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mi hermano tiene novia?

El peso de un legado y el precio de los mochis

La trastienda de la tienda de conveniencia Sakamoto era, en esencia, el corazón táctico de una familia improvisada. Entre cajas de suministros, estantes metálicos y el aroma a té de jazmín que Lu solía preparar, el ambiente era mucho más acogedor que el taller lleno de grasa de Natsuki, pero para el inventor, la presión atmosférica era mucho mayor.

Sentados alrededor de una mesa baja, el trío formado por Shin, Natsuki y Lu Xiaolan compartía un almuerzo que, para Shin, sabía a gloria y a alivio. Natsuki, por su parte, observaba con ojos analíticos cada rincón del lugar. Su mente no podía evitar desglosar el sistema de ventilación o la integridad estructural de las paredes.

—Entonces —dijo Lu, apoyando la barbilla en su mano mientras miraba a Natsuki con una sonrisa felina y curiosa—, tú eres el famoso hermano de Mafuyu. El "genio huraño" que hace que Shin suspire como una colegiala delante de las estanterías de revistas.

Shin se atragantó con un trozo de arroz, poniéndose instantáneamente del color de una fresa madura.

—¡Lu! ¡No digas esas cosas! —protestó Shin, agitando las manos—. ¡No suspiro! Solo... a veces me distraigo pensando en cosas.

—Cosas que tienen el pelo negro, ojeras permanentes y huelen a pólvora —añadió Lu con una risita, disfrutando del tormento del telépata.

Natsuki, recuperando su compostura habitual y su tono ácido, soltó una pequeña risa seca mientras pinchaba un trozo de tortilla con sus palillos.

—Me halaga saber que soy una distracción tan efectiva —comentó Natsuki, lanzándole una mirada de reojo a Shin que hizo que este quisiera esconderse bajo la mesa—. Aunque me sorprende que Shin tenga tiempo de suspirar con lo mucho que Sakamoto-san lo hace trabajar. He visto el inventario, es una crueldad logística.

—Sakamoto-san es justo —defendió Shin, aunque todavía con las orejas rojas—. Además, el trabajo me ayuda a mantener la mente ocupada. Si no estuviera aquí, probablemente estaría volviéndome loco escuchando los pensamientos de todos los raritos que caminan por la calle.

Natsuki se quedó pensativo un momento. Extendió la mano y, con una naturalidad que dejó a Lu boquiabierta, acarició brevemente el dorso de la mano de Shin sobre la mesa.

—Bueno, ahora me tienes a mí para saturar tu radar mental con diagramas de motores de combustión —murmuró Natsuki—. Eso debería protegerte del ruido exterior.

*"Y para recordarte lo mucho que me gusta que seas tú quien me lea, aunque a veces seas un libro demasiado abierto"*, pensó Natsuki con una calidez que Shin recibió como un abrazo mental.

La puerta de la trastienda se abrió de repente, y la figura imponente de Taro Sakamoto apareció bajo el marco. Llevaba un delantal nuevo y sostenía una bandeja con tres pequeños cuencos de sopa de miso. El silencio cayó sobre la mesa de inmediato. Sakamoto dejó los cuencos con movimientos precisos y luego, sin decir una palabra, se sentó en un taburete cercano, observando a Natsuki.

No era una mirada agresiva, pero Natsuki sentía como si le estuvieran escaneando el código fuente.

—Natsuki Seba —dijo Sakamoto. No era una pregunta, era una constatación.

—Sakamoto-san —respondió Natsuki, enderezando la espalda.

—Shin me ha contado que eres el mejor de tu año en el departamento de producción de la JCC —continuó el hombre mayor—. Eso requiere disciplina. Y una falta total de miedo al fracaso.

—Requiere más bien una obsesión saludable con la eficiencia —corrigió Natsuki, recuperando su chispa retadora—. En mi línea de trabajo, un error de un milímetro significa que alguien pierde un brazo. No me permito errores, Sakamoto-san. Ni en mis inventos, ni en las personas en las que decido invertir mi tiempo.

