mi hermano tiene novia?
Entre dragones de acero y un suegro legendario
La convivencia en el pequeño apartamento de los hermanos Seba había dado un giro drástico desde que el secreto de Natsuki y Shin salió a la luz. Mafuyu, a pesar de sus protestas iniciales y sus constantes quejas sobre lo "asqueroso" que era ver a su mejor amigo besuqueando a su hermano mayor, en el fondo estaba encantado. Ahora, Shin aparecía por allí casi todas las tardes después de su turno en la tienda de Sakamoto, lo que significaba que Mafuyu tenía a alguien que realmente le prestaba atención, jugaba con él o simplemente escuchaba sus quejas sobre los gérmenes de la JCC mientras Natsuki se perdía en sus diagramas de armas.
Sin embargo, esa tarde de martes, el ambiente no era el habitual. Shin entró en el piso con los hombros hundidos y una expresión que oscilaba entre el pánico puro y el existencialismo. No saludó con su habitual "¡Hola, ya estoy aquí!" lleno de energía. En su lugar, se dejó caer en el sofá como si le hubieran quitado los huesos, soltando un suspiro que pareció vaciarle los pulmones.
Mafuyu, que estaba sentado en el suelo desinfectando meticulosamente sus protecciones de combate, levantó la vista y frunció el ceño. Al ver a Shin tan decaído, su instinto protector —ese que solo reservaba para el rubio— se activó de inmediato. Se acercó a él y le puso una mano en la rodilla, ignorando por una vez su fobia al contacto físico casual.
—Shin-san, ¿qué te pasa? —preguntó Mafuyu con una voz inusualmente suave—. Tienes cara de haber visto un fantasma. ¿Alguien te ha hecho algo en la tienda? ¿Ha sido algún cliente molesto? Si quieres, puedo ir mañana y lanzarle un par de granadas de gas lacrimógeno.
Natsuki, que estaba en la mesa del comedor rodeado de cables de cobre y piezas de un sensor térmico, ni siquiera levantó la cabeza, aunque sus oídos estaban bien atentos.
—Déjalo, Mafuyu —comentó Natsuki con su habitual tono ácido—. Seguro que la tienda se quedó sin el pan de curry favorito de Sakamoto y siente que el mundo se acaba. Es un dramático.
Shin levantó la cabeza, mirando a Natsuki con ojos suplicantes, y luego volvió la vista a Mafuyu.
—Es peor que el pan de curry —balbuceó Shin, pasándose las manos por el cabello rubio hasta dejarlo hecho un desastre—. Se lo he dicho. Se lo he dicho a Sakamoto-san.
Natsuki se detuvo en seco. El soldador que sostenía quedó suspendido en el aire. Lentamente, giró la cabeza hacia el sofá.
—¿El qué exactamente le has dicho, Shin? —preguntó el pelinegro, con un tono que denotaba que ya sabía la respuesta y no le gustaba nada.
—Le dije que tengo novio —soltó Shin de golpe, como si la confesión le quemara la garganta—. Llevaba días preguntándome por qué siempre miraba el móvil sonriendo como un idiota o por qué salía corriendo del trabajo en cuanto terminaba mi turno. Pensó que me estaba metiendo en líos con alguna banda de asesinos nueva o que estaba planeando algo a sus espaldas. No pude seguir mintiéndole, ¡sus ojos, Natsuki! ¡Me miraba con esa cara de decepción silenciosa que es peor que cualquier disparo!
Mafuyu parpadeó, procesando la información, y luego soltó una carcajada burlona mientras volvía a sus cosas.
—Vaya, el pajarito ha cantado —se mofó el menor—. ¿Y qué dijo el gran Sakamoto? ¿Te dio su bendición o empezó a limpiar su arsenal de sellos y bolígrafos para ir a cazar al valiente?
Shin tragó saliva, el ruido fue audible en toda la habitación.
—No se lo ha tomado... del todo bien —admitió Shin en un susurro—. No es que se haya enfadado, es que se puso... protector. Dijo que si alguien estaba saliendo con "su chico", tenía que asegurarse de que fuera una persona decente. Y luego... luego dijo que quiere conocerte. Mañana. En la tienda. A la hora del almuerzo.
