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Mi esposa para siempre- La venganza de Jade west

Ecos de un Latido Fantasma

La mansión de las colinas de Hollywood ya no era el mausoleo frío y asfixiante de hacía unos meses. Seguía siendo oscura, por supuesto, porque Jade West no iba a cambiar sus cortinas de terciopelo negro por unas de flores solo porque su salud mental estuviera en remisión, pero el aire se sentía diferente. Había una vibración, un zumbido de energía que recorría los pasillos, algo que Jade solo podía describir como "caos travieso".

Jade estaba sentada en la isla de la cocina, frente a una taza de café humeante y un guion a medio terminar. Se frotó las sienes, sintiendo el cansancio típico de quien ha pasado la noche entera en vela, pero no por pesadillas, sino por la imaginación. Desde que Miller murió en su celda y el doctor confesó la verdad —aquella verdad que casi le arranca el alma a Jade—, su mundo se había vuelto una amalgama de dolor agridulce y sueños lúcidos.

—Un bebé, Vega... —susurró Jade al vacío de la cocina—. ¿En serio ibas a darme un mini-monstruo y no me dijiste nada?

El recuerdo de la confesión del doctor todavía le escocía. Saber que Tori estaba embarazada cuando aquel sicario la arrebató de sus brazos fue como ser atropellada por un tren de carga emocional. Miller lo sabía. El sicario lo sabía. Todos lo sabían menos ella. Jade le había dado una paliza al doctor antes de que la policía se lo llevara, y aunque eso no le devolvió a su hijo ni a su esposa, sirvió para cerrar un capítulo de violencia física. El doctor pasaría el resto de sus días en una celda, justo donde debía estar.

De repente, Jade sintió un tirón suave en su pie derecho. Miró hacia abajo. Su pantufla negra con forma de murciélago había desaparecido.

—Tori, no estoy de humor —dijo Jade, arqueando una ceja hacia el aire—. Devuélveme la pantufla. Tengo los pies fríos.

Un segundo después, la pantufla apareció flotando a la altura de sus ojos, balanceándose rítmicamente como si estuviera bailando una canción de pop pegajosa. Jade no pudo evitar que una pequeña sonrisa, casi imperceptible, asomara en sus labios.

—Muy graciosa. Ahora, abajo.

La pantufla cayó suavemente sobre su pie. Jade sintió un cosquilleo frío en la mejilla, similar a un beso de escarcha. Sabía que era ella. Tori no se había ido. Se había quedado, atrapada entre dos mundos, convertida en una presencia que se manifestaba a través de bromas pesadas y objetos que flotaban. Era una fantasmita traviesa, y Jade, contra todo pronóstico, prefería mil veces vivir en una casa embrujada por el amor de su vida que en una casa vacía.

—¡Jade! ¡Ya llegamos! —El grito de Cat Valentine retumbó desde la entrada principal, seguido por el sonido de varias voces conocidas.

Jade suspiró y se levantó. El grupo se reunía en su casa una vez por semana. Era su forma de asegurarse de que Jade no volviera a caer en el abismo. André, Robbie (con Rex, por supuesto), Cat, Beck e incluso Trina Vega estaban allí. La relación con Trina había sido la más difícil de reconstruir; ambas compartían un dolor que las hacía chocar, pero el duelo por Tori las había terminado uniendo en una tregua silenciosa y respetuosa.

—Traje snacks —anunció André, dejando unas bolsas sobre la mesa—. Y por snacks, me refiero a cosas que no sean solo café y regaliz negro, Jade.

—Qué considerado, André —respondió Jade con su sarcasmo habitual—. Casi olvido que la gente normal consume azúcar.

—¡Hola, Jade! —Cat corrió a abrazarla. Jade se tensó, pero no la apartó—. ¿Ha pasado algo divertido hoy? ¿Tori ha hecho alguna de las suyas?

—Me robó una pantufla hace cinco minutos —dijo Jade, sentándose en el sofá—. Y ayer escondió mis llaves en el congelador.

Beck, que estaba apoyado contra el marco de la puerta, soltó una risita.

—Parece que no ha perdido su sentido del humor, incluso siendo un ectoplasma.

—No es gracioso, Beck —intervino Robbie, mirando con nerviosismo hacia las esquinas del techo—. La última vez que vine, me desató los cordones de los zapatos tres veces. Rex dice que es una falta de respeto a los vivos.

—¡Rex dice que esa chica siempre fue una molestia y ahora es una molestia invisible! —exclamó la marioneta.

De pronto, la bolsa de papas fritas que André acababa de abrir se elevó por los aires. Todos se quedaron en silencio, observando cómo las papas empezaban a salir de la bolsa una por una, formando un círculo perfecto en el aire. Luego, las papas empezaron a llover sobre la cabeza de Robbie.

—¡Oye! —gritó Robbie, cubriéndose con las manos—. ¡Tori, detente!

Una risa cristalina y lejana, como un eco en un túnel, resonó en la sala. No era aterradora; era la risa de Tori, llena de luz y travesura.

—Te lo advertí, Robbie —dijo Jade, cruzándose de brazos—. No le gusta que Rex hable mal de ella.

Trina, que estaba sentada en un rincón mirando una foto de su hermana, sonrió con tristeza.

—Ella siempre quiso ser el centro de atención. Supongo que ni la muerte puede quitarle eso.

—No —susurró Jade, mirando hacia el lugar donde las papas habían caído—. Ella es el sol, Trina. Los planetas no dejan de girar solo porque el sol se vuelve invisible.

La tarde transcurrió entre anécdotas y risas agridulces. Era el proceso de sanación en su máxima expresión. Jade participaba más de lo que solía hacerlo en el pasado. Ya no sentía la necesidad de intimidar a todos para mantener su distancia. El dolor la había suavizado, no de una manera débil, sino de una manera profunda y comprensiva.

Sin embargo, cuando la noche cayó y sus amigos se marcharon, el silencio regresó, y con él, los sueños.

Jade se acostó en su cama, sintiendo el lado izquierdo del colchón hundirse ligeramente, como si alguien se hubiera sentado allí.

—Buenas noches, Vega —murmuró, cerrando los ojos.

El sueño llegó rápido. Siempre era el mismo escenario: una casa blanca frente al mar, inundada por una luz cálida y dorada. Jade estaba en la cocina, pero no era su cocina de Hollywood; era un hogar lleno de colores, con juguetes de madera en los rincones y un aroma a galletas recién horneadas.

—¡Jade! ¡Se está moviendo! —La voz de Tori, clara y vibrante, la llamó desde el porche.

Jade caminó hacia afuera. Allí estaba ella. Tori Vega, con su piel morena brillando bajo el sol, vestida con un vestido de maternidad amarillo que resaltaba su vientre prominente. Se veía hermosa, radiante, con una plenitud que Jade nunca había visto en la vida real.

—Ven aquí, gruñona —dijo Tori, extendiendo una mano hacia ella.

Jade se acercó y puso su mano sobre el vientre de Tori. Sintió una patada firme y rítmica. Sus ojos se llenaron de lágrimas en el sueño.

—Es fuerte —susurró Jade, besando la frente de su esposa—. Igual que su madre.

—Va a ser una niña, Jade —dijo Tori, rodeando el cuello de Jade con sus brazos—. Lo sé. Tendrá tus ojos y mi nariz. Y probablemente tu temperamento, así que que Dios nos ayude.

—Yo la protegeré —prometió Jade, hundiendo su rostro en el cuello de Tori, aspirando ese aroma a gardenias que tanto extrañaba—. A las dos. Nadie les hará daño.

En el sueño, Jade vivía todo el proceso. Se veía a sí misma armando la cuna, frustrada porque las instrucciones no tenían sentido, maldiciendo en voz baja mientras Tori se reía de ella desde la mecedora. Se veía despertando a las tres de la mañana para buscar helado de pistacho y pepinillos porque Tori tenía un antojo irresistible. Se veía sosteniendo la mano de Tori en el hospital, dándole fuerzas mientras el mundo parecía detenerse en el momento del parto.

Eran sueños tan reales que, al despertar, Jade a veces buscaba el calor de un bebé en la habitación.

Se despertó sobresaltada cuando sintió algo pesado caer sobre sus pies. Abrió los ojos y vio que su manta se había enrollado de una forma extraña. Al lado de su almohada, había una pequeña nota escrita en un papel que no estaba allí antes.

La letra era desordenada y apresurada, la letra de Tori.

"Elegiste el nombre de la cuna mal tres veces en tu sueño, West. Se nota que necesitas mi ayuda para todo."

Jade soltó una carcajada que terminó en un sollozo seco.

—Eres una idiota, Vega —dijo Jade, apretando la nota contra su pecho—. Una fantasma idiota.

Se levantó y caminó hacia el espejo del baño. En el vapor del cristal, empezaron a formarse letras.

"TE AMO"

Jade extendió la mano y trazó un corazón alrededor de las palabras.

—Yo también te amo. Y no me importa si tengo que pasar el resto de mi vida hablando con las paredes y buscando mis pantuflas en el techo. Mientras estés aquí, el mundo tiene sentido.

Bajó a la sala y vio que el guion en el que estaba trabajando había sido movido. En la última página, donde ella se había quedado atascada, alguien había garabateado una sugerencia para el final. Era un final feliz, uno que Jade nunca se habría atrevido a escribir por sí misma.

—¿Así que quieres un final feliz, eh? —preguntó Jade al aire, mientras sentía cómo una de sus trenzas era tirada suavemente hacia atrás—. Está bien. Lo escribiré por ti.

Esa mañana, Jade no se vistió de negro absoluto. Eligió una camiseta de color púrpura oscuro, uno de los colores favoritos de Tori. Salió al jardín y vio que los rosales que Tori había plantado antes de morir estaban floreciendo con una fuerza inusitada, a pesar de que no era temporada.

Se sentó en el banco del jardín y cerró los ojos, disfrutando del calor del sol. Sintió una presencia a su lado, una calidez que envolvía su mano. No podía verla, pero sabía que Tori estaba allí, sentada junto a ella, mirando las flores.

—¿Sabes? —dijo Jade en voz alta—. Beck cree que estás loca por seguir asustando a Robbie. Pero yo creo que es lo mínimo que se merece por dejar que Rex diga esas cosas.

Una ráfaga de viento agitó su cabello, y Jade pudo jurar que escuchó un susurro en su oído: "Dile a Cat que extraño sus cupcakes, aunque fueran radioactivos".

Jade se rió, una risa real, honesta, que espantó a los pájaros de los árboles cercanos. La sanación no era olvidar. No era dejar de doler. Era aprender a vivir con el eco de lo que fue y la magia de lo que seguía siendo.

Jade West, la mujer que una vez buscó venganza con tijeras y fuego, ahora era la guardiana de un amor que trascendía la tumba. Sabía que Miller estaba muerto, que el doctor estaba encerrado y que la justicia se había cumplido. Pero lo más importante era que Tori no era solo un recuerdo; era una compañera de cuarto invisible, una musa caprichosa y la razón por la que Jade, cada mañana, decidía seguir adelante.

—Vamos, fantasmita —dijo Jade, levantándose y caminando hacia la casa—. Ayúdame a terminar este guion. Pero si intentas borrar mis diálogos otra vez, te juro que llamaré a un exorcista.

Una lámpara del porche parpadeó dos veces, el código de Tori para un "ni lo sueñes".

Jade entró en su hogar, con una sonrisa en el rostro y un corazón que, aunque lleno de cicatrices, finalmente estaba en paz. La vida seguía, y en la mansión de las colinas, la historia de Jori continuaba escribiéndose, una travesura y un sueño a la vez. Porque cuando el amor es tan fuerte como el de ellas, ni siquiera la muerte tiene la última palabra.