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Mi esposa para siempre- La venganza de Jade west

La Sinfonía de las Sombras y las Mentiras

El sonido de la pluma deslizándose sobre el papel era el único ritmo que gobernaba la vida de Jade West. Durante semanas, se había encerrado en su estudio no para planear un asesinato, sino para resucitar una vida. El guion avanzaba; se titulaba *Luz en el Abismo*. Era la historia de una chica de piel morena que podía domar a las bestias con una sola nota musical. Escribir sobre Tori era, a la vez, su medicina y su tortura. Cada vez que describía la forma en que los ojos de Tori se arrugaban al reír, Jade sentía que un trozo de su corazón volvía a latir, aunque doliera.

Había cumplido su promesa. Hacía apenas cuarenta y ocho horas, Jade se había arrodillado ante la tumba de mármol blanco, bajo el sol suave de la tarde. Había dejado un ramo de girasoles y, con una voz que ya no temblaba, le había dicho a Tori que la oscuridad se estaba disipando. Le prometió que Steven Miller se pudriría en la cárcel y que ella, Jade, volvería a encontrar la belleza en el mundo. Por primera vez en dos años, Jade había dormido seis horas seguidas sin ver sangre en sus sueños.

Pero la paz, para alguien como Jade West, siempre había sido un cristal demasiado fino.

El lunes por la mañana comenzó con un silencio sepulcral que no era el habitual. Jade estaba en la cocina, preparándose un café negro, cuando su teléfono comenzó a vibrar de manera histérica sobre la encimera de granito. Eran notificaciones de redes sociales, mensajes de André, llamadas perdidas de Cat.

Jade frunció el ceño, dejando la taza a un lado. Su instinto, ese animal salvaje que nunca terminaba de domesticarse, se puso en alerta máxima. Abrió el primer enlace que le envió André. Era un portal de noticias de celebridades de alto impacto.

El titular la golpeó como un impacto físico: *¿FUE TODO UNA MENTIRA? STEVEN MILLER ROMPE EL SILENCIO DESDE PRISIÓN: "TORI VEGA Y YO ÉRAMOS AMANTES"*.

Jade sintió que el aire se escapaba de sus pulmones. Sus dedos, pálidos y largos, apretaron el teléfono con tanta fuerza que la pantalla crujió ligeramente. Leyó el artículo, cada palabra era un dardo envenenado. Miller, a través de sus abogados, había filtrado una serie de correos electrónicos falsificados, fotos manipuladas con inteligencia artificial y testimonios comprados. La narrativa era perversa: Tori Vega, la estrella pop angelical, era en realidad una mujer ambiciosa que usaba a Jade West por su influencia como directora, mientras mantenía un romance apasionado y secreto con Miller.

—No... —susurró Jade, su voz era un siseo gélido que heló el aire de la habitación—. No te atrevas.

Siguió bajando por la página. Había una supuesta "carta de amor" escrita por Tori a Miller, donde ella decía que se sentía "atrapada en la oscuridad de Jade" y que Miller era su "única salida". Los comentarios en internet eran un incendio forestal. Los fans estaban divididos, los críticos se regodeaban en el escándalo y el nombre de Tori Vega estaba siendo arrastrado por el fango de la infamia.

Jade lanzó el teléfono contra la pared. El dispositivo se hizo añicos, pero el ruido no calmó el rugido que empezaba a crecer en su pecho.

Caminó hacia el retrato de Tori en la sala. La imagen de su esposa la miraba con esa dulzura eterna, ajena a la suciedad que un hombre desesperado estaba arrojando sobre su memoria.

—Te lo prometí, Tori —dijo Jade, y su voz ya no sonaba como la de la mujer que quería sanar, sino como la de la directora de películas de terror que conocía mil formas de hacer sufrir a alguien—. Te prometí que esto se había acabado. Te prometí que volvería a sonreír.