El silencio que siguió fue sepulcral. Natsuki dejó el soldador sobre la base de cerámica con una parsimonia que ocultaba el hecho de que sus manos estaban empezando a sudar. Él, que no le temía a las explosiones, a los venenos o a los asesinos de clase especial, sintió un escalofrío recorriéndole la columna vertebral.
—¿Conocerme? —repitó Natsuki—. Shin, soy un inventor de armas para la JCC. Mi familia es... bueno, ya sabes cómo son mis padres. Mi historial social es un desierto y mi personalidad ha sido descrita como "ligeramente tóxica" por mis propios profesores. ¿Y quieres que vaya a que el asesino más legendario de la historia me examine como si fuera un bicho bajo un microscopio?
—¡No es para tanto! —exclamó Shin, aunque su mente gritaba todo lo contrario—. Sakamoto-san es un hombre de familia ahora. Es amable, tranquilo... siempre y cuando no le hagas daño a nadie que quiera.
Mafuyu, que estaba disfrutando de la situación más que de cualquier videojuego, se levantó y se apoyó contra la pared, cruzándose de brazos con una sonrisa maliciosa.
—Oh, esto va a ser glorioso —dijo el adolescente—. Natsuki, estás muerto. Estás tan, tan muerto.
—Cállate, Mafuyu —gruñó Natsuki, aunque no tenía su fuerza habitual.
—No, en serio, piénsalo —continuó Mafuyu, ignorando a su hermano—. Shin-san es como el hijo adoptivo de Sakamoto. Es su protegido, su mano derecha, su "niño". Y tú... tú eres tú. Eres descarado, eres un prepotente, te gusta chinchar a la gente y tienes esa mirada de "soy mejor que tú porque sé cómo funciona un detonador". A Sakamoto no le va a gustar ni un pelo que un tipo tan raro y oscuro como tú esté con su brillante y optimista Shin.
Natsuki se levantó de la silla, caminando hacia Shin. Se detuvo frente a él y lo miró intensamente.
—Dile que estoy ocupado. Dile que tengo un experimento que podría explotar si lo dejo solo. Dile que me he mudado a otra prefectura.
Shin se puso de pie y agarró a Natsuki por la sudadera, sacudiéndolo un poco.
—¡No puedo hacer eso! ¡Sabe leer a la gente casi tan bien como yo leo mentes! Si no vas, vendrá él aquí. ¿Quieres a Taro Sakamoto derribando la puerta de este apartamento para ver quién es el "misterioso novio"?
Natsuki visualizó la escena: Sakamoto, con su complexión robusta y su mirada imperturbable tras las gafas, entrando en su taller y juzgando cada desorden, cada cable suelto y cada una de sus intenciones con Shin. Prefirió la opción de la tienda. Al menos allí habría testigos y comida.
—Está bien —cedió Natsuki, pasándose una mano por el rostro cansado—. Iré. Pero si intenta matarme con un carrito de la compra o una espátula, espero que intervengas.
—¡Prometido! —dijo Shin, visiblemente aliviado, abrazando a Natsuki por la cintura—. Verás que no es tan malo. Solo tienes que ser... tú. Pero un poco menos ácido. Y tal vez no hables de calibres de balas mientras comemos.
Mafuyu soltó una carcajada estridente desde el otro lado de la habitación.
—¡Eso es imposible! —gritó Mafuyu—. Natsuki no sabe ser normal. Shin-san, prepárate para ser soltero de nuevo, porque mi hermano va a meter la pata en los primeros cinco minutos. Va a decir algo sarcástico o va a intentar coquetear contigo delante de él para marcar territorio, y Sakamoto lo va a convertir en una mancha en el suelo.
Natsuki miró a su hermano menor con una chispa de desafío.
—¿Ah, sí? ¿Crees que no puedo ser encantador si me lo propongo?
—Creo que eres un friki que solo sabe hablar con máquinas —respondió Mafuyu sin dudar—. Y creo que Sakamoto-san verá a través de tu fachada de "genio incomprendido" en un segundo. Shin es demasiado bueno para ti, y todo el mundo lo sabe, especialmente su jefe.