Sakamoto asintió lentamente. Parecía estar pesando las palabras del joven.

—Shin es impulsivo —dijo Sakamoto, mirando al rubio con un afecto casi paternal—. Se lanza al peligro sin pensar si cree que es lo correcto. Necesita a alguien que sea su ancla, no alguien que le proporcione más explosivos para lanzarse al fuego.

—Puedo ser ambas cosas —replicó Natsuki con una sonrisa ladeada—. Puedo ser el ancla que lo mantiene a salvo y el que le fabrique el escudo más resistente del mundo para cuando decida ser un idiota heroico. Al fin y al cabo, para eso soy un Seba. Resolvemos problemas.

Sakamoto se levantó, pareciendo satisfecho por el momento. Antes de salir, se detuvo y miró a Shin.

—Asegúrate de que coma bien. Está muy delgado.

Cuando Sakamoto desapareció de nuevo hacia la tienda, Shin soltó un suspiro tembloroso y se dejó caer contra el hombro de Natsuki.

—Dios mío... creo que he envejecido diez años en diez minutos.

—Ha ido bien, Shin —dijo Lu, levantándose para recoger los platos—. Sakamoto-san no le ofrece sopa de miso a cualquiera. Eso es prácticamente una invitación a la cena de Navidad. Natsuki, has pasado la prueba de fuego.

—Apenas —susurró Natsuki, aunque su pecho se hinchó un poco de orgullo—. Ahora, si me disculpáis, tengo un hermano menor que probablemente esté intentando quemar mi taller por puro aburrimiento y despecho. Shin, ¿vienes?

—Tengo que terminar el turno —dijo Shin con una mueca de pesar—. Pero te veré en tu casa en un par de horas. ¿Podemos comprar pizza? No quiero que Mafuyu nos cocine algo que sepa a desinfectante.

—Pizza será —concedió Natsuki, dándole un beso rápido en la sien antes de levantarse—. Y Shin... gracias por no dejar que me matara.

Natsuki salió de la tienda con las manos en los bolsillos, sintiendo el aire fresco de la tarde. El encuentro con Sakamoto había sido estresante, sí, pero le había dado una perspectiva nueva. Shin no era solo un chico animado con el que salía; era parte de un ecosistema de personas poderosas y leales. Y ahora, de alguna manera, él también formaba parte de eso.

Cuando llegó al apartamento, el olor a alcohol isopropílico y jabón antibacteriano le indicó que Mafuyu estaba en plena crisis de limpieza. El adolescente estaba restregando el pomo de la puerta principal como si intentara borrar la existencia misma de los gérmenes.

—Has vuelto —dijo Mafuyu sin mirar atrás—. ¿Dónde están mis mochis? ¿Y por qué no hueles a sangre? Estaba seguro de que Sakamoto-san te habría dado una lección de humildad.

Natsuki dejó una bolsa pequeña sobre la mesa del recibidor, esquivando el trapo de su hermano con agilidad.

—Siento decepcionarte, enano, pero Sakamoto-san y yo nos entendemos perfectamente. Es un hombre de pocas palabras, justo como a mí me gusta. Y aquí tienes tus mochis de fresa y nata. Límpiate las manos antes de comerlos, no quiero oírte quejarte de una infección estomacal imaginaria.

Mafuyu soltó el trapo y agarró la bolsa, abriéndola con una rapidez que delataba su hambre. Se metió un mochi entero en la boca, masticando con una expresión de satisfacción que intentó ocultar frunciendo el ceño.

—Esto no compensa el trauma de saber que Shin-san es mi cuñado —dijo Mafuyu con la boca medio llena—. He estado pensando. Es horrible. Si os casáis, ¿él pasará a llamarse Shin Seba? Suena fatal. Como un personaje secundario de un manga barato.