Jade cerró los ojos, apretando los puños. La imagen de Miller riéndose en su celda, regodeándose en haber destruido lo último que le quedaba a Tori —su honor—, inundó su mente.

—Pero te mentí —continuó Jade, abriendo los ojos, que ahora brillaban con una intensidad maníaca y azulada—. Porque no puedo sanar mientras ese malnacido respire el mismo aire que yo y manche tu nombre con sus mentiras.

El cambio fue instantáneo. La vulnerabilidad que había empezado a cultivar se marchitó. Jade subió las escaleras hacia su habitación, pero no fue a la cama. Se dirigió al vestidor, donde, detrás de una fila de abrigos negros, había una caja fuerte que no había abierto desde la noche del almacén.

Introdujo el código. Dentro no había guiones ni recuerdos bonitos. Había una laptop blindada, un teléfono satelital y un estuche de cuero negro.

El timbre de la mansión sonó con insistencia. Jade sabía quién era. Bajó las escaleras con pasos lentos y pesados, cada uno cargado de una determinación letal. Abrió la puerta y se encontró con André y Cat. Ambos se veían aterrorizados.

—¡Jade, no mires internet! —exclamó Cat, con los ojos rojos de tanto llorar—. André está intentando que los abogados cierren esas páginas, pero...

—Ya lo vi, Cat —dijo Jade. Su voz era tan plana y carente de emoción que André retrocedió un paso.

—Jade, escucha —dijo André, tratando de mantener la calma—, sabemos que es mentira. Todo el mundo que la conoció sabe que ella te adoraba. Miller está desesperado, quiere reducir su condena o simplemente llevarte al límite. No caigas en su trampa.

—¿Trampa? —Jade soltó una carcajada que no llegó a sus ojos—. No es una trampa, André. Es un desafío. Él cree que porque está tras las rejas está a salvo de mí. Cree que puede usar la memoria de mi esposa como un escudo de carne.

—Jade, por favor —suplicó Cat, agarrándola del brazo—, le prometiste a Tori que pararías. Fuiste a su tumba ayer. Lo prometiste.

Jade se soltó del agarre de Cat con una frialdad que dolió más que un golpe.

—La mujer que hizo esa promesa murió esta mañana al leer esas noticias —sentenció Jade—. Tori no puede defenderse. Ella está bajo tierra mientras ese tipo se limpia los pies en su tumba. Si yo no limpio su nombre, nadie lo hará. Los abogados tardarán años. La opinión pública es una bestia que olvida la verdad y recuerda el escándalo.

—¿Qué vas a hacer? —preguntó André, temiendo la respuesta.

Jade se acercó a él, su rostro a centímetros del suyo. El olor a incienso y metal frío parecía emanar de sus poros nuevamente.

—Voy a hacer que Steven Miller desee haber muerto en aquella playa junto a Tori —respondió ella—. Voy a borrar cada mentira con su propia sangre si es necesario.

—¡Eso te enviará a la cárcel para siempre! —gritó André.

—Ya vivo en una cárcel, André. Se llama "un mundo sin Tori Vega". Unos muros de concreto no harán ninguna diferencia.

Jade cerró la puerta en sus caras antes de que pudieran decir algo más. No tenía tiempo para consuelos ni para razones. Tenía un trabajo que terminar.

Regresó a su estudio y encendió la laptop blindada. Sus dedos, ahora firmes, comenzaron a rastrear el origen de las filtraciones. Miller no lo había hecho solo; necesitaba a alguien afuera, un publicista o un hacker de alquiler. Jade encontró el rastro en menos de veinte minutos. Un pequeño bufete de relaciones públicas en el centro de Los Ángeles, conocido por manejar "casos difíciles" y fabricar evidencias para limpiar imágenes públicas.

—Primer objetivo —murmuró Jade.

