mi hermano tiene novia?
Entre cables, grasa y el olor a metal
El taller de Natsuki Seba no era un lugar apto para personas con pulmones sensibles o una obsesión excesiva por el orden. Era un laberinto de piezas de repuesto, pantallas de fósforo verde que parpadeaban con códigos de seguridad y el zumbido constante de un generador que Natsuki se negaba a jubilar. Sin embargo, para Mafuyu, ese caos era el único hogar que conocía, aunque últimamente sentía que el aire allí estaba... diferente.
Mafuyu Seba, de catorce años, observaba a su hermano mayor desde el umbral de la puerta con los ojos entrecerrados tras su mascarilla. Natsuki estaba inclinado sobre un prototipo de guantelete cinético, pero no tenía la rigidez habitual. Su postura era más relajada, su cabello negro estaba peinado —o al menos, menos enredado que de costumbre— y, lo más sospechoso de todo, no tenía esas ojeras profundas que lo hacían parecer un cadáver viviente.
—Natsuki —soltó Mafuyu, rompiendo el silencio con un tono cargado de sospecha.
El pelinegro no levantó la vista de su soldador, pero una pequeña sonrisa, casi imperceptible, curvó sus labios.
—¿Qué quieres ahora, Mafuyu? Si es por el desinfectante de manos, está en la caja de suministros B-4.
—No es el desinfectante —dijo Mafuyu, entrando al taller con pasos cautelosos, evitando tocar cualquier superficie sospechosa—. Es sobre ti. Estás... raro. Te has arreglado el pelo. Has comprado ropa nueva que no tiene manchas de aceite. Y ayer te vi comprando una caja de dulces caros en la tienda de la esquina. Tú odias el dulce.
Natsuki finalmente dejó la herramienta y se giró en su taburete.
—Un hombre tiene derecho a evolucionar, ¿no crees? —dijo con un tono juguetón que hizo que a Mafuyu se le erizaran los vellos de la nuca.
—No tú. Tú eres un freaky de los inventos. Las chicas huyen de ti en cuanto empiezas a hablar de la presión de los gases o de cómo optimizar un silenciador —Mafuyu se cruzó de brazos, indignado—. Tienes novia, ¿verdad? Alguna pobre incauta que aún no sabe que prefieres dormir con un soldador que con una persona. ¡Dímelo! No quiero que sufra cuando te deje por ser un rarito antisocial.
En un rincón del taller, sentado sobre una caja de municiones vacía, Shin Asakura intentaba volverse invisible. El rubio de veintiún años, con su eterna sudadera azul, sentía que el sudor frío le bajaba por la espalda. Como telépata, podía escuchar el torbellino de pensamientos de Natsuki, que eran una mezcla de burla dirigida a su hermano y un afecto posesivo hacia él.
—¡Shin! —exclamó Mafuyu, girándose hacia su amigo—. ¡Ayúdame! Dile que entre en razón. Tú eres su amigo, dile que no puede engañar a una chica así. Acabará herido y luego tendré que aguantar sus quejas mientras construye robots deprimidos.
Shin se quedó en blanco. Sus ojos azules bailaron de Mafuyu a Natsuki. La mente de Natsuki en ese momento era un campo de batalla de comentarios coquetos que Shin, y solo Shin, podía escuchar.
*"Mira qué tierno es mi hermano preocupándose por mi vida sexual"*, pensó Natsuki, dirigiendo su mirada intensamente hacia Shin. *"¿Debería decirle que la 'chica' en cuestión tiene el pelo rubio, usa sudaderas azules y está a punto de desmayarse de la vergüenza ahora mismo?"*.
Shin sintió que la cara le ardía. Intentó balbucear algo, pero las palabras se le quedaron trabadas en la garganta.
—Yo... bueno, Mafuyu... —empezó Shin, rascándose la nuca con nerviosismo—. Quizás Natsuki simplemente ha encontrado a alguien que... que lo entiende. Alguien que no cree que sea un rarito.
—¡Imposible! —gritó Mafuyu—. ¡Nadie es tan paciente! Excepto tú, Shin, pero tú eres un santo. Natsuki es ácido, es molesto y se olvida de comer si no se lo recuerdas. ¿Quién querría salir con eso?
Natsuki soltó una carcajada seca y se puso en pie. Caminó hacia Shin con una parsimonia que hizo que el corazón del telépata diera un vuelco. Se apoyó en la pared, justo al lado de donde Shin estaba sentado, y le dedicó una mirada cargada de una picardía peligrosa.
*"¿Escuchas eso, Shin?"*, la voz mental de Natsuki era clara y juguetona. *"Mafuyu cree que eres un santo por aguantarme. Si tan solo supiera cómo te pones cuando te beso detrás de la estantería de las armas..."*.
—¡Natsuki! —exclamó Shin en voz alta, incapaz de contenerse ante la audacia de los pensamientos del pelinegro.
Mafuyu parpadeó, confundido por el arrebato de su amigo.
—¿Ves? ¡Hasta Shin está harto de tus secretos! —Mafuyu se acercó a su hermano, señalándolo con un dedo acusador—. ¡Dinos quién es! ¿Es alguien de la JCC? ¿Es una investigadora?