Natsuki se quitó la camisa negra, quedándose en su camiseta de tirantes gris habitual, y se dirigió a su mesa de trabajo.

—Faltan años para eso, Mafuyu. Y dudo que Shin quiera mi apellido, tiene demasiado respeto por el suyo. Además, ¿no deberías estar feliz? Ahora puedes pedirle favores a Shin y él se sentirá obligado a hacértelos porque soy su novio.

Mafuyu se detuvo, con el segundo mochi a medio camino de la boca. Sus ojos se iluminaron con una chispa de realización maquiavélica.

—Es verdad... —susurró el adolescente—. Puedo pedirle que me consiga las ediciones limitadas de los dulces de la tienda antes de que salgan a la venta. O que use su telepatía para saber qué va a entrar en el examen de combate de la semana que viene.

—No abuses de él —advirtió Natsuki, aunque con una sonrisa divertida—. O te cortaré el suministro de gadgets para tus misiones.

—Eres un tirano —bufó Mafuyu, sentándose en el suelo junto a la mesa de su hermano—. Pero supongo que... supongo que Shin-san es la única persona lo suficientemente paciente como para aguantar tus monólogos sobre la presión de los gases a las tres de la mañana.

Natsuki se quedó en silencio, ajustando una lente en su microscopio.

—Sí —dijo en voz baja—. Lo es.

—Y... —Mafuyu dudó, mirando al suelo mientras jugaba con el envoltorio del dulce—. Me alegra que no sea una chica desconocida. Al menos a Shin lo conocemos. Sé que él no te dejará tirado cuando te pongas en modo "científico loco". Él te quiere de verdad, aunque no entiendo por qué.

Natsuki levantó la vista del microscopio, sorprendido por la honestidad repentina de su hermano. Mafuyu rara vez mostraba su lado vulnerable, prefiriendo ocultarse tras capas de sarcasmo y obsesión por la limpieza.

—Él también te quiere a ti, Mafuyu —dijo Natsuki con suavidad—. A veces creo que viene aquí más por verte a ti y asegurarse de que estás bien que por verme a mí.

—¡Claro que sí! —exclamó Mafuyu, recuperando su actitud defensiva y poniéndose en pie de un salto—. ¡Soy mucho más agradable que tú! ¡Y más limpio! ¡Y no tengo estas ojeras de mapache con insomnio!

—Vuelve a tus tareas, enano —se rió Natsuki, volviendo a su trabajo.

Un par de horas después, el sonido de la llave en la cerradura anunció la llegada de Shin. Venía cargando dos cajas de pizza y una bolsa de botellas de té frío. Mafuyu corrió hacia la puerta, pero en lugar de saludarlo con su habitual entusiasmo, se detuvo a un metro de distancia y lo señaló con un dedo acusador.

—¡Shin-san! —exclamó Mafuyu—. He decidido que acepto vuestra relación bajo tres condiciones estrictas.

Shin parpadeó, confundido, mirando a Natsuki, quien solo se encogió de hombros desde su taburete.

—¿Eh? ¿Condiciones? —preguntó Shin—. ¿Qué clase de condiciones?

—Primera: nada de muestras de afecto exageradas delante de mí. Si os dais un beso, que sea rápido y sin ruidos —Mafuyu hizo una mueca de asco—. Segunda: tienes que usar tu telepatía para decirme si Lu está planeando ponerme un entrenamiento extra mañana. Y tercera... tienes que prometerme que si Natsuki se vuelve demasiado insoportable, me dejarás mudarme contigo y Sakamoto-san.

Shin soltó una carcajada limpia y sonora, dejando las pizzas sobre la mesa. Se acercó a Mafuyu y, a pesar de que este intentó retroceder, le revolvió el pelo con cariño.

