Mi esposa para siempre- La venganza de Jade west
El Réquiem de la Daga y el Terciopelo
La mansión de Jade West no era un hogar, era un mausoleo de alta tecnología. Tras la visita de André y el sangriento encuentro en el almacén, el ambiente en la casa había cambiado. Ya no era solo el silencio de la tristeza; era el silencio de un motor en marcha, de una maquinaria de guerra que finalmente había encontrado su objetivo. Jade se encontraba en su estudio, rodeada de pantallas que emitían un resplandor azulado sobre sus facciones afiladas.
Sus dedos volaban sobre el teclado. Había hackeado las cuentas personales de Steven Miller en cuestión de horas. Jade no solo era una directora talentosa; su obsesión por el control la había llevado a aprender cada truco de seguridad digital para proteger sus guiones y la privacidad de Tori. Ahora, usaba esas habilidades para desmantelar la vida de un hombre.
—¿Creías que podías tocarla y seguir adelante, Steven? —susurró Jade a la pantalla, donde aparecían registros de transferencias bancarias—. Creías que Tori era solo una estrella de pop más. No sabías que ella era el sol, y que sin sol, solo queda el frío absoluto.
Jade se levantó y caminó hacia un rincón del estudio donde reposaba un maniquí. En él, colgaba el último vestido que Tori había usado en un concierto: una pieza de terciopelo rojo que brillaba bajo la luz tenue. Jade extendió la mano y rozó la tela. Por un momento, cerró los ojos y pudo oler el perfume de gardenias y vainilla que Tori siempre usaba. El dolor la golpeó en el estómago, una náusea física que la obligó a doblarse.
—Te extraño tanto que me falta el aire —gimió, apretando el terciopelo contra su rostro—. Pero él va a pagar. Lo juro por cada beso que no nos dimos, por cada año que nos robaron.
El plan de Jade era meticuloso. No se trataba solo de una bala. Steven Miller amaba su reputación, su poder en la industria y su dinero. Jade iba a arrebatarle las tres cosas antes de dejar que el vacío lo reclamara.
A la mañana siguiente, Jade se presentó en las oficinas de Miller Productions. No llevaba su ropa de combate, sino un traje de diseñador negro, impecable, que gritaba autoridad. Sus labios estaban pintados de un rojo tan oscuro que parecía sangre seca. Al entrar, el personal se quedó paralizado. Jade West era una leyenda en Hollywood, pero también era una mujer de la que todos susurraban tras su retiro forzado por la tragedia.
—Señorita West, no tiene una cita —dijo la secretaria, temblando bajo la mirada gélida de Jade.
—Dile a Steven que su peor pesadilla está en la sala de espera —respondió Jade, sentándose con una elegancia depredadora—. Y dile que si no me recibe en treinta segundos, publicaré los archivos de la "Operación Mariposa" en todos los servidores de la prensa.
No pasaron ni diez segundos cuando la puerta del despacho principal se abrió. Steven Miller, un hombre de unos cincuenta años con una sonrisa falsa y ojos codiciosos, salió con los brazos extendidos.
—¡Jade! Qué sorpresa tan... inesperada —dijo Miller, aunque el sudor en su frente lo delataba—. Pasa, por favor. Siento mucho lo de Tori, de verdad. Fue una tragedia nacional.
Jade entró en el despacho y cerró la puerta con un clic sonoro que hizo que Miller se sobresaltara. Ella no se sentó. Caminó alrededor de la habitación, observando los premios y las fotos de Miller con celebridades.
—Es curioso que menciones la tragedia, Steven —dijo Jade, deteniéndose frente a un ventanal—. Porque he estado revisando algunos guiones últimamente. Historias de traición, de envidia. De hombres mediocres que no pueden soportar que una mujer morena, joven y talentosa les diga "no".
—No sé de qué hablas, Jade. Sabes que yo adoraba a Tori.
