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Mariposas bajo la Lluvia

El Susurro de la Mariposa antes del Amanecer

El aire en la Finca Mariposa era denso, saturado con el olor a sudor, hierro y el aroma punzante de las hierbas medicinales. El Entrenamiento Pilar había transformado la atmósfera de paz en una de urgencia frenética. Por todas partes, los cazadores de menor rango se esforzaban hasta el desmayo, impulsados por la sombra de una batalla final que todos sentían cernirse sobre ellos como una tormenta negra.

Giyu Tomioka observaba el entrenamiento desde la sombra de un porche. Su rostro, como siempre, era una máscara de indiferencia, pero sus ojos azules seguían un patrón constante: no miraba a los reclutas, sino hacia el ala médica donde Shinobu Kocho se movía con una rapidez antinatural.

Había algo diferente en ella. Giyu lo notó hace días. Su sonrisa, esa fachada perfecta que siempre lo irritaba y lo reconfortaba a partes iguales, se veía ahora más delgada, casi transparente. Sus movimientos eran precisos, pero detectaba una rigidez en sus hombros que gritaba angustia. No era la ira habitual que ella canalizaba contra los demonios o contra su propia "insensibilidad"; era el peso de una despedida que ella ya parecía haber aceptado.

Giyu apretó el pomo de su nichirin. No podía explicarlo, pero verlo le producía una presión insoportable en el pecho, un nudo que ni siquiera la Respiración de Agua podía disolver.

— Deberías dejar de mirarla así, Tomioka-san. Vas a terminar haciendo un agujero en su haori con la vista.

Giyu no se inmutó al escuchar la voz de Tanjiro, quien se acercaba secándose el sudor de la frente tras una sesión de práctica.

— No sé de qué hablas —respondió Giyu con su brevedad característica.

— Su olor es muy fuerte hoy —dijo Tanjiro, deteniéndose a su lado y mirando también hacia donde Shinobu organizaba frascos de veneno—. El de ella es amargo, como el veneno que prepara, pero tiene un trasfondo de desesperación. Y el tuyo... bueno, el tuyo huele a una marea que quiere romper contra la orilla pero no se atreve.

Giyu guardó silencio. Odiaba que ese chico fuera tan perceptivo.

— Si tienes algo que decirle, deberías hacerlo pronto —añadió Tanjiro con una nota de tristeza—. Siento que el tiempo se está volviendo muy corto para todos nosotros.

Tanjiro se despidió con una reverencia y se alejó. Giyu se quedó solo con sus pensamientos. "¿Decirle?". Él no era bueno con las palabras. Siempre decía lo incorrecto o no decía nada en absoluto. Pero Tanjiro tenía razón. La guerra contra Muzan estaba a la vuelta de la esquina, y Shinobu... ella estaba planeando algo. Lo sabía por la forma en que miraba sus propios frascos de glicina, como si fueran su última voluntad.

Caminó hacia el laboratorio privado de ella. Al llegar a la puerta, se detuvo. El sonido rítmico del mortero contra la piedra cesó de repente.

— Puedes pasar, Tomioka-san. No hace falta que te quedes ahí parado como un fantasma. Es bastante tétrico, ¿sabes?

Giyu deslizó la puerta y entró. Shinobu estaba de espaldas, vertiendo un líquido espeso en un vial pequeño. No llevaba su haori de mariposa en ese momento; solo el uniforme oscuro, lo que la hacía ver más pequeña, más frágil y, a la vez, más decidida.

— ¿Qué quieres? —preguntó ella sin girarse—. Si es por tus vendajes, Aoi puede revisarlos. Estoy ocupada.

— No es por los vendajes —dijo Giyu. Dio un paso hacia adelante—. Estás actuando de forma extraña.

Shinobu soltó una risita seca, una que no llegó a sus ojos cuando finalmente se giró.

— ¿Extraña? Yo siempre soy la misma, Tomioka-san. Alegre, amable y preocupada por mis compañeros. Quizás es que tú, al no tener amigos, no sabes distinguir entre la cortesía y la extrañeza.

