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mi hermano tiene novia?

El lenguaje de los actos invisibles

El apartamento de los hermanos Seba estaba sumido en una penumbra inusual, rota únicamente por el resplandor azulado de la pantalla del ordenador de Natsuki y la suave luz de la cocina. Mafuyu estaba sentado en la encimera, balanceando las piernas con un ritmo impaciente mientras observaba a Shin. El rubio, con la sudadera azul arremangada, estaba terminando de preparar una tortilla de arroz con una destreza que Mafuyu envidiaba en secreto.

Para el adolescente, esos momentos eran su refugio. Shin no solo era el novio de su hermano o su mejor amigo; era la única persona que parecía tener la paciencia infinita necesaria para lidiar con un chico que odiaba el contacto físico, los gérmenes y la mitad del mundo exterior. Shin era cálido, olía a detergente limpio y siempre tenía una palabra de ánimo, a diferencia de Natsuki, que solía responder con gruñidos o datos técnicos.

—Aquí tienes, Mafuyu. Sin cebolla y con la salsa justo como te gusta —dijo Shin, deslizando el plato sobre la encimera con una sonrisa radiante.

Mafuyu tomó los palillos y probó un bocado. Estaba perfecto.

—Gracias, Shin-san —murmuró Mafuyu, bajando la mascarilla solo lo suficiente para comer—. Eres demasiado bueno para ser verdad. A veces me pregunto cómo terminaste con ese bicho raro que tengo por hermano. No tiene sentido. Tú eres amable, te gustan los niños, eres paciente... y él es un bloque de hielo con ojeras que solo sabe hablar de calibres de armas.

Shin soltó una risita suave mientras empezaba a limpiar la sartén.

—Natsuki tiene su encanto, Mafuyu. Solo hay que saber dónde mirar.

—¡No tiene ninguno! —exclamó Mafuyu, agitando los palillos en el aire—. El otro día le dije que me dolía la espalda por el entrenamiento de la JCC y ¿sabes qué hizo? Me lanzó un prototipo de parche térmico y me dijo que dejara de quejarme porque el diseño estaba hecho para soportar tensiones mayores. ¡Ni siquiera me preguntó si estaba bien! Tú, en cambio, me habrías preguntado qué ejercicio hice o me habrías traído un té.

Shin se secó las manos y se apoyó contra el fregadero, mirando al adolescente con una expresión comprensiva. Sabía que Mafuyu estaba en esa etapa donde necesitaba reafirmación, algo que Natsuki, con su personalidad analítica y distante, no sabía dar de forma convencional.

—Mafuyu, sabes que Natsuki no es bueno con las palabras —dijo Shin en voz baja—. Pero eso no significa que no le importes.

—No le importo —insistió Mafuyu, sintiendo esa punzada de resentimiento adolescente—. Solo le importa que no muera para no tener que dar explicaciones. Es frío. A veces desearía que fuera un poco más como tú. Que me diera un abrazo o que me dijera "buen trabajo" de vez en cuando sin que parezca que le cuesta la vida.

Shin suspiró, sintiendo el torbellino de inseguridad en la mente de Mafuyu. Como telépata, veía lo que el chico no podía. Veía las capas de protección que Natsuki construía alrededor de su hermano menor, una fortaleza de actos invisibles que Mafuyu confundía con indiferencia.

—¿De verdad crees que no le importas? —preguntó Shin, cruzándose de brazos—. Mafuyu, si supieras la cantidad de tiempo que Natsuki pasa hablando de ti cuando no estás delante, te quedarías mudo.

Mafuyu soltó una risa incrédula, casi burlona.

—¿Natsuki? ¿Hablando de mí? Seguro que es para quejarse de que gasto mucho jabón desinfectante o de que interrumpo su trabajo.

—No —dijo Shin con firmeza—. Habla de tu futuro. El otro día, mientras estábamos en el taller, se quedó mirando un plano durante media hora sin escribir nada. Le pregunté en qué pensaba, creyendo que era un fallo en un detonador, y me dijo: "Shin, ¿crees que Mafuyu preferiría vivir en un sitio con jardín? Odia la ciudad, dice que hay demasiada suciedad y gente. Tengo que ganar lo suficiente este mes para que el próximo apartamento tenga una terraza grande donde no se sienta asfixiado".

Mafuyu se quedó con el bocado de arroz a medio camino, parpadeando con sorpresa.

—Él... ¿dijo eso?

—Y no es lo único —continuó Shin, disfrutando de la oportunidad de mediar entre los dos hermanos—. Sabe exactamente qué marcas de mascarillas te irritan menos la piel y se encarga de pedirlas por internet meses antes de que se acaben para que nunca te falten. Me pregunta constantemente si creo que estás comiendo suficiente en la JCC porque dice que te ve más delgado cada vez que vuelves de una misión. Mafuyu, Natsuki vive por y para que tú tengas una vida normal y segura.

—Pero nunca me lo dice —susurró Mafuyu, bajando la vista al plato—. Me trata como a un estorbo.

—Porque tiene miedo —confesó Shin—. Natsuki cree que si se ablanda, si te muestra ese lado vulnerable, bajará la guardia y no podrá protegerte. En su mente, ser estricto y distante es la única forma de mantenerte alerta. Pero cuando estamos a solas... Dios, Mafuyu, a veces tengo que pedirle que cambie de tema porque se pone demasiado sentimental sobre tus estudios o sobre lo mucho que has crecido. El otro día casi se pelea con un proveedor porque el material de tus nuevas rodilleras no era lo suficientemente acolchado. "Mi hermano no es un saco de boxeo", le gritó por teléfono.

Mafuyu sintió un nudo en la garganta. No era fácil procesar que el hermano que siempre le gritaba por dejar cables sueltos era el mismo que se preocupaba por el jardín de su futura casa o por la suavidad de sus protecciones.

—Aun así —dijo Mafuyu, intentando recuperar su postura rebelde—, no le costaría nada darme un abrazo. Tú me das abrazos, Shin-san. Y me siento bien. Él solo me da palmaditas en el hombro que parecen golpes de inspección.

Shin soltó una carcajada auténtica esta vez, imaginándose la escena.

—¿De verdad quieres que Natsuki te dé un abrazo? —preguntó Shin con una ceja arqueada—. Imagínatelo. Natsuki dejando sus herramientas, caminando hacia ti con esa cara de pocos amigos, y rodeándote con sus brazos largos y llenos de grasa de motor.

Mafuyu visualizó la escena por un segundo. La imagen de su hermano mayor, el serio y asocial Natsuki Seba, intentando realizar un acto de afecto físico tan directo, le provocó un escalofrío involuntario.

—Vale, tienes razón —admitió Mafuyu, arrugando la nariz con asco—. Sería rarísimo. Probablemente pensaría que me va a inyectar algún rastreador o que se ha vuelto loco. El contacto físico es... asqueroso. Excepto contigo, porque tú eres como un peluche gigante. Pero con él... puaj.

—Ves —dijo Shin, dándole un golpecito cariñoso en la frente—. Sois iguales. Dos bichos raros que odian que los toquen pero que se cuidan a muerte desde la distancia. Natsuki te da abrazos a través de sus inventos, Mafuyu. Cada vez que te da un arma nueva o mejora tu equipo, te está diciendo que te quiere y que quiere que vuelvas a casa sano y salvo.

Mafuyu terminó su comida en silencio, procesando las palabras del telépata. Por primera vez, empezó a ver los "regalos" de su hermano —los parches térmicos, las mascarillas especiales, los ajustes en sus botas— no como simples herramientas, sino como cartas de amor codificadas en metal y fibra de carbono.

En ese momento, la puerta del taller se abrió y Natsuki salió arrastrando los pies, con el cabello más desordenado que de costumbre y una mancha de aceite en la mejilla. Se detuvo en la cocina, ignorando el ambiente emocional que acababa de interrumpir.

—Mafuyu —dijo Natsuki con su voz rasposa habitual—. He dejado una caja sobre tu cama.

—¿Otra vez? —respondió Mafuyu, intentando que su voz no sonara afectada—. ¿Qué es ahora? ¿Un desinfectante de grado industrial?

Natsuki se encogió de hombros, evitando la mirada de su hermano mientras se servía un vaso de agua.

—Son unos guantes nuevos. El material es repelente a los fluidos y tiene un filtro de aire integrado en las palmas para cuando tengas que tocar superficies sospechosas. He tardado tres noches en ajustar el sensor de presión para que no pierdas sensibilidad táctil. Úsalos y no los pierdas, son caros.

Natsuki bebió el agua de un trago y volvió a encerrarse en el taller sin decir nada más. Shin miró a Mafuyu con una expresión de "te lo dije".

Mafuyu se quedó mirando la puerta cerrada del taller durante un largo rato. Luego, se levantó de la encimera y se dirigió a su habitación. Sobre la cama, efectivamente, había una caja metálica con su nombre escrito en una etiqueta pulcra. Al abrirla, encontró los guantes: eran ligeros, elegantes y, al tocarlos, pudo sentir la suavidad del forro interior, diseñado específicamente para no irritar sus manos.

Debajo de los guantes, había una pequeña nota escrita con la caligrafía rápida y angulosa de Natsuki: —He reforzado las costuras. Sé que sueles apretar demasiado los puños cuando estás nervioso. No lo hagas, estos aguantarán por ti.

Mafuyu sintió que los ojos le escocían. Se puso los guantes, que le quedaban como una segunda piel, y sintió el calor del trabajo de su hermano envolviendo sus manos.

Salió de la habitación y volvió a la cocina, donde Shin estaba terminando de recoger. Mafuyu se acercó al rubio y, sin decir nada, lo abrazó por la cintura, escondiendo la cara en su sudadera azul.

—Gracias, Shin-san —susurró el adolescente—. Por hacerme entender que mi hermano es un idiota, pero que es mi idiota.

Shin sonrió, devolviéndole el abrazo con suavidad, cuidando de no agobiarlo.

—De nada, Mafuyu. Pero no se lo digas, o se pondrá insoportable y empezará a decir que mis "vibraciones emocionales" están arruinando su proceso creativo.

—No lo haré —prometió Mafuyu, separándose y recuperando su expresión de fastidio habitual—. Pero mañana quiero que me cuentes más cosas de las que dice de mí. Especialmente si menciona algo sobre comprarme esa consola nueva que sale el mes que viene.

—Eso te va a costar muchos mochis de postre —bromeó Shin.

Desde el taller, Natsuki escuchaba las risas de los dos rubios. Aunque no podía leer mentes como Shin, conocía lo suficiente a su hermano para saber que el ambiente en la casa había cambiado. Se permitió una pequeña y casi imperceptible sonrisa mientras volvía a soldar un circuito. No necesitaba palabras, ni abrazos, ni grandes declaraciones. Mientras Mafuyu estuviera a salvo, alimentado y con sus guantes protectores puestos, Natsuki Seba tenía todo lo que necesitaba en este mundo.

Y Shin, al otro lado de la pared, captó ese pensamiento de paz pura y se sintió el hombre más afortunado por ser el puente entre esos dos hermanos tan rotos, tan raros y tan profundamente unidos por un amor que no necesitaba voz para ser real. Al final, en la familia Seba, el silencio no era ausencia de afecto, sino el espacio donde se construían los milagros más silenciosos.