mi hermano tiene novia?
Entre engranajes y corazones de silicio
El taller de Natsuki Seba no era solo un lugar de trabajo; era un organismo vivo que respiraba al ritmo del siseo de las soldaduras y el zumbido de los procesadores. Pero esa noche, el aire estaba inusualmente cargado. Mafuyu estaba sentado en un rincón, sobre un taburete metálico que él mismo había desinfectado tres veces, observando a su hermano mayor.
Natsuki estaba inclinado sobre una mesa, con el cabello negro cayendo sobre sus ojos y las pecas de su nariz iluminadas por la luz blanca de una lámpara articulada. Shin, por su parte, estaba sentado a su lado, sosteniendo una pequeña pieza de fibra de carbono con una paciencia que solo alguien que ha trabajado en una tienda de conveniencia bajo el mando de un exasesino legendario podría poseer.
Mafuyu suspiró, un sonido dramático que cortó el silencio del taller.
—Sigo pensando que esto es un error sistémico en la realidad —declaró Mafuyu, cruzándose de brazos—. Shin-san, tú eres... bueno, tú. Eres como un cachorro de Golden Retriever atrapado en el cuerpo de un asesino telépata. Y Natsuki... Natsuki es un gato callejero que ha comido cables de alta tensión. No computa.
Natsuki no levantó la vista, pero su mano se detuvo un segundo.
—Mafuyu, si vas a seguir analizando mi vida amorosa como si fuera un experimento fallido, puedes irte a limpiar tus botas al salón —dijo Natsuki con ese tono ácido que solía usar como escudo—. Shin está aquí para ayudarme con el sensor de proximidad, no para ser tu objeto de estudio.
Shin soltó una risita nerviosa y miró a Mafuyu con una sonrisa de disculpa.
—Vamos, Mafuyu, no seas tan duro con él. Natsuki es muy atento a su manera. El otro día me arregló el auricular solo porque notó que la frecuencia me daba dolor de cabeza.
—¡Eso no es ser atento, eso es ser un obsesivo de la tecnología! —rebatió Mafuyu, levantándose y acercándose a la mesa—. Lo que me molesta es que ahora tengo que compartir a mi mejor amigo con mi hermano mayor. ¡Es un conflicto de intereses! Si tengo una queja sobre Natsuki, ¿a quién se la voy a dar? ¿A su novio? ¡Te pondrás de su parte!
Natsuki dejó el destornillador y finalmente miró a su hermano. Sus ojeras, aunque menos profundas gracias a que Shin lo obligaba a dormir al menos seis horas, le daban un aire perpetuamente exhausto pero peligrosamente inteligente.
—Mafuyu —dijo Natsuki, y su voz bajó una octava, volviéndose inusualmente seria—, Shin es la única persona en este mundo, aparte de ti, que no me mira como si fuera una pieza de repuesto defectuosa. Si tienes una queja, escríbela en un papel, quémalo y tira las cenizas en un lugar esterilizado.
Shin sintió el flujo de pensamientos de Natsuki: un torbellino de afecto posesivo y una gratitud profunda que el inventor nunca admitiría en voz alta. *"Me encanta cuando se pone protector conmigo"*, pensó Shin, y el calor le subió a las mejillas.
—¡Mira eso! —gritó Mafuyu, señalando a Shin—. ¡Se está poniendo rojo! ¡Natsuki, deja de pensar cosas raras! ¡Shin-san es puro y tú eres un pervertido de los motores!
—¡Mafuyu! —exclamó Shin, cubriéndose la cara con las manos—. ¡No estoy pensando nada raro! Bueno... tal vez un poco, ¡pero no es lo que crees!
Natsuki soltó una carcajada seca y se recostó en su silla, observando la escena con una diversión maliciosa.
—¿Ves, Shin? Te dije que decírselo sería un caos —dijo Natsuki, estirando un brazo para desordenar el cabello de Shin—. Pero al menos ahora no tengo que esconderme para enviarte fotos de los prototipos... o de otras cosas.
—¡Asqueroso! —Mafuyu hizo un gesto de arcada y retrocedió—. Me voy. No puedo estar en la misma habitación que vosotros dos. Siento que el aire está contaminado de... de sentimientos y hormonas. Voy a la tienda de Sakamoto-san. Al menos allí las únicas cosas que se juntan son los fideos y el agua caliente.
Cuando la puerta del taller se cerró con un estruendo, el silencio volvió a reinar, pero esta vez era mucho más pesado y cargado de una electricidad diferente. Shin dejó la pieza de carbono en la mesa y suspiró, dejándose caer contra el hombro de Natsuki.
—Tu hermano nos va a odiar por un tiempo, ¿verdad? —preguntó Shin, cerrando los ojos.
—Mafuyu no odia a nadie, Shin. Solo tiene miedo de que las cosas cambien —respondió Natsuki, su voz volviéndose mucho más suave ahora que estaban solos—. Ha sido él y yo contra el mundo durante mucho tiempo. Ver que alguien más entra en el círculo... le asusta.
Shin abrió los ojos y miró de reojo al inventor. Natsuki tenía una mancha de grasa en la mejilla y sus manos estaban callosas por el trabajo constante, pero para Shin, no había nadie más atractivo en todo el departamento de producción de la JCC.
—Le prometí que no cambiaría nada —murmuró Shin—. Pero estaba mintiendo. Todo ha cambiado. Ahora, cuando estoy en la tienda, no solo pienso en cuándo terminará el turno para ir a entrenar con Sakamoto-san. Pienso en qué piezas nuevas habrás conseguido o si te habrás olvidado de comer otra vez.
Natsuki se giró en su silla, quedando frente a frente con Shin. Sus rodillas se tocaron, un contacto eléctrico que hizo que el pulso de Shin se acelerara.
—Eres un pesado, Asakura —dijo Natsuki, aunque sus ojos decían lo contrario—. Pero eres mi pesado.
Natsuki extendió una mano y rodeó la nuca de Shin, atrayéndolo hacia él. El beso fue lento, con sabor a café frío y a esa determinación férrea que ambos compartían. En la mente de Shin, los pensamientos de Natsuki eran como una melodía compleja: cálculos balísticos entrelazados con el deseo de mantener a Shin a salvo, de construirle un mundo donde no tuviera que leer mentes para sentirse comprendido.
—Sabes —susurró Shin contra los labios de Natsuki—, Sakamoto-san me preguntó el otro día por qué olía tanto a aceite de motor últimamente.
Natsuki arqueó una ceja, una sonrisa juguetona bailando en sus labios.
—¿Y qué le dijiste?
—Le dije que estaba ayudando a un amigo con un proyecto —respondió Shin, riendo—. No creo que me haya creído. Ese hombre lo sabe todo. Probablemente ya esté planeando una "charla de padre" contigo.
Natsuki se tensó visiblemente, la idea de enfrentarse al legendario Taro Sakamoto en una conversación sobre intenciones románticas era mucho más aterradora que cualquier asesino de la Orden.
—Si Sakamoto intenta interrogarme, usaré a Mafuyu como escudo humano —declaró Natsuki con total seriedad.
—¡No puedes hacer eso! —protestó Shin, dándole un golpe juguetón en el brazo—. ¡Es tu hermano!
—Es un adolescente molesto que acaba de llamarme "pervertido de los motores" —replicó Natsuki—. Se lo merece.
Pasaron las horas y el taller se convirtió en un refugio contra el caos del mundo exterior. Mientras Natsuki trabajaba en un nuevo diseño de guantes reforzados para Mafuyu —porque, a pesar de sus quejas, su hermano era su prioridad absoluta—, Shin se quedó dormido en un sofá viejo que Natsuki había rescatado de un desguace.
Natsuki se detuvo un momento, observando al rubio. Shin se veía tan pacífico cuando dormía, sin el ruido mental constante que lo atormentaba durante el día. El inventor caminó hacia él y, con una delicadeza que nadie más vería jamás, le echó por encima su propia bata de laboratorio.
*"Gracias por quedarte"*, pensó Natsuki, sabiendo que, de alguna manera, Shin lo escucharía incluso en sueños.
A la mañana siguiente, Mafuyu regresó al apartamento con una bolsa de bollos recién hechos y una expresión de resignación absoluta. Encontró a los dos jóvenes desayunando en la pequeña mesa de la cocina, compartiendo una taza de café y discutiendo sobre la conductividad de ciertos metales.
—He traído desayuno —dijo Mafuyu, dejando la bolsa sobre la mesa con un golpe—. Pero que quede claro: sigo sin aprobar esto al cien por cien. Shin-san, si este raro te hace algo, dímelo. Tengo venenos que él mismo diseñó y que no sabría cómo contrarrestar.
Natsuki levantó una ceja, impresionado.
—¿Vas a usar mis propios inventos contra mí, Mafuyu? Eso es... casi poético. Estoy orgulloso.
—¡No te sientas orgulloso! —gritó Mafuyu, sentándose y agarrando un bollo—. ¡Se supone que es una amenaza!
Shin se rió, sintiendo que la tensión finalmente se disolvía.
—Está bien, Mafuyu. Acepto la protección. Pero creo que Natsuki y yo vamos a estar bien. Al fin y al cabo, si sobrevivimos a la JCC y a Sakamoto, podemos sobrevivir a cualquier cosa.
—Incluso a mi hermano —añadió Mafuyu con un suspiro, aunque había una pequeña chispa de alivio en sus ojos al ver a Natsuki tan... humano.
La vida en el apartamento de los Seba nunca volvería a ser la misma. Habría más ruido, más discusiones sobre quién gastaba más agua caliente y, definitivamente, muchos más momentos de Shin intentando que Natsuki no se convirtiera en un bicho raro asocial. Pero mientras el olor a aceite de motor y el sonido de las risas de Shin llenaran el taller, Mafuyu sabía que, por una vez, su hermano mayor no estaba solo en la oscuridad de sus inventos.
—Oye, Natsuki —dijo Mafuyu antes de terminar su desayuno—. Shin-san dice que vas a ayudarme con el entrenamiento de tiro hoy.
Natsuki miró a Shin, quien le guiñó un ojo descaradamente.
—Lo haré —asintió Natsuki—. Pero si fallas un solo disparo por debajo de la media, Shin te hará hacer cien flexiones en la tienda frente a todos los clientes.
—¡Eso es abuso de poder! —protestó Mafuyu.
—Es amor fraternal —corrigió Natsuki con una sonrisa depredadora.
Shin solo pudo sonreír, sabiendo que, a pesar de las amenazas y los inventos peligrosos, aquel era el lugar exacto donde quería estar. Entre un inventor brillante y huraño y un adolescente rebelde con fobia a los gérmenes, el telépata había encontrado la única mente que no necesitaba leer para saber que era amado.