— Deja de bromear —la interrumpió él, y su voz sonó más profunda de lo habitual—. Estás angustiada. Tu mirada está en otro lugar. Parece que... parece que ya no cuentas con el futuro.

El vial en la mano de Shinobu tembló ligeramente. Lo dejó sobre la mesa con un golpe seco. Su sonrisa desapareció por completo, dejando paso a una expresión de una seriedad gélida.

— ¿Y qué si es así? —preguntó ella, dando un paso hacia él—. Todos somos cazadores. Mañana podríamos ser cenizas. No todos tenemos el lujo de ser tan... impasibles como tú.

— No soy impasible —replicó Giyu, sintiendo que la sangre le hervía—. Me importa. Me importa lo que estás planeando. Me importa que estés dispuesta a sacrificarte como si tu vida fuera solo una herramienta.

Shinobu soltó una carcajada amarga, una que cortaba más que cualquier espada.

— ¡Qué hipócrita eres! —exclamó, acercándose hasta quedar a escasos centímetros de su pecho—. Tú, el hombre que se lanzó solo contra cien demonios esperando morir. Tú, que caminas por el mundo sintiéndote un error. ¿Ahora vienes a darme lecciones de amor propio? ¡No me hagas reír, Giyu! Mi vida tiene un propósito: la muerte de la Segunda Luna Superior. Y si tengo que convertirme en veneno para lograrlo, lo haré.

— ¡No te lo permitiré! —Giyu la agarró por los hombros. Sus manos, curtidas por años de sostener la espada, temblaban—. No puedes simplemente decidir que tu vida no vale nada más que una victoria.

— ¡Suéltame! —Shinobu forcejeó, pero Giyu no cedió—. ¡Tú no entiendes nada! ¡No sabes lo que es llevar este odio quemándote las entrañas cada segundo!

— ¡Lo sé! —rugió Giyu, silenciándola por completo—. ¡Lo sé porque yo también quería morir! ¡Lo sé porque cada vez que te veo, me pregunto qué haré cuando ya no estés para burlarte de mí!

El silencio que siguió fue absoluto. Shinobu dejó de forcejear, con los ojos muy abiertos, mirando el rostro de Giyu. Nunca lo había visto así. Su máscara de piedra se había desintegrado, revelando una vulnerabilidad cruda, un dolor que rivalizaba con el de ella.

— Me vuelves loco, Shinobu —susurró él, y el uso de su nombre sin honoríficos fue como una caricia y un golpe a la vez—. Tu sonrisa falsa me vuelve loco. Tu empeño en morir me vuelve loco. No puedo... no puedo simplemente quedarme mirando mientras te desvaneces.

Shinobu sintió que sus defensas se desmoronaban. El odio que la sostenía parecía insuficiente ante el calor que emanaba de las manos de Giyu.

— ¿Por qué me dices esto ahora? —preguntó ella, y su voz se quebró—. Es demasiado tarde. El plan está en marcha. Mi cuerpo... ya no es solo mío.

Giyu soltó sus hombros y, con una delicadeza que ella no creía posible en él, acunó su rostro. Sus pulgares rozaron sus mejillas, limpiando una lágrima traicionera que ella no sabía que había derramado.

— No es tarde para que sepas que hay alguien que te necesita viva —dijo él—. No como una Pilar, no como un arma contra los demonios. Solo a ti. A la mujer que se enfada conmigo, a la que me obliga a comer salmón con rábano, a la que me hace sentir que pertenezco a algún lugar.

Shinobu cerró los ojos, inclinándose hacia su toque. El aroma de Giyu, como la lluvia fresca sobre la tierra seca, la envolvió. Por un momento, el deseo de venganza se sintió pequeño frente a la inmensidad de lo que sentía por el hombre frente a ella.

