Mi idolo
Más allá de los Récords y el Guapurú
La mañana en Shenzhen despertó con una neblina plateada que envolvía los rascacielos, pero dentro del hotel, el ambiente era cálido. Isaac se desperezó, sintiendo el peso de su cabello negro sobre los ojos. Se miró al espejo y, por un segundo, vio el reflejo de su padre en la estructura de su mandíbula y la profundidad de su mirada, pero rápidamente sacudió la cabeza. Él era Isaac Méndez, el chico que había salido de un departamento en Santa Cruz para conquistar el mundo del speedcubing, y hoy no era día para melancolías familiares.
Su maestra, que ya lucía una barriga de embarazo bastante pronunciada, entró en la habitación con una bolsa de frutas locales y una sonrisa radiante.
—Isaac, descansa un poco de los algoritmos —le dijo ella, acomodándole un mechón de pelo detrás de la oreja—. Has estado practicando hasta las tres de la mañana. Yiheng te está esperando abajo.
Isaac asintió, sintiendo ese cosquilleo en el estómago que solo aparecía antes de una final o cuando sabía que vería al "niño chino". Bajó al lobby, donde Yiheng lo esperaba sentado en un sillón de cuero, moviendo un cubo 2x2 con una mano mientras miraba su teléfono. Al ver a Isaac, Yiheng guardó el cubo y se puso de pie, ajustándose su chaqueta deportiva.
—Llegas tarde, boliviano —bromeó Yiheng, aunque sus ojos brillaban de alegría—. Pensé que te habías quedado atrapado en un bucle de permutación tipo T.
—Ya quisieras —respondió Isaac, sacándole la lengua—. Es que mi cabello requiere mantenimiento, no como el tuyo que siempre parece que acabas de salir de una turbina.
Caminaron juntos por las calles bulliciosas. Isaac, con sus 168 centímetros, caminaba con una zancada relajada, mientras que Yiheng, más menudo pero con una energía inagotable, tenía que dar pasos más rápidos para seguirle el ritmo. A pesar de la diferencia de estatura y de que Yiheng era un año mayor, la dinámica entre ellos era de una igualdad absoluta, sazonada con esa competitividad sana que solo los genios comprenden.
—Tengo hambre —anunció Isaac mientras pasaban frente a una serie de puestos callejeros que desprendían aromas a jengibre, soja y especias desconocidas—. El desayuno del hotel no es suficiente para un cerebro como el mío.
Yiheng se detuvo frente a una tienda pequeña y colorida, decorada con linternas rojas y carteles en mandarina.
—Espera aquí —dijo Yiheng con una chispa traviesa en los ojos—. Voy a comprar algo que tienes que probar. Son dulces tradicionales, pero no te diré qué tienen hasta que los comas.
Isaac se apoyó contra la pared de cristal de una tienda de electrónica cercana. Se cruzó de brazos, dejando que su cabello en capas cayera sobre sus ojos, dándole ese aire de misterio que tanto volvía locos a sus seguidores en redes sociales. No pasaron ni dos minutos cuando un grupo de adolescentes que pasaba por ahí se detuvo en seco.
—¿Es él? —susurró una chica en inglés—. ¡Es Isaac Méndez! El chico del 3.27.
Antes de que Isaac pudiera reaccionar, estaba rodeado. Tres o cuatro chicos y chicas de su misma edad lo miraban con una mezcla de asombro y adoración. Uno de ellos, un joven de rasgos afilados y una sudadera amarilla, se adelantó con un cubo 3x3 en las manos.
—Isaac, por favor —dijo el chico, extendiendo el cubo y un marcador permanente—. Eres mi ídolo. Vi tu video en Bolivia, el del 3.56. Eres increíble.
El chico, emocionado, le tomó las manos a Isaac para entregarle el marcador. Fue un gesto rápido, una muestra de entusiasmo juvenil, pero Isaac se sintió algo incómodo por la invasión de su espacio personal. Sin embargo, como siempre, fue amable.
—Claro, no hay problema —dijo Isaac con su voz suave, empezando a firmar el plástico del cubo.
—¡Tus manos son tan rápidas! —insistió el fan, sin soltarle del todo la muñeca—. ¿Cómo haces para que el flujo sea tan constante?
En ese momento, Yiheng salió de la tienda de dulces. Llevaba una pequeña bolsa de papel, pero al ver la escena, sus pasos se volvieron lentos y pesados. Sus ojos se entrecerraron. Vio al chico de amarillo sosteniendo las manos de Isaac, vio la sonrisa tímida de su amigo y sintió una punzada aguda en el pecho. No era la misma sensación que cuando perdía un torneo; esto era algo más caliente, más punzante. Era una irritación que le subía por la garganta.
Isaac, notando la presencia de su amigo, levantó la vista y sonrió con alivio.
—¡Yiheng! Ven aquí —llamó Isaac, haciendo una seña con la mano libre—. Me han reconocido.
El grupo de fans soltó un grito ahogado al ver a la leyenda china. El chico de la sudadera amarilla, aunque impresionado por Yiheng, no soltó el brazo de Isaac de inmediato.
—¡Una foto! —pidió otra chica del grupo—. ¡Una foto de los dos juntos, por favor!
Yiheng se acercó. Su rostro, generalmente amable, estaba inusualmente rígido. Se colocó al lado de Isaac, pero en lugar de mantener la distancia cortés que solían tener en los eventos oficiales, dio un paso lateral decisivo, eliminando cualquier espacio entre sus cuerpos.
—Claro, una foto —dijo Yiheng en un tono que Isaac reconoció como "peligrosamente tranquilo".