Natsuki se volvió hacia Shin, ignorando los comentarios de Mafuyu, y le dedicó una de esas sonrisas de lado que siempre hacían que el telépata perdiera el hilo de sus pensamientos.
—¿Oyes eso, Shin? Tu hermano político no confía en mis dotes sociales. Mañana tendré que demostrarle que puedo ganarme hasta al mismísimo Sakamoto.
Shin leyó el pensamiento que cruzó la mente de Natsuki en ese momento: *"Y si no puedo ganármelo, al menos me aseguraré de que sepa que no voy a soltarte por mucho que me mire con cara de pocos amigos"*.
—Solo intenta no ser demasiado... provocador —pidió Shin, sintiendo ya el inicio de una migraña—. Sakamoto-san es muy tradicional con estas cosas. Para él, tú eres el que viene a llevarse a su pequeño ayudante.
—Soy el que viene a cuidar de su pequeño ayudante —corrigió Natsuki, bajando la voz y acercándose al oído de Shin—. Aunque si se pone pesado, siempre puedo recordarle que soy el que mejor conoce todos tus sonidos cuando...
—¡¡NATSUKI!! —gritó Shin, poniéndose rojo como un tomate y empujándolo lejos—. ¡Ni se te ocurra pensar eso cerca de él! ¡Sakamoto no lee mentes, pero tiene un instinto de padre que da miedo!
Mafuyu hizo un ruido de asco, cubriéndose los oídos.
—¡Puaj! ¡Recordad que sigo aquí! ¡Iros a un hotel o al taller! ¡Mis ojos, mis pobres ojos!
Natsuki se rió, sintiéndose un poco más animado por el puro placer de molestar a los dos rubios que más quería en el mundo. Sin embargo, por dentro, una pequeña parte de su mente ya estaba calculando las probabilidades de supervivencia en un enfrentamiento verbal con el hombre que una vez fue el asesino número uno.
La mañana siguiente llegó demasiado rápido. Natsuki se vistió con algo más de cuidado de lo habitual, cambiando su bata de laboratorio manchada por una camisa negra impecable, aunque se negó a quitarse sus herramientas de bolsillo "por si acaso". Shin lo esperaba en la puerta, moviendo la pierna con nerviosismo.
Mafuyu los despidió desde el sofá, agitando una mano con desgana mientras sostenía un spray desinfectante.
—Adiós, Natsuki. Fue un placer ser tu hermano. Shin-san, si sobra algo de él, tráeme sus piezas de repuesto, valen mucho en el mercado negro.
—¡Vete a pastar, Mafuyu! —gritó Natsuki mientras salían por la puerta.
El trayecto hasta la tienda de Sakamoto fue silencioso. Shin intentaba proyectar pensamientos relajantes, pero su propia ansiedad era tan alta que solo conseguía crear un estática mental que ponía a Natsuki de mal humor. Cuando finalmente llegaron frente a la fachada de la pequeña tienda de conveniencia, Natsuki se detuvo un momento, observando el cartel colorido y la apariencia inofensiva del lugar.
—¿Aquí es donde trabaja el hombre más peligroso del mundo? —preguntó Natsuki, arqueando una ceja—. Parece el tipo de sitio donde comprarías leche caducada por error.
—No digas eso —susurró Shin, empujándolo hacia la entrada—. Y recuerda: sonríe, sé educado y, por el amor de Dios, no hables de armas.
Al entrar, el sonido de la campana anunció su llegada. El interior olía a café, productos de limpieza y pan recién horneado. Detrás del mostrador, un hombre de complexión ancha, con un delantal que le quedaba algo ajustado y unas gafas redondas que ocultaban sus ojos, estaba colocando unas cajas de fideos instantáneos.
Sakamoto levantó la vista. No dijo nada. No hubo música dramática, ni un aura de poder oscuro rodeando la tienda. Solo un hombre tranquilo observando al joven pelinegro que sostenía la mano de su protegido.
Shin sintió que el aire se volvía denso. Las mentes de ambos hombres eran muros infranqueables por diferentes razones: la de Sakamoto por su disciplina absoluta, la de Natsuki por su complejidad técnica y su cinismo.
