mi hermano tiene novia?
Propiedad intelectual y circuitos compartidos
La cafetería de la JCC era, por definición, un lugar de caos controlado. Entre el aroma a café barato, el estruendo de las bandejas metálicas y las conversaciones en voz alta sobre técnicas de estrangulamiento o balística avanzada, Shin Asakura se sentía extrañamente como en casa. Aunque él no era un estudiante de la prestigiosa academia de asesinos, su rostro —siempre animado por una sonrisa y coronado por ese cabello rubio rebelde— era ya una constante en los pasillos cuando tenía un día libre en la tienda de Sakamoto.
—¡Y entonces Sakamoto-san me dijo que si no podía predecir el movimiento de una mosca, no podría predecir el de un francotirador! —exclamaba Shin, agitando las manos con entusiasmo mientras Akira Amano y Toramaru lo escuchaban con atención—. ¡Fue agotador! Pero creo que estoy mejorando mi alcance telepático.
Akira sonrió, ajustando su postura con elegancia.
—Siempre te esfuerzas mucho, Shin-kun. Es admirable.
—¡Es un pesado! —bufó Mafuyu Seba, sentado al lado de Shin mientras limpiaba su tenedor con una toallita desinfectante por cuarta vez—. No para de hablar desde que llegamos. Shin, ¿no te cansas de escuchar tu propia voz? Porque yo sí.
—¡Oh, vamos, Mafuyu! —rio Shin, dándole un codazo amistoso que hizo que el adolescente se estremeciera por el contacto—. Solo estoy poniéndoos al día. Además, me gusta estar aquí. La energía de la JCC es... eléctrica.
Toramaru, que estaba ocupada devorando un bollo de crema, miró a Shin con curiosidad.
—Oye, Shin, ¿es cierto que los del Departamento de Armamento son todos unos bichos raros? He oído que algunos no se han bañado desde el examen de ingreso porque no quieren alejarse de sus prototipos.
Shin soltó una carcajada nerviosa, rascándose la nuca. Sus ojos se desviaron instintivamente hacia la entrada de la cafetería, un gesto que Mafuyu no pasó por alto.
—Bueno, son... apasionados —respondió Shin, intentando sonar diplomático—. Tienen una forma diferente de ver el mundo.
—Son unos freaks antisociales —sentenció Mafuyu, rodando los ojos—. Especialmente los de primer año. Se creen la élite porque saben soldar un circuito, pero si les quitas las herramientas, no saben ni cómo pedir un vaso de agua.
De repente, el murmullo general de la cafetería empezó a descender de volumen, como si alguien hubiera girado el dial de una radio. No fue un silencio repentino, sino una ola de susurros y miradas confundidas que se desplazaba desde la puerta hacia el centro del salón.
—¿Qué pasa? —preguntó Akira, frunciendo el ceño—. Parece que ha entrado un fantasma.
Mafuyu miró hacia la entrada y su rostro se transformó en una mueca de puro fastidio.
—Hablando del rey de Roma —murmuró el adolescente—, y el rey es un idiota con ojeras.
Caminando con una parsimonia que rozaba la arrogancia, Natsuki Seba cruzaba la cafetería. Para la mayoría de los estudiantes, Natsuki era una leyenda urbana: el genio huraño que vivía encerrado en el taller, el investigador que solo salía de su cubículo para recoger materiales o para humillar a alguien con una corrección técnica mordaz. Verlo allí, a plena luz del día y sin su bata de laboratorio manchada de ácido, era un evento digno de ser registrado en los anales de la academia.
Sus compañeros del Departamento de Producción, sentados en una mesa cercana, se quedaron con las bocas abiertas.
—¿Ese es Seba? —susurró uno—. ¿Ha salido a ver el sol? ¿Se ha acabado el mundo?
Natsuki no les prestó la menor atención. Sus ojos negros, agudos y analíticos, escanearon la sala hasta que dieron con la cabellera rubia de Shin. En ese instante, algo increíble sucedió: la expresión gélida y distante de Natsuki se quebró. Una sonrisa ladina, cargada de una suavidad que nadie en la JCC creía posible en él, apareció en su rostro.