Cuando la chica levantó el teléfono para encuadrar la imagen, Yiheng hizo algo que dejó a Isaac sin aliento. Pasó su brazo por detrás de la espalda del boliviano y apoyó su mano firmemente en la cintura de Isaac, justo por encima de la cadera. No fue un toque ligero; fue un agarre posesivo, una declaración silenciosa de proximidad.
Isaac sintió un escalofrío recorrerle la columna. Podía sentir el calor de la palma de Yiheng a través de su camiseta fina. Sus ojos negros se agrandaron, pareciendo dos frutos de guapurú bajo la luz del sol, y su piel pálida se tiñó de un rosa suave en las mejillas.
—¡Listo! —exclamó la chica, capturando el momento—. ¡Gracias, son los mejores!
El grupo se alejó rápidamente, revisando la foto en la pantalla y soltando risitas emocionadas. Isaac se quedó allí, todavía sintiendo la mano de Yiheng en su cintura, hasta que el chino finalmente la retiró para sacar un dulce de la bolsa.
—Toma —dijo Yiheng, extendiendo un pequeño pastelito de arroz—. Pruébalo.
—¿Qué fue eso, niño chino? —preguntó Isaac, tratando de recuperar la compostura mientras aceptaba el dulce—. Casi me rompes una costilla con ese abrazo.
Yiheng se encogió de hombros, aunque sus orejas estaban un poco rojas.
—Ese chico te estaba tocando demasiado —respondió con sencillez—. Podría haberte robado los secretos de tus algoritmos a través de la piel.
Isaac soltó una carcajada limpia, dándose cuenta de que Yiheng, el gran campeón mundial, estaba genuinamente celoso.
—Eres un tonto —dijo Isaac, dándole un mordisco al dulce—. Está rico. Sabe a... ¿frijol dulce?
—Es pasta de judía roja —explicó Yiheng, recuperando su sonrisa—. Y no soy un tonto. Solo cuido lo que es importante.
Esa noche, la foto estalló en Internet. La chica que la tomó la había subido a Weibo y Twitter con el título: *"¡Encontré a los reyes en la calle! Miren la mano de Yiheng, ¡no lo suelta!"*.
Isaac estaba en su cama del hotel, con las piernas cruzadas, leyendo los comentarios junto a su maestra, quien no podía evitar reírse de las reacciones de los fans.
—"¡Confirmado! El ship es real" —leyó Isaac en voz alta, sintiendo que su cara ardía—. "Miren la diferencia de altura, Isaac parece un príncipe de anime y Yiheng es su guardián gruñón".
—Bueno, Isaac —dijo su maestra, dándole un golpecito cariñoso en la frente—, parece que tu estancia en China va a dejar más que solo récords. ¿Le has contestado a Yiheng?
Isaac miró su teléfono. Tenía un mensaje nuevo de Yiheng.
*"¿Ya viste la foto? Salgo mejor que tú. Por cierto, mañana iremos a ese lugar de helados que querías. Y no acepto un no por respuesta".*
Isaac sonrió, sus dedos volando sobre el teclado con la misma velocidad que usaba para resolver un cubo en menos de cuatro segundos.
*"Iré, pero solo si prometes no ponerte en modo guardaespaldas otra vez. Y yo invito, niño chino. Gané más que tú en el Rummikub ayer".*
La respuesta de Yiheng fue instantánea: un emoji de una cara enojada y luego un corazón pequeño y discreto.
Isaac se dejó caer hacia atrás en las almohadas, mirando al techo. Pensó en su vida en Santa Cruz, en el silencio de su departamento y en la frialdad de su padre. Luego pensó en el calor de la mano de Yiheng en su cintura, en las risas compartidas sobre un tablero de Catan y en la promesa de un helado al día siguiente.
—Me quedaré un mes más —susurró para sí mismo—. Definitivamente me quedaré un mes más.
Porque en ese rincón del mundo, lejos de todo lo que conocía, Isaac Méndez no solo había encontrado el éxito y la fama; había encontrado a alguien que lo veía más allá de los números y los cronómetros. Alguien que, a pesar de ser un "niño chino" un poco celoso, hacía que su corazón girara más rápido que cualquier cubo en sus manos.
Al día siguiente, mientras caminaban hacia la heladería, Isaac se dio cuenta de que Yiheng no se había alejado ni un centímetro de su lado. Cada vez que alguien pasaba cerca, el chico más bajo buscaba sutilmente el contacto, ya fuera un roce de hombros o una mirada atenta.
—Oye, Yiheng —dijo Isaac mientras esperaban su turno para pedir—. ¿Sabes que en Bolivia tenemos una fruta que se parece a mis ojos? Se llama guapurú.
Yiheng lo miró fijamente, estudiando sus ojos negros y profundos.
—Entonces el guapurú debe ser la fruta más bonita del mundo —respondió Yiheng sin pestañear.
Isaac se quedó sin palabras, el helado de vainilla y matcha casi cayéndosele de la mano por la sorpresa. Yiheng aprovechó el momento para sacar su teléfono y tomar una foto rápida de la expresión de asombro de Isaac.
—¡Hey! ¡Borra eso! —protestó Isaac, intentando arrebatarle el teléfono.
—¡Nunca! —gritó Yiheng, echando a correr entre la multitud—. ¡Esta va directa a Instagram!
Isaac lo persiguió, riendo, con su cabello negro volando al viento y sus ojos brillando con una felicidad que no cabía en ninguna red social. En ese momento, no importaba quién era el más rápido del mundo. Solo importaba que estaban juntos, corriendo bajo el sol de China, viviendo una historia que ningún algoritmo podría haber predicho jamás.