desastre encantador.

Giyu guardó silencio un momento, mirando las mariposas que revoloteaban sobre los arbustos.

— ¿Y tú, Shinobu? ¿Qué harás ahora que no tienes que preparar venenos?

Ella se giró hacia él. La brisa agitaba su cabello, que ahora llevaba un poco más largo, sin las horquillas de combate.

— Creo que seguiré siendo doctora —respondió ella, tomando la mano de Giyu entre las suyas—. Hay mucha gente que necesita sanar, no solo de heridas físicas, sino del dolor que dejó la guerra. Y quiero... quiero ver este mundo que ayudamos a salvar. Quiero viajar, Tomioka-san. Sin misiones, sin cuervos gritando órdenes. Solo caminar y ver las flores.

Giyu apretó su mano con suavidad.

— Me gustaría ir contigo —dijo él, mirándola a los ojos con una intensidad que la hizo sonrojar—. Si no te importa tener a un compañero tan aburrido.

Shinobu se acercó a él, acortando la distancia hasta que sus frentes se tocaron.

— Eres muy aburrido, Giyu. Y muy testarudo. Y a veces hablas tan poco que me dan ganas de gritarte —ella sonrió, y sus ojos se llenaron de una ternura infinita—. Pero no me imagino caminando por este nuevo mundo con nadie más.

Giyu se inclinó y la besó. No fue un beso de despedida como el del laboratorio, cargado de miedo. Fue un beso de bienvenida a una vida nueva. Un beso que sabía a té de hierbas, a sol de tarde y a un futuro que se extendía ante ellos como un camino despejado.

— Te amo, Shinobu —susurró él contra sus labios.

Ella se sorprendió. Giyu no era hombre de palabras grandes, pero cuando las decía, tenían el peso de las montañas.

— Yo también te amo, mi querido y tonto Pilar del Agua —respondió ella, abrazándolo con fuerza—. Gracias por no dejarme ir. Gracias por enseñarme que mi vida valía más que mi venganza.

Se quedaron allí, viendo cómo el sol se ponía sobre la Finca Mariposa. No había más demonios que cazar, no más noches que temer. El agua se había vuelto un cauce tranquilo, y la mariposa finalmente había encontrado un jardín donde sus alas no tuvieran que luchar contra el viento.

A lo lejos, Tanjiro los observó y sonrió. El olor que emanaba de ellos era el más hermoso que había sentido jamás: una mezcla perfecta de paz, alivio y un amor que había sobrevivido al fin del mundo.

El mundo de los demonios había terminado, pero para Giyu y Shinobu, la vida apenas estaba comenzando. Juntos, bajo el cielo despejado, caminaron hacia el interior de la finca, listos para escribir los capítulos de una historia donde la única batalla sería decidir qué flores plantar en la primavera y quién prepararía el té por la mañana.

Un final feliz, ganado con sangre y lágrimas, pero florecido en la calma de un amanecer que nunca se apagaría.