—Trato hecho, Mafuyu. Aunque lo de la telepatía con Lu es peligroso, esa mujer tiene un sexto sentido para los espías. Y sobre lo de mudarte... Sakamoto-san siempre dice que donde comen tres, comen cuatro, pero tendrías que ayudar en la tienda.

—¡Limpiaré cada estante hasta que brille! —prometió Mafuyu, sus ojos brillando de emoción—. ¡Será la tienda más higiénica de todo Japón!

Natsuki se acercó a ellos, rodeando la cintura de Shin con un brazo y atrayéndolo hacia sí. Shin se relajó instantáneamente contra él, cerrando los ojos por un segundo para disfrutar de la calma mental que siempre encontraba cerca del inventor.

—¿Has traído la de pepperoni? —preguntó Natsuki cerca del oído de Shin.

—Y la de cuatro quesos para Mafuyu —respondió Shin, girándose un poco para besar la mejilla de Natsuki—. Sakamoto-san me dio un bono extra hoy. Creo que le caíste bien.

—O tal vez siente lástima por ti por tener que aguantar a dos Seba a la vez —bromeó Natsuki.

—¡Oye! —protestaron Shin y Mafuyu al unísono.

La cena transcurrió entre risas, discusiones sobre la mejor manera de desinfectar un teclado de ordenador y anécdotas de la tienda. Por primera vez en mucho tiempo, el apartamento no se sentía como una base de operaciones temporal o un refugio contra unos padres negligentes. Se sentía como un hogar.

Mafuyu, sentado entre su hermano y su mejor amigo (ahora cuñado), observaba la forma en que Shin escuchaba atentamente las explicaciones técnicas de Natsuki, asintiendo aunque probablemente no entendiera ni la mitad. Vio cómo Natsuki, sin darse cuenta, movía su silla más cerca de la de Shin, buscando su calor.

*"Supongo que no está tan mal"*, pensó Mafuyu, aunque jamás lo diría en voz alta. *"Si Natsuki está feliz, dejará de estar tan irritable. Y si Shin está aquí, siempre habrá comida de la tienda y alguien que me defienda cuando Natsuki se ponga mandón"*.

Shin, captando el pensamiento, le guiñó un ojo a Mafuyu por encima de su porción de pizza. El adolescente se puso rojo y se ocultó tras su lata de té, murmurando algo sobre "telépatas entrometidos".

Natsuki miró a los dos rubios, los dos pilares que mantenían su mundo en pie. Uno era su pasado y su sangre, el niño por el que había sacrificado su juventud y su moral. El otro era su futuro, la luz que le recordaba que la vida era algo más que cables y pólvora.

—¿Sabes, Shin? —dijo Natsuki de repente, rompiendo un breve silencio—. Mañana voy a pasarme por la tienda. He estado revisando los planos que hiciste de memoria del sistema de seguridad y es un milagro que no os hayan robado hasta las estanterías. Voy a instalar un sensor de movimiento de grado militar en la entrada de la trastienda.

Shin suspiró, pero esta vez con una sonrisa.

—Sakamoto-san te va a encantar —dijo Shin—. Pero por favor, intenta que el sensor no dispare dardos tranquilizantes a los clientes.

—No prometo nada —replicó Natsuki con una chispa de malicia en los ojos—. La eficiencia requiere sacrificios.

Mafuyu rodó los ojos, pero se sirvió otra porción de pizza. El caos familiar era agotador, pero mientras estuvieran juntos, incluso los inventos locos de su hermano y las misiones peligrosas de Shin parecían manejables. Al final del día, ser un Seba no era fácil, pero con un Asakura cerca, al menos era mucho más interesante.

Y mientras la noche caía sobre la ciudad y las luces de los talleres y las tiendas de conveniencia se encendían, tres jóvenes asesinos y genios encontraron, en ese pequeño y limpio apartamento, la única cosa que el dinero de la JCC no podía comprar: una familia que, a pesar de los secretos y las rarezas, se elegía cada día por encima de todo lo demás.