—Vaya, vaya —dijo Natsuki cuando llegó a la mesa, ignorando por completo a Akira, Toramaru y al resto de los presentes—. El perro faldero de la tienda de conveniencia ha decidido venir a ladrar a mi territorio.
Shin se levantó de un salto, con el rostro iluminándose de una manera que hizo que Toramaru casi soltara su bollo.
—¡Natsuki! —exclamó Shin, sin ocultar su alegría—. Me dijiste que estarías ocupado con el calibrado del motor de plasma hasta la noche.
Natsuki se detuvo justo frente a él, acortando la distancia personal mucho más de lo que dictarían las normas sociales de la JCC.
—Me aburrí —mintió Natsuki con descaro—. Los sensores estaban tardando demasiado en procesar los datos y pensé que escuchar tus pensamientos ruidosos sería más entretenido que mirar una barra de progreso.
—¡Oye! —protestó Shin, aunque sus mejillas ya estaban adquiriendo un tono rosado—. ¡Mis pensamientos no son ruidosos!
—Son estruendosos, Shin —replicó Natsuki, y su tono de voz bajó, volviéndose juguetón y peligrosamente coqueto—. Te escucho desde el pasillo. Estás tan feliz de verme que es casi molesto.
Natsuki extendió una mano y, con una naturalidad que provocó un jadeo colectivo en las mesas circundantes, le quitó una brizna de polvo de la sudadera a Shin, dejando que sus dedos rozaran el cuello del rubio un segundo más de lo necesario.
Akira y Toramaru estaban petrificadas. Miraban a Natsuki —el "Cisne Negro" del Departamento de Armamento, el tipo que una vez le lanzó un soplete a un profesor por interrumpir su flujo de trabajo— comportándose como un joven enamorado.
—¿Qué... qué está pasando? —tartamudeó Toramaru, mirando a Mafuyu—. ¿Por qué el hermano de Mafuyu está tocando a Shin? ¿Y por qué Shin no lo ha lanzado por los aires con un golpe de palma?
Mafuyu soltó un suspiro largo y cargado de sufrimiento existencial, apoyando la cabeza en la mano.
—Porque son idiotas —respondió Mafuyu con voz monótona—. Bienvenidos a mi infierno personal. Shin-san y mi hermano son pareja.
—¿¡QUÉ!? —el grito de Toramaru fue tan fuerte que varias personas en las mesas vecinas se cayeron de sus asientos.
Natsuki finalmente se dignó a reconocer la existencia de los demás. Miró a las amigas de Shin con una frialdad que contrastaba violentamente con la calidez que acababa de mostrarle al telépata.
—¿Algún problema con eso? —preguntó Natsuki, cruzándose de brazos—. Shin es de mi propiedad intelectual. Si tenéis alguna queja, podéis rellenar un formulario y tirarlo a la basura.
—¡Natsuki! —le reprendió Shin, dándole un golpe suave en el brazo—. ¡No hables así! Son mis amigas.
—Son distracciones —corrigió Natsuki, volviendo su atención a Shin y atrapando su mano con la suya, entrelazando los dedos a la vista de todos—. Has estado aquí media hora y todavía no me has traído el café que me prometiste por mensaje.
—¡No me lo prometiste, me lo exigiste! —rio Shin, pero no hizo ningún intento por soltar la mano de Natsuki. Al contrario, apretó el agarre—. Y todavía no te lo he llevado porque estaba esperando a que terminaras tu turno.
—He decidido que mi turno termina cuando tú llegas —declaró Natsuki, tirando suavemente de la mano de Shin—. Vámonos. El taller es mucho más silencioso que este gallinero.
—Pero... —Shin miró a sus amigas, sintiéndose un poco culpable—. Acabo de llegar...
Natsuki se inclinó hacia el oído de Shin, pero lo hizo de tal manera que sus labios rozaron la oreja del rubio, asegurándose de que todos vieran el gesto.
—He terminado el prototipo del nuevo visor —susurró Natsuki, aunque su voz fue lo suficientemente clara para que el telépata captara la intención—. Y he dejado un espacio en el sofá del taller. Solo para nosotros.
Shin se puso completamente rojo, sus pensamientos volviéndose un caos de imágenes que hicieron que Natsuki sonriera con triunfo.