— Eres un tonto, Giyu Tomioka —susurró ella, apoyando sus manos sobre las de él—. Un tonto desconsiderado. ¿Cómo pretendes que vaya a la batalla final con este peso en el corazón?

— Llévalo contigo —respondió él—. Que sea lo que te traiga de vuelta. Prométeme que intentarás vivir.

Shinobu abrió los ojos. La tristeza seguía allí, pero había algo más: una chispa de esperanza que ella misma había tratado de sofocar durante años.

— No puedo prometerte un milagro —dijo ella—, pero te prometo que no me iré sin luchar por volver a verte.

Giyu no esperó más. Se inclinó y unió sus labios con los de ella en un beso que sabía a desesperación y a una promesa silenciosa. Fue un contacto breve, pero cargado con todo lo que ambos habían callado durante años. Shinobu se aferró a su uniforme, sintiendo por primera vez que no estaba sola en su tormenta.

Cuando se separaron, el aire entre ellos seguía vibrando. Shinobu recuperó un poco de su chispa, aunque sus ojos seguían húmedos.

— Si muero, Tomioka-san, te perseguiré como un fantasma y te recordaré cada día que a nadie le gustas —dijo ella, tratando de recuperar su fachada burlona, aunque su voz temblaba.

Giyu esbozó una sombra de sonrisa, una de esas que solo ella lograba provocar.

— Me parece justo. Pero si vives, tendrás que soportarme por mucho tiempo.

— Es un precio muy alto —replicó ella, limpiándose el rostro con la manga—, pero supongo que puedo pagarlo.

Giyu asintió y retrocedió un paso, dándole el espacio que necesitaba para terminar su trabajo. Sabía que las palabras no habían cambiado el destino cruel que los esperaba, ni habían borrado el veneno que ella ya estaba ingiriendo, pero habían cambiado algo fundamental en su interior. Ya no eran dos pilares sosteniendo el mundo; eran dos personas tratando de sostenerse mutuamente.

— Giyu —lo llamó ella cuando él estaba a punto de salir.

Él se detuvo y la miró.

— No mueras tú tampoco —dijo ella con una seriedad absoluta—. Si regresas y yo no estoy, o si yo regreso y tú no estás... el mundo será un lugar demasiado silencioso.

— Regresaré —prometió él—. Te buscaré en el campo de batalla.

Él salió del laboratorio, dejando a Shinobu sola con sus flores y sus venenos. Pero el silencio ya no se sentía vacío. El aroma de Giyu permanecía en la habitación, dándole una fuerza que el odio nunca pudo darle.

Shinobu volvió a tomar el vial. Sus dedos ya no temblaban. Miró hacia la ventana, donde el sol comenzaba a ponerse, tiñendo el cielo de un color púrpura similar a sus ojos.

— Kanae-nee-san... —susurró al viento—, por favor, perdóname. Por primera vez en mucho tiempo, he encontrado algo que quiero proteger más que mi propio deseo de venganza.

En el patio, Giyu retomó su posición. Los cazadores seguían entrenando, ajenos al drama que acababa de ocurrir. Él miró sus manos, sintiendo todavía el calor de la piel de Shinobu. El miedo seguía ahí, la angustia por el futuro no se había ido, pero ahora tenía una dirección.

Ya no lucharía solo por el deber, ni por los que ya no estaban. Lucharía por la mujer que le había devuelto el nombre, por la mariposa que se negaba a quemarse en la llama de su propia ira.

— Resiste, Shinobu —murmuró para sí mismo, mientras desenvainaba su espada para unirse al entrenamiento—. Solo un poco más.

El Entrenamiento Pilar continuó bajo la luz de las antorchas. La batalla final estaba cerca, y aunque el destino parecía escrito en sangre, dos corazones habían decidido desafiar a las estrellas, escribiendo su propia historia en el breve espacio entre un suspiro y un ataque. La calma del agua y el aleteo de la mariposa se habían encontrado, y en esa unión, el mundo encontró una razón más para no rendirse ante la oscuridad.