Se vistió con su uniforme de sombras: pantalones tácticos negros, botas pesadas y una sudadera con capucha que ocultaba su rostro pálido. Antes de salir, se detuvo frente al maniquí con el vestido de terciopelo rojo.

—Perdóname, Tori —susurró, rozando la tela con la punta de sus dedos—. Sé que querías que fuera mejor. Pero el mundo no deja que las cosas buenas descansen en paz. Y yo no soy una cosa buena. Soy tu esposa. Y voy a protegerte, incluso de las palabras.

Jade salió de la mansión por la puerta trasera, evitando a la prensa que ya empezaba a agolparse en la entrada principal. Condujo su motocicleta a través del tráfico de la ciudad como un rayo negro. Su mente era un mapa de precisión. No había dolor, no había tristeza; solo había el frío absoluto de la ejecución.

Llegó al edificio del bufete de relaciones públicas. Era una oficina moderna, de cristal y acero. Jade entró por el garaje, inhabilitando las cámaras de seguridad con un dispositivo de pulso electromagnético que ella misma había diseñado meses atrás.

Subió por las escaleras de emergencia. Cuando entró en la oficina principal, el recepcionista ni siquiera tuvo tiempo de levantar la vista antes de que Jade le pusiera una mano sobre la boca y lo inmovilizara contra el escritorio.

—¿Dónde está el archivo Miller? —preguntó Jade, su voz era un susurro que cortaba como una cuchilla.

El joven señaló hacia una oficina al fondo, con los ojos desorbitados por el terror. Jade lo dejó inconsciente con un golpe preciso y continuó.

En la oficina del director, un hombre gordo y sudoroso estaba hablando por teléfono, riendo.

—...sí, la historia de los amantes está funcionando de maravilla. En una semana, nadie recordará que Miller ordenó el golpe. Dirán que fue un crimen pasional o que la chica Vega se lo buscó por jugar con dos...

La puerta se abrió de golpe. Jade entró, cerrando con llave tras de sí. El hombre soltó el teléfono.

—¿Quién diablos eres tú? —preguntó, intentando sonar valiente.

Jade se bajó la capucha. Su piel blanca resplandecía bajo las luces fluorescentes, y sus ojos azul verdosos parecían dos llamas gélidas.

—Soy la viuda —dijo Jade.

El hombre palideció. Todo el mundo en Hollywood conocía ese rostro, pero nadie lo había visto así, cargado de una intención tan puramente violenta.

—Escúchame, West... solo es negocios... —empezó a decir el hombre, retrocediendo hacia la ventana.

Jade no dijo nada. Se acercó lentamente, sacando un pequeño frasco de su bolsillo. Era ácido clorhídrico, una de las sustancias que usaba en sus efectos especiales, pero este era de grado industrial.

—Has fabricado mentiras sobre una mujer que no puede defenderse —dijo Jade, poniendo el frasco sobre el escritorio—. Has intentado manchar el único recuerdo puro que me queda.

—¡Miller me pagó! ¡Él me dio las fotos!

—Sé que las fotos son falsas. Sé que los correos son montajes —Jade se inclinó sobre el escritorio, sus manos apoyadas en la madera—. Tienes diez minutos para publicar una confesión completa en todos tus canales. Dirás que Steven Miller te contrató para fabricar la historia. Mostrarás los originales sin editar.

—Si hago eso, Miller me matará —sollozó el hombre.

Jade sacó una de sus tijeras y la clavó en el escritorio, a milímetros de la mano del hombre.

—Miller está en una celda. Yo estoy aquí —dijo Jade con una sonrisa que no tenía nada de humana—. Y te prometo que, si no lo haces, lo último que verás será este ácido derritiendo tu cara mientras te obligo a tragarte cada una de tus mentiras.

El hombre comenzó a teclear frenéticamente. Jade se quedó detrás de él, observando cada palabra. El miedo era un gran motivador para la verdad. En cuestión de minutos, la redacción de la confesión estaba lista.

—Publícalo —ordenó Jade.