Natsuki suspiró, fingiendo una indiferencia que no sentía. Miró a Shin, quien le devolvía una mirada suplicante de "no lo hagas", pero Natsuki nunca había sido alguien que siguiera las reglas, especialmente si podía divertirse a costa de los demás.
—Mafuyu —dijo Natsuki, arrastrando las palabras—, deja de buscar a una chica imaginaria. No tengo novia.
—¡Lo sabía! —exclamó el menor con alivio—. Es un engaño, te estás volviendo loco por el vapor del estaño...
—Tengo novio —interrumpió Natsuki con una calma absoluta.
El silencio que siguió fue tan pesado que Shin juró que podía oír el zumbido de los circuitos de la habitación. Mafuyu se quedó petrificado, con la boca abierta bajo su mascarilla.
—¿Novio? —repitió Mafuyu en un susurro—. ¿Un... un tío?
—Sí —Natsuki extendió una mano y, con una lentitud deliberada, la apoyó en el hombro de Shin, apretándolo con afecto—. Y lo tienes justo delante. Shin es mi novio.
Shin cerró los ojos, deseando que la tierra se lo tragara. Podía sentir la confusión masiva de Mafuyu, una mezcla de cortocircuito mental y horror existencial.
—¿Shin? —Mafuyu miró a su mejor amigo, el hombre que lo apoyaba, que jugaba con él y que era prácticamente su figura de autoridad favorita—. ¿Shin-san... sale con el bicho raro de mi hermano?
—Mafuyu, yo... —Shin levantó las manos en un gesto defensivo, con la cara roja como un tomate—. ¡Lo siento! Queríamos decírtelo, pero Natsuki decía que era más divertido esperar a que te explotara la cabeza por tu cuenta.
Natsuki se rió entre dientes, disfrutando del caos.
*"Mira su cara, Shin"*, pensó Natsuki, deleitándose en la reacción de su hermano. *"Está decidiendo si alegrarse porque su hermano ha encontrado a alguien 'tan bueno' como tú, o asquearse porque ahora eres su cuñado"*.
—¡Esto es asqueroso! —estalló Mafuyu de repente, retrocediendo como si acabara de ver un nido de bacterias—. ¡Shin! ¡Tú eras mi amigo! ¡Eras la única persona normal en mi vida! ¡Y ahora... ahora te besuqueas con mi hermano mayor! ¡El que no se ducha si no se lo ordeno! ¡El que tiene grasa de motor hasta en las orejas!
—¡Oye, que sí me ducho! —protestó Natsuki, aunque no podía dejar de sonreír.
—¡No quiero oírlo! —Mafuyu se cubrió los oídos—. ¡Ahora eres mi cuñado! ¡Shin es mi cuñado! ¡Voy a tener que veros juntos en las cenas! ¡Vais a hablar de cosas de parejas delante de mí! ¡Puaj! ¡Gérmenes sentimentales!
—Mafuyu, cálmate —intentó decir Shin, levantándose para acercarse al chico—. Nada va a cambiar entre nosotros. Sigo siendo el mismo Shin.
—¡Mentira! —Mafuyu lo señaló dramáticamente—. ¡Ahora hueles a Natsuki! ¡Hueles a taller y a decepción!
Mafuyu no esperó a que dijeran nada más. Se dio la vuelta y salió corriendo del taller, gritando algo sobre pedirle a Lu que le borrara la memoria con algún veneno chino experimental.
Shin se dejó caer sobre la caja de municiones, cubriéndose la cara con las manos.
—Te odio —murmuró Shin, aunque su mente proyectaba una calidez que contradecía sus palabras—. Lo has hecho a propósito para molestarlo.
Natsuki se acercó a él y se arrodilló entre sus piernas, obligándolo a bajar las manos para mirarlo a los ojos. Sus dedos acariciaron las mejillas de Shin con una ternura que solo el telépata conocía.
—Se le pasará —dijo Natsuki con voz suave—. Dentro de dos días vendrá a pedirte que le ayudes con su entrenamiento y actuará como si nada hubiera pasado, aunque probablemente nos tire desinfectante si nos ve demasiado cerca.
—Ha sido un desastre —suspiró Shin, dejando que su frente descansara contra la de Natsuki—. Pero al menos ya no tengo que ocultar mis pensamientos cuando él está cerca.
—Oh, créeme —Natsuki le robó un beso rápido, uno que sabía a alivio y a victoria—, ahora voy a pensar cosas mucho peores solo para ver si te pones así de rojo delante de él.
Shin soltó un gemido de frustración, pero rodeó el cuello de Natsuki con sus brazos. El taller, con todo su desorden y su olor a metal, se sentía más acogedor que nunca. Mafuyu podía estar indignado, el mundo podía ser un caos de asesinos y misiones peligrosas, pero allí, entre cables y grasa, habían encontrado su propia y extraña normalidad.
—Eres un idiota, Seba —susurró Shin antes de besarlo de nuevo.
—Y tú eres el idiota que se enamoró de mí —respondió Natsuki con una sonrisa triunfal—, así que supongo que estamos empatados.