—Vale, vale... —balbuceó Shin—. Chicos, lo siento, ¡tengo que irme! ¡Os veo luego!
Natsuki no esperó a que Shin terminara de despedirse. Con un gesto posesivo, pasó un brazo por los hombros de Shin, marcando su territorio ante toda la cafetería de la JCC. Antes de salir, lanzó una última mirada por encima del hombro a un grupo de estudiantes de segundo año que se habían quedado mirando a Shin con excesiva curiosidad. Sus ojos negros brillaron con una advertencia letal: "Es mío. Ni se os ocurra".
Cuando la puerta se cerró tras ellos, el silencio en la cafetería se rompió en un estallido de gritos, preguntas y murmullos frenéticos.
—Mafuyu... —dijo Akira, parpadeando con incredulidad—. ¿Tu hermano... acaba de marcar territorio como un lobo?
—Es un animal —confirmó Mafuyu, volviendo a limpiar su tenedor—. Os lo dije. Es un freaky posesivo. Y Shin es un blando que se deja manipular porque Natsuki le hace ojitos y le regala cosas con cables.
—Pero... se veían tan... —Toramaru buscó la palabra adecuada—... intensos. Nunca había visto a Shin tan nervioso. Y Natsuki Seba... daba miedo, pero de una forma extrañamente atractiva.
Mafuyu hizo una mueca de asco.
—No empecéis vosotras también. Bastante tengo con tener que oír a Shin hablar de lo "brillante" que es Natsuki cada vez que se ven. Es una tortura.
Mientras tanto, en el pasillo que conducía al ala de investigación, Shin intentaba recuperar el aliento.
—Natsuki, eso ha sido innecesario —dijo Shin, aunque no podía dejar de sonreír—. Todo el mundo se ha quedado mirándonos. Mañana habrá rumores por toda la escuela de que el genio de armamento ha sido domesticado por un empleado de tienda.
Natsuki se detuvo y acorraló a Shin contra la pared, apoyando ambas manos a los lados de su cabeza. El olor a metal y a un perfume suave y limpio envolvió al telépata.
—No me importa lo que digan esos aficionados —murmuró Natsuki, acercando su rostro al de Shin hasta que sus narices se rozaron—. Pero no me gusta cómo te miran. Creen que porque eres sonriente y amable, eres accesible. Necesitan recordar que tienes un dueño con muy mal genio y acceso a explosivos de alta potencia.
Shin soltó una carcajada, rodeando el cuello de Natsuki con sus brazos y atrayéndolo hacia abajo.
—Eres un celoso, Seba.
—Soy realista, Asakura —respondió Natsuki antes de sellar sus palabras con un beso que no tenía nada de suave y mucho de reclamo—. No comparto mis mejores inventos, y definitivamente no te comparto a ti.
Shin cerró los ojos, dejando que su telepatía se inundara con la devoción absoluta y feroz que emanaba de Natsuki. Era verdad que el inventor era un bicho raro, un antisocial y un posesivo de cuidado, pero en ese rincón solitario de la JCC, Shin sabía que no había ningún otro lugar en el mundo donde prefiriera estar.
—Vamos al taller —susurró Shin entre besos—. Quiero ver ese visor.
—El visor puede esperar —dijo Natsuki, volviendo a besarlo con más intensidad—. Primero tengo que asegurarme de que te has olvidado de todos esos idiotas de la cafetería.
Mafuyu, que pasaba por el pasillo en ese momento para ir a su siguiente clase, vio la escena desde lejos. Soltó un bufido, sacó su spray desinfectante y roció el aire frente a él mientras caminaba en dirección contraria.
—¡Buscáos una habitación, par de freaks! —gritó sin mirar atrás.
Natsuki ni siquiera se inmutó. Solo levantó una mano y le hizo un gesto obsceno a su hermano menor sin apartar los labios de los de Shin. Al final del día, la JCC podía ser una escuela de asesinos, pero para Natsuki Seba, el único objetivo que realmente importaba era el rubio que ahora reía contra su boca, llenando su mundo de cables y grasa con una luz que ningún invento podría jamás replicar.