—Ya está... ya está hecho. Por favor, no me hagas daño.

Jade tomó la computadora del hombre y la guardó en su mochila. Luego, lo miró con desprecio.

—Esto es solo el principio. Si intentas borrarlo o decir que te obligué, volveré. Y no usaré el ácido para asustarte.

Jade salió del edificio tan rápido como había entrado. En las redes sociales, la noticia de la confesión empezó a estallar. La verdad estaba saliendo a la luz, pero para Jade, no era suficiente. El arquitecto de la mentira seguía vivo.

Condujo hacia la prisión de alta seguridad donde Miller esperaba su juicio definitivo. Sabía que no podía entrar y matarlo allí mismo, no sin ser atrapada. Pero Jade West no buscaba una salida fácil.

Se estacionó frente a la prisión y sacó el teléfono satelital. Marcó un número privado.

—¿Dígame? —respondió una voz ronca desde el otro lado.

—Es hora —dijo Jade—. El trato que hicimos. Miller ya no tiene utilidad. Su reputación está destruida. Su dinero está bloqueado.

—¿Quieres que lo hagamos parecer un accidente, West?

Jade miró hacia los muros de la prisión, imaginando a Miller en su celda, dándose cuenta de que su última jugada había fallado.

—No —dijo Jade, y una lágrima solitaria, la última que derramaría por rabia, rodó por su mejilla—. Quiero que sepa quién lo envió. Quiero que sus últimas palabras sean el nombre de Tori.

—Entendido. Se hará esta noche.

Jade colgó. Se sintió vacía, un cascarón de cenizas. Había roto su promesa. Había vuelto a invocar a la bestia. Pero al mirar hacia el cielo nocturno, sintió que el peso que oprimía el nombre de Tori se había levantado.

Regresó a la mansión de madrugada. Cat y André ya no estaban, pero habían dejado una nota en la puerta: "Te queremos, Jade. No te pierdas".

Jade entró en la casa y se dirigió directamente al estudio. Se sentó frente al guion de *Luz en el Abismo*. Tomó la pluma y tachó el título. En su lugar, escribió: *Réquiem por un Sol*.

Se quitó la ropa manchada de sudor y miedo, y se puso una de las camisas de franela de Tori que aún conservaba su aroma. Se sentó en el suelo, abrazando sus rodillas, frente al retrato de su esposa.

—Ya está, mi amor —susurró Jade, su voz rompiéndose finalmente—. Ya nadie puede decir nada de ti. Tu nombre está limpio. Tu memoria es sagrada.

El silencio de la mansión volvió a ser denso, pero esta vez, Jade no intentó llenarlo con música. Se quedó allí, en la penumbra, aceptando que su vida siempre sería una mezcla de amor y oscuridad. Había salvado la honra de Tori, pero el precio había sido su propia redención.

—Prometí que sanaría —dijo Jade a la imagen de Tori—. Quizás no pueda hacerlo del todo. Quizás mi forma de amarte sea esta: siendo el monstruo que protege tu luz.

Jade West cerró los ojos y, por primera vez, no buscó el perdón. Solo buscó el descanso. La venganza había sido completada, la mentira había sido destruida, y aunque ella se sintiera más muerta que viva, sabía que en algún lugar, Tori Vega estaba sonriendo porque, al final del día, Jade seguía siendo su chica. Su chica fría, intimidante y peligrosa, que movería el cielo y el infierno para que nadie apagara su estrella.

La mañana traería las noticias de la muerte de Miller en su celda, un "suicidio" por remordimiento, dirían los periódicos. Pero Jade no leería las noticias. Ella estaría en su jardín, plantando nuevas flores, esperando que algún día, el color regresara a su mundo, no por obligación, sino porque Tori así lo hubiera querido.

La guerra había terminado. Jade West finalmente estaba sola con sus recuerdos, y por ahora, eso tenía que ser suficiente.