Jade se giró con una rapidez que lo dejó sin aliento. Se acercó a él, invadiendo su espacio hasta que Miller tuvo que retroceder contra su escritorio.
—No te atrevas a decir su nombre —siseó ella—. Sé lo del mercenario. Sé lo del pago desde tu cuenta en las Islas Caimán. Sé que la mataste porque ella no quiso renovar contigo, porque ella quería ser libre de tus manipulaciones.
—¡Estás loca! —gritó Miller, intentando alcanzar el teléfono—. ¡Seguridad!
Jade sacó una pequeña tablet de su bolso y la puso sobre el escritorio. En la pantalla, se veía una transmisión en vivo de los servidores de su empresa siendo borrados, uno por uno.
—He plantado un virus en tu red, Steven. En diez minutos, no solo perderás todos tus proyectos, sino que toda la evidencia de tus abusos sexuales y desvíos de fondos llegará al FBI. A menos, claro, que hablemos de la playa de Malibú.
Miller se desplomó en su silla, su rostro volviéndose gris.
—¿Qué quieres? —preguntó con voz quebrada.
—Quiero que sientas el miedo que ella sintió —dijo Jade, sacando una de sus tijeras de acero del bolsillo interior de su saco—. Quiero que me mires a los ojos y veas el final de tu mundo.
—Si me matas, irás a la cárcel —balbuceó él—. Tori no querría que fueras una asesina.
Jade soltó una risa amarga, una que nació desde lo más profundo de su alma rota.
—Ese es el error de todos ustedes. Creen que Tori era la que me contenía. Y tienen razón. Ella era mi correa, mi brújula, mi luz. Pero tú apagaste la luz, Steven. Y ahora, Jade West está en la oscuridad, y en la oscuridad no hay reglas.
Jade se acercó más, el filo de las tijeras rozando la mejilla de Miller, justo donde el mercenario tenía la cicatriz. El simbolismo no era accidental.
—Podría matarte aquí mismo —continuó Jade en un susurro—. Pero eso sería demasiado fácil para ti. Vas a ir a la cárcel, Steven. Pero no a una cárcel común. He hablado con algunas personas... personas que le debían favores a mi familia. Vas a estar en una celda donde el nombre de Tori Vega será lo último que escuches cada noche antes de que te rompan los huesos.
Jade se alejó, guardando las tijeras con un movimiento experto.
—Tienes cinco minutos antes de que la policía llegue. Yo ya les envié el video del almacén y la confesión de tu sicario.
—¿Por qué no me matas y ya? —preguntó Miller, sollozando.
—Porque la muerte es un regalo que no mereces todavía —sentenció Jade—. Quiero que vivas lo suficiente para ver cómo tu nombre es borrado de la historia, mientras el de Tori brilla para siempre.
Jade salió del edificio justo cuando las sirenas empezaban a aullar a lo lejos. Se subió a su coche y condujo sin rumbo, dejando que la adrenalina se disipara, dejando que el vacío regresara. La venganza no llenaba el hueco en su pecho, pero al menos le daba una estructura al dolor.
Llegó al cementerio cuando el sol empezaba a ponerse. Era un lugar privado, hermoso, lleno de flores frescas que ella misma se encargaba de enviar cada día. Se sentó en la hierba frente a la lápida de mármol blanco.
"Tori Vega-West. La voz que enamoró al mundo y el corazón que salvó a una sombra."
—Ya está, Vega —dijo Jade, apoyando la cabeza contra la piedra fría—. Él nunca volverá a ver la luz del día. Lo logré.
Se quedó allí en silencio, esperando sentir algo. Una señal, un calor, una brisa. Pero la muerte era obstinada en su silencio. Jade cerró los ojos y, por primera vez en dos años, lloró sin rabia. Lloró con la pura y simple tristeza de una viuda que extraña a su otra mitad.
—¿Qué se supone que haga ahora? —preguntó al aire—. Me pediste que fuera mejor. Me pediste que no dejara que la oscuridad me ganara. Pero mira lo que he hecho.
—Hiciste lo que tenías que hacer, Jade.
Jade se sobresaltó y se puso en pie de un salto, con la mano buscando instintivamente un arma. Detrás de ella, bajo la sombra de un gran sauce, estaba Cat Valentine. Pero ya no era la Cat de pelo rojo brillante y voz chillona. Su cabello era de un rojo oscuro, casi granate, y sus ojos expresaban una madurez triste.
—Cat —dijo Jade, relajando los hombros—. Te dije que no me buscaras.
—André me contó lo que pasó —dijo Cat, acercándose lentamente—. Jade, no puedes seguir viviendo así. Tori te amaba porque podías crear mundos hermosos, no porque pudieras destruir los reales.
—Él la mató, Cat. La mató delante de mí.
—Lo sé. Y todos lo sentimos cada día —Cat se detuvo a un metro de ella—. Pero mira este lugar. Mira estas flores. Esto es lo que queda de ella. La música, el amor, nosotros. Si te pierdes en la venganza, Miller no solo mató a Tori, también te habrá robado a ti. Y eso es lo que Tori más odiaría.
Jade miró la lápida y luego a su amiga. La soledad de la mansión se sintió de repente insoportable.
—No sé cómo volver, Cat —confesó Jade, su voz quebrándose—. La Jade suave murió en esa playa. Solo sé ser esto. Fría, dura... muerta.
Cat se acercó y, por primera vez en años, Jade no se alejó cuando su amiga la abrazó.
—No estás muerta, Jade. Estás herida. Pero Tori te dejó suficiente luz para que encuentres el camino de regreso. Solo tienes que querer verla.
Esa noche, Jade regresó a su mansión. No fue a su escritorio de armas ni a sus pantallas de hackeo. Fue al piano de cola que Tori solía tocar. Estaba cubierto por una sábana blanca, como un fantasma en la sala. Jade retiró la tela, revelando la madera pulida.
Se sentó y puso sus dedos sobre las teclas. No había tocado música desde el funeral. Sus manos temblaban.
—Para ti, Vega —susurró.
Jade comenzó a tocar una melodía lenta, una que Tori había estado componiendo para su aniversario y que nunca terminó. Las notas llenaron el vacío de la mansión, expulsando las sombras del odio y reemplazándolas con la melancolía del amor. Mientras tocaba, Jade sintió, por un breve instante, una calidez en sus hombros, como si unas manos invisibles la estuvieran abrazando.
La venganza había terminado, pero la batalla por su propia alma apenas comenzaba. Jade West, la chica que amaba las tijeras y el terror, entendió que el acto más valiente que podía hacer no era matar a un enemigo, sino sobrevivir al dolor y seguir creando en nombre de la mujer que le enseñó a sentir.
Se levantó del piano y caminó hacia la ventana. La luna brillaba sobre Hollywood.
—Mañana escribiré algo nuevo —dijo Jade, mirando hacia las estrellas—. No será una película de terror. Será nuestra historia. Para que nadie olvide quién eras. Para que nadie olvide lo que fuimos.
Jade se dirigió a su habitación y, por primera vez en dos años, no cerró la puerta con tres cerrojos. Se acostó en su lado de la cama, dejando el otro vacío pero respetado, y cerró los ojos. En sus sueños, ya no había sangre ni arena roja. Solo había una playa, un vestido blanco y una risa latina que la llamaba desde el borde del mar.
—Te amo, Jade —pareció escuchar en el susurro del viento.
—Te amo, Tori —respondió ella antes de quedarse profundamente dormida.
La oscuridad no se había ido, pero Jade West finalmente había aprendido a caminar en ella sin perderse, llevando el recuerdo de Tori Vega como una antorcha eterna que nada ni nadie podría volver a apagar. La venganza había sido el prólogo; la vida, a pesar de todo, sería su obra maestra.