—Sakamoto-san... —empezó Shin, con la voz un poco temblorosa—. Este es Natsuki Seba. Mi... mi novio.
Natsuki dio un paso adelante, manteniendo la mirada de Sakamoto. No era una mirada de desafío, sino de reconocimiento. Sabía quién era el hombre frente a él, y sabía lo que Shin significaba para él.
—Es un placer, Sakamoto-san —dijo Natsuki, y para sorpresa de Shin, su tono fue respetuoso, aunque conservaba esa chispa de confianza propia del genio que era—. He oído mucho sobre usted. Casi todo de boca de Shin, y casi todo implica que usted es el responsable de que él siga siendo una buena persona en un mundo tan podrido.
Sakamoto permaneció en silencio durante unos segundos que parecieron horas. Luego, bajó la caja de fideos y rodeó el mostrador con pasos pesados pero silenciosos. Se detuvo frente a Natsuki. Era más bajo que el inventor, pero su presencia llenaba toda la tienda.
Sakamoto levantó una mano. Shin estuvo a punto de gritar, pensando que le daría un golpe de palma, pero el hombre simplemente ajustó la posición de la camisa de Natsuki, alisando una arruga en el cuello.
—Shin es un buen chico —dijo Sakamoto. Su voz era profunda, calmada, pero con un peso que no admitía réplicas—. A veces es demasiado ruidoso, y a veces no sabe cuándo rendirse. Pero tiene un corazón que no pertenece a este mundo.
Sakamoto miró fijamente a los ojos de Natsuki.
—Si le haces daño, o si tus "inventos" lo ponen en un peligro innecesario... no habrá lugar en este país donde puedas esconder tus herramientas. ¿Entendido?
Natsuki sintió una gota de sudor frío bajar por su nuca, pero no apartó la mirada.
—Entendido —respondió Natsuki con firmeza—. Pero debería saber que Shin es tan testarudo como yo. A veces soy yo quien tiene que sacarlo de los líos en los que se mete por intentar ayudar a todo el mundo. Supongo que eso lo aprendió de usted.
Una pequeña chispa de algo parecido al respeto cruzó los ojos de Sakamoto. Se dio la vuelta y volvió al mostrador.
—La comida está en la parte de atrás. Lu ha preparado algo. Id a comer. Shin, no llegues tarde a reponer la sección de bebidas después.
Shin soltó un suspiro tan grande que sus hombros bajaron diez centímetros.
—¡Gracias, Sakamoto-san!
Mientras se dirigían a la trastienda, Shin le dio un codazo a Natsuki.
—Lo has hecho bien. Casi me meo encima, pero lo has hecho bien.
Natsuki se secó el sudor de la frente con la manga, recuperando su sonrisa ladeada.
—Te lo dije. Soy encantador. Aunque admito que por un momento pensé que iba a terminar dentro de esa caja de fideos.
En ese momento, el teléfono de Natsuki vibró. Era un mensaje de Mafuyu.
*"¿Sigues vivo? Si es así, tráeme unos mochis de la tienda. Si estás muerto, no te molestes en contestar"*.
Natsuki tecleó rápidamente mientras Shin lo arrastraba hacia la mesa donde Lu ya los esperaba con platos humeantes.
*"Sigo vivo, enano. Y dile a Sakamoto-san la próxima vez que me vea que su sección de seguridad de la tienda es una basura. Voy a tener que rediseñarle las cámaras antes de que alguien intente atracarlo y él tenga que usar un pepino para defenderse"*.
Shin leyó el mensaje por encima de su hombro y se llevó una mano a la cara.
—¡Natsuki! ¡No le digas eso!
—¿Qué? —dijo el pelinegro, sentándose a la mesa y robando un trozo de comida del plato de Shin—. Es mi forma de mostrar afecto. Si no le critico su tecnología, es que no me importa. Y ese hombre... bueno, supongo que ahora es parte de la familia.
Shin sonrió, sintiendo que, a pesar del peligro constante, de los hermanos rebeldes y de los suegros legendarios, no cambiaría ese caos por nada del mundo. Al fin y al cabo, en el mundo de los asesinos, el amor era el invento más peligroso y maravilloso que Natsuki Seba había